CUENTO PARA UN FINAL DE AÑO (Y II)

 

<<Acta de la reunión ordinaria de la Junta local del partido, de fecha x de x de xx, celebrada en primera convocatoria a las 20 horas, en los locales propios, con la presencia del Secretario General, y resto de cargos electos de la Junta, salvo el secretario de comunicación local, ausente por enfermedad. Tras la lectura y aprobación del acta de la reunión anterior, se da paso al orden del día, como sigue:  2.-  información de las iniciativas y resultados en los plenos municipales del grupo de oposición, 3.- Informe de la oficina de atención al ciudadano, quejas y comentarios recibidos, 4.- Estudio de enmiendas a los presupuestos municipales, 5.- Ruegos  y Preguntas (….) En el apartado de ruegos y preguntas el compañero delegado del distrito sur pregunta cuál va a ser la postura del partido en el pueblo ante los crecientes comentarios sobre los forasteros, que se extienden cada día más entre la opinión pública. Requerido por el Secretario General a que se explique, refiere que entre la gente del pueblo se está oyendo cada vez más comentarios que no se sabe muy bien de dónde proceden pero que el compañero afirma que están siendo utilizados por el partido del alcalde para presentarse como defensor de los intereses del pueblo contra los forasteros, y que incluso en días pasados, una vecina se atrevió a reprocharle airadamente que el candidato del partido, y secretario general del mismo en la localidad, estuviera casado con una forastera, y que ella no se fiaba de quien no quería a su pueblo lo suficiente como para haber encontrado una pareja entre las mujeres del pueblo. El compañero delegado del distrito norte expresó también que él estaba escuchando cada día más comentarios de este tipo, y que creía oportuno sondear la opinión de la gente sobre este asunto para valorar cuál deba ser la postura del partido frente a alguna iniciativa que se pueda plantear desde la alcaldía. El compañero secretario general expresó su sorpresa por que se diera importancia a ese tipo de rumores y comentarios, pero expresó que si la Junta creía la cuestión de importancia, se comisionara a un grupo de compañeros para preparar un informe para la próxima Junta. Con ello se cerró la sesión a las 21, 30 horas del día de la fecha.>>

<<Acta de la reunión ordinaria de la Junta local del partido, de fecha x de x de xx, celebrada en primera convocatoria a las 20 horas, en los locales propios, con la presencia del Secretario General, y resto de cargos electos de la Junta, salvo el secretario de comunicación local, ausente por enfermedad. Tras la lectura y aprobación del acta de la reunión anterior, se da paso al orden del día, como sigue:  2.-  Presentación del informe elaborado sobre sensibilidad de la población local hacia el problema de los forasteros, por la comisión creada al efecto. El compañero encargado de dirigir la comisión autora del informe expone los principales puntos del mismo, así como sus conclusiones: a) La cuestión de la presencia de forasteros en el pueblo está siendo interpretada por una gran parte de la población como un tema de mayor importancia, percibiéndose la misma como algo perjudicial para sus intereses, para la conservación de las costumbres del pueblo y su cultura, y para la seguridad ciudadana en general. b) Dicha cuestión no encuentra explicación objetiva ni en la presencia de un número importante de forasteros como residentes en el pueblo, ni en la actitud de éstos, que se juzga correcta. c) La actitud desplegada por el partido de la alcaldía está promoviendo esta sensibilidad mediante la introducción de la cuestión en muchas de sus intervenciones, y ha conseguido hacer aflorar un sentimiento de apoyo a sus tesis que desde luego puede tener una indudable repercusión electoral. d) el partido debería tomar algún tipo de iniciativa que recomendamos sea de sumarse a la corriente popular, pues asumir una postura crítica exigiría una pedagogía a largo plazo que le haría perder más posiciones que las que puede ganar. Los informantes opinan que es preferible esperar a hacer esa pedagogía desde posiciones de liderazgo y gobierno que no desde la oposición.

Ante las dudas planteadas por muchos miembros de la ejecutiva, entre ellos el propio Secretario General, se acuerda como posición de consenso que el partido defienda como postura una posición intermedia: diferenciar entre forasteros con una vinculación familiar con el pueblo y forasteros sin esa vinculación, a los cuales se les reconocería lo que se dará en llamar un “pleno reconocimiento de derechos subordinados”, es decir, que tendrán prioridad los del pueblo en el ejercicio y acceso de derechos y beneficios. Se acuerda que los cuadros y personal del partido defiendan esta postura ante la población, incluirla en el programa electoral y difundirla por todos los medios posibles.>>

 

Una vieja cámara de fotos que había sido del padre de nuestro joven y dinámico candidato de la oposición, y con la que tenía una vinculación puramente afectiva, ampliamente superada por la tecnología moderna, necesitaba un repaso de fuelles y mecanismos, por lo que se acercó a la pequeña tienda y taller del forastero. Allí lo encontró atareado, atendiendo al mismo tiempo el mostrador de la tienda y el banco de trabajo, iluminado por un potente flexo de luz de cuyo cono se alejaba en aparente desorden  una extensión de cables, circuitos, tornillos, placas, piezas de todo tipo, carcasas, conexiones, perdiéndose en la oscuridad de una mesa que – de no saber las pequeñas dimensiones del local – pareciera infinita.

Al sonar la campanilla de la puerta, levantó la mirada y ofreció una agradecida sonrisa al joven candidato, al que reconoció enseguida con un efusivo saludo:

.- Hombre, que alegría verle por aquí, señor candidato – le dijo mientras le ofrecía su mano con un enérgico apretón — quiero que sepa que tanto yo como mi familia seguimos su trabajo por el pueblo, y nos parece que se necesita alguien como usted al frente,  no como … bueno, ya me entiende.

.- Gracias, gracias – repitió desconcertado. Le sorprendió que el forastero estuviera al tanto de quién era, pero más aún semejante recibimiento, que denotaba un interés mucho más allá del que demostraba la mayoría de los vecinos por la política del municipio. – Verá, no sé si Ud. podrá ayudarme. Este no creo que sea un encargo muy habitual, no tiene nada que ver con el arreglo de electrodomésticos y esas cosas. Se trata de esta máquina – dijo mientras sacaba con cuidado, tomándola con la reverencia que se presta a las reliquias, la vieja cámara de fotos –. Sé que no es un gran aparato … una antigüalla más bien … pero le tengo mucho cariño… era de mi padre … — hilvanaba frase tras frase como pidiendo disculpas por el encargo – tiene un montón de años…

.- ¡No, no diga eso! – le interrumpió – hacía mucho tiempo que no veía una de estas, en su época fue una máquina excelente, pero no se deje engañar por las novedades, sigue teniendo una óptica sensacional. Una verdadera preciosidad. Y bueno, ya veo lo que le pasa – la manipuló con delicadeza pero con seguridad, con manos expertas – necesita unos ajustes, estos mecanismos deberían ir más suaves, un equilibrado también. No se preocupe, déjemela un par de días y se la devolveré como nueva. Está muy bien conservada, se nota que le tiene Ud. cariño.

.- Sí, bueno, por aquí la gente es más de salir al campo a cazar y cosas así, pero mi padre me aficionó a disfrutar de la naturaleza de otra manera, haciendo fotografías de paisajes, con esta cámara.

.- Su padre…

.- Falleció hace unos pocos años – dijo sintiendo aún un nudo en la garganta que el tiempo no conseguía aplacar–. Y  me dejó esta cámara… es un recuerdo de él y de los días en que me enseñó a manejarla. Quizá sea un vano intento, porque todo envejece, y al fin todos tenemos el mismo destino, pero me gustaría poder enseñar a mis hijos también a manejarla… aunque lo dudo. Las cámaras de hoy en día son mucho más fáciles de manejar, no hay que revelar, es todo tan cómodo.

.- Lamento lo de su padre, pero entiendo lo que me dice. Yo también quisiera poder enseñar a mis hijos algunas de las cosas que me enseñó mi padre, es como si les hiciéramos seguir viviendo al transmitirles el cariño por una tierra y recorrer los mismos parajes y ver los mismos paisajes… aunque lamentablemente yo no podré hacerlo en los mismos lugares.

El joven candidato calló, esbozó una sonrisa y no quiso continuar la conversación por esos recovecos sentimentales, en los que no se sintió cómodo. Terminó la conversación de una forma algo brusca, “entonces, vuelvo en un par de días, ¿de acuerdo?”, y se fue de la tienda señalándose la muñeca izquierda en un gesto que quería aparentar tener prisa por algún importante asunto.

 

Llegaron las elecciones, y entre la falta de problemas mayores , la inconveniencia de tratar soluciones que no convenían a quienes al fin y al cabo pagaban gran parte del presupuesto, y la conveniencia de mantener ocultas otras cuestiones, el discurso del alcalde parecía ser obsesivo y recurrente, burdo, lleno de frases hechas que alcalde y concejales repetían ciñéndose a los ensayos en que el director de campaña les daba pautas e instrucciones, y no hacía más que referirse a los forasteros como si fueran una molestia, o peligrosos, o sospechosos, o directamente sobrantes. Y el joven candidato aplicó también su programa consensuado, no se opuso directamente a lo que decía el alcalde, sonó contemporizador, flojo, no decía lo que mucha gente quería oír, pero tampoco lo contrario, ni daba la razón ni la quitaba, no era agresivo ni defensivo. Resultó cobarde, y eso en un líder no se consiente. Así que perdió. Y cuatro años más viejo después se volvió a presentar, pero más curtido, más cínico, mordiente – como gustaban decir los comentaristas del boletín local – con más cojones – como decían en la taberna – y se engañó a sí mismo que lo que tenía que hacer era ganar las elecciones que luego ya mejoraría las cosas para todos, incluidos los forasteros. Y hubo que oírle hablar de lacras, invasiones, avalanchas, peligros, problemas, eccemas, infecciones, parásitos, capacidades, sobrantes, tradiciones, identidades. No le salió gratis y un día su mujer, harta de tanto paleto ruin, de tanto desprecio velado o exigencias de pureza, cogió la maleta y a los niños y se fue a su ciudad, dejando al ya nuevo alcalde disfrutar de su aún incipiente carrera política tan bien labrada.

¿Qué fue de aquella familia de forasteros, el manitas y la lectora, con sus dos niños? Cierto que hicieron muchos amigos, gente que les daba ánimos y afecto sincero, que nunca fue suficiente sin embargo para compensar la hiel que se escondía tras los vacíos, miradas, insinuaciones y abandonos. Pero sobre todo la rabia que sintieron como un gusano royendo sus entrañas cuando se preguntaban por qué y no encontraban respuesta, cuando pensaban que habían acudido a ese pueblo buscando justicia y hasta creían haberla encontrado, cuando  se enfrentaron a todo esto. Se despidieron de los amigos, expresaron su desesperación a los pocos forasteros que habían llegado después que ellos  y a los que traspasaron parte de su rabia, y un día desaparecieron del pueblo. La biblioteca volvió a desordenarse y acumular polvo, la gente no tuvo ya dónde reparar sus cachivaches si no era a costa de un viaje a la ciudad, a donde les molestaba especialmente ir, pues se sentían allí menores, torpes, desbordados… forasteros. Los niños dejaron de disfrutar de las historias que contaban esos compañeros de otros lugares del mundo, y pronto se contagiaron del horizonte corto y el futuro estrecho de sus padres y abuelos. Y lo curioso es que tras su marcha, fuera por la presencia de otros forasteros, mucho menos numerosa, o de ninguno, el tema siguió siendo motivo de banderías y exaltados debates, grandilocuentes discursos, apasionadas reformas y normas que repartiendo privilegios imaginarios a los locales y discriminando realmente a los foráneos  anunciaban el fin de todos los males, la utopía al fin de un pueblo consigo mismo.

 

NOTA FINAL: Las cifras y proporciones de este cuento son medidas: En el año 2015 una Europa de unos 500 millones de habitantes ha recibido un millón de refugiados, el equivalente a que un pueblo de dos mil habitantes reciba a una familia de cuatro miembros. Los argumentos del viejo alcalde han sido tomados de declaraciones de gente – no sé si es faltar a lo políticamente correcto respeto debido llamarles gentuza — con tanto predicamento y reconocimiento social como el Primer Ministro francés, la Vicepresidenta del Gobierno español, su santurrón Ministro de Interior, los presidentes o primeros ministros de Gran Bretaña, Hungría, Chequia, Polonia, ministros de Alemania, Finlandia… Lo demás, si se parece a algo o a alguien es pura e intencionada coincidencia.

 

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CUENTO DE FIN DE AÑO (I)

Sucedió en un pueblo de no se sabe bien en qué país, pongamos que europeo, un pueblo de esos que no es ni grande ni pequeño, ni bonito ni feo, ni muy lejos de la costa ni metido en esos interiores continentales donde la tierra es como un océano cerrado y hostil. Un pueblo, pongamos por caso, de unos dos mil habitantes (después veréis el porqué de la cifra). Igual da que se sitúe en una verde campiña, en la gran llanura de Europa Central, en alguna de las muchas serranías de las penínsulas mediterráneas, como en lo más remoto de los Alpes, en la orilla de un fiordo o en el fondo de un valle. En su día tuvo dos iglesias, hoy una y poco concurrida, tiene su cuartelillo de la autoridad, un centro de salud, una escuela, un parque, unas fiestas patronales, taberna, comadres, polideportivo con campo de futbol, piscina y frontón. Coches muchos más que en su día carros con caballo, calles asfaltadas que muchos en el pueblo aún recuerdan de tierra aplanada. Con su tonto, su pobre tonto al que todos conocen y por el que no saben bien qué sienten, ni se lo plantean demasiado, aunque siempre más desazón que lástima. El alcalde no es el tipo más inteligente del pueblo, ni los concejales los más avispados, ni los más ricos, ni los más estudiosos. El médico, el abogado que está más en la ciudad y sólo va al pueblo a dormir, el pobre cura achacoso pero sabio, el veterinario, y otros que a pesar de haber ido a estudiar volvieron – muy pocos, cierto – al pueblo, se dedican a sus cosas y sólo opinan si se les pregunta y sobre lo que saben, costumbre poco extendida y muy de agradecer en estos tiempos en que la taberna se ha vuelto tribuna oratoria de tanto inspirado por el espíritu del vino.

Mucha gente se iba pero poca venía y llegó una familia, no de visita, sino que buscó un piso vacío, preguntó en cuánto le dejaban un alquiler, pagó la señal y contrató por un año con posible prórroga. Que un matrimonio de esos que aún llamamos joven, con un par de niños, llegue a un pueblo de dos mil habitantes no tiene nada de particular. Sin embargo, ni que decir tiene que muchos los vieron con malos ojos. Eran, al fin y al cabo, “forasteros”, ese término tan sonoro de película del oeste, rancio y desconfiado. Otros se alegraron, al menos por la novedad, alguno miró con cierto punto de interés más allá de lo saludable las agradables formas del cuerpo de ella, y entre las comadres se dijo sin sonrojo que él era muy buen mozo. El tonto corrió a saludarles y a presentarse él, con la esperanza de encontrar alguien que por fin le hiciera algún caso. Y hay que decir que lo consiguió durante un tiempo, hasta que su cháchara cansina pudo más que el cariño que inspiraba su desgracia, y se sintió, como por todos, apartado. De ahí no pasó la cosa durante la primera semana.

Los niños se incorporaron al colegio, se expusieron a la curiosidad sin tapujos, a alguna que otra tontería que tenía su origen en la bocaza de los padres más que en el erial de mente que tenían aquellos crios, pero pronto se hicieron amigos, y acompañaron a otros a buscar aventuras al otro lado del rio, aunque nunca fueran, finalmente, más emocionantes que ver quién tiraba la piedra más gorda.

En poco tiempo él había puesto un pequeño taller de reparación de electrodomésticos, motores, aparatos varios. Era un manitas que donde otros te decían que había que pedir la pieza rota, él la reparaba o fabricaba una nueva. En otro tiempo no le fueron fáciles las cosas, y  a una buena cabeza añadía la experiencia de la necesidad. Ella no sólo era mujer sensible y de trato agradable, nada orgullosa, y se ofrecía a otras mujeres, con una humildad casi temerosa, para compartir tareas. En la conversación se veía que era muy leída, y se presentó voluntaria para organizar la biblioteca del Ayuntamiento, un montón polvoriento de libros que llegaban cada cierto tiempo de la capital, revistas desordenadas a las que alguien suscribió al erario municipal, y que conforme el tesorero pagaba sin cuestionarse seguían llegando sin interrupción, algunas colecciones y donaciones de algunos viudos a los que la presencia de los libros en casa recordaba demasiado a sus ausentes. Y la ordenó, quién sabe lo que le costaría, y animaba a la gente a tomar libros y sobre ellos les aconsejaba.

No pasó nada. Absolutamente nada.

Antes de que llegara esta familia lo cierto es que el pueblo no era un completo remanso de paz y tranquilidad. Había quienes lo pasaban mal, a quienes se les veía acudir con frecuencia por la puerta de atrás de la parroquia, de quien se sabía que andaban entre apreturas, pues ni habían tenido estómago para marcharse,  ni corazón  para hacer nada que no conocieran, ni bolsillo familiar o campos heredados. Ni suerte, ni trágica desgracia que concitara el apoyo del común. Cuanto más la pena, nunca la gloria. Los que cuando alguien hacía una reforma en la casa o cuando llegaba la época de recogida, se ofrecían prestos como mendigando el trabajo y de los que no pocos se aprovechaban y pagaban cuatro chavos por un deslome de sol a sol. Estaban también los díscolos, los jovencillos cabezahueca a los que gustaba llamar la atención, algún gamberro aburrido, más de un imbécil, y alguno que con frialdad se planteaba si no era más fácil apropiarse de lo ajeno que hacer por conseguirlo. Algunas visitas transitorias de gentes de pueblos vecinos y aun de gente de la ciudad, que al amparo de la transitoriedad de su estancia hacían aquello de lo que eran incapaces en su casa, pero dejaban buen gasto en la taberna y el hostal. Los asuntos de alcoba propia y ajena, si bien ya no son tiempos de escándalos por esas tonterías, seguían dando mucho que hablar, y alguna torta de vez en cuando se atizaba al calor del fuego interno de una borrachera amarga. En fin las envidias, las rencillas, las familias enfrentadas, las separadas, las entrelazadas, las mezcladas, las revueltas, las injusticias lastradas, los perdones no pedidos ni otorgados, los olvidos sofocados. Un poso de profundidad ignota de rabia y mala leche, esperando que alguien lo removiera.

Quizá lo peor que cupiera decir del alcalde es que quería seguir siéndolo. Aparte de unos modestos emolumentos por ejercer el cargo, que se autorizaban en el presupuesto municipal, la alcaldía conllevaba otras prebendas, honores nada desdeñables, sobre todo para quien no había tenido nunca, por otro motivo, reconocimiento alguno, ni había sabido buscar en sí mismo razón para una cumplida autoestima. De entre las posibilidades de decisión del cargo, que no eran muchas, tampoco faltaba aquella por la que se recibía, de parte de algún beneficiario más o menos directo, en justo agradecimiento y con la precisa discreción, justas y proporcionadas compensaciones por tanto sudor de frente, dolor de espalda. Ya me entienden.

La gente algo se olía, las ganas de ver alguna cara nueva, alguna sospecha malsana o certeza encontrada, se acercaban las elecciones y el partido que tenía más posibilidades de la oposición eligió de candidato a un muchacho despabilado, simpático, muy llano, de sonrisa fácil, muy de llamar a todo el mundo por su nombre, guapete además, hijo del pueblo, casado con una chica de fuera a la que conoció en la Universidad, muy educada, algo estirada, pero agradable. Al alcalde — que hasta entonces se llevaba muy bien con el líder de la oposición, un vejete cansado que se retiró, harto de no conseguir centrar la mollera de su gente– le entraron sudores fríos, le temblaron las piernas, y pensó en los emolumentos y en los monumentos que se creía merecer,  en las prebendas y cohechos que creía a buen recaudo, y había que hacer algo, lo que fuera, que los grandes momentos requieren grandes decisiones, y que si no hay nada que hacer ni problema que resolver, pues se inventa.

Su primer gran momento, la inauguración de la exposición de artesanía de la asociación parroquial. Nutrida de señoras ya entradas en años, a las que los aires de igualdad de la mujer les molestaba como si en lugar de una brisa fresca fueran un gélido escalofrío, de las que criticaban con acritud a las chicas jóvenes olvidando que ellas tuvieron su misma edad. Un público propicio, sin duda, para captar un mensaje que no se les iba a dar ni con claridad ni con franqueza, sino dejando caer la insinuación, como diciendo sin decir. En el discurso que tanto gustaba de dar ese fatuo gañán, coló con habilidad referencias a que la colección de horrendos botijos, torpes brochazos, floripondios de tela y demás estomagantes homenajes al mal gusto que las buenas comadres exhibían engreídas no como fruto de un pasatiempo sino como quintaesencia del arte decorativo, expresaban nada más y nada menos que la necesidad de preservar las costumbres y tradiciones ancestrales de las influencias externas, las amenazas a nuestra cultura de siempre, los detalles que construyen nuestra identidad sagrada. La exaltación con que el alcalde acompañó su discurso, acompañada del el vino dulce al que el Ayuntamiento invitó a las artistas, llevó a más de una a expresar opiniones de esas que siempre había sostenido aunque nadie lo recordara, sobre que donde esté lo de siempre y los de siempre, que se dejen de tanta lectura y tanta historia triste, que en nuestro pueblo se vive como en ningún sitio y que cuando por ahí se enteren empezarán a venir y se acabó lo que se daba.

El siguiente y metódico paso fue la asociación de cazadores, su asamblea anual, donde se presentó el alcalde a advertir que nuestra querencia por las armas y la caza, llevada por la esencial conexión de nuestras almas con la madre naturaleza, iba a ser amenazada por quienes, no gustando de ellas, se proponían abolirlas con sus prohibiciones abusivas, ignorando siglos de transmisión entrañable hecha de padres a hijos. Claro que no mencionó que nunca se había visto al nuevo candidato coger una escopeta, ni al forastero aficionarse a pegar tiros. Ni lo dijo, ni le hizo falta.

Llegaron las fiestas patronales, y las ocasiones sin cuento de ir sembrando cizaña: en la tómbola de la Parroquia dedicada a sacar fondos para los necesitados,  vino a decir que era una vergüenza que gente del pueblo pasara necesidades habiendo otros de fuera que vivían tan bien; en la invitación que el Ayuntamiento organizaba para esparcimiento y convivencia de las gentes – ese año especialmente rumbosa – se le oyó decir que a ese tipo de actos sólo podían acudir los nacidos en el pueblo, por ser los que habían contribuido toda su vida con su esfuerzo a mejorarlo, y no los advenedizos venidos de fuera; en la entrega de premios deportivos a las competiciones organizadas por la asociación juvenil habló de lo sano que resultaban las relaciones entre jóvenes del mismo pueblo, que si alguna necesidad tienen de ir a buscar fuera lo que tan bien representado tienen dentro de casa es por engreimiento y esnobismo, pero que esas relaciones estaban condenando a las generaciones futuras al desastre y que él desde luego no se fiaría nunca de un mozo que rondara a su hija y del que no conociera a sus padres como conoce a todos sus vecinos. Todo cosas muy de sentido común  que hicieron pensar a unos que cómo no se habían dado cuenta antes de lo acertado de sus argumentos, y que animaron las lenguas, y otros que semejantes necedades tenían guardadas por vergüenza se animaron a expelerlas  junto a su fétido aliento etílico en el caliente murmullo de la taberna, y los más lo comentaron en la cola del mercado, y quienes expresaban sus dudas y decían que no había que exagerar, se vieron pronto amilanados por el exabrupto agresivo de quienes, casi exaltados, buscaban desquitarse de su propia mediocridad en la repetición majadera del discurso del “mejor alcalde que ha tenido nunca este pueblo ni tendrá”.

Al tiempo, la vergüenza operó como un taimado sentimiento, e impedía a todos expresarse con sinceridad ante los aludidos. Como los cornudos, pobres vapuleados por la indigencia mental de quien culpabiliza a la víctima, los afectados serían los últimos en enterarse. Nadie hablaba estas cosas delante de los simpáticos forasteros, ni tan siquiera ante el joven candidato de la oposición, casado con esa chica altiva y elegante. Sólo los niños en el colegio bramaron en un par de ocasiones las vulgares especies que escuchaban de sus amados padres, pero pronto fueron disculpados, niños al cabo, no saben lo que dicen, ya se sabe, aunque todos veladamente conscientes de que sí dicen lo que no saben.

 

 

LA BATALLA DE LOS NIÑOS ESPAÑOLES (Y III, DE MOMENTO)

Quedamos, en la anterior entrega de este folletín, en que, tras la Sentencia Ruiz Zambrano y un auténtico aluvión de sentencias de los tribunales españoles, aún la Administración española se mostró tan tacaña y miserable que el permiso que daban era de tan sólo un añito. Pero claro, nosotros, — ingenuos siempre, como hijos de la luz que no hemos aprendido aún a ser astutos como zorros y sí somos demasiado cándidos como palomas — , pensábamos, después de tantos años de pelea, que ¡bueno, pues tendrán que renovar al año! pero da igual, el niño seguirá estando ahí, no se puede denegar esa renovación, eso sería incumplir la Sentencia del TJUE y todo lo que hemos ganado, eso sería volver a empezar estúpidamente una batalla que ya han perdido… Y nos quedamos tan tranquilos, cayendo una vez más en el error de que la lógica tiene algún lugar en el Derecho de Extranjería.

Pero así fue. Y un año más tarde de la entrada en vigor del decreto del 2011 empezaron a llegar las denegaciones de renovación de los permisos concedidos sólo un año antes. ¿El motivo?: pues que ignorando la situación de crisis de empleo generalizada, ignorando el alto índice de economía sumergida, ignorando la inoperancia de la inspección de trabajo de la que ellos son responsables, ignorando las necesidades de acompañar por parte de la madre a niños en muchas ocasiones recién nacidos, ignorando todo aquello que sólo se puede ignorar por mala fe, que no por excusable idiocia, soltaron el exabrupto siguiente “por falta de tiempo cotizado durante ese año”.

.- ¿Y el niño – preguntábamos –, es que ha dejado de existir o ha dejado de ser español?

.- No, pero es que el Reglamento dice…

.- El Reglamento dirá lo que quiera, pero la Ley y la Constitución y los Tratados de la Unión, y la Directiva, y el Convenio de Derechos Humanos y la puta que los parió siguen diciendo lo mismo que hace un año.

.- Bueno, pero es que tenemos órdenes de Madrid…

.- Bueno, pues te vuelvo a presentar una solicitud inicial y me vuelves a dar otro permiso de un año… Aunque sea una gilipollez, pues menos da una piedra.

.- NO.

.- ¿Cómo que “no”, a ver cómo cojones me deniegas esto, si también lo dice el Reglamento?

.- Tenemos órdenes de inadmitir a trámite por reiteración de una solicitud idéntica a otra ya resuelta. Así que sólo admitiremos si a la nueva solicitud se acompaña un contrato de trabajo a jornada completa y un año de duración.

.- Estoooooo…. ¿Será coña?

.- Pues no, no es coña.

Para los menos familiarizados con cómo las gasta la Administración con sus queridos ciudadanos, y cómo las gasta en particular la Administración de extranjería con sus odiados extranjeros, os contaré el truquillo que se esconde detrás de la “inadmisión”. Muchos jueces — no se sabe si tontos reales o aparentes — cuando les recurres una resolución de inadmisión como estas, ilegal e impresentable, casi una prevaricación flagrante (otro ratico os cuento el escape de listillos que tiene la Administración para eludir la famosa prevaricación, que también es de reírse mucho), pues se plantan en su silla y piensan – o parece que piensan, porque por no decirles las cosas no será –: “como la resolución de la Administración es una inadmisión yo sólo puedo anularla y obligarles a que admitan a trámite, no puedo – y lo dejo ya bien claro: sí que pueden– obligarles a otra cosa”. Y después de cosa de un año o más de proceso, en el que por supuesto el abogado del estado ha jugado todas las tretas posibles sin importarle la suciedad de las mismas para alargarlo, te encuentras con una Sentencia que dice: condeno a la Administración a admitir. Los que me vais leyendo ya intuís cómo termina esto: si, en efecto, admiten la solicitud en cumplimiento de la sentencia…. y después deniegan. ¡Y ala!, vuelta a empezar el proceso en el Juzgado, otro añico, o dos, para que te digan lo que te tenían que haber dicho antes.

Los hijos de las tinieblas no tienen escrúpulos y tienen todo el poder. Cuando no tienen razón juegan a cansar, a agotar la resistencia del contrario, y utilizan su influencia en juzgados, su prestigio de probos funcionarios que persiguen el interés general, su presunción de legalidad, y todo lo que les sale de los cojones, para conseguir unos objetivos maliciosos e ilícitos. Y lo más sorprendente de todo esto es que después de años y años de experiencias, los jueces no se lo creen, cuando las evidencias ya son infinitas, y siguen sin caerse del guindo de pensar que tenemos unas Administraciones de extranjería que “sirven con objetividad los intereses generales y actúan de acuerdo con los principios de eficacia, jerarquía, descentralización, desconcentración y coordinación, con sometimiento pleno a la Constitución, a la Ley y al Derecho. Igualmente, deberán respetar en su actuación los principios de buena fe y de confianza legítima.” Así dice el artículo 3 de la Ley 30/92, que es pilar principal del derecho administrativo en España, y que a mí, cada vez que leo y repaso me entra una extraña mezcla de risa histérica, ganas de llorar y “animus hostiandi”, que termina en un recital de blasfemias y palabras malsonantes varias referidas a progenitores y resto de parentela. Civilizada salida donde las haya de instintos primarios varios a los que uno, que es hombre de bien e hijo de la luz, no va por ahí dando rienda suelta.

De estas maneras, no creáis resulta fácil conseguir ni tan siquiera una suspensión judicial de una de esas denegaciones de renovación. O te vuelven con el rollo del acto negativo y el acto positivo (en lo que demuestran no entender la naturaleza de éstos, pues una denegación de renovación es un acto positivo con todas las de la ley en el sentido de que modifica el estatu quo, o la situación en que el señor en cuestión está con permiso, y por acción de la Administración, deja de estarlo) o con la presunción de legalidad de los actos administrativos  (que ya les vale, que ya hay que presumir cuando se están pisoteando los derechos de un niño).

De esa manera, lo más fácil es que los padres de la criatura, si tenían trabajo, lo pierdan. Si no lo tenían, les sea más difícil buscarlo, y si lo encuentran, les sea casi imposible obtenerlo, pues se ven privados de la tarjetita de marras en vigor, que con unas sanciones exageradas se ha conseguido sea una obsesión. Imaginaros que cuando se consigue uno de esos autos de concesión provisional de la renovación “en tanto se sustancia el procedimiento” como tanto gusta decir en ese pomposo lenguaje de los leguleyos, no basta con eso. Entonces, aun hay que decirle a la Administración que acredite esa situación con la tarjeta habitual, pues sin ella lo de encontrar un trabajo que permita mantener a la criatura es una especie de delirio fumeta, y nuestra querida Administración, esa que se rige por el principio de legalidad y otras zarandajas, va y dice que te jodas con el auto, que lo de emitir tarjeta, ni por asomo. Y toca ir otra vez al juez, como si fuera un esforzado trabajador de la enseñanza infantil, y decirle “¡Seño!, que le he dicho que le haga caso a Ud. y me de el cromo que me ha quitado y dice que no le da la gana”, y entonces el juez, si es medianamente despabilado, les dice, con mucho respeto y prosopopeya, eso sí, que como no le den la tarjeta rapidito, les pone una multilla, a lo cual ya por fin, emiten la tarjeta de marras. Por un año, claro, aunque el proceso vaya a durar dos, pero es que son así de majos. También puede pasar que el juez esté en babia, y considere que con la resolución administrativa ya está bien y nos dejemos de dar morcilla y ser tan pesados,  que aún nos han dado mucho y debiéramos estar agradecidos.

Cuando por fin llega el momento cumbre, una vista oral absolutamente innecesaria y estúpida, que se celebra por el torticero interés de la Administración por alargar las cosas – aquello del derecho a un juicio sin dilaciones indebidas, directamente por el orto – donde soltamos por la boca, reprimiendo la vergüenza, lo evidente, lo palpable, lo manifiesto, lo notorio, lo obvio, o sea, que un niño depende de sus padres, pues Su Señoría dicta Sentencia, donde nos da la razón (tampoco os creáis que siempre, ojo) y condena a la Administración a conceder la renovación al interfecto por un par de añitos más. Y como no hay pastel sin guinda, condena en costas a la Administración por haber sido vencida, pero para que el extranjero y su abogado no se crean que se van a ir con todas, se limita la cantidad a una cifra ridícula, que si 300 €, que si 90, cantidades con las que en teoría deben pagar a todo un señor abogado que además se ha dejado los cuernos, y que cuando sean vistas por los abogados del estado y los funcionarios responsables de todo este despropósito, bien retribuidos por pingües emolumentos que además sufraga el personal con sus impuestos –- incluido el personal extranjero —  se deben correr unas fiestas de partirse las tripas de risa, que no me quiero imaginar.

Y al final de todo esto, en una situación a la que no se le ve más salida que liarse la manta a la cabeza y pedir responsabilidades de las gordas al hijo o hija de su madre que tan parda se empeña en seguir liándola, la pregunta del millón: ¿qué es lo que se ha conseguido?. Pues que un grupo de madres y padres de niños españoles, amparados por la Ley de protección al menor, la Constitución, los tratados y convenios, no hayan podido cumplir sus obligaciones paternas con esos niños, porque se les ha impedido trabajar, se les ha amenazado con expulsarles – y a más de uno han expulsado, manda güebos, palabrita del niño Jesús, que de eso hablaremos otro día largo y tendido – hayan acumulado sufrimiento y cansancio, tanto que alguno, de entre muchos, unos pocos, se haya hartado, haya cogido a su niño, su dni y su pasaporte, y se haya ido con la música a otra parte, a donde no se les trate como molestos parásitos a los que – ya que no se puede exterminar – se les hace pagar cara la osadía y el atrevimiento de haberse venido aquí a abusar de nuestras generosas leyes.

Y estos son los mismos a los que se les llena la boca cuando hablan de “ilegales” y de cumplir la ley, esa misma que esgrimen como sacrosanta y con la que se limpian el culo cuando no miramos.

 

 

LA BATALLA DE LOS NIÑOS ESPAÑOLES (II)

Apareció el Reglamento que tanto esperábamos. Tras ocho años  de paso por la oposición, proyectos de ley de extranjería con un PSOE a favor de una ley progresista (aunque con algunas propuestas en las que se les vió el plumero, como la prescripción especial) y su posicionamiento en contra de la contrarreforma que llevó adelante el PP en la legislatura anterior, la victoria de un joven Presidente Rodriguez Zapatero que retiraba las tropas de Irak, acometía proyectos ilusionantes… pensamos, ingenuos, que un nuevo Reglamento en el que además se hiciera realidad una regularización absolutamente necesaria tras el erial de los últimos años de Acebes en el Ministerio — ¡cómo manifestó su ignominia en sus últimas horas de poder! — , iba a suponer una tregua en esta larga guerra que venimos librando.

Un aparte: Me preguntaréis, ¿el Ministerio, qué Ministerio?. Y yo os diré, ¡coño, que hablamos de extranjería! Pues el único que hay, el de policía.

Pero no, la esperada tregua no fue sino una profunda decepción. Trajo una regularización bastante amplia, sí, con los tics y complejos propios de otras regularizaciones anteriores, pero importante. Pero en lo demás no sólo compartía el espíritu de la Ley reformada, sino que aún la profundizaba e iba más allá. La verdad es que no fué una decepción. Fue una traición.

Otro día contaremos la batalla – pérdida por los hijos de la luz – de los recursos que interpusimos contra ese reglamento. Hoy nos toca ver cómo el asombro nos  superó, cómo en ese Reglamento atentaron contra lo que pensábamos intocable por sagrado, incluso para ellos, los hijos de las tinieblas: los niños. Tanto los hijos irregulares de los inmigrantes a los que se les imponían absurdos requisitos para su regularización como, lo más sorprendente, los niños españoles. Que en un futuro tendrán derecho de voto, que cualquier interpretación por retorcida que sea – también en eso habrá sorpresas en el futuro – impide que se les pueda expulsar, que tenemos un corpus jurídico nacional e internacional que obliga al “superior interés del menor”, y a “la obligación de los poderes públicos de velar y cuidar por el bienestar” y otras declaraciones legales grandilocuentes.

Y es que en cuanto hablamos de derecho de extranjería, esta panda es capaz de perder los papeles, el sentido, la decencia, la moral, el derecho… Acostumbrados a la hasta entonces llamada “exención de visado” para los progenitores de niños españoles, consagrada en el anterior Reglamento, nos pusimos a buscar en el nuevo texto dónde quedaba su regularización…. Y sencillamente no estaba. Preguntamos, aún, cargados de esa ingenuidad que no nos hace comprender tamañas felonías a la primera, pensando quizá fuera un error, un olvido, o estuviera prevista otra norma posterior… Y se nos confirmó: se consideraba desde el Ministerio que tener un hijo en España “aprovechándose de que el niño vaya a ser español por contradicciones normativas” era una forma “demasiado fácil” de alcanzar la regularización para un extranjero, y se habían girado instrucciones a las Oficinas de extranjeros de denegar permisos de residencia excepcional por arraigo  — la nueva fórmula con la que se llamaba a la antigua exención de visado — . Lo del entrecomillado son recuerdos, porque no tuvieron cojones de ponerlo por escrito.

Imagínense el cuerpo que se le queda a uno cuando le vienen unos padres recientes, con su niño en brazos, una piltrafilla que apenas abre los ojos, lloracagacomemea y se acabó, esa cosilla ante la que el más hierático gorila de discoteca se derrite y se le abre la boca para balbucear bobadas con voz de flautín, esa bolita acaparadora de toda protección que pueda dársele, esa pureza de la indefensión,  a informarse de qué derechos puede tener el niño y qué derechos facilita a sus padres. Y tenerles que decir: “su hijo es español, tiene todos los derechos, pero Ustedes no tienen ninguno”. Reacciones  varias: el que no se lo cree, el que se piensa que le estás tomando el pelo, el que no lo entiende y pide que se lo repitas, el que te dice que eres una mierda de abogado, el que ha oído, leído, le han dicho… Y tras la primera impresión y aterrizaje las preguntas:

.- ¿entonces si mañana me para la policía me pueden expulsar igual, aunque tenga un hijo español?

.-Po-zi.

.- ¿Entonces no puedo trabajar legalmente?

.- Po-no

.- ¿Y cómo voy a mantener a mi hijo?

.- Po ya ve.

.- ¿Y no puedo llevar al niño a conocer a sus abuelos?

Y ahí viene el rizo rizado:

.- ¡Si, hombre, llevarlo puedes, claro… pero volver…. po no! Porque si te piensas que te van a dar un visado por tener un hijo español, lo tienes claro. Y si intentas volver sin visado, ni te venden el billete, majo.

.- ¡Pero eso es como expulsar al niño!

.- Ahí le has dao…

Como los abogados de extranjería – a la fuerza ahorcan – somos gente con tesón, y ganas de calentarnos la cabeza, y espíritu de Justicia, pues le buscamos las vueltas y seguimos pidiendo cosas. Se nos ocurrió pedir el permiso de residencia por circunstancias excepcionales de arraigo, por aplicación directa del artículo 31.3, que dice que “ La Administración podrá conceder una autorización de residencia temporal por situación de arraigo, así como por razones humanitarias, de colaboración con la Justicia u otras circunstancias excepcionales que se determinen reglamentariamente”, dicho en plata, pasándonos por el arco de triunfo el silencio reglamentario, que sin embargo había pretendido dejar muy claro la exhaustividad de sus supuestos y que si el “padre o madre de español” no estaba previsto, pues no estaba previsto. En la demanda al Supremo contra el Reglamento se incluyó una impugnación de esa exhaustividad, pero eso ya he dicho que será cuento de otro día.

Los probos funcionarios de extranjería, pues a obedecer semejante burrada, y los delegados y subdelegados del gobierno — esos solemnes monigotes de firma torpe, comparsas de inauguración y sonrisa presta, esos babosos pelotas del Ministro de turno (del Ministro, ya sabéis, del de policía)– ¡a firmar resoluciones  denegatorias, que para eso nos pagan un sueldazo!. Quien paga manda y la conciencia a dormir. Claro que habría que oír a la Rumí y sus vasallos. Recuerdo que en aquel momento engatusé a un jefe de área para que concediera un permiso, alegando jurisprudencia a cascoporro, leyes del menor, convenios, etc, etc, y el hombre, que era razonable, concedió, y tiempo después me comentó la bronca que le había caído de la superioridad al mando. No quedaba otra que pelearlo en los Juzgados.

Y nuestros queridos juzgados de lo contencioso-administrativo, tan preclaros ellos, tan conectados con la realidad, tan cuidadosos con la independencia y la imparcialidad, tan objetivos en su naturaleza de contrapoder de la Administración… Para empezar nos denegaban la medida cautelar de concesión provisional del permiso, porque se trataba de un acto negativo y supuestamente no podían hacer otra cosa. Y si se pedía que el juicio fuera sin vista para mayor celeridad, pues llegaba el abogado del estado y pedía vista, por aquello de allanar el camino de la Justicia, evitar las dilaciones indebidas, y esas cosas del buen uso de las prerrogativas que tiene la Administración por ser vos quien sois. Y los padres dela criatura llamando al despacho: que es que me han ofrecido un trabajo pero tiene que ser con papeles; que cómo va lo mío y cómo puede ser tan lento; que no podemos más y nos vamos a tener que volver… justo lo que los hijos de las tinieblas estaban buscando.

Pero a fuerza de dar la batalla fueron llegando las victorias. Algunas pírricas, como cuando conseguías la sentencia y se habían ido ya al país de origen hartos de esperar, y tampoco había manera de conseguir un visado para volver y recoger el permiso que tanto había costado conseguir. Otras felices, todas tardías, algunas muy reñidas – como cuando Su Señoría se mostraba incapaz de comprender la situación y a pesar de ello seguía dando la razón a la Administración – y te tocaba esperar uno o dos años más al resultado de la apelación. Alguna derrota indignante, alguna víctima inocente.

La que parecía iba a ser victoria definitiva empezó a vislumbrarse allá por el Norte, por Luxemburgo, sede del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Este Alto Tribunal había dictado la Sentencia Zhu y Chen (TJUE 19 de octubre de 2004) y dijo aquello tan complicado de que los padres de los menores europeos tenían los derechos de los ciudadanos europeos, pero sólo si el menor había ejercido el derecho de libre circulación. O sea, que si el niño hijo de chinos nacía en Irlanda y era irlandés, si se iban juntos a Gran Bretaña este país debía tratarles a todos como irlandeses, o sea, ciudadanos de la Unión. El Tribunal yo creo que ya daba por supuesto que los estados no iban a hacer burradas y entenderían que si deben tratarlos a todos como irlandeses, pues si el niño es británico, habrá que tratarlos a todos como británicos. Qué ingenuidad tienen estos jueces cuando piensan en nuestros  gobernantes ¡No olvidemos que estamos en derecho de extranjería!.

La postura frente a este argumento, que prosperó en algunos Tribunales Superiores de Justicia fue retorcer, rebuscar, impedir, dar vueltas, y exigir la idiotez mayúscula sin que les diera ninguna vergüenza, y te decían: si tu hijo ha nacido en Francia y es francés y venís aquí, pues os tenemos que reconocer todos los derechos, pero si nace en España y es español, te jodes. ¡Y esto lo mantuvieron durante seis largos años!. Y no crea nadie que entendieran la lógica del asunto, no. La voluntad de dañar a aquellos a los que se teme es tan grande que obnubila la inteligencia más despierta.

Cada caso era una escaramuza, cada uno un enfrentamiento, un recurso, una odisea judicial. El Tribunal Supremo mientras tanto había sentado algunas bases de sensatez, y a partir de finales del 2005 no sólo puso condiciones de proporcionalidad a las expulsiones en general, sino que dictó alguna Sentencia en la que decía que expulsar a un extranjero que tiene un hijo español era atentar contra los derechos constitucionales del menor, pero la policía seguía incoando órdenes de expulsión, y los Delegados del Gobierno seguían firmándolas, y Rubalcaba miraba para otro lado y decía que sólo se expulsaba a delincuentes, y mentía. Hasta tuvimos algún episodio famoso de policías que fueron a la puerta del colegio para cazar a los padres y hacerse algún palote.

Ni siquiera la reducción drástica de niños españoles que supusieron las reformas constitucionales de Ecuador y Bolivia, que reconocieron la nacionalidad de esos países a los hijos de sus nacionales nacidos en el extranjero, y eximieron así a España de reconocer la españolidad de un montón de niños, sirvió para que se relajara la norma y la contumacia de las denegaciones.

Y al fin destituyeron a la Hidra, la mandaron a otra secretaría de estado de menos fuste para que siguiera contenta, y pusieron a Ana Terrón cuando apenas quedaban meses para gestionar el desastre que había dejado y se pusiera a hacer un nuevo reglamento, con todos los aguiluchos del PP graznando a cada mejora de derechos: “!efecto llamada, efecto llamada¡” con esa palurda afición que tienen a repetir consignas los que no saben pensar por sí mismos. Y al mismo tiempo el TJUE dictó una nueva Sentencia, el 8 de marzo de 2011, en la que leyendo entre líneas se viene a decir: “ya que antes no entendisteis, a ver si haciendo un episodio de Barrio Sésamo os enteráis de una vez: que un menor tiene unos derechos que el que tiene que garantizarlos son sus padres, y si pisas al progenitor es como si pisotearas al niño”.  Ya en tiempo de descuento del partido se aprobó el Reglamento del RD 557/2011, y por fin se recuperó la figura del arraigo familiar, es decir, que el padre o madre de un menor español se le concede permiso de residencia y trabajo.

¿Se dijo claro? Si, pero aún hubo algún imbécil que tuvo que preguntar a Madrid si se les exigía además un contrato de trabajo y un jamón con chorreras, y se le tuvo que decir que no, que lo que dice la norma es lo que dice la norma, y que aprenda a leer. En muchos sitios seis meses después de entrar en vigor el Reglamento aún no se había concedido un permiso. Para reconocer derechos todo son dudas, para pisotearlos hay que ver lo rápidos que se mueven.

Y llegó la paz, creímos. Y también la crisis venía golpeando fuerte desde hacía ya casi cuatro años. Presentábamos nuestros expedientes y recibíamos los permisos esos padres, sí, pero localizar un trabajo ya era otra cosa, pero al menos pensábamos que esta batalla se había ganado, que había ganado la razón. No aprendemos. Un defensor de extranjeros debe tener el arma cargada y bien engrasada en todo momento. Un año duró la paz en este campo, justo el año de duración de los primeros permisos que se concedieron. Y volvimos a la batalla, pero para no cansar, aquí pondremos el clásico “continuará” y dejaremos para otro día la situación actual. Perdón, la impresentable situación actual.