LA LARGA BATALLA DE LOS CIES (I)

 

El historiador, como su hermano el arqueólogo, desentierra, limpia, desempolva, los hechos del pasado, y siente en cada hallazgo el placer del descubrimiento, el privilegio de ser vehículo oportuno del saber y del conocimiento, desde la antigüedad remota, a los futuros lectores. Quien escribe memorias, sin embargo, se enfrenta a sí mismo, a su papel pasado en ese drama que ha sido su propia vida, y no es descubrimiento sino desvelamiento de lo que quizá sólo él recuerda, lo que cede. Es por ello también desnudamiento, para el que debe vencer un pudor siempre presente, en tantas ocasiones mayor que el que su racionalidad le  promete.

En esta guerra que os cuento ha habido batallas en las que sólo os relato las leyendas de otros compañeros, las hazañas y gestas inevitablemente mitificadas por el tiempo, de compañeros que ensuciaron sus botas en trincheras a veces lejanas y que luego me narraron a mí, o cuya narración recibí de otros. Esta batalla, sin embargo, comienza con una escaramuza en la que tuve un protagonismo ni querido ni buscado, que tuve que abandonar después mecido entre la sensación de orgullo y de fracaso. Orgullo por haber sabido comenzar, pero fracaso por no haber sabido terminarla.

Los comienzos nos dejaron un agridulce sabor, y del error de pensar que el aluvión de lucha y de trabajo que supuso la Regularización de 1991, sería preludio de una paz duradera, ya habíamos caído. Nada más tonto que pensar entonces que la lucha iba a ser corta y había sido vencida, aunque éramos jóvenes, ingenuos, y eso nos excusa. Ya llevaba dos años largos  trabajando con inmigrantes en un incipiente CITE de CCOO, cuando empecé a interesarme por la situación de los extranjeros que estaban en el Centro de Internamiento de Extranjeros de Zapadores. Una pequeña – entonces no la vivimos así – crisis de refugiados venidos de Ceuta y encerrados en el CIE nos acercó a ese centro desconocido y arcano. Algún funcionario más sensible se acercó a mí a decirme que deberíamos hacer algo con lo que allí ocurría.

Lo poco que podía indagar, los testimonios de gente que pasaba o había pasado por allí me resultaban difíciles de creer. Estábamos en España, ¡Joder!, han pasado ya catorce o quince años de Constitución, ¡cómo va a ser todo eso posible!. Sin embargo, cuanto más profundizaba, veía que no sólo era posible, sino que todo acompañaba a un sistema donde parecía que no pasaba nada, pero podía pasar todo, pues la clave era y sigue siendo la absoluta opacidad, la ocultación impune.

Interior del CIE de Zona Franca de Barcelona. / Imagen cedida por los responsables del estudio "Situación actual de los CIE en España y su adecuación al marco vigente".

Un día se presentó en mi despacho alguien que sacó su placa de inspector de policía, y yo, que vivía mis primeros choques con ellos y que ya había visto a alguno de lo que era capaz, creo que manifesté en mi cara el sobresalto, porque su primera reacción fue la de tranquilizarme. Algo así como “tranquilo, que vengo en son de paz, y soy amigo”. Y lo fue. Venía a denunciarme las infames condiciones de vida a que se sometía a los presos en el CIE, y a señalarme a los culpables de esa situación: el entonces comisario jefe de la Brigada de Extranjería y el Jefe del llamado Grupo Operativo de Extranjeros, sendos personajes a los que yo había tenido ya el disgusto de conocer, Blanquer y Avila. No sé si alguna vez he sabido sus nombres de pila. Me contó algunas cosas que desconocía y que me aclararon matices e intuiciones que con los años fui confirmando: en 1985, cuando se aprueba la primera Ley de Extranjería por el delincuente Barrionuevo, se crearon los grupos operativos de extranjeros y a ellos se destinó a las mejores piezas de la familia. Alguna anécdota se cuenta con distinta intención de cómo ministros socialistas se cruzaron, ahora con mando en plaza y tratamiento, con funcionarios a su cargo que habían sido antes sus torturadores. El caso es que el Ministerio del Interior mantenía en nómina a todos los antiguos miembros de la Brigada Político Social, que se había destacado en los estertores del franquismo por no ser precisamente muy respetuosa de los derechos humanos. Claro que nuestra sacrosanta transición tuvo aquello, y lo mismo se podrá decir de tantos jueces, militares, embajadores, etc, etc, que en unas ocasiones supieron reciclarse y en otras, digamos que no tanto. Otro día hablaremos de ese gran “matrimonio de conveniencia” que fue la Transición, así, con mayúscula antonomásica. El caso es que estos dos pipiolos eran de esos, y parece que el destino final de muchos de ellos terminó siendo, hasta su honrosa jubilación, el de esos  grupos operativos diseñados y pensados para la persecución y caza de extranjeros. EL CIE, en ese contexto, sólo era la jaula.

Y como algunos buenos amigos me han recomendado que sea más profuso en la publicación, pero más breve en las entregas, os dejo aquí con la intriga de cómo continuó la cosa, y pondremos el clásico “to be continued” de las series de intriga.

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LA BATALLA DE LOS POLIZONES (y II)

 

En memoria de Iñaki Almandoz

Quien peleó, valiente capitán, esta batalla.

“Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte
a parte a dentelladas secas y calientes.
.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.”

Miguel Hernandez. (Elegía a Ramón Sijé).

 

Imagínense lo que ocurrió a partir del momento en que todo dependía de que un policía, cuyo jefe escribía las líneas que la semana pasada transcribíamos, asumiera el riesgo de ser acusado de estar “induciendo y en algunas ocasiones forzando “ a  los polizones “ a que pidan entrar en España o que soliciten asilo” bajo la impresión de su ecuánime jefe de entrar en  un “juego, irresponsable e impune, apelando a un dudoso altruismo”: pues nadie, y digo nadie, pedía asilo ni refugio ni nada parecido, si era a través de los oídos de un policía del puerto de Valencia.

La sociedad civil empezó a movilizarse para impedir ese atropello, y la cosa consistía en colarse en el barco antes de que llegara la policía, pero claro, para eso teníamos que saber con antelación que había un polizón en el barco. Como el capitán avisa al primer puerto al que va a arribar en cuanto se descubre un polizón, si alguien está casualmente en la misma honda de transmisión, pues se entera. Recuerdo que en aquella ya lejana época yo trabajaba en CCOO y los compañeros del Puerto, que tenían la radio encendida con los canales que se usan para organizar las entradas y salidas de puerto y todas esas cosas, se enteraban antes que nadie, y nos avisaban. Y allí que íbamos a recibir al barco, a subir corriendo, a pedir entrevistarnos con el polizón, y si contaba alguna historia de no dormir le rellenábamos la solicitud de asilo y la presentábamos, exigiendo el inmediato desembarque.

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Cuando inventaron un sistema para también saltarse esto e impedir a los compañeros del sindicato enterarse, aún tuvimos un “garganta profunda” que sospecho que era un guardia civil, que nos avisaba a través de Amnistía Internacional y conseguímos intervenir en algunas ocasiones más.

Los argumentos que nos tuvimos que llegar a oír entraban en lo patético: “es que Ud no puede subir al barco porque no es territorio nacional, sino de otra bandera”: Verá, es que estamos hablando de un tema de derechos humanos, y por tanto de orden público, con lo que se puede meter la bandera del barco donde le quepa, pero yo subo al barco porque soy abogado y ese señor es un posible solicitante de asilo; es que “no tienen sentido de estado” (como le soltó un poli a Javier Galparsoro), sentido por el cual se supone que tendríamos que colaborar en pisarle el cuello al solicitante de asilo en lugar de acogerlo; es que “el capitán no autoriza su entrada”, cosa que decían siempre que conseguían llegar antes, curiosamente, aunque el capitán no ponía nunca ningún problema si los que llegábamos primero éramos nosotros.

El asunto llegó a manos del Defensor del Pueblo, quien instó al Ministerio a regular este despropósito con arreglo a las leyes, garantizando el derecho de estas personas a ser oídas y asistidas por un abogado independiente. Como resulta de esa instancia el Ministerio dictó una última instrucción de 28 de noviembre de 2007 en la que se inventaban la siguiente retorcida fórmula: si aparece un polizón en un barco, a lo mejor no quiere bajar en el puerto español, a lo mejor quiere seguir viaje hasta otro país, y como la ley sólo garantiza derechos a quien, como mínimo, expresa su deseo de entrar en España, pues mientras no digan que quieren bajar del barco y entrar en España no hay derecho que valga, se quedan en el barco, y hasta el próximo puerto, el marrón para otro, aquí no entra, ni de coña, amosanda, hasta ahí podíamos llegar, hacerle caso al Defensor, nos han jodido… porque claro, ¿a quién tienen que expresarle en perfecto castellano que lo que quiere el señor polizón de las autoridades españolas es que se le permita entrar en España, y además que de la casualidad que el policía que le escucha en ese momento tenga los oídos abiertos, y no esté pensando en otra cosa y se le pase que ha dicho que quiere entrar? Pues eso, a ese mismo señor policía, imagen viva de la independencia de criterio y del cuidado por los derechos de ese señor, y si hace falta saltarse la órdenes verbales que le haya dado ese jefe tan ecuánime que además tiene tanto cariño a los abogados, pues se saltan, que no le va a pasar nada por ello, que para eso el Ministerio del Interior tiene un sistema de garantías y de protección a sus trabajadores que si se enfrentan a un jefe están superamparados, ¡por supués, dónde va usted a parar, cómo va a poner en duda la actuación de ese probo funcionario!. La instrucción de marras — que hay que ver qué cachondeo y qué risas se debieron echar en el ministerio cuando la redactaron –, pone que se le hace una entrevista al polizón donde se le pregunta de dónde viene, quién es, etc, y que al final se le pregunta que si tiene algo más que decir – y aquí el de risa más fácil no pudo aguantar más y se le escapó la primera carcajada –, y que si no dice expresamente que quiere entrar en España, por no tener, no tiene derecho ni a que se le aplique la ley de extranjería – explosión de risas, retorcijones de vejigas aflojándose de hilaridad, gritos de júbilo –, que ya es tener poco derecho. Y la caterva de infames representantes del estado tuvo su fiesta, y al Defensor del Pueblo le dieron sopas con honda, y a los polizones nada, pues nada recibe quien nada es. No es necesario introducir emoticonos para señalar el sarcasmo.

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A partir de ese momento la estrategia de los hijos de las tinieblas pasó por el silencio. Durante un poco de tiempo conseguíamos enterarnos de que había llegado un polizón a puerto por los periódicos del día siguiente, pero cuando eso nos permitió avisar a compañeros del puerto siguiente de llegada del barco, ni tan siquiera eso. Ocultación absoluta. En años, en muchos años, nadie, y digo nadie, ha recibido asistencia letrada en un barco por haber dicho que quería entrar en España. Se han dado casos de gente que ha subido como polizón en barcos que hacían una línea directa Argelia-España-Argelia, vamos, que no era verosímil aquello de que pretendieran ir a otro lado. Pues ni en esos casos se ha admitido que el polizón haya pedido entrar en España para poder reconocérsele el derecho a la asistencia de un abogado. Ha habido casos de personas que han saltado por la borda cerca de puerto, o incluso sobre el hormigón del muelle. Recuerdo un caso en que saltaron, dos consiguieron huir, pero un tercero se rompió la pierna en el salto. Tampoco se interpretó que ese señor estaba pidiendo que le dejaran entrar en España, se le aplicó la instrucción, y con su pierna rota fue devuelto al barco y sin asistencia de abogado.

Tan sólo se ha permitido bajar a algún caso en que se trataba de menores de edad, y cuando esa minoría de edad era muy evidente. Otro día hablaremos de las pruebas que se hacen para determinar la edad de una persona, que también sería asunto de mucha risa, si no dieran más ganas de llorar.

Los intentos de judicializar la cuestión para conseguir que a estas personas se les reconozca el sacrosanto derecho a la tutela judicial, del que forma parte la asistencia letrada, han terminado, de momento, fracasando, enfrentados a jueces que, por lo que se ve, tienen un alto “sentido de estado” y terminan absolviendo a los prevaricadores con mil excusas o avalando sus actuaciones.

 

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Desde entonces, la batalla la estamos perdiendo, en el silencio del secretismo que ha sabido imponer esta gentuza. Ni tan siquiera sabemos el número de personas. Los últimos datos que estamos consiguiendo vienen de preguntas parlamentarias que a través de diputados amigos dirigimos al Ministerio del Interior, pero qué quieren que les diga: ¿puedo creerme las respuestas de quienes tan alto sentido de la ética demuestran tener, aunque sean en el solemne foro parlamentario?.

No sabemos cuántos, ni quiénes, ni de dónde vienen, ni a dónde les llevarán, ni si llegarán a algún sitio después de pasar por nuestros puertos. Se conocen casos de personas que han estado meses de periplo por los mares hasta que han llegado a algún puerto que les ha permitido bajar. Casos en que el polizón ha acabado siendo uno más de la tripulación, pero también casos en que no se ha sabido nunca nada más de ellos. Casos en que no habían pedido entrar en España en el puerto de Valencia, pero fíjate tú qué curioso, sí en Barcelona, o en Bilbao, o en Las Palmas. Hay territorios de nuestra piel de toro donde el conflicto es mucho menos… áspero, y donde se asiste a los polizones de una manera racional y lógica, como personas que son, pero en otros reina ese silencio oceánico, esa dolorosa ignorancia.

Una lección nos da esta batalla, y es una lección moral: si nuestros próceres, nuestros “estadistas” y altos funcionarios son capaces de semejante abyección y engaño, todo por no permitir que se abra una pequeña espita en la impermeabilización de las fronteras, si hasta tal punto les es indiferente el destino de la vida de seres humanos, ¿qué es lo que hemos puesto al frente de tamaña responsabilidad? ¿Qué especie de tenebrosos degenerados dan las órdenes, dictan las instrucciones y disponen de vidas humanas? ¿Qué grandes fallos tiene nuestro sistema que permite que esos energúmenos no sólo no sean castigados, sino que se les condecore por sus servicios?

Pero seguiremos dando la batalla. Aunque ahora estemos apoquinados por esa opresión callada del silencio y la ocultación, aunque tengamos que esperar cambios de gobierno o sensibilidad, aunque consigamos sólo pequeños pasos que vayan haciendo camino, aunque sepamos que de cada cien casos sólo conseguimos salvar a uno, habrá merecido la pena, y los responsables, que sepan, por hoy, por ayer y por mañana, como dice la canción, “que entre esos tipos y yo hay algo personal.”

Valencia, a 8 de febrero de 2016.