LA BATALLA DE LOS NIÑOS SOLOS (y III)

Esta serie sobre los niños solos y su batalla iba a tener sólo dos episodios, pero he aquí que como esto es un blog sólo aparentemente de historia y de memoria, pero en realidad está muy vivo, os contaré lo que fue un día de mi vida como extranjerista, un día loco más, que dio comienzo a una semana de locos.

Soy padre de un hijo adolescente. Esto no sé si es una confesión, una declaración de idiosincrasia ontológica, una maldición, un deshago, una obsesión, una vergüenza, un lamento, o simplemente, una esclavitud diaria, pasajera, duradera, pero intensa. Recuerdo hace sólo unos pocos años cuando la ternura me embargaba al abrazar a mi pollito, acariciar la tersura inabarcable de su piel, levantar su liviano peso y reir juntos mientras le hacía cosquillas con mi barba en su barriguita… Hasta que un día la traidora naturaleza comenzó a poner en sus miembros una procesión herética de músculos, se quebró su voz, y donde había suavidad empezó a tirar la cerda – digo bien, nada de salirle vello, ni tan siquiera echar pelo – a un nivel que llegué a plantearme – tiempos eran de expedientes x — si allá en los días de su concepción no fue ésta fruto de una noche de pasión, sino de una abducción extraterrestre perpetrada sobre su madre por la tribu de Cheewaka. Y no hablemos de otros detalles de su metamorfosis, como do fue el suave aroma de sus efluvios, qué se hizo del dulce tono de su voz, o cómo la inocencia de sus curiosas preguntas se convirtió en una confusa sucesión de monosílabos inarticulados como única respuesta a mis angustiados requerimientos.

Dieciséis años al fin y al cabo, casi diecisiete ya, desde aquel junio del 99 en que tenerlo en brazos hizo que el tio duro que un día fui se convirtiera en una emotiva plañidera. Qué vida esta. Dieciséis años, casi diecisiete, en que veo cómo ese ser indefenso, todavía tan infantil, hace lo que puede por enterarse de un mundo que va a disfrutar de maltratarlo, como “gato maula al mísero ratón”.

Pues bien, con este estigma grabado en mis sienes, me fui esa tarde a cumplir con mis obligaciones como voluntario del pomposamente llamado “Servicio de Orientación Jurídica del Centro de Internamiento de Extranjeros de Valencia”. Iba tranquilo, dentro de lo que se puede ir cuando uno no sabe qué barbaridades se va a encontrar en esa expresión infecta de la inmundicia de nuestras leyes que es un CIE. Y para arreglarlo, me tocó pelear desde el primer momento.

Llego, me voy al despachito, me dan la lista y me dicen que me van a sacar los expedientes junto a los “internos”, pero que me voy a tener que apañar con el idioma que cada uno hable, porque no se me va a permitir sacar más de un interno a la vez. Sorprendido ante ese anuncio, le pregunto a la agradable agente que me lo comunica que cómo es eso, y me dice que son indicaciones del subinspector, por “motivos de seguridad”. Joder con la cantinela, me digo para mis adentros. Me levanto y me voy, cargándome de paciencia, a hablar con el dotado de tan poderoso grado, y en mi ignorancia de símbolos uniformiles y otras zarandajas me dirijo a uno que por edad me parecía merecedor de cierta autoridad. Deducción fallida: me mira con expresión de “a mí no me lies” y me dice, “no, conmigo, no, con ese”, señalando al individuo que se parapetaba tras un mostrador con pantalla de ordenador y cara de pocos amigos, pues ya sabía a lo que iba: con la más melíflua de mis amabilidades pedile cortésmente que tuviera la amabilidad de explicarme cuáles eran esas medidas de seguridad que tanto me habían sorprendido, tras veinticinco años de práctica habitual en que nada reseñable había ocurrido. Con un tono que pretendía subrayar su oficialísima autoridad me dijo: “motivos de seguridad son los que yo digo que son motivos de seguridad. Y usted me va a decir que no lo son, y yo le diré que sí que lo son, y como aquí mando yo, estaremos en un razonamiento redondo”. Juro por lo más sagrado que fue esa la expresión que utilizó. “Así que Ud. se inventa unos motivos de seguridad que no existen desde hace 20 años y tenemos que creerle” le digo con cierta indignación, a lo que me espeta sin venir a cuenta: “Usted a mí no me conoce de nada”. Afortunadamente, pensé.

Le pedí hablar con sus jefes, con el Director o con el Subdirector de Seguridad del Cie, y manteniendo el tono me dijo que allí el jefe era él y nadie más, que era el subinspector de guardia, y que no podía hablar con nadie. Sabiendo cuál iba a ser su reacción, le pedí su número de placa, indicándole que era para presentar la oportuna protesta ante el juez y evidentemente me pidió mi carnet de identidad, y sólo después de mirarlo y remirarlo como si se tratara de un arcano inextricable, se dignó a darme su número. Al día siguiente puse la oportuna queja, pidiendo al juez que dedujera testimonio de la misma por cuanto consideraba que la actuación del sujeto puede ser constitutiva de un delito de entorpecimiento de la asistencia letrada al detenido o preso (a. 437 CP). Y pasé a dedicarme a cosas más importantes, volviendo al despacho a ver cómo me las apañaba con mi inglés de arapahoe,  y mi francés de colegio de curas. Jodida estaba la cosa, pero pensé en lo útil de la moderna técnica, y en cómo un teléfono móvil y un amigo árabe podían sacarme del apuro. Y llegó el primer asistido de la tarde.

Creo que la expresión en boga para decir cómo me sentí al verlo entrar es que “se me cayeron los güebos al suelo” y algo me dice que tan curioso dicho popular no se refiere a ningún aprovechamiento gallináceo. Allí estaba, mirándome con cara de pasmo, un chaval como mi hijo, un crio como mi hijo, un palmo más pequeño que mi hijo, más delgado que mi hijo, mucho más asustado que mi hijo, diría que casi tembloroso, mirándome como mi hijo con ojos como platos y preguntándose, a veces creo que como mi hijo, qué coño quiere este ahora. Le pregunté en qué hablaba y en efecto, sólo hablaba árabe. En mi impotencia, leí su expediente: procedente de una patera llegada a Almería el día 24 de abril se le había dictado un decreto fiscal de ser mayor de edad tras pasar por una prueba oseométrica de radiografía de muñeca – los que queremos enterarnos de estas cosas sabemos que la prueba en cuestión es una impresentable y acientífica torpe aproximación – pese a lo cual un forense cuya ciencia deja mucho que desear se había atrevido a decir que tenía 19 años, con una desviación posible de seis meses. Y un juez, Instrucción 3 de Almería, había dictado un auto de internamiento sin razonamiento alguno ni más referencia a su persona que su nombre en la plantilla del ordenador. Ni figuraba el abogado que lo atendiera, si es que lo hubo.

Como pudo, sin que llegaran a salir las dos policías que lo custodiaron hasta mí, nos dijo que tenía papeles, papeles, y por señas nos indicó que quería volver a por ellos. Así era: pasaporte, certificado de nacimiento y cédula de identidad argelina: nacido en junio de 1999. 16, casi 17 años, como mi hijo.

No podía creerlo, pero aun así, le hice una foto a él, hice las fotos a los documentos y le indiqué que con eso ya tenía suficiente. Superé la impresión para atender al resto – otro día trataré la galería de horrores que es una visita al CIE – y me fui a casa para intentar aclarar ideas.

Sólo se me ocurrían ideas negativas, hay días así, en que a uno le vence el pesimismo ante la comprobación de cómo todas las garantías han dejado de funcionar, cómo un oscuro complot funciona, eso sí, como un reloj, para joderles la vida a los más desgraciados, y de entre los más desgraciados, un niño, como mi hijo. Si pongo un habeas corpus el juez me mandará a la porra diciéndome que ya está a disposición de un juez, si un contencioso con cautelarísima que la devolución requiere de previa alzada, si por derechos fundamentales que ya han pasado los diez días de la resolución, si lo llevo al juez de vigilancia que él no es competente para ello, si a fiscalía que ellos no pueden revocar un decreto firme del compañero de Almería… Hago una lista de posibilidades y me salen hasta nueve, ninguna segura.

Pongo el tema en manos del Defensor del Pueblo, que me comenta que el fiscal de Almería dice que se pasa los documentos por donde le parece bien y que seguro que son falsos, hablo con la Fundación Raices y me sugieren una cautelarísima a Estrasburgo, pero no lo veo porque tardará tres días, y la devolución puede ser inminente, alguien  me sugiere acudir a Fiscalía de Menores, que opera como garantía máxima de los derechos de los menores. Dudo, no me fio, mi alma de abogado no termina de creer que un fiscal vaya a rebatir lo que otro fiscal ha dicho. Llamo a mi buena amiga Manuela Simó, a la que desde aquí agradezco su impagable colaboración, y me indica que sí, que acuda a fiscalía de menores de guardia, hasta me da un teléfono, y allá que me voy. Acertamos. Unas horas después me llaman para tomarle declaración al menor, por fin con intérprete, y comprobar la documentación, que por supuesto es auténtica: cuatro días a la deriva con la patera averiada, tratarle como un animal, una radiografía que le provoca la frustración de quien se sabe víctima de una farsa, calabozos de Almería, Cie de Madrid, llamada a la familia, gasto para hacerle llegar los papeles, papeles, al fin papeles, visita del abogado, jura que tiene 16 años y hasta la intérprete, conmovida, dice que es verdad.

Al día siguiente duerme en un centro de acogida de menores dependiente de la Generalitat y bajo su amparo. La historia ha terminado bien hoy, aquí, con este chaval. Me entero de que a otros les han roto los papeles en su cara cuando los han expuesto al bajar de la patera, en Algeciras, en Málaga, también en Almería. La suerte de éste es que los recibió más tarde y me los pudo enseñar a mí directamente.

Se supone que un caso como este es imposible que ocurra: los policías tienen órdenes de llevar a toda persona que parezca o aduzca ser menor de edad ante la fiscalía, la fiscalía ante el forense, a pesar de todos los protocolos impera el interés económico y se le hace la prueba más barata y más falible de determinación de la edad, una auténtica basura de prueba que consiste en comparar una radiografía con un atlas de adolescentes americanos de clase media alta de finales de los cincuenta. Las garantías, las sacrosantas garantías, no funcionan. Ha tenido un abogado, quizá alguien que se dedicó a firmar incoaciones y notificaciones de internamiento por paquetes, aunque luego los cobrará como actuaciones individuales, claro. El fiscal y el juez de Almería – Dios los guarde muchos años — se entregan acríticamente al resultado de la prueba. Les exime de más juicio, de más responsabilidad, es cómodo, rápido, limpio… y letal.

Resultado: 19a+/-6m. Mayor de edad: podemos echarlo a la picadora.

 

 

LA BATALLA DE LOS NIÑOS SOLOS (II)

HOY NUESTRO BLOG HA SIDO REDACTADO POR COLABORACIÓN Y AUTORÍA DE NUESTRA QUERIDA COMPAÑERA OLGA HERNANDEZ DE PAZ, DESDE BARCELONA. 

 

La Historia barcelonesa de los MENAS y su defensa jurídica se remonta a hace varios años.

A una compañera de ACPE se le invitó desde Madrid a abordar este tema, desconocido para nosotros. Gracias a ello, tuvimos el honor no solo de combatir la indefensión absoluta que venían sufriendo,  sino también a conocer a personas de gran valía que nos dieron su más absoluto apoyo. Es el privilegio de formar parte del circuito de abogados extranjeristas.  Así, Patricia Bárcena desde Cear Euskadi, nuestro querido e inolvidable Nacho de la Mata, Iñaki Almandoz desde Donosti, o Vincens Galea, el incansable luchador de DRARI desde la trinchera de Barcelona.

Empezamos con un par de chicos huidos de Barcelona, y capturados por la policía en Bilbao, pero fue especialmente  con la pretensión de la Subdelegación de Barcelona en la repatriación de un menor, cuando pudimos constatar el alcance del asunto.

Breve relato de la historia: un viernes (como siempre, en viernes), después de comer una compañera de ACPE recibió dos llamadas, una de Madrid ofreciéndonos todo su apoyo, y otra de Vicens Galea denunciando que pretendían repatriar a un menor internado al siguiente lunes.

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Conseguimos formar un trío de Acpeñas para el sábado atacar. Por la mañana nos las creíamos felices: notas sobre modelo de demanda de Nacho de la Mata, dos ordenadores abiertos y Marvin Gaye ayudando en el ritmo de trabajo. Terminamos la demanda contenciosa a media mañana, pero  teníamos el problema de la representación. Así las cosas nos fuimos corriendo al Colegio de abogados antes de que cerrasen para conseguir un volante de acceso al centro de menores. EL Colegio acababa de informatizar los volantes de prisión y no tenían previsto esos centros, así que por analogía consignaron la Prisión de Jóvenes, con las consabidas enmiendas, esto es: tachón a boli y nombre debajo bajo el lema “léase”.

La menos hambrienta de las compañeras cogió el coche con nuestro pertinaz Vincens Galea y se fueron a las conchimbambas a que el menor firmase la representación, la demanda, y el sensum corda.  Cuando llegamos al Centro, el director accidental del momento, cuando vio el nombre del chico se percató que le acabábamos de fastidiar su sábado. Hizo esperar a la compañera, durante bastante rato en la zona de entrerrejas (lástima de foto desaparecida). Cuando al fin reapareció el funcionario, nos verbalizó que no podía dejar pasar a la Letrada por dos trascendentes motivos: el número de colegiada erraba en una cifra, y la famosa tachadura.  La compañera de ACPE, sin salir  de su perplejidad y concentrada en evitar cualquier ex abrupto (tal y como la situación merecía), exigió que dicha negativa fuese por escrito. Y así el  “director en funciones”, regresó por donde había venido y tras más de una hora, pasó la mano por entre las rejas y nos dio el escrito-respuesta interesado.

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Tras el anuncio, siempre tan ineficaz, de “nos vemos en el Juzgado de Guardia”, nuestro querido Vicens Galea echó mano de su móvil y me pasó “con un contacto”. Tras gritar al móvil de que estaba harta de la república bananera, de la burocracia y de la estulticia el intelocutor resultó ser el fiscal jefe de menores de Barcelona (Juanjo Márquez), el cual tras escandalizarse de la situación, nos dijo que intentaría hacer todo lo posible. Así las cosas, cuando a la media hora de estar buscando el juzgado, por las calles de un bonito pueblo catalán, nos llegó la llamada en cuestión de que podíamos regresar y de que nos dejarían pasar. Desanduvimos lo recorrido y entró la abogada, ya a la hora de la cena a visitar al menor. En su alarde políglota inherente a los abogados extranjeristas, el chaval entendió perfectamente lo pretendido y firmó todo lo habido y por haber.

Corriendo, ya por fin al Juzgado de guardia de Barcelona, donde de nuevo se juntó el trío de letradas, nos encontramos con el mismo colapsado  por la detenciones de una manifestación … reclamando papeles para todos!. El Juez nos disuadió de cualquier pretensión a esas horas de la noche, y nos emplazó al domingo.

El domingo a las nueve ya estábamos las tres allí, pertrechadas de nuestra demanda contenciosa con cautelarísima contra la pretensión de repatriación. Tocamos hueso. El Juez nos dijo que no estaba contemplada la competencia de los juzgados de guardia en materia de extranjería, y así  nos lo notificó mediante providencia (¿). Perdida la batalla, pero no la guerra, corrimos de nuevo hacia el despacho y cambiamos el encabezamiento y lo intentamos de nuevo ante el Juzgado de guardia de menores. Éste tampoco podía hacer nada porque competencialmente era imposible. La impotencia fue absoluta, y ya por la tarde, acudimos ante Fiscalía de Guardia, que ésta sí, finalmente paró la repatriación.

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No hace falta comentar la alegría y el cansancio, pero éramos conscientes que habíamos salvado a un chaval, pero que con muchos continuarían.

Por ello, presentamos formalmente queja ante el Defensor del Pueblo, que finalmente recomendó paralizar todo expediente de repatriación, tramitado de esta forma. Desde entonces, no hay repatriaciones en Barcelona, y de esto hace ya varios años.

También acudimos al Consejo General del Poder Judicial para denunciar el tema de la ausencia de posibilidad de interponer cautelarímas,  gracias a la mediación del la por entonces Presidente del Tribunal superior de Justicia de Catalunya y un vocal del CGPJ. También se consiguió la modificación legal en este sentido, haciéndose extensivo a los casos de denegación de entrada y protección internacional.

Pero el tema de MENAS, la ausencia de defensa seguía pendiente. Compañeros como Albert Parés desde una ONG, continuaba con ese trabajo ingente. El gran Nacho de la Mata conseguía el reconocimiento constitucional a la defensa letrada, pero no existía coberturta alguna. Ahí el nuevo trabajo, en plena crisis, el intentar conseguir la asistencia letrada de oficio en este tema. La suerte en este caso estuvo a nuestro favor, ACPE, insistió ante  el Colegio de Abogados que también estaba sensibilizado con este tema (verdad Pepi?). La coincidencia en la modificación del Reglamento del Turno de Oficio para adaptarlo a las últimas reformas, hizo que se pudiera instaurar el Turno de Oficio de menores no acompañados, donde compañeros continúan luchando.

Desde entonces, las cosas han cambiado, y no para mejor, porque lo que antes eran menas, ahora con la pírrica prueba radiológica resultan ser todos mayores de edad, y a pesar de los éxitos en el Supremo, el criterio sigue sin ser modificado. Pero esta es una nueva batalla: polvo, sudor, hierro….

Nuestra dedicación especial a Nacho de la Mata,

a Iñaki Almandoz,

a Vicens Galea y

a Juanjo Márquez.

Olga Hernandez de Paz.

Abogada

NOTA FINAL: ESTA BATALLA TENÍA PREVISTO OCUPAR DOS CAPÍTULOS, PERO ACONTECIMIENTOS DE ULTIMA HORA NOS OBLIGARÁN A INCORPORAR UN TERCERO, ASÍ QUE…. CONTINUARÁ.

LA BATALLA DE LOS NIÑOS SOLOS (I)

En memoria de Nacho de la Mata

“A las aladas almas de las rosas…
de almendro de nata te requiero,:
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.”

Miguel Hernandez. Elegía a Ramón Sijé.

 

Hace algo más de 10 años, en concreto un 7 de abril de 2006 saltaba a los medios, (a algunos, claro) la siguiente noticia: “Un juez paraliza la repatriación de un menor seis minutos antes de que despegara su avión.” (El Mundo) Poco después, el 23 de junio, una crónica algo más extensa explicaba que una red de abogados voluntarios defendía que el menor pudiera ser oído en sus intereses de forma independiente, ante el contubernio que se daba para expulsarles entre la Delegación del Gobierno y, quien en teoría debía defenderles, la Comunidad de Madrid.

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Detrás de la crónica, los periodistas mencionaban a los jueces, el dictado de los autos, su trascendencia para otros casos, y casi en un aparte se mencionaba al abogado de la coordinadora de barrios que había defendido el caso, que respiraba aliviado al saber que, una vez más, había conseguido combatir y hacer fracasar a una auténtica conspiración de poderes.  Todos los que no sólo tienen encomendado por ley — sino que además cobran por ello de nuestros impuestos — defender los intereses de unos niños, no sólo no los defendían, sino dejaban que se impusieran sus más mezquinos sentimientos xenófobos con tal de “expulsar al extranjero”, ese mantra obsesivo con el que respira nuestra Administración y del que otro día hablaremos y que se centraba en estos casos en un hediondo niño que había tenido el valor de hollar nuestro sagrado suelo patrio. En la Delegación del Gobierno en la Comunidad de Madrid, desde algún oscuro funcionario convencido de estar cumpliendo su deber hasta el más alto Delegado imbuido de obediencia a los supremos intereses de la nación; los más estudiosos fiscales henchidos de la a veces ingrata labor de defender el interés público, dispuestos a aceptar cualquier prueba con tal de que diera por mayor de edad al más impúber infante; los forenses parapetados en su objetiva e inapelable ciencia, dispuestos a colar por buenos informes irrisorios calculados desde parámetros falaces; los más probos policías  satisfechos de obedecer las sagradas leyes que ordenan eliminar de la faz de nuestra cristianísima piel de toro la ofensa de una piel joven pero oscura; la Consejería competente de protección del menor, de la autonómica Comunidad de Madrid, presidida entonces por la muy tamayada Dª Esperanza Aguirre, flor purísima de la ética neoliberal, se conjuraron para hacer lo necesario con tal de conseguir un objetivo común: amparados en mentiras ignominiosas de la oficialidad de su oficio y e ignorando la condicionalidad de su condición, afirmar que en su infinita sabiduría ellos decidían que lo mejor para el niño era ser expulsado a un país donde ni se le conocía origen ni destino, o mejor dicho, se le suponía la única esperanza de ser uno más de los nuevos siervos de la gleba, de los niños de la calle que pueblan las ciudades del tercer mundo. Y a ver quién era el guapo que tuviera arrestos para discutirles. A ellos.

Pues como en las mejores películas, apareció el guapo. Alguien que había dejado atrás la opción de seguir los pasos de su padre en una lucrativa carrera de abogado del estado, y había preferido, siguiendo el camino de esos subversivos curillas románticos que no paran de hablar de liberación y de otras tonterías y lo único que hacen es llenar de pájaros la cabeza de nuestros jóvenes, creerse de verdad lo que decían de la opción por los pobres, y se hizo abogado de la asociación de barrios, para defender, de entre lo más indefenso de los indefensos, los extranjeros, a los más indefensos, los niños sólos. Allí estaba Nacho. Nacho de la Mata.

Alguno pensará que por qué no hablo de MENAS, que es el acrónimo de “Menores No Acompañados”, con el que la Administración, una vez más, nos seduce en la escaramuza del lenguaje. Pero es que el concepto de “menores” tiene una doble naturaleza relativa, es decir, además de la evidente, menores de qué, de edad, de una determinada edad, reflejo por tanto de unos “mayores”, tiende a reflejar una falsa naturaleza convencional, que se refleja además en la mayoría de las definiciones del menor como persona que no ha alcanzado determinada edad, y que por tanto, sería mayor si la convención social hubiera situado esa edad un poco más arriba o un poco más abajo. El “menor” no es un absoluto que se define desde su situación de indefensión, uno puede pensar en un menor muy despabilado que tiene más recursos intelectuales que muchos mayores, o incluso en un muchachote bien dotado físicamente que a sus 16, 17 o ya casi 18 está preparado para enfrentarse a la vida. El “niño” sí es un concepto absoluto de alguien necesitado de una protección exterior a sí mismo.

Y cuando hablamos de niños extranjeros hablamos de personas que, aunque puedan estar muy bien dotados física o intelectualmente, aunque en realidad tengan 19 o 20 años, son niños, porque concurren en sí mismos un cúmulo de indefensiones que los convierte en un dechado de vulnerabilidad. Y de ahí que el principio de que en la duda a favor del menor, del niño, no sólo debe ser un principio metodológico, sino una inspiración material de carácter fuerte.

Y lo de “no acompañado” es el colmo del subterfugio escondido tras el eufemismo: ¿y qué pasa si está acompañado? Pues que si su padre o su madre, o su tía o quien sea que le acompañe no es más que “un ilegal” de mierda, pues tenemos la excusa perfecta para que la naturaleza de ilegal del familiar absorba mágicamente al niño, que se convertirá a su vez en otro ilegal de mierda, y del que nos podremos desentender tan ricamente, porque ya tiene quien se encargue de él, y como además es ilegal, pues solucionado:  ale, a la porra con todos.

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Así que lo de los MENAS siempre me ha molestado un poquito a la altura de las gónadas, y permitidme pues que hable de niños y de niños solos, y aquí sí podemos poner todos los sinónimos que queramos, que cada uno sonará junto a la palabra “niño” profundamente amplificado: desamparado, abandonado, excluido, desprotegido, separado, arrinconado, aislado, huérfano… pero no me habléis de “no acompañado”, que entonces lo de mis bajos empieza a ser algo más que una molestia y entramos en la categoría de cabreo personal, y peligrosamente transferible.

Como he prometido no extenderme en cada entrada, dejaremos para otro día un detalle algo más prolijo de las andanzas de Nacho, de su herencia en la Fundación Raices, y de la batalla en otros barrios, que la hubo también, y dura, hacia el noreste.

Y PARA MUESTRA UN BOTON:

España reconoce que un chico es menor de edad dos años después de deportarle

http://www.europapress.es/epsocial/noticia-espana-reconoce-minoria-edad-marroqui-expulso-ceuta-hace-dos-anos-20160511095938.html

 

LA BATALLA DE LAS DETENCIONES ILEGALES (y II)

Ya en los primeros noventa el insigne Miquel Calatayud, maestro de maestros, afirmaba esto con contundencia, pero no sé si fue que la fruta no estaba madura o no estábamos maduros los perales que le escuchábamos, pero no le hicimos mucho caso. Y claro, los probos funcionarios campaban a sus anchas sembrando el pánico con su presencia en plazas, estaciones, calles y jardines, y nadie nos atrevíamos a decir que lo que estaban haciendo no sólo era ilegal, sino que era un delito de detención ilegal. Entiéndase que es muy fuerte decirles que los ilegales son ellos. Recuerdo redadas en pueblos donde la policía montaba un operativo de acorralamiento por las cuatro calles que daban a la plaza, la presencia sempiterna de policías nacionales en sus caladeros favoritos: las estaciones de tren y autobús; amigos a los que habíamos invitado a participar en actos y conferencias y nos llamaban desde la comisaría porque los habían detenido en la estación; barrios donde no se podía caminar dos calles sin encontrar una patrulla pidiendo papeles; o amigos míos españolísimos pero con el pelo rizado y la piel morena que me comentaban estar hartos de que les pidieran el dni.

Pero llegaron los de “Inmigrapenal”, hijos de la luz donde los haya, y comenzaron a hacer lo que hacemos tan bien los extranjeristas: ser mosca cojonera, clamar en el desierto, repartir dictámenes, dar charlas, conferencias, escribir artículos, tomarse las cosas con calma, con mucha paciencia, saber que los hijos de la luz sólo tenemos eso: la luz de la razón, en tanto los hijos de las tinieblas, aunque luz no mucha, y luces tampoco, tienen un ejército de obedientes palurdos dispuestos a todo por el magro sueldo que les pagan, capaces hasta de autoconvencerse de que hacen lo correcto y que defienden la Patria, sus símbolos, sus valores, y — ¿por qué no? — “los signos étnicos indiciarios de origen nacional”. Y en esa pelea consiguieron convencernos a propios, y hasta a algún extraño. Empezaron a preocuparse, y a buscar la media tinta para escurrir el bulto: que sí pero no, que si están identificados no cabe detención, pero si no lo están sí y sólo se identifican con la tarjetita de residencia; que si la detención antes de la incoación es válida porque el expediente se inicia antes de que se iniicia porque lo digo yo que soy así de chulo; que pobrecitos y esforzados funcionarios que velan por nuestros derechos e intereses cómo les vamos a decir que están haciendo mal su trabajo, que patatín…. Tuvo que ser el Defensor del Pueblo la única institución que cogiera el toro por los cuernos, y recogiera los hechos innegables y recomendara al Gobierno que le dejara clara la lección a su obediente ejército, porque si no, la responsabilidad sería de ellos. Y no les tocó más órganos ni más pianos que dictar una instrucción – una mierda, por cierto – donde si bien aún renquean y meten cosas que no toca — un empadronamiento que ni puta falta que hace y otras historias — pero reconoce lo que llevábamos años buscando: si un extranjero está identificado, o sea, lleva su pasaporte, o un carnet de identidad de su país, o cualquier otro documento válido para ese fin, que no tiene por qué ser la tarjeta de identidad que lleva aneja a su residencia, NO PUEDE SER DETENIDO, por muy irregular que esté en España. Y si un policía se atreve a hacerlo, pues entonces, que lo sepa: el ilegal es él, está cometiendo un delito, está viciando de nulidad el expediente que se le abra al extranjero, está metiendo la pata, la está cagando, y lo puede pagar caro.

Desde hace algunos años, cuando conseguimos que se aclarara este turbio panorama, llevo haciendo prédica a todos los inmigrantes que tengan miedo de poder ser detenidos por estancia irregular: llevad encima el pasaporte, pues entonces no os pueden detener. Y me dicen, “pero es que entonces te quitan el pasaporte”. Pues sin que se note mucho, quedaros en la memoria el número de placa del policía que os lo pida, porque soy perfectamente consciente de que hay policías que hacen eso, en la calle, sin expediente ninguno y piden que lo vayas a buscar a la comisaría. Pero en ese caso lo que hay que hacer es denunciar en el juzgado de guardia a ese policía, porque también eso es ilegal.

 

Y así, con paciencia, con charlas, dictámenes, denuncias, escritos, conferencias, siendo un zumbido molesto y perenne en los oídos de quienes tienen en muy poco aprecio la libertad y tranquilidad de las personas conseguiremos mejorar las cosas, y al menos unos cuantos inmigrantes, tengan o no tengan papeles, se sentirán más personas, más iguales al resto de personas.