LA BATALLA DE LOS CONSULADOS (y II)

 

Todo es fruto del miedo a volar. Ellos se sientan en una ventanilla, y de nueve a dos aparecen por allí un número de personas que quieren venir a España o a Europa, un buen número de ellos a quedarse, aunque otro buen número sólo de vacaciones, y aunque se valore que el número total de personas que pasan por ahí, aunque lo multipliquemos por el total de consulados, no llega ni a una ínfima parte de la población –una sencilla operación matemática que hasta un cenutrio como yo, ojo, con calculadora, puede hacer—se levanta el miedo como consecuencia, el prejuicio como prevención. Si a eso añadimos los términos grandilocuentes que utiliza ciertos medios de comunicación y la tremenda noticia tan cotidiana de la gente que muere en el Mediterráneo, parece como si ejércitos enteros de invasión estuvieran a las puertas de nuestro bienestar.

Resultado de imagen de mediterraneoPero tres mil muertos perdidos en el mar, que se calcula sólo este año, son una barbaridad, no una tragedia, tres mil tragedias, una causa de rabia infinita, de lágrimas de rabia, de dolor y de vergüenza, sobre todo porque si pensamos en tres mil vivos compartiendo espacio con quinientos millones de europeos son nada, una gota, algo insignificante que sólo puede dar miedo a los más majaderos. Pero tres mil muertos son tres mil tragedias que no podemos olvidar.

Y el miedo al extranjero se llama xenofobia, y ahí está. Estoy seguro de que eso se cura con un cursillo – doy fe de que un buen amigo se sometió a uno para superar su miedo a volar y le dio buen resultado — y no sé si sería mucho pedir al Ministerio de Exteriores que les diera unas clases, pero el caso es que lo que vivimos los extranjeristas con los consulados españoles es un frente de batalla en el que gastamos estrategias y energías como si se tratara de la fortaleza capital del enemigo, sin que creo lo sea.

Es además un frente sucio, en el que el estado recurre sin rubor a las peores estratagemas; donde la ley – esa cosa tan nacional –queda lejos, y se cumple de boquilla y sin garantías; en el que la lucha es a cara de perro porque el contrario nos desprecia como traidores a las sacrosantas esencias de la patria – de alguna manera tiene que disfrazar su ridículo miedo –; donde la distancia es su ventaja y no siendo suficiente, las resoluciones de los consulados, en lugar de estar sometidas a un juez ordinario, sólo pueden recurrirse ante el Tribunal Superior de Justicia de Madrid, órgano no destacable por su celeridad, a un precio suplementario. Las consecuencias de todos esos privilegios es que se sienten amparados por una muralla inexpugnable, de elevadísimos muros, en lo alto de un monte.

Resultado de imagen de kafka

Hace bien poco se condenó a un cónsul por trapichear con visados, luego ha tenido que ser otro país quien denunciara a otro cónsul español por corrupción, pero eso no es lo peor. En el fango en que se mueve nuestra política, ¡qué queréis que os diga!, que haya funcionarios que saquen tajada del enorme margen de arbitrariedad que esa maldita Ley de extranjería les concede estoy seguro que es algo que quienes la redactaron lo echaron a beneficio de inventario. Lo peor, mucho peor, porque no se explica ni por ambición ni por codicia — tan humanas al fin y al cabo –, sino por esa repugnante convicción de que nos están protegiendo, es ese cónsul que — me contaban recientemente — cuando se presentaban padres nacionalizados españoles a pedir que se les permitiera ejercer su derecho de opción para sus hijos menores, les decía que eso quería decir que era él quien podía optar y que optaba por que se fueran a la mierda. O ese otro que denegaba sistemáticamente los visados de reagrupación familiar de maridos y mujeres de inmigrantes, porque todos los matrimonios los consideraba de conveniencia, aunque algunos hasta tenían hijos. O esos que deniegan las reagrupaciones familiares de hijos menores si no se le lleva una carísima prueba genética de paternidad que además – claro, la confianza, que es tan subjetiva — sólo se puede hacer en una clínica determinada. O los que dejan expedientes congelados en cajones sin siquiera dar una excusa. O los que abusan de las citas previas dándolas para meses, y hasta años, para realizar trámites de los que depende el ejercicio de derechos…

En “El castillo”, al que no se puede acceder sino por abstrusas mediaciones e incomprensibles trámites, reina un ser misterioso, dueño de todo el poder sobre la vida y la muerte, amo del destino sin atender culpas o inocencias, como un dios que no deba dar cuenta a nadie de su capricho. Y en la soledad de su encierro autoinflingido se protege de sus propios miedos con más murallas, más guardianes, rejas más altas y densas. ¡Qué gran novela escribió Kafka sobre los consulados.!

Resultado de imagen de el castillo kafka

 

Anuncios

LA BATALLA DE LOS CONSULADOS (I)

 

 

Hace algún tiempo leí un libro, que recomiendo: “El hombre anumérico: El analfabetismo matemático y sus consecuencias”. Su autor, Jhon Allen Paulos, ya en 1988, nos advertía de cómo la paranoia y el miedo tenía su origen en la falta de comprensión de las probabilidades más elementales. Es muy conocido que el avión es el medio de transporte más seguro, lo que no evita que haya gente con miedo a volar.

Que yo recomiende un libro como este tiene bemoles: mi analfabestialismo matemático es anterior incluso – qué viejos vamos siendo – a la popularización de las calculadoras, adorables máquinas a las que no acudo todo lo que debiera, y mis dificultades con los números se manifestaban a la más tierna edad en que me enfrentaba con temblores a las arduas tareas de una multiplicación de tres cifras o una división, quizá influido por la amenaza a mis espaldas de un profesor dispuesto a plancharme la cara a dos manos. Qué tiempos. Ayudar a mis hijos en sus deberes me ha resultado casi vergonzoso, y la simple concepción de una fórmula matemática me resulta mágico, arcano, inalcanzable.

No lo digo con pizca de orgullo, sino asumiendo lo que para mí es algo así como una minusvalía mental, una auténtica condena de la naturaleza. Pues precisamente con eso me acerqué – entre temeroso y angustiado – a esa obra de divulgación matemática, que resultó mucho más interesante. Los números, como instrumento científico supremo, nos ayudan a ver las proporciones de la realidad y a manejarla con precisión. Y cuando no ponemos números a las cosas, le llegamos a tener pánico a cosas imposibles, con alguien siempre cerca dispuesto a manipular nuestro miedo, y a aprovecharse de él.el hombre anumerico.jpg

Esta es la perspectiva desde la que he llegado a entender – no comprender – la actitud personal de muchos funcionarios que se enfrentan al fenómeno de las migraciones, y la actitud política de quien los guía, especialmente cuando algunos de ellos están destinados en un consulado español en el extranjero. Por supuesto, con la obligada salvedad de las más honrosas excepciones, y también con la medida de que lo que a mí me llegan son los casos más problemáticos y detrás hay un mundo de supuestos resueltos sin conflicto alguno.

Intentaré describir la experiencia, señalando claramente que no es propia, sino el resultado de muchos relatos recibidos de fuentes que lo han vivido:

El acercamiento a un consulado suele resultar ya complicado: si bien las embajadas hacen orgullosa ostentación en los barrios más lujosos de las capitales, los consulados no suelen ser más que una oficina semioculta, detrás de una aparatosa bandera. Al instante de entrar nos sorprende una especie de muñón formado por una pala adherida a cinco adminículos amorcillados, acompañada de un monosílabo incomprensible exhalado por un autóctono aborigen cuyo estatus jurídico en tan alta oficina nos llena de incógnitas. Se nos representan tantas escenas nocturnas de puerta de discoteca que no terminan de cuajar en el contexto de tan noble lugar y tan bella mañana, próxima a estropearse. El individuo en cuestión responde a un tipo poco común pero extendido: los músculos embutidos en un atuendo siempre torpe son un desafío a la ortodoxia anatómica, lo que viene a sobreabundar la sensación de desproporción en el tamaño de un cráneo cuyo brillo alopécico aun resalta más su carácter infantiloide. La frente no es que sea huidiza, es que se largó hace tiempo, y termina en una única ceja burdamente interrumpida con lo que se adivina fue una dolorosa experiencia de extirpación, duras tenazas quizá, que dejaron como rastro un espacio enrojecido e inflamado. En los ojos, redondos y pequeños, se intenta abrir camino un universo de expresividad humana, pero, agotado, no lo consigue. El resto de músculos faciales concitan una pregunta de física teórica, y es qué oscuro fenómeno hace que la gravedad concentre sus fuerzas en ellos, dibujando un homenaje a la tristeza, parte perro pachón, parte mono perezoso.rogger rabbit gorila.png

El espécimen humano en cuestión tiene una función en la que alcanza el éxito: da miedo. Y ahí está, para dar miedo y para mantener una interlocución mínima con los pobres mortales que a él se acercan:

.- Venía a informarme sobre visados: tiene que pedir cita.

.- Venía a hablar con los funcionarios culturales: tiene que pedir cita.

.- Querría presentar un escrito que me ha hecho mi abogado: tiene que pedir cita.

.- ¿Oiga, y cómo pido cita?: tiene que pedir cita, ah, perdón, aquí. Y entonces el muñon que antes nos ha dado el alto demuestra una insospechada capacidad prensil y nos acerca un papelote con unos números de teléfono, quizá un correo electrónico o una página web. Primer paso superado.

Sigamos con la experiencia: los teléfonos, de los que el interesado se cuelga insistentemente, parecen no responder en horas que ingenuamente atribuimos a otras tareas del encargado de coger el teléfono, si es que lo hubiera. Prueba entonces a otras horas, tempranas…. Aun no lo cogen. Tardías… tampoco, ya no. Media mañana… estarán almorzando. No hay que dejarse llevar por la desesperación, probemos con los otros medios: un amable correo electrónico a la dirección que se nos ha facilitado, y a esperar la no menos amable respuesta. No llega. Quizá herramos en la dirección, consultamos la web, pues no, era correcta, ahí está. Cuando nuestro héroe – es justo que lo llamemos ya así – está a punto de probar con señales de humo o medios menos convencionales, lo intenta una vez más por teléfono, y al fin, una voz responde al otro lado: consulado de España, digame,/ pues es que quería interesarme sobre / tiene que pedir una cita /si, ya, ya me dijo el port…/ no tenemos citas para los próximos tres meses/ cómo, tres m…/ si, bueno, según para lo que la quiera/ pues es que yo quería… y al fin se consigue una ansiada cita para meses después.

En esa tesitura, claro está, no vas a desperdiciar esa áurea oportunidad de interlocución para una simple petición de información, y se decide a acudir con toda la documentación lista y preparada. En los meses que posee, comienza una nueva lucha por conseguir saber qué, cómo y con qué papeles, los papeles, los ansiados papeles. Partamos de la hipótesis de que lo que pretende nuestro amigo es un visado temporal, el llamado “de turista”. Llamar a un abogado español: si sabe del asunto, la respuesta será descorazonadora, más o menos algo así como “reúne todo lo que tengas, paga las tasas que te pidan, y si alguien te insinúa que le hagas un “regalo”, que sea generoso, reúne también lo que no tengas, pero que pueda convencerles de que jamás de los jamases palabrita del niño Jesús por estas chipen de lerén tu intención es quedarte en España y que una vez vayas a España, si su excelsa gracia tiene a bien permitirlo, tendrás que volver a tu país porque si no caerán sobre tu familia todas las maldiciones del averno, y después de presentar los papeles que demuestre fehacientemente tal circunstancia, reza muy fuerte, así con cara de rezar muy fuerte, y a lo mejor así, si el jefe de negociado de visados tiene un buen día ….”. Ante semejante respuesta es muy frecuente caer en las garras de quien no tiene ni idea, pero cobra una abultada minuta por una información falsa, pero esperanzadora.Resultado de imagen de la burocracia tenebrosa

Llega el ansiado día y Odiseo, también llamado Ulises, arriba a la lejana Itaca, en forma de ventanilla, mesa de escritorio o similar, pero no es Penélope quien le espera, ni debe matar pretendientes indeseados, sino un nuevo personaje de distinto calado al gorila de su primer acercamiento: el funcionario, quizá en su máxima expresión. Llega solo, puesto que muy pocos pueden permitirse pagar el viaje de un abogado que sepa del asunto para acompañarles y servirles de garantía de que no le van a torear, pasión tan española al fin y al cabo, con descabello final. Y el personaje no sabemos cuánto tiempo lleva viviendo en ese país, con el incentivo de un aumento salarial bastante considerable, pero no por motivaciones de amor al prójimo, ni de misión civilizatoria, ni similares. Es posible que odie su destino, es posible que desprecie el país, que ya lo ha hastiado, es posible que sufra, simplemente, el síndrome anumérico, y piense que nuestra sagrada patria va a quedar invadida por lo que él, en su triste escritorio de nueve a dos, percibe como avalancha incontenible. El caso es que la amabilidad y la empatía serán palabras desconocidas, que estará imbuido de su función: contener, impedir, dificultar, inventarse papeles para poner las cosas más difíciles, desinflar esperanzas, descarrilar ilusiones. Está sometido a una ley, pero los que las hacen, los que vigilan, los que las hacen cumplir, están muy lejos, allá, y él es la primera línea de defensa de la patria, qué sabran ellos lo que es esto.

Pongamos que el andoba tiene una situación tan peculiar que se hace creíble su sagrado juramento de volver, volver, volver, dentro del corto periodo de tiempo que se le autorizará, y por aquello de que los milagros existen, le dan el visado de turista, loados sean todos los dioses. La pegatina que le pondrán en su pasaporte, prodigio de técnicas antifalsificación en la que se han invertido más esfuerzos que para el antaño llamado Bin Laden (el billete de 500 machacantes), con el que tendrá la vía expedita para que le vendan un billete de avión y a lo mejor – ojo: tampoco es completamente seguro ni garantía tiene de ello – se le permitirá cruzar la frontera y podrá, extasiado y ruboroso ante la expectativa de hollar nuestro amado suelo patrio, ponerse de rodillas y depositar en él un ósculo virginal regado por las lágrimas de la emoción. Como dicen en mi pueblo: no es p’a menos.

ESA PARTE PERSONAL DE LAS BATALLAS

El cine, esa máquina de educación y reflexión ética, nos ha dejado dos imágenes memorables y paralelas, en al menos dos películas: en ambas, con la vida de otro al otro lado de su mano, o con el extremo del cañón de la pistola en la cara de quien sabe que va a morir o puede hacerlo pendiente de un hilo, el protagonista – Al Pacino interpretando a Miquel Corleone en El Padrino I — dice, en el primer caso, con un lastimoso tono de disculpa, “No es nada personal. Son negocios.” En la siguiente, un policía agresivo y matón – Clint Eastwood como Harry el sucio — amenaza elocuentemente con un odio mefistofélico a un delincuente de poca monta “alégrame el día”, y esa amenaza es más eficaz que cualquier otro parlamento.

Resultado de imagen de AL PACINOResultado de imagen de CLINT EASTWOOD

La indiferencia teñida de neutralidad profesional o la implicación emocional en cualquier sentido.

La historia nos habla de respeto e incluso aprecio y admiración entre enemigos declarados : el famoso llanto de Cesar al recibir la cabeza de Pompeyo; la gentileza del gesto en la entrega de las llaves de Breda en el cuadro de Velazquez, después de una batalla sangrienta relatada sin ahorro de detalles escabrosos por la prosa firme de Perez Reverte en uno de sus alatristes; la escena de no recuerdo qué película sobre aviadores de la primera guerra mundial en que el oficial prisionero comparte mesa y banquete con sus captores y alguien alude a que todavía en el aire la guerra es un asunto de caballeros, mientras en las trincheras una pura carnicería; los elogiosos comentarios de Montgomery a Rommel – más excusa a su propia incompetencia me temo que verdadera admiración –. Todo ello pretende dar una imagen “civilizada” de la guerra que siempre me ha rechinado. ¿Es posible luchar una batalla con todo lo que ello implica sin sentir odio ni desprecio al contrario, manteniendo ese respeto que da pensar que se podría haber estado en el lugar del otro?.

Velazquez-The Surrender of Breda.jpg

No falta quien me acusa de exceso de implicación personal, de falta de eso que se ha dado en llamar “profesionalidad”, y que tan bien refleja la primera escena descrita de El Padrino. Esa profesionalidad que Shakespeare apuntó en la escena de la calavera en la mano de Hamlet, y que Leon Felipe supo resumir con tanto acierto: “para enterrar a los muertos, nadie peor que un sepulturero”.  Necesito por tanto explicarme. No justificarme, pero si facilitar la comunicación de mis acciones, buscar, como siempre en la vida, intentar ser más querido por la vía de ser mejor entendido, aun asumiendo que lo que hago lleva un peaje de sentimientos propios, y ajenos hacia mí, que tengo que pagar. La soberbia a veces me hace agradecer ese peaje del sentimiento ajeno y me digo que si soy odiado, temido o perseguido de cierta gente, es señal de que estoy haciendo bien las cosas.

Todo gira en torno a la obediencia y la dignidad. Me explicaré muy esquemáticamente, como hacemos siempre los juristas.

No soy una persona obediente, pero reconozco en la obediencia una dignidad sobre la cual tuve que reflexionar largamente en cierta etapa de mi vida: el abandono de uno mismo, de los propios intereses, de la importancia que nos damos, la disciplina con objetivos superiores a nuestro reducido ámbito, la entrega, la humildad necesaria para poner las propias opiniones bajo las órdenes de otra persona, o de esa entelequia a la que llamamos ley, es ciertamente admirable. Tiene todo mi reconocimiento, mi respeto, y sin necesidad de pensar que yo pudiera estar en esa posición – pues no podría – y hacer lo mismo. Será gente que no hará más daño que el que vean que es absolutamente necesario para no apartarse de su obediencia debida, y aun cuando lo hagan lo harán sin ensañamiento alguno, con seriedad, e incluso ellos sabrán con qué conciencia. Intentarán dar alternativas o buscarlas, cuando las haya, y en el momento de dar el golpe de gracia dirán algo parecido a una disculpa.

Frente a ello, se nos eleva otra dignidad no menos elevada: la de la desobediencia. La rebeldía, la indisciplina, el apartamiento de los objetivos colectivos, de la dirección, se confunde muchas veces con esa dignidad, aunque no sea sino estupidez, puerilidad y capricho — ¡cuánto tiene que aprender mi querida izquierda española!–. Sin embargo, todo ello se eleva a categoría de deber ético cuando la motivación está en el valor de la Justicia, y en último extremo en la propia conciencia.  La dignidad del desobediente es la de quien – perdón por parafrasear a Kant – se niega a ser él mismo como persona, medio y no fin en sí mismo, para evitar hacer de otros, medio y no fines en sí mismos. En esos casos es necesaria indudable valentía, pues las estructuras – esas parafernalias hechas para convertirnos siempre en medios — nunca dejarán de castigar tamaño desafuero, y habrá que estar dispuesto a afrontar la sanción, que será seguramente desproporcionadamente dura, con la cabeza alta y el orgullo incólume.

A esa vertiente de dignidad se opone, sin embargo una cara oscura de indignidad siempre acechante.

El obediente entusiasta, que celebra con alegría y con todo su celo ser medio eficaz para alcanzar el fin del daño ajeno; quien acompaña el cumplimiento de su deber con alharacas e ironías, pretendiéndose superior en posturas ideológicas cuyo simplismo induce al vómito; el baboso, quien añade a su debido esfuerzo un encono personal, que rebosa satisfacción en hacer lo que hace; que no es que esconda un conflicto, es que no lo tiene, es que si de él dependiera, todo iría incluso más allá, porque su interés, su voluntad, su querencia, persigue con ahínco ese mal ajeno que jamás evitará, pues disfruta infringiendo. El que utiliza su posición para creerse superior y sólo está tapando sus complejos, ese idiota.

Resultado de imagen de TOM WAITS DRACULA

A veces, conscientes de su cobardía profunda, se esconden detrás de una hipocresía majader: cuántos ejemplos habré visto de ese aserto jurídico de “justificación no pedida, acusación manifiesta” (eludo el latinajo, ya bastante pedante me estoy poniendo hoy con tanta cita), en funcionarios que antes que nadie diga nada comienzan a elucubrar con la dureza de la ley y su deber de obediencia: mala señal.

También está esa otra forma de desobediencia, la de la falta de rigor, la de retorcer las normas y las interpretaciones de leyes y órdenes con tal de hacer que terminen diciendo lo que su voluntad personal quieren que digan, pero siempre con el objetivo de extender el ámbito del daño. Dice el Tribunal Constitucional que toda norma debe ser interpretada siempre de la forma más favorable a los derechos fundamentales. Pues no se sabe hasta qué punto tal principio vinculante es incumplido con extrema grosería, en resoluciones y sentencias, que desobedecen así a las máximas normas de nuestro ordenamiento, poniendo a los pies de la a veces artera e ideologizada voluntad del intérprete, los derechos de los demás. Si la ley es precisamente un invento para que el débil evite la arbitrariedad del poderoso, esos desobedientes no sólo vulneran — con habilidad, eso sí, retórica y prosopopeya — la norma concreta, sino el edificio mismo del Derecho. Alguna otra vez he reflexionado con la falta de simetría que en ese sentido tiene nuestro poder judicial, dado que los jueces progresistas difícilmente se dejarán llevar por esa falta de rigor, conscientes de su posición medial de la Ley, en tanto los conservadores, creyentes en una designa personal, casi divina, como sumos intérpretes de la ley, se muestran mucho más proclives a dejarse llevar por pura ideología.

Y luego está la ya apuntada desobediencia del imbécil que se deja llevar por el hálito romántico de la rebeldía, y dinamita cualquier proyecto colectivo desde dentro convirtiendo en dogma de fe lo que sólo son manifestaciones de su particular opinión. Esos majaderos, además, pretenderán presentar su indisciplina como independencia de criterio, ocultando que para ello es necesario tener eso, criterio, y que para poder ejercer la desobediencia con lealtad es necesario exponerlo con razones y claridad, no dedicarse con estúpida ilusión de intriga, al burdo contubernio oculto y lenguaraz.

Y sólo me queda terminar, con otra cita más, ya me disculparéis el exceso de hoy, que me he despertado memorioso, y en relación a todos estos indignos que he expuesto, diré con Serrat que, ni son negocios ni son leches en vinagre, “entre esos tipos y yo hay algo personal”, o lo que es igual, que cuando unos y otros se van a quehaceres en donde seguro no estorban tanto, me alegran el día.