ESA PARTE PERSONAL DE LAS BATALLAS

El cine, esa máquina de educación y reflexión ética, nos ha dejado dos imágenes memorables y paralelas, en al menos dos películas: en ambas, con la vida de otro al otro lado de su mano, o con el extremo del cañón de la pistola en la cara de quien sabe que va a morir o puede hacerlo pendiente de un hilo, el protagonista – Al Pacino interpretando a Miquel Corleone en El Padrino I — dice, en el primer caso, con un lastimoso tono de disculpa, “No es nada personal. Son negocios.” En la siguiente, un policía agresivo y matón – Clint Eastwood como Harry el sucio — amenaza elocuentemente con un odio mefistofélico a un delincuente de poca monta “alégrame el día”, y esa amenaza es más eficaz que cualquier otro parlamento.

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La indiferencia teñida de neutralidad profesional o la implicación emocional en cualquier sentido.

La historia nos habla de respeto e incluso aprecio y admiración entre enemigos declarados : el famoso llanto de Cesar al recibir la cabeza de Pompeyo; la gentileza del gesto en la entrega de las llaves de Breda en el cuadro de Velazquez, después de una batalla sangrienta relatada sin ahorro de detalles escabrosos por la prosa firme de Perez Reverte en uno de sus alatristes; la escena de no recuerdo qué película sobre aviadores de la primera guerra mundial en que el oficial prisionero comparte mesa y banquete con sus captores y alguien alude a que todavía en el aire la guerra es un asunto de caballeros, mientras en las trincheras una pura carnicería; los elogiosos comentarios de Montgomery a Rommel – más excusa a su propia incompetencia me temo que verdadera admiración –. Todo ello pretende dar una imagen “civilizada” de la guerra que siempre me ha rechinado. ¿Es posible luchar una batalla con todo lo que ello implica sin sentir odio ni desprecio al contrario, manteniendo ese respeto que da pensar que se podría haber estado en el lugar del otro?.

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No falta quien me acusa de exceso de implicación personal, de falta de eso que se ha dado en llamar “profesionalidad”, y que tan bien refleja la primera escena descrita de El Padrino. Esa profesionalidad que Shakespeare apuntó en la escena de la calavera en la mano de Hamlet, y que Leon Felipe supo resumir con tanto acierto: “para enterrar a los muertos, nadie peor que un sepulturero”.  Necesito por tanto explicarme. No justificarme, pero si facilitar la comunicación de mis acciones, buscar, como siempre en la vida, intentar ser más querido por la vía de ser mejor entendido, aun asumiendo que lo que hago lleva un peaje de sentimientos propios, y ajenos hacia mí, que tengo que pagar. La soberbia a veces me hace agradecer ese peaje del sentimiento ajeno y me digo que si soy odiado, temido o perseguido de cierta gente, es señal de que estoy haciendo bien las cosas.

Todo gira en torno a la obediencia y la dignidad. Me explicaré muy esquemáticamente, como hacemos siempre los juristas.

No soy una persona obediente, pero reconozco en la obediencia una dignidad sobre la cual tuve que reflexionar largamente en cierta etapa de mi vida: el abandono de uno mismo, de los propios intereses, de la importancia que nos damos, la disciplina con objetivos superiores a nuestro reducido ámbito, la entrega, la humildad necesaria para poner las propias opiniones bajo las órdenes de otra persona, o de esa entelequia a la que llamamos ley, es ciertamente admirable. Tiene todo mi reconocimiento, mi respeto, y sin necesidad de pensar que yo pudiera estar en esa posición – pues no podría – y hacer lo mismo. Será gente que no hará más daño que el que vean que es absolutamente necesario para no apartarse de su obediencia debida, y aun cuando lo hagan lo harán sin ensañamiento alguno, con seriedad, e incluso ellos sabrán con qué conciencia. Intentarán dar alternativas o buscarlas, cuando las haya, y en el momento de dar el golpe de gracia dirán algo parecido a una disculpa.

Frente a ello, se nos eleva otra dignidad no menos elevada: la de la desobediencia. La rebeldía, la indisciplina, el apartamiento de los objetivos colectivos, de la dirección, se confunde muchas veces con esa dignidad, aunque no sea sino estupidez, puerilidad y capricho — ¡cuánto tiene que aprender mi querida izquierda española!–. Sin embargo, todo ello se eleva a categoría de deber ético cuando la motivación está en el valor de la Justicia, y en último extremo en la propia conciencia.  La dignidad del desobediente es la de quien – perdón por parafrasear a Kant – se niega a ser él mismo como persona, medio y no fin en sí mismo, para evitar hacer de otros, medio y no fines en sí mismos. En esos casos es necesaria indudable valentía, pues las estructuras – esas parafernalias hechas para convertirnos siempre en medios — nunca dejarán de castigar tamaño desafuero, y habrá que estar dispuesto a afrontar la sanción, que será seguramente desproporcionadamente dura, con la cabeza alta y el orgullo incólume.

A esa vertiente de dignidad se opone, sin embargo una cara oscura de indignidad siempre acechante.

El obediente entusiasta, que celebra con alegría y con todo su celo ser medio eficaz para alcanzar el fin del daño ajeno; quien acompaña el cumplimiento de su deber con alharacas e ironías, pretendiéndose superior en posturas ideológicas cuyo simplismo induce al vómito; el baboso, quien añade a su debido esfuerzo un encono personal, que rebosa satisfacción en hacer lo que hace; que no es que esconda un conflicto, es que no lo tiene, es que si de él dependiera, todo iría incluso más allá, porque su interés, su voluntad, su querencia, persigue con ahínco ese mal ajeno que jamás evitará, pues disfruta infringiendo. El que utiliza su posición para creerse superior y sólo está tapando sus complejos, ese idiota.

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A veces, conscientes de su cobardía profunda, se esconden detrás de una hipocresía majader: cuántos ejemplos habré visto de ese aserto jurídico de “justificación no pedida, acusación manifiesta” (eludo el latinajo, ya bastante pedante me estoy poniendo hoy con tanta cita), en funcionarios que antes que nadie diga nada comienzan a elucubrar con la dureza de la ley y su deber de obediencia: mala señal.

También está esa otra forma de desobediencia, la de la falta de rigor, la de retorcer las normas y las interpretaciones de leyes y órdenes con tal de hacer que terminen diciendo lo que su voluntad personal quieren que digan, pero siempre con el objetivo de extender el ámbito del daño. Dice el Tribunal Constitucional que toda norma debe ser interpretada siempre de la forma más favorable a los derechos fundamentales. Pues no se sabe hasta qué punto tal principio vinculante es incumplido con extrema grosería, en resoluciones y sentencias, que desobedecen así a las máximas normas de nuestro ordenamiento, poniendo a los pies de la a veces artera e ideologizada voluntad del intérprete, los derechos de los demás. Si la ley es precisamente un invento para que el débil evite la arbitrariedad del poderoso, esos desobedientes no sólo vulneran — con habilidad, eso sí, retórica y prosopopeya — la norma concreta, sino el edificio mismo del Derecho. Alguna otra vez he reflexionado con la falta de simetría que en ese sentido tiene nuestro poder judicial, dado que los jueces progresistas difícilmente se dejarán llevar por esa falta de rigor, conscientes de su posición medial de la Ley, en tanto los conservadores, creyentes en una designa personal, casi divina, como sumos intérpretes de la ley, se muestran mucho más proclives a dejarse llevar por pura ideología.

Y luego está la ya apuntada desobediencia del imbécil que se deja llevar por el hálito romántico de la rebeldía, y dinamita cualquier proyecto colectivo desde dentro convirtiendo en dogma de fe lo que sólo son manifestaciones de su particular opinión. Esos majaderos, además, pretenderán presentar su indisciplina como independencia de criterio, ocultando que para ello es necesario tener eso, criterio, y que para poder ejercer la desobediencia con lealtad es necesario exponerlo con razones y claridad, no dedicarse con estúpida ilusión de intriga, al burdo contubernio oculto y lenguaraz.

Y sólo me queda terminar, con otra cita más, ya me disculparéis el exceso de hoy, que me he despertado memorioso, y en relación a todos estos indignos que he expuesto, diré con Serrat que, ni son negocios ni son leches en vinagre, “entre esos tipos y yo hay algo personal”, o lo que es igual, que cuando unos y otros se van a quehaceres en donde seguro no estorban tanto, me alegran el día.

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One comment

  1. Lismary · septiembre 9, 2016

    Disfruto leyéndote, Paco. ¡Enhorabuena por tu blog!!!

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