LA BATALLA DE LOS CONSULADOS (I)

 

 

Hace algún tiempo leí un libro, que recomiendo: “El hombre anumérico: El analfabetismo matemático y sus consecuencias”. Su autor, Jhon Allen Paulos, ya en 1988, nos advertía de cómo la paranoia y el miedo tenía su origen en la falta de comprensión de las probabilidades más elementales. Es muy conocido que el avión es el medio de transporte más seguro, lo que no evita que haya gente con miedo a volar.

Que yo recomiende un libro como este tiene bemoles: mi analfabestialismo matemático es anterior incluso – qué viejos vamos siendo – a la popularización de las calculadoras, adorables máquinas a las que no acudo todo lo que debiera, y mis dificultades con los números se manifestaban a la más tierna edad en que me enfrentaba con temblores a las arduas tareas de una multiplicación de tres cifras o una división, quizá influido por la amenaza a mis espaldas de un profesor dispuesto a plancharme la cara a dos manos. Qué tiempos. Ayudar a mis hijos en sus deberes me ha resultado casi vergonzoso, y la simple concepción de una fórmula matemática me resulta mágico, arcano, inalcanzable.

No lo digo con pizca de orgullo, sino asumiendo lo que para mí es algo así como una minusvalía mental, una auténtica condena de la naturaleza. Pues precisamente con eso me acerqué – entre temeroso y angustiado – a esa obra de divulgación matemática, que resultó mucho más interesante. Los números, como instrumento científico supremo, nos ayudan a ver las proporciones de la realidad y a manejarla con precisión. Y cuando no ponemos números a las cosas, le llegamos a tener pánico a cosas imposibles, con alguien siempre cerca dispuesto a manipular nuestro miedo, y a aprovecharse de él.el hombre anumerico.jpg

Esta es la perspectiva desde la que he llegado a entender – no comprender – la actitud personal de muchos funcionarios que se enfrentan al fenómeno de las migraciones, y la actitud política de quien los guía, especialmente cuando algunos de ellos están destinados en un consulado español en el extranjero. Por supuesto, con la obligada salvedad de las más honrosas excepciones, y también con la medida de que lo que a mí me llegan son los casos más problemáticos y detrás hay un mundo de supuestos resueltos sin conflicto alguno.

Intentaré describir la experiencia, señalando claramente que no es propia, sino el resultado de muchos relatos recibidos de fuentes que lo han vivido:

El acercamiento a un consulado suele resultar ya complicado: si bien las embajadas hacen orgullosa ostentación en los barrios más lujosos de las capitales, los consulados no suelen ser más que una oficina semioculta, detrás de una aparatosa bandera. Al instante de entrar nos sorprende una especie de muñón formado por una pala adherida a cinco adminículos amorcillados, acompañada de un monosílabo incomprensible exhalado por un autóctono aborigen cuyo estatus jurídico en tan alta oficina nos llena de incógnitas. Se nos representan tantas escenas nocturnas de puerta de discoteca que no terminan de cuajar en el contexto de tan noble lugar y tan bella mañana, próxima a estropearse. El individuo en cuestión responde a un tipo poco común pero extendido: los músculos embutidos en un atuendo siempre torpe son un desafío a la ortodoxia anatómica, lo que viene a sobreabundar la sensación de desproporción en el tamaño de un cráneo cuyo brillo alopécico aun resalta más su carácter infantiloide. La frente no es que sea huidiza, es que se largó hace tiempo, y termina en una única ceja burdamente interrumpida con lo que se adivina fue una dolorosa experiencia de extirpación, duras tenazas quizá, que dejaron como rastro un espacio enrojecido e inflamado. En los ojos, redondos y pequeños, se intenta abrir camino un universo de expresividad humana, pero, agotado, no lo consigue. El resto de músculos faciales concitan una pregunta de física teórica, y es qué oscuro fenómeno hace que la gravedad concentre sus fuerzas en ellos, dibujando un homenaje a la tristeza, parte perro pachón, parte mono perezoso.rogger rabbit gorila.png

El espécimen humano en cuestión tiene una función en la que alcanza el éxito: da miedo. Y ahí está, para dar miedo y para mantener una interlocución mínima con los pobres mortales que a él se acercan:

.- Venía a informarme sobre visados: tiene que pedir cita.

.- Venía a hablar con los funcionarios culturales: tiene que pedir cita.

.- Querría presentar un escrito que me ha hecho mi abogado: tiene que pedir cita.

.- ¿Oiga, y cómo pido cita?: tiene que pedir cita, ah, perdón, aquí. Y entonces el muñon que antes nos ha dado el alto demuestra una insospechada capacidad prensil y nos acerca un papelote con unos números de teléfono, quizá un correo electrónico o una página web. Primer paso superado.

Sigamos con la experiencia: los teléfonos, de los que el interesado se cuelga insistentemente, parecen no responder en horas que ingenuamente atribuimos a otras tareas del encargado de coger el teléfono, si es que lo hubiera. Prueba entonces a otras horas, tempranas…. Aun no lo cogen. Tardías… tampoco, ya no. Media mañana… estarán almorzando. No hay que dejarse llevar por la desesperación, probemos con los otros medios: un amable correo electrónico a la dirección que se nos ha facilitado, y a esperar la no menos amable respuesta. No llega. Quizá herramos en la dirección, consultamos la web, pues no, era correcta, ahí está. Cuando nuestro héroe – es justo que lo llamemos ya así – está a punto de probar con señales de humo o medios menos convencionales, lo intenta una vez más por teléfono, y al fin, una voz responde al otro lado: consulado de España, digame,/ pues es que quería interesarme sobre / tiene que pedir una cita /si, ya, ya me dijo el port…/ no tenemos citas para los próximos tres meses/ cómo, tres m…/ si, bueno, según para lo que la quiera/ pues es que yo quería… y al fin se consigue una ansiada cita para meses después.

En esa tesitura, claro está, no vas a desperdiciar esa áurea oportunidad de interlocución para una simple petición de información, y se decide a acudir con toda la documentación lista y preparada. En los meses que posee, comienza una nueva lucha por conseguir saber qué, cómo y con qué papeles, los papeles, los ansiados papeles. Partamos de la hipótesis de que lo que pretende nuestro amigo es un visado temporal, el llamado “de turista”. Llamar a un abogado español: si sabe del asunto, la respuesta será descorazonadora, más o menos algo así como “reúne todo lo que tengas, paga las tasas que te pidan, y si alguien te insinúa que le hagas un “regalo”, que sea generoso, reúne también lo que no tengas, pero que pueda convencerles de que jamás de los jamases palabrita del niño Jesús por estas chipen de lerén tu intención es quedarte en España y que una vez vayas a España, si su excelsa gracia tiene a bien permitirlo, tendrás que volver a tu país porque si no caerán sobre tu familia todas las maldiciones del averno, y después de presentar los papeles que demuestre fehacientemente tal circunstancia, reza muy fuerte, así con cara de rezar muy fuerte, y a lo mejor así, si el jefe de negociado de visados tiene un buen día ….”. Ante semejante respuesta es muy frecuente caer en las garras de quien no tiene ni idea, pero cobra una abultada minuta por una información falsa, pero esperanzadora.Resultado de imagen de la burocracia tenebrosa

Llega el ansiado día y Odiseo, también llamado Ulises, arriba a la lejana Itaca, en forma de ventanilla, mesa de escritorio o similar, pero no es Penélope quien le espera, ni debe matar pretendientes indeseados, sino un nuevo personaje de distinto calado al gorila de su primer acercamiento: el funcionario, quizá en su máxima expresión. Llega solo, puesto que muy pocos pueden permitirse pagar el viaje de un abogado que sepa del asunto para acompañarles y servirles de garantía de que no le van a torear, pasión tan española al fin y al cabo, con descabello final. Y el personaje no sabemos cuánto tiempo lleva viviendo en ese país, con el incentivo de un aumento salarial bastante considerable, pero no por motivaciones de amor al prójimo, ni de misión civilizatoria, ni similares. Es posible que odie su destino, es posible que desprecie el país, que ya lo ha hastiado, es posible que sufra, simplemente, el síndrome anumérico, y piense que nuestra sagrada patria va a quedar invadida por lo que él, en su triste escritorio de nueve a dos, percibe como avalancha incontenible. El caso es que la amabilidad y la empatía serán palabras desconocidas, que estará imbuido de su función: contener, impedir, dificultar, inventarse papeles para poner las cosas más difíciles, desinflar esperanzas, descarrilar ilusiones. Está sometido a una ley, pero los que las hacen, los que vigilan, los que las hacen cumplir, están muy lejos, allá, y él es la primera línea de defensa de la patria, qué sabran ellos lo que es esto.

Pongamos que el andoba tiene una situación tan peculiar que se hace creíble su sagrado juramento de volver, volver, volver, dentro del corto periodo de tiempo que se le autorizará, y por aquello de que los milagros existen, le dan el visado de turista, loados sean todos los dioses. La pegatina que le pondrán en su pasaporte, prodigio de técnicas antifalsificación en la que se han invertido más esfuerzos que para el antaño llamado Bin Laden (el billete de 500 machacantes), con el que tendrá la vía expedita para que le vendan un billete de avión y a lo mejor – ojo: tampoco es completamente seguro ni garantía tiene de ello – se le permitirá cruzar la frontera y podrá, extasiado y ruboroso ante la expectativa de hollar nuestro amado suelo patrio, ponerse de rodillas y depositar en él un ósculo virginal regado por las lágrimas de la emoción. Como dicen en mi pueblo: no es p’a menos.

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