LA BATALLA DE UN DERECHO PENAL IGUALITARIO (II)

Tal como prometí continúo, y continúo hablando de populismos, con la mala leche que se acumula cada vez que oigo la palabreja, sobre todo esgrimida desde ciertas bocas o bocazas.

Allá en los lejanos tiempos en que había quien creía en utopías, o quien simplemente concebía al ser humano más allá de su particular teoría selvática, los teóricos clásicos del Derecho Penal nos legaron doctrinas y teorías, aquellas que ingenuamente mi generación estudió en las facultades, y que llevaba en su ajuar hasta que sólo pudo estamparse con una realidad de cemento armado, condenados a huir del atolladero por la puerta de la decepción, hacia un cinismo cruel de amargo “retrogusto” (esto de acudir a catas de vino para poder privar gratis es lo que tiene, que se aprende mucho vocabulario).

La presunción de inocencia y el in dubio pro reo. Joder qué risas cuando me acuerdo de lo que nos enseñaban en la facultad. Aquello de “más vale poner en libertad a cien culpables que condenar a un solo inocente”, que si su doble valor formal y material, que la carga de la prueba… Y lo mejor, lo de que “no existe el delincuente sino sólo el delito”, que decía Concepción Arenal. Qué tiempos. En qué estaría pensando la buena señora. Aquí la quería ver yo, lidiando con esta jauría de machos alfa que no saben hablar más que de seguridad ciudadana contra el desgraciado lumpen, mientras nutren la obesidad mórbida de sus cuentas a base de estafas, especulaciones y tráficos varios de toda laya. La presunción de inocencia se pierde en un sistema formado por acomplejados policías, fiscales y jueces, que obsesionados con no ser engañados por esta chusma de medio pelo – jamás ceder en que puedan creerse más listos – prefieren condenar sobre aparatosos artefactos indiciarios plagados de inducciones y deducciones de sainete que absolver sobre la llaneza de la falta de pruebas, tan sana ella, tan generosa, tan sabia. Claro que ya se dijo que la duda era propia de intelectuales, y estos por ahí como que no. Resultado de imagen de carceles de españa

Pero es que vivimos tiempos en que la sabiduría, la reflexión, el logos, o como narices queramos llamarlo, ha quedado demodé. Un tio que piense lo que dice, que diga lo que piense, que calle lo que no sabe, e intente matizar lo que sabe, no es más que un soso, el  aburrido incapaz de animar un debate de tertulia, quizá porque se queda vencido inerme ante la exhibición de demagogia que privilegia la gracieta sobre el argumento, la soflama sobre la coherencia y la arrogancia sobre la información rigurosa.

Escucho las alusiones al sentido común y se me erizan los nervios. Sin duda fue siempre ese el argumento de los que se opusieron a la liberación de los esclavos, la abolición de la tortura, las garantías procesales, la libertad religiosa, de reunión, de asociación, de expresión, de sindicación, de huelga, la igualdad de la mujer, la igualdad de los hombres sin distinguir su lugar de nacimiento… y veo a un petimetre peripuesto de las distintas modas de las distintas épocas preguntarse airado en cada ocasión ¿pero cómo vamos a permitir que …? Para concluir con no menos profundidad filosófica: ¡sería el desastre!.

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Escucho a nuestros próceres decir que hay que proteger las fronteras, que no tenemos más capacidad de acogida, que debemos defender nuestra cultura y estilo de vida, que las ayudas deben ser para los españoles, que cómo vamos a permitir que… y que sería el desastre. Escucho a nuestros próceres justificar una reforma del código penal, de ese código pensado más para robagallinas que para los grandes, de ese código desequilibrado que hace que seamos uno de los paises de la UE con mayor tasa de policía y de población reclusa de la Unión Europea (casi el doble de la que debería por tasa de criminalidad). Escucho las conversaciones de bar vomitando exabruptos sobre la mano dura y, cómo no, hablar de sentido común. Leo que no basta con que en la Ley de extranjería cualquier extranjero que sea condenado por un delito se le expulse con cajas destempladas y no se contemple nada, sino que en ese código penal cualquier extranjero, por el mero hecho de ser extranjero, que sea calificado de delincuente – eso que según Concepción Arenal no existía – será expulsado, por sentido común, sin tener en cuenta su vida, su proyecto, su personalidad, su humanidad. Quizá porque estos conceptos no sean abarcables por el sentido común, quizá porque el sentido común no sea sino una gran mentira, casi tan grande como ser nacional o extranjero.

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