¿AÑO NUEVO … POLÍTICA DE PROTECCIÓN INTERNACIONAL RESPONSABLE? –O LA DESOBEDIENCIA CIVIL COMO RESPUESTA-.

Hoy vamos a incluir una colaboración en este blog, y así de paso subrayo la idea de que estoy abierto a que quien guste pueda colgar en este foro sus opiniones o ideas, siempre que sean coherentes con el espíritu de la página.

El aporte es de mi gran amigo Hipólito Granero, que no necesita ser presentado para aquellos que lo conozcáis, pues su personalidad ya en un primer momento no deja indiferente, pero cuando se le conoce con más profundidad es imposible no admirarse de su capacidad intelectual, pero sobre todo de su altura moral. No me quiero extender más en ello, que tampoco es cuestión de ponerse blandito, pero estoy seguro que los que ya tenéis la suerte de conocerle me daréis la razón.

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Doy paso a su letra y su palabra:

 

 

<<Estimados compañeros:

Escucho la intervención radiofónica del 29.12.2016 de nuestro Javier Galparsoro en “La ventana de Euskadi”, en la que se pronuncia sobre los actos llevados a cabo en Grecia por los activistas Mikel Zuluaga y Begoña Huarte –que fueron sorprendidos cuanto intentaban trasladar de Grecia a Italia a ocho personas extranjeras solicitantes de protección internacional-.

Como Javier Galparsoro, considero que la conducta de Zuluaga y Huarte constituye “un acto de desobediencia civil frente a la desobediencia de los Gobiernos”. Y añado, que, en realidad, se trata de “un acto EXPRESO de desobediencia civil EN APOYO DE LA NORMATIVA DE PROTECCIÓN INTERNACIONAL” frente a la “desobediencia EXPRESA de los Gobiernos DE LA NORMATIVA INTERNACIONAL”, con la peculiaridad de que si los teóricos de la desobediencia civil definen ésta como la inobservancia de una norma –así, Hugo Adam Bedau sostiene que “alguien comete un acto de desobediencia civil, sí y solo si, sus actos son ilegales, públicos, no violentos, conscientes, realizados con la intención de frustrar leyes, al menos una, programas o decisiones de los gobiernos”-, en los actos de Zuluaga y Huarte lo que se hace con su desobediencia civil es, paradójicamente, clamar por el cumplimiento de las normas de protección internacional.

Y, ante la dramática situación de los desplazados y la pasividad de la ciudadanía de la Unión Europea, que mayoritariamente calla -cuando no comparte- ante la nefasta actuación de la propia Unión Europea y de todos y cada uno de los 28 Estados miembros, “viene como anillo al dedo” el “ellos vinieron” de Martin Niemöller –popularmente atribuido a Bertolt Brecht- si bien con un añadido:

“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista,

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata,

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista,

Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío,

Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”.

Cuando los desplazados forzosos fueron considerados mercancía intercambiable (1) y no se atendieron sus necesidades, nada objeté, porque yo no precisaba protección.

Cuando yo precisé protección, el egoísmo, la insolidaridad y el nacionalismo excluyente habían tomado los Gobiernos, y no había quién quisiera proporcionármela.

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Los “tumbos” de la desacertada política de los Gobiernos frente a la dramática situación de los desplazados precisados de protección internacional, no hacen presagiar para el ya en puertas año 2.017 la adopción por los Estados de la Unión de una política responsable de protección internacional, por lo que, ojalá, que aparezcan muchos “Zuluagas” y “Huartes”.>>

Hipólito-Vte. Granero Sánchez.
Abogado.
31.12.2016.
1 ¿O no es ésto lo que la autoproclamada defensora de los derechos humanos Unión Europea ha llevado a cabo con Turquía en el mal llamado acuerdo de Marzo de 2.016, a la que a cambio de 6.000 millones de euros y otras prebendas se le traslada la dramática situación de los desplazados?.

MAMÁ

Descubro en Twitter una foto que no conocía, de Robert Cappa, de 1939, que retrata una refugiada española. Una hermosa composición, partida por una implícita línea diagonal, separa por un lado la botella vacía y un bolso de asas redondas, sorprendentemente moderno, pero sucio y sobrecargado, del que sale un hierro, como el mango de una herramienta. Sobre todo ello, en la mitad superior izquierda del acertado encuadre, arrancando desde un zapato negro, quizá charolado bajo el polvo y un infantil calcetín blanco, una pierna que no acierta a esconderse del frío bajo una cazadora masculina y serrana, de cuello de piel vuelta, arrugada, que domina la escena y conduce nuestra mirada al rostro. Su rostro de mueca inexistente refleja un agotamiento que no le permite ni gastar energía en una expresión, la mirada perdida, unas ojeras profundas muy llamativas en una cara tan joven. Y el rizo sobre su mejilla, abandonado, escapando de una melena coqueta y cuidada parece un signo de interrogación que se nos dirige insolente. Sacos ocupan el segundo plano, no acertamos a leer su sello, igual nos da, es poco probable que contengan lo que anuncian, paquetes cuadrados sin sellos ni identificaciones, le sirven de improvisado lecho, no sabe por cuánto tiempo, quizás unos minutos apenas.

mama

No es lo que me motiva, nunca me ha motivado en mi dedicación a los inmigrantes y otros refugiados ese rastro de mi pasado familiar — ¿o ese rastro familiar de mi pasado? –, el recuerdo de las historias que contaba mi abuela, las que contaba mi madre, mis tios. En los últimos días de una guerra perdida tuvieron que huir a Francia. Mi abuelo Emilio, al que no llegué a conocer, miembro destacado del partido republicano de Zaragoza, que se salvó de un fusilamiento sumario por milagro, pues el 17 de julio había llevado a la familia de vacaciones a Barbastro, con la intención de volver al día siguiente, y quedó así al otro lado de la improvisada frontera, tras la que se quedó para ingresar como teniente en el ejército leal y comenzar con su familia un periplo por varias localidades.  Castellón, donde mi madre contaba que había sobrevivido gracias a comer naranjas. Hay una foto suya, una niña escuálida pero sonriente entre naranjos, apenas sostenida por unas piernas de alambre. Barcelona, donde contaban que mi tío Luis, que no sobrevivió a una tuberculosis de posguerra alimentada por el trabajo con motores de carburo, el día que fue enrolado en Barcelona para recoger los restos de los bombardeos, no podía dejar de vomitar. Cómo mi madre recordaba que el día que entraron en Francia llevaba una perrita que el gendarme francés le permitió mantener con ella, violando las ordenanzas, al verla tan firmemente abrazada. Animal que mi abuelo había llevado a casa en el bolsillo de su guerrera, donde la presentó como una refugiada del frente de Teruel. Las historias de la huida, del campo de concentración, las escenas de la carretera en la huida grabadas en la mente de una niña, y la vida en Saint Larie, un pequeño pueblo de los Pirineos que hoy es una prestigiosa estación de esquí. Años después el regreso a esa patria amarga por la noticia de una amnistía, guiados clandestinamente por la montaña el mismo día que las tropas aliadas desembarcaban en Normandía, con el ladrido de los perros del ejército alemán de fondo sonoro. La llegada y regreso, el contacto con un pastor que tan sólo acertó a intercambiar palabras con mi abuelo en un dialecto hoy posiblemente extinto, la detención, la liberación y volver a empezar en una España hostil. Y el miedo, sobre todo el miedo, que quedó grabado a fuego en la mente de mi abuela y que revivía en sus oraciones durante la transición, cuando las carreras de grises contra estudiantes le despertaban recuerdos: otra vez una guerra no, por Dios, otra vez no.

He visto esa foto y he visto a mi madre, que falleció hace poco más de dos años, y de cuya pérdida me queda ese poso que parece que nos sobreviva. He visto esa foto y he tenido ganas de llorar de rabia, de frustración, de amargura. He recordado los silencios de los que en mi niñez se sentían más viejos de lo que eran, por haber pasado la experiencia de una guerra, los suspiros y el resumen que hacían de aquello: nada peor que una guerra, pero nada peor que una guerra civil.

He visto esta foto hoy, 12 de diciembre de 2017, en esta Europa del siglo XXI que repite la culpa de estas escenas, y se me ha helado esa sangre que siempre identificamos con la familia y el origen, y aunque esa sangre no ha sido nunca mi motivo ni mi razón, aunque me importa una higa que la niña fuera española, o siria, de entonces o de ahora, he sentido una tristeza profunda e infinita.