LA “CULPABILIZACION” DEL EXTRANJERO.

 

Podría haber llamado a esta “entrada” o artículo “la batalla de las renovaciones”, más que nada por seguir con la retórica que ha caracterizado a este blog desde sus inicios, pero es que hoy me interesa más llamar la atención sobre lo que está detrás, y por otra parte, reflejar mi conciencia de que lo de las renovaciones no es precisamente una batalla, a lo sumo una sucesión de pequeñas escaramuzas en un terreno común.

Estas escaramuzas se producen cada vez que un inmigrante que ha conseguido saltar todos los obstáculos de su carrera, que ya sabemos que son muchos, llega a la necesidad de renovar su permiso, para mantener el nivel de derechos que ha conseguido alcanzar, o sea, sus papeles. No perderlos, que no se los quiten, no quedarse otra vez con el culo al aire de la tan eufemísticamente llamada “situación irregular”. Por mi despacho han pasado casos en que la gente ha perdido su situación de derechos tan arduamente conseguida sin tan siquiera haberse resistido, o sea, sin haberla ni solicitado, porque algún imbécil les dijo que no se lo iban a dar, con lo que a los tres meses se quedó incluso sin posibilidades, como delincuente que se entrega sin defenderse.

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Utilizo este símil porque de eso va la regulación. Sin aburrir mucho con el artículo tal o cual explicaré que la renovación del permiso se va a hacer depender siempre del cumplimiento de unos requisitos, y que esos requisitos sólo aparentemente van a depender del propio inmigrante interesado. Es decir, no dependen de él, pero a alguien se le ocurrió la genial idea de que “pareciera” que dependían de él, para que “pareciera” que la denegación es en el fondo culpa suya.

La lógica es aplastante: si los requisitos dependen de ti, y no los cumples, la culpa es tuya, tú te lo has buscado, a mí qué me cuentas, haber espabilado, etc, etc, etc. Pero la trampa del asunto está en ese “aparentemente”. Porque a cualquiera que se encuentre mínimamente relacionado con el mundo del trabajo, si le dicen que el tiempo de cotización de un trabajador depende del mismo trabajador, lo más seguro es que le entre un a modo de risa tonta, así, floja pero imparable, y la sensación de mirar hacia atrás a ver si hay cámara oculta, o dónde está la broma, no vaya a ser que me esté riendo y el objeto de la broma sea yo mismo.

Y esa es la trampa, o cómo la antes aplastante lógica se convierte en un engaño de trilero. En el contexto de una crisis económica montada sobre el estallido de una burbuja que se había inflado a base de mano de obra barata (inmigrante en un alto porcentaje) y demanda creciente (ayudada por la presencia de inmigrantes), y en la que muchos nacionales se hicieron ricos o sacaron pingües beneficios que las pérdidas posteriores no vinieron a anular  (que les quiten lo bailao), ahora les decimos a los que se han quedado más desamparados en esa crisis que se vuelvan por donde han venido, y que el que no consiga quedarse es por culpa suya, y que esa culpa consiste en que no encuentren ningún empleo, o ningún empleador que les quiera dar de alta en seguridad social. Ya de dignidad ni hablamos.

Pero ahora fíjense en lo retorcido de la lógica que está detrás de esto, el manejo del mecanismo psicológico de la culpa, tanto entre los propios, como para los extraños al proceso. En primer lugar la culpa, la responsabilidad, siquiera en algo tan etéreo como “no haber buscado lo suficiente”, que desactiva al afectado en su capacidad reivindicativa y de contestación, mucho más todavía, entiendo, que la propia condición en que queda, calificado de “ilegal”. Pero sobre todo respecto a los otros, respecto a nosotros, los que vemos a esos extranjeros y se nos induce a pensar que si han vuelto a la ilegalidad ha sido por culpa de ellos mismos, por dejadez, vagancia, incompetencia, desidia o lo que sea, como si eso fuera ahora mismo determinante de algo. Pero ese sutil mecanismo sirve para dos cosas: por un lado impide embarrar nuestras conciencias, dado que le da una apariencia de justicia al sistema que apoyamos, que nos deja tranquilos; por otro lado intenta legitimar todo lo que se pueda hacer sobre ellos después. Dicho en palabras de algún “cuñao” que en seguido opinará sobre el tema:  en España no hay “ilegales”, que los que están sin permiso es porque quieren o porque ellos se lo han buscado.

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Este mecanismo lógico es en realidad el mismo que se esconde detrás de una sociedad donde asistimos impávidos al incremento de la “mano dura” como forma de resolver o prevenir problemas sociales, el crecimiento de nuestra población reclusa a niveles inadmisibles y siempre sobre la base de un perfil social que, por otra parte, nos hace sentir tranquilos por cuanto nos sentimos ajenos a él. Ese mecanismo perverso – ya ni digo lógico – es el mismo que se esconde en la culpabilización y criminalización del pobre desde los tiempos inmemoriales del más rancio liberalismo basado en el calvinismo de la predeterminación. Esa perversión mecánica – ya no lo llamo mecanismo – nos acaba envolviendo a todos como un sigiloso pulpo que ahoga nuestras conciencias y acalla nuestras empatías, siempre tan peligrosas.

¿AÑO NUEVO … POLÍTICA DE PROTECCIÓN INTERNACIONAL RESPONSABLE? –O LA DESOBEDIENCIA CIVIL COMO RESPUESTA-.

Hoy vamos a incluir una colaboración en este blog, y así de paso subrayo la idea de que estoy abierto a que quien guste pueda colgar en este foro sus opiniones o ideas, siempre que sean coherentes con el espíritu de la página.

El aporte es de mi gran amigo Hipólito Granero, que no necesita ser presentado para aquellos que lo conozcáis, pues su personalidad ya en un primer momento no deja indiferente, pero cuando se le conoce con más profundidad es imposible no admirarse de su capacidad intelectual, pero sobre todo de su altura moral. No me quiero extender más en ello, que tampoco es cuestión de ponerse blandito, pero estoy seguro que los que ya tenéis la suerte de conocerle me daréis la razón.

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Doy paso a su letra y su palabra:

 

 

<<Estimados compañeros:

Escucho la intervención radiofónica del 29.12.2016 de nuestro Javier Galparsoro en “La ventana de Euskadi”, en la que se pronuncia sobre los actos llevados a cabo en Grecia por los activistas Mikel Zuluaga y Begoña Huarte –que fueron sorprendidos cuanto intentaban trasladar de Grecia a Italia a ocho personas extranjeras solicitantes de protección internacional-.

Como Javier Galparsoro, considero que la conducta de Zuluaga y Huarte constituye “un acto de desobediencia civil frente a la desobediencia de los Gobiernos”. Y añado, que, en realidad, se trata de “un acto EXPRESO de desobediencia civil EN APOYO DE LA NORMATIVA DE PROTECCIÓN INTERNACIONAL” frente a la “desobediencia EXPRESA de los Gobiernos DE LA NORMATIVA INTERNACIONAL”, con la peculiaridad de que si los teóricos de la desobediencia civil definen ésta como la inobservancia de una norma –así, Hugo Adam Bedau sostiene que “alguien comete un acto de desobediencia civil, sí y solo si, sus actos son ilegales, públicos, no violentos, conscientes, realizados con la intención de frustrar leyes, al menos una, programas o decisiones de los gobiernos”-, en los actos de Zuluaga y Huarte lo que se hace con su desobediencia civil es, paradójicamente, clamar por el cumplimiento de las normas de protección internacional.

Y, ante la dramática situación de los desplazados y la pasividad de la ciudadanía de la Unión Europea, que mayoritariamente calla -cuando no comparte- ante la nefasta actuación de la propia Unión Europea y de todos y cada uno de los 28 Estados miembros, “viene como anillo al dedo” el “ellos vinieron” de Martin Niemöller –popularmente atribuido a Bertolt Brecht- si bien con un añadido:

“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista,

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata,

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista,

Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío,

Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”.

Cuando los desplazados forzosos fueron considerados mercancía intercambiable (1) y no se atendieron sus necesidades, nada objeté, porque yo no precisaba protección.

Cuando yo precisé protección, el egoísmo, la insolidaridad y el nacionalismo excluyente habían tomado los Gobiernos, y no había quién quisiera proporcionármela.

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Los “tumbos” de la desacertada política de los Gobiernos frente a la dramática situación de los desplazados precisados de protección internacional, no hacen presagiar para el ya en puertas año 2.017 la adopción por los Estados de la Unión de una política responsable de protección internacional, por lo que, ojalá, que aparezcan muchos “Zuluagas” y “Huartes”.>>

Hipólito-Vte. Granero Sánchez.
Abogado.
31.12.2016.
1 ¿O no es ésto lo que la autoproclamada defensora de los derechos humanos Unión Europea ha llevado a cabo con Turquía en el mal llamado acuerdo de Marzo de 2.016, a la que a cambio de 6.000 millones de euros y otras prebendas se le traslada la dramática situación de los desplazados?.

MAMÁ

Descubro en Twitter una foto que no conocía, de Robert Cappa, de 1939, que retrata una refugiada española. Una hermosa composición, partida por una implícita línea diagonal, separa por un lado la botella vacía y un bolso de asas redondas, sorprendentemente moderno, pero sucio y sobrecargado, del que sale un hierro, como el mango de una herramienta. Sobre todo ello, en la mitad superior izquierda del acertado encuadre, arrancando desde un zapato negro, quizá charolado bajo el polvo y un infantil calcetín blanco, una pierna que no acierta a esconderse del frío bajo una cazadora masculina y serrana, de cuello de piel vuelta, arrugada, que domina la escena y conduce nuestra mirada al rostro. Su rostro de mueca inexistente refleja un agotamiento que no le permite ni gastar energía en una expresión, la mirada perdida, unas ojeras profundas muy llamativas en una cara tan joven. Y el rizo sobre su mejilla, abandonado, escapando de una melena coqueta y cuidada parece un signo de interrogación que se nos dirige insolente. Sacos ocupan el segundo plano, no acertamos a leer su sello, igual nos da, es poco probable que contengan lo que anuncian, paquetes cuadrados sin sellos ni identificaciones, le sirven de improvisado lecho, no sabe por cuánto tiempo, quizás unos minutos apenas.

mama

No es lo que me motiva, nunca me ha motivado en mi dedicación a los inmigrantes y otros refugiados ese rastro de mi pasado familiar — ¿o ese rastro familiar de mi pasado? –, el recuerdo de las historias que contaba mi abuela, las que contaba mi madre, mis tios. En los últimos días de una guerra perdida tuvieron que huir a Francia. Mi abuelo Emilio, al que no llegué a conocer, miembro destacado del partido republicano de Zaragoza, que se salvó de un fusilamiento sumario por milagro, pues el 17 de julio había llevado a la familia de vacaciones a Barbastro, con la intención de volver al día siguiente, y quedó así al otro lado de la improvisada frontera, tras la que se quedó para ingresar como teniente en el ejército leal y comenzar con su familia un periplo por varias localidades.  Castellón, donde mi madre contaba que había sobrevivido gracias a comer naranjas. Hay una foto suya, una niña escuálida pero sonriente entre naranjos, apenas sostenida por unas piernas de alambre. Barcelona, donde contaban que mi tío Luis, que no sobrevivió a una tuberculosis de posguerra alimentada por el trabajo con motores de carburo, el día que fue enrolado en Barcelona para recoger los restos de los bombardeos, no podía dejar de vomitar. Cómo mi madre recordaba que el día que entraron en Francia llevaba una perrita que el gendarme francés le permitió mantener con ella, violando las ordenanzas, al verla tan firmemente abrazada. Animal que mi abuelo había llevado a casa en el bolsillo de su guerrera, donde la presentó como una refugiada del frente de Teruel. Las historias de la huida, del campo de concentración, las escenas de la carretera en la huida grabadas en la mente de una niña, y la vida en Saint Larie, un pequeño pueblo de los Pirineos que hoy es una prestigiosa estación de esquí. Años después el regreso a esa patria amarga por la noticia de una amnistía, guiados clandestinamente por la montaña el mismo día que las tropas aliadas desembarcaban en Normandía, con el ladrido de los perros del ejército alemán de fondo sonoro. La llegada y regreso, el contacto con un pastor que tan sólo acertó a intercambiar palabras con mi abuelo en un dialecto hoy posiblemente extinto, la detención, la liberación y volver a empezar en una España hostil. Y el miedo, sobre todo el miedo, que quedó grabado a fuego en la mente de mi abuela y que revivía en sus oraciones durante la transición, cuando las carreras de grises contra estudiantes le despertaban recuerdos: otra vez una guerra no, por Dios, otra vez no.

He visto esa foto y he visto a mi madre, que falleció hace poco más de dos años, y de cuya pérdida me queda ese poso que parece que nos sobreviva. He visto esa foto y he tenido ganas de llorar de rabia, de frustración, de amargura. He recordado los silencios de los que en mi niñez se sentían más viejos de lo que eran, por haber pasado la experiencia de una guerra, los suspiros y el resumen que hacían de aquello: nada peor que una guerra, pero nada peor que una guerra civil.

He visto esta foto hoy, 12 de diciembre de 2017, en esta Europa del siglo XXI que repite la culpa de estas escenas, y se me ha helado esa sangre que siempre identificamos con la familia y el origen, y aunque esa sangre no ha sido nunca mi motivo ni mi razón, aunque me importa una higa que la niña fuera española, o siria, de entonces o de ahora, he sentido una tristeza profunda e infinita.

LA BATALLA POR UN DERECHO PENAL IGUALITARIO (y III)

Voy a ver si con una tercera parte soy capaz de explicar lo que quiero, porque estoy convencido de que la idea es bastante simple, pero el onanismo mental de tendencia claramente reaccionaria, se niega a ver personas detrás de una escueta barrera de papel, y contra eso poco se puede hacer.

Hace apenas doscientos años, en el conjunto del mundo mundial (intertextualidad de Manolito Gafotas, para que no se me diga), no regía precisamente la anarquía, ni tampoco una ley de la selva más o menos edulcorada: lo que había era varios sistemas, básicamente dos, ambos muy deficientes, pero con un elemento común. Se basaban en el quién hacía qué, y no en el qué se hacía. Dicho de otra manera, si el hijo del herrero la daba una patada en el culo – por poner un ejemplo no muy dramático – al hijo del Señor conde, al hijo del herrero le caía la del pulpo. Pero si era el hijo del conde quien daba la patada en el culo al hijo del herrero, la cosa se quedaba, en el peor de los casos, en una educativa llamada de atención del Señor conde a su díscolo hijo con la finalidad de hacerle ver que el comedimiento con la plebe es a la larga más beneficioso. Y si no, que se lo dijeran a tantos que habían acabado con su noble cabeza pinchada en lo alto de una plebeya picota, separada para siempre de aquellos pies que tanto habían pateado y de aquel culo que nunca nada había recibido.

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Por otra parte, si el hijo del herrero pateaba las posaderas al hijo del carpintero, algún sistema establecía la comunidad para corregir e impedir tanto pateo, desde no hacer nada y dejar que el más fuerte se llevara la partida – modelo de actuación social ciertamente muy extendido,tanto por las ventajas para la propia vagancia del “nohacernadismo” siempre en voga, como por las desventajas de enfrentarse a los fornidos músculos del herrero– hasta el esquema en que una figura de respeto común por la comunidad reprendiera al pateante con fruición suficiente como para que dejara de ejercitar sus aficiones, al menos en ajenos glúteos. Lo del ojo por ojo fue una forma bastante poco ingeniosa de introducir lo que ahora llamamos el principio de proporcionalidad, que es una cosa también muy interesante, dado que en estos debates siempre hay un listo que piensa: si mi objetivo fundamental es que nadie pegue a otro patadas en parte alguna, pues pongo como castigo cortarle el pie y seguro que a nadie se le ocurre dar más patadas, ni después por motivos obvios, ni antes, por puro cariñico que solemos tener a las extremidades propias. A cualquiera con dos dedos de frente se le ocurre que eso es una salvajada, pero el caso es que si le pegamos un repaso a nuestro código penal veremos que, hoy por hoy, lo del ojo por ojo nos sorprende por lo moderno y proporcionado. Perdón por ponerme serio, pero la vulneración del principio de proporcionalidad en aras de la eficacia de la coerción es una de las tesis fundadoras del fascismo (¡ala, lo que ha dicho!). Y ahí lo dejo.

Retomemos el hilo, que ya se me va el caletre por sus propios fueros, y luego presumo de rienda firme, claro que necesaria, para una mente con tantas ganas de retozar como la mía. No en vano le cedo este blog para darse unos aires de vez en cuando. Creo que con el ejemplo se aprecia la diferencia entre lo que había y lo que se inventó con gran acierto: un derecho penal en el que lo que se tuviera en cuenta no fuera quién hacía la pifia, sino únicamente  cómo fuera esta, y en el que el castigo fuera proporcionado a la pifia en sí, evitando excusas para que se nos colara algún sádico, que de todo hay . Se fueron añadiendo otras garantías que ahora no voy a explicar, que no está uno para tratados ya escritos por mejores plumas.

Y vivíamos tan felices pensando que teníamos esto tan claro, quien lo consideraba algo así como un dogma democrático. Ilusos… La verdad es que entre la teoría y la práctica siempre hubo una distancia considerable, y los milenios que llevábamos practicando las burradas aquellas se nos quedaron como enganchados en las meninges, y siempre fue muy duro para un Ilustrísimo magistrado — al fin y al cabo prototipo del buen orden social — aquello de condenar a un hijo de buena familia por violación de la doncella – ¡qué chicos estos, qué energía! –, en tanto necesario sujetar su mano para reprimir la santa indignación que lo enfervorizaba para hacer caer todo el peso de la ley sobre el plebeyo que se atreviese a deshonrar – sin importar la gozosa voluntad de ésta – la virginal reputación de la niña de los Ruiperez de la Bovedilla.[1]

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Y no, no lo teníamos tan claro, por lo que se ve. Además, esto de la condición humana, que tiene aspectos un tanto rastreros, hace que nos afloren ciertas tendencias no muy saludables, de la que nuestros próceres se aprovechan para manejar el tema a su antojo. A todos aquellos a los que nos han llamado o mirado como plebeyos, chusma, gentuza, por nuestro origen social o económico, que hemos sentido la dureza y el desprecio de esa mirada, e incluso las consecuencias más materiales, que nos hemos humillado para no recibir mayor castigo por no hacer nada, en lugar de hacer lo propio, o sea, defender la igualdad de las personas independientemente de su cuna, origen, raza, religión O NACIONALIDAD, resulta que nos mola  mazo, pero de una forma inquietante y medular, como un gustirrinín que nace en lo más profundo de los huesos y se dirige sospechosamente hacia las gónadas, que nos indiquen que, oh sorpresa, hay otra casta inferior. ¡Y nosotros sin darnos cuenta!. Y en ese momento se nos olvida lo de la igualdad y como tontas marionetas del malevo astroso que con tanta pericia maneja los hilos, nos olvidamos de él, y descubrimos el gozoso regodeo de sentirnos superiores, de pensar que sobre otros deben caer castigos peores que sobre nosotros, por su ser inferior, por su vileza nativa, por su raza, o color, o… por lo que sea, da igual, algo se le ocurre siempre al de los hilos.

Paciencia: por fin termino. Desde unos años a esta parte, en toda Europa, los gerifaltes, élites, casta, o como se quiera llamarlos, nos vienen vendiendo, poco a poco, para que no duela tanto, una rotura de ese principio sacrosanto de la igualdad de derechos, sobre todo en el derecho penal, y nos dicen un día que es que hay unos tíos que no tienen permiso para estar aquí – ¡ya salió el listo preguntando que por qué tienen que tener permiso, me lo echen de clase! –, que si es que no son ciudadanos como nosotros – ¡otro listo que pide que le expliquen qué coño es eso de ser ciudadano!, ¡fuera con él! –, que es que tienen otra cosa distinta, llámese idioma, origen, nacionalidad, religión, color de pelo o forma del ombligo – ¡ese que dice no se qué de la no discriminación, suspendido por interrumpir en clase, coño! – para terminar la perorata metiéndonos el argumento final, igual de mentiroso que los anteriores, de que puesto que están aquí de invitados, tienen obligaciones mayores que los otros de cumplir las mismas normas, o si no qué integración va a ser esta. Y todos tan contentos.

Resultado de imagen de CLASES MAGISTRALESEso sí, no se te ocurra ser de los listos de la clase y contar todo esto que he contado para reivindicar una concepción compleja y con fundamentos históricos y filosóficos del derecho,  que se te despacha rápido llamándote – hay que joderse — populista.

[1] Como me sabéis aficionado al cine, me perdonaréis de vez en cuando una referencia cinéfila, y al respecto me viene a la cabeza “expiación” una película británica del 2007 dirigida por Joe Wright y protagonizada por James McAvoy y Keira Knightley. Está basada en la novela del mismo nombre escrita por el inglés Ian McEwan.

LA BATALLA DE UN DERECHO PENAL IGUALITARIO (II)

Tal como prometí continúo, y continúo hablando de populismos, con la mala leche que se acumula cada vez que oigo la palabreja, sobre todo esgrimida desde ciertas bocas o bocazas.

Allá en los lejanos tiempos en que había quien creía en utopías, o quien simplemente concebía al ser humano más allá de su particular teoría selvática, los teóricos clásicos del Derecho Penal nos legaron doctrinas y teorías, aquellas que ingenuamente mi generación estudió en las facultades, y que llevaba en su ajuar hasta que sólo pudo estamparse con una realidad de cemento armado, condenados a huir del atolladero por la puerta de la decepción, hacia un cinismo cruel de amargo “retrogusto” (esto de acudir a catas de vino para poder privar gratis es lo que tiene, que se aprende mucho vocabulario).

La presunción de inocencia y el in dubio pro reo. Joder qué risas cuando me acuerdo de lo que nos enseñaban en la facultad. Aquello de “más vale poner en libertad a cien culpables que condenar a un solo inocente”, que si su doble valor formal y material, que la carga de la prueba… Y lo mejor, lo de que “no existe el delincuente sino sólo el delito”, que decía Concepción Arenal. Qué tiempos. En qué estaría pensando la buena señora. Aquí la quería ver yo, lidiando con esta jauría de machos alfa que no saben hablar más que de seguridad ciudadana contra el desgraciado lumpen, mientras nutren la obesidad mórbida de sus cuentas a base de estafas, especulaciones y tráficos varios de toda laya. La presunción de inocencia se pierde en un sistema formado por acomplejados policías, fiscales y jueces, que obsesionados con no ser engañados por esta chusma de medio pelo – jamás ceder en que puedan creerse más listos – prefieren condenar sobre aparatosos artefactos indiciarios plagados de inducciones y deducciones de sainete que absolver sobre la llaneza de la falta de pruebas, tan sana ella, tan generosa, tan sabia. Claro que ya se dijo que la duda era propia de intelectuales, y estos por ahí como que no. Resultado de imagen de carceles de españa

Pero es que vivimos tiempos en que la sabiduría, la reflexión, el logos, o como narices queramos llamarlo, ha quedado demodé. Un tio que piense lo que dice, que diga lo que piense, que calle lo que no sabe, e intente matizar lo que sabe, no es más que un soso, el  aburrido incapaz de animar un debate de tertulia, quizá porque se queda vencido inerme ante la exhibición de demagogia que privilegia la gracieta sobre el argumento, la soflama sobre la coherencia y la arrogancia sobre la información rigurosa.

Escucho las alusiones al sentido común y se me erizan los nervios. Sin duda fue siempre ese el argumento de los que se opusieron a la liberación de los esclavos, la abolición de la tortura, las garantías procesales, la libertad religiosa, de reunión, de asociación, de expresión, de sindicación, de huelga, la igualdad de la mujer, la igualdad de los hombres sin distinguir su lugar de nacimiento… y veo a un petimetre peripuesto de las distintas modas de las distintas épocas preguntarse airado en cada ocasión ¿pero cómo vamos a permitir que …? Para concluir con no menos profundidad filosófica: ¡sería el desastre!.

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Escucho a nuestros próceres decir que hay que proteger las fronteras, que no tenemos más capacidad de acogida, que debemos defender nuestra cultura y estilo de vida, que las ayudas deben ser para los españoles, que cómo vamos a permitir que… y que sería el desastre. Escucho a nuestros próceres justificar una reforma del código penal, de ese código pensado más para robagallinas que para los grandes, de ese código desequilibrado que hace que seamos uno de los paises de la UE con mayor tasa de policía y de población reclusa de la Unión Europea (casi el doble de la que debería por tasa de criminalidad). Escucho las conversaciones de bar vomitando exabruptos sobre la mano dura y, cómo no, hablar de sentido común. Leo que no basta con que en la Ley de extranjería cualquier extranjero que sea condenado por un delito se le expulse con cajas destempladas y no se contemple nada, sino que en ese código penal cualquier extranjero, por el mero hecho de ser extranjero, que sea calificado de delincuente – eso que según Concepción Arenal no existía – será expulsado, por sentido común, sin tener en cuenta su vida, su proyecto, su personalidad, su humanidad. Quizá porque estos conceptos no sean abarcables por el sentido común, quizá porque el sentido común no sea sino una gran mentira, casi tan grande como ser nacional o extranjero.

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LA BATALLA DE UN DERECHO PENAL IGUALITARIO I

 

La nueva aristocracia se lanza el apelativo de populista de uno a otro extremo del salón de té con la fuerza con que antaño se lanzaban la cucharilla, reservando el cuchillo afilado para cuando los criados se solivianten desde fuera, y haciendo creer a éstos que en sus conflictos de alcoba hay verdaderas diferencias, algo más que ataquitos de cuernos, o peleas sobre si me quiere más papá o mamá.

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Por eso hoy voy a recordar uno de los principios sobre los que se ha construido el más abyecto y feraz populismo, ese que nos ha gobernado y nos gobierna, aunque ahora lo llaman cuñadismo, y desde siempre sencillamente estupidez. Ese juego tan antiguo de mantener a las masas en la ignorancia para después comprarles un juguete, aniquilar la inteligencia siempre comprometedora para evitar compromisos. Ese populismo en el que nos educaron, con películas, relatos y versiones de la Historia que nos dejaban pringados de caspa y en donde los buenos eran empalagosamente buenos y los malos eran otros, claro, siempre otros, menos los de verdad.

Intentaré no caer en los topicazos románticos que, por mor de enfrentarse al discurso dominante, caen en una salmodia de ingenuidad pánfila, aunque ya de entrada aviso que si alguien me quiere lanzar el sambenito de “buenista” no sólo lo asumo con gusto, sino que sólo puedo denunciar la repugnancia implacable de su reverso. Claro que soy buenista. ¿O qué concepto de sí mismo tiene quien piense que ser “malista” tiene mejor prestigio de realismo?. Sólo creo que hay que ser inteligente, y en una visión real del mundo, ser consciente de que no hay objetividad alguna en quienes lo construyen a su antojo, y después presentan su engañosa imagen desde los muchos intereses que tienen que proteger.

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Hablemos de las cárceles y del derecho penal en general. Hablemos de si la “mano dura” es o no es populismo. Si mezclar la venganza en todo esto no es volver a las cavernas, o si introducir los siempre legítimos y muy simpáticos sentimientos de las víctimas no es emponzoñar el debate, manipular el remolino con intenciones espurias, pescar con dinamita.

Ahora resulta que los que han construido un sistema penal hecho para perseguir “robagallinas” – ojo, no lo digo yo, lo dijo en un súbito ataque de decencia un presidente de Tribunal Supremo que ha contribuido como nadie a la prostitución interesada del poder judicial – a los que se les llena la boca hablando de terrorismo, sin pudor de intentar arrimar el ascua a su sardina en complejos contubernios mentirosos –aquella teoría de la conspiración que tantos con tan poco respeto a las víctimas y a la verdad sostuvieron y sostienen –, los que cada vez que aparece una niña violada, un soldado caído en acto de servicio o un pajarito muerto no dudan en clamar por la restitución de la pena de muerte, o reconstruyen la cadena perpetua sobre engañosos eufemismos, esos, digo, esos, nos van a llamar a los demás “populistas”. Como dijo uno de ellos a micrófono cerrado – si no es así de qué les asoma un poco de sinceridad — : ¡Manda huevos!

Continuará

LAS GUERRAS DE REGULARIZACION

En mi ánimo de emular a ese gran personaje de la creación literaria española, el abuelo Cebolleta — autoría del gran Francisco Ibañez, posiblemente quien mejor haya reflejado los intríngulis de un país chapucero, cutre, sinvergüenza, siempre jodido, pero siempre contento – me detendré hoy a contar batallas pasadas, en las que como coronel, capitán o cabo chusquero, me batí el cobre con pundonor y donosura, a falta de posturas más gallardas, no habiendo sido dotado por natura con épica figura.

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Parecerá a algunos que resucitar recuerdos de otros tiempos no tiene sentido – sobre eso hay un debate no, un debatazo, en la sociedad española, que me temo se viene resolviendo con el espíritu cañí antes citado – pero siempre la Historia, así con mayúscula, es buena consejera, y ayuda a entender el presente y mejor prever el futuro.

El caso es que – aclaro sobre todo para los recién llegados — si hoy tenemos un auténtico colapso del acceso a la nacionalidad por residencia, cuyos expedientes acumulan polvo en algún archivo siniestro mientras la gente espera, o si tenemos una segunda generación de inmigrantes nacidos y criados aquí, o si incluso hay compañeros y amigos que se incorporan a la faena con apellidos y nombres distintos, todo ello no fue porque tuviéramos leyes bien diseñadas y pensadas que encauzaran y acogieran una inmigración saludable y necesaria, sino todo lo contrario. Porque teníamos, y seguimos teniendo, leyes tan mal concebidas desde su inicio, que cada dos por tres tenemos que andar corrigiéndolas y haciendo lo que antes se llamaba “procesos extraordinarios de regularización”, y que en realidad no eran sino apaños, uno detrás de otro, con tal de no cambiar una ley majadera que seguimos sosteniendo contra viento y mareas.

Llegué yo a esto, pipiolo y jovencito, agarrándome de una maroma del barco ya zarpado, en el lejano año del Señor de 1991, del siglo pasado, y ya con la Ley de 1985 y el Reglamento de 1986 habían tenido que hacer un proceso de regularización, porque claro, de ser un país abierto a los extranjeros, pasábamos a ser parte acomplejada de la fortaleza europea, y eso en tiempos en que aún no habían caído muros aparentemente más altos. Un grupo de comerciantes ambulantes senegaleses, unos cuantos estudiantes latinos que se habían quedado después de sus estudios, y algún grupo más se pudo acoger a aquella, sometiéndose a un draconiano régimen de renovaciones anuales, del que no todos sobrevivieron, y soportando un régimen de acoso policial que, recién salidos del franquismo, aun no llamaba la atención.

El 15 de mayo de 1991 se cerraron las puertas al Magreb, y se comenzó a pedir visado de entrada a marroquís y argelinos (sí, hubo un tiempo no tan lejano en que no lo necesitaban para venir a España) y fue la fecha de referencia para una regularización que comenzó ese verano y terminó seis meses después con más de cien mil nuevos permisos. No era presentable ni sostenible que hubiera cien mil personas (se calculó) sin derechos. No sé si comenzaron entonces o se afianzaron una serie de dinámicas que se han mantenido todos estos años y continúan entre nosotros: la prepotencia arrogante de la policía sobre el resto de administraciones implicadas, la dispersión de criterios entre distintas provincias, el abuso del poder de ventanilla, el miedo a la generosidad…Resultado de imagen de extranjeros cola

A partir de ahí ya fue un no parar: hicimos recursos de reposición a cascoporro, y después tuvimos que enfrentarnos a todo un proceso posterior ante los Tribunales para conseguir que se reconocieran pruebas de estancia cuya validez estaba clara — de entonces y de su mal perder, viene la obsesión administrativa por no considerar válidos sino documentos públicos, y ni esos –. No habíamos terminado aquello y se empezó a ver que la Ley del 85 y el reglamento del 86 consagraban un régimen absolutamente  insostenible, en el que si se aplicaba en sus términos, todo el proceso se iba a la mierda en menos de un año, con lo que se alargó ese tiempo el que tenían para renovar los permisos concedidos, sin que hubiera sido fácil precisamente cumplir los requisitos. Pero ni por esas se convencían en los ministerios que esa ley era un desastre.

Así que nada más que tres años después, en 1994, sin terminar el anterior comenzamos otro baile. Ya os digo que la Administración le coge enseguida miedo a las palabras, y “regularización” no les mola nada. Así que, como se daban cuenta de que hacían falta currantes pero no querían cambiar una ley majadera, se inventaron eso que se llamó  “los contingentes”. El que los ideó no se dio cuenta – ¡angelico!– que un empresario siempre prefiere contratar a un tío al que ha podido estrecharle la mano, verle el careto e incluso tomarse café, por feo que sea, en lugar de al auténtico Paul Newman que le digan que esperando está al otro lado del charco. Lo que se creó para traer gente, previsible era, sirvió para regularizar a los que ya estaban aquí, y eso aunque fuera pagándose un viaje de ida y vuelta absurdo, inútil, pero del que alguna compañía aérea o naviera sacó seguro pingües beneficios. Así que allí nos tenías haciendo poco menos que de agencia de viajes y diciendo a la gente: ale, ya lo tienes, sólo te falta un papel que la Administración española te tiene que dar para que se lo entregues a ella misma, pero que no te saben dar aquí al lado, sino que te tienes que ir allá a tomar vientos. Claro, a algunos les costaba un poquito entender la jugada.  Pues el caso es que así estuvimos al menos hasta el 96, año en que ganó las elecciones Aznar y nombró a un tal Fernando Alvarez de Miranda como Delegado del Gobierno para la inmigración, un señor cuyos méritos para el cargo eran ser hijo de su padre y no sé si buen o mal médico. A este fue al que se le ocurrió la genial idea de seguir regularizando gente a base de contingentes, pero organizando vuelos a Ecuador. No dejó de tener guasa. Hasta que a alguien con un poco de seso se le inflamaron las gónadas y dijo que ya valía de cachondeo.Resultado de imagen de aviones y barcos

Como los socialistas habían pasado a la oposición, por aquello de que cuando te quitan el poder te viene un ataque de sensatez, — ¿o es que te la quitan cuando pillas cargo?, no sé – pues se apuntaron al carro que comenzaron otros de reformar, de una puta vez, una ley de extranjería que habían parido quince años atrás y que un parlamentario de entonces me confesó que creía que la aprobaban sólo para cuatro o cinco años, porque era impresentable, pero que calló, y cayó la ley en el saco del sostenella y no enmendalla, tan caro a la cuadrilla de Felipón. Tuvimos la doble suerte y milagro de que se colara, entre tanto rastrojo inútil, un ministro de trabajo decente e inteligente, D. Manuel Pimentel, y que fuera a coincidir con un Ministro del Interior, Mayor Oreja, que de puro inútil hizo buenos a sus antecesores en el cargo, que ya es decir. Engolado botarate con aires de aristócrata que permitió que su natural filofascista no se enterara de que le estaban reformando la ley en sus narices hasta que ya fue tarde para el contraataque, que intentó sostener en un senado agonizante, y que se diluyó en un Congreso confabulado para hacerle pupa a un Aznar en horas altas. Una ley medio decente salió aprobada, aunque duró sólo un añito, y claro, la Ley trajo con su entrada en vigor un nuevo proceso de regularización.  Era el año 2000.

La fraternal navajería de los socialistas — ¡cómo se superan estos chicos!—hizo que una maniobra política brillante como la de las primarias de Borrell, se les volviera en contra, y entregaron en bandeja una mayoría absoluta a Aznar, que pudo quitarse la piel de cordero, y encargarle la contrarreforma de la Ley a su nuevo Ministro de Interior, Mariano Rajoy, que así en plan somardón, como es él, la tiró adelante en un solo año. Al terminar la reforma, pues claro, como en realidad era una nueva ley, pues tocaba otro proceso de regularización. Uno muy raro, que se fraguó en mesas de negociación de la Delegación del Gobierno de Valencia. No penséis que puse el ajo en ese gazpacho, aunque fuera en mi terreno, que ni pinché ni corté, aunque el resultado no salió malo. Y ale, otra regularización más. Hasta verano del 2001 haciendo papeles.

En la Ley del 2000 se ponía una cosa muy bien pensada, conjugada además con la naturaleza como infracción de nivel medio de la estancia irregular, y era que si un extranjero conseguía que su estancia prescribiera, a los dos años, podía conseguir el permiso de residencia sin más requisitos. Eso, que no se llegó a aplicar, fue el germen de lo que hoy llamamos el arraigo social, aunque se le añadió un año y muchos requisitos absurdos. Hubiera sido el final, por la vía de la cordura, de la locura de las regularizaciones, pero no. Ahí estaban los del eslogan del “efecto llamada” para impedir cualquier mejora decente o simplemente inteligente.

Pues el encargado de aplicar la contrarreforma de Mariano fue Acebes. Los casi dos años que tuvimos que sufrir a ese “Ángel”, que rebelde a toda causa inspirada por la bondad, había sido a buen seguro expulsado con Belcebú del paraíso, para irnos a caer en un Ministerio de la persecución y el oscurantismo, de la policía política, de la inmisericordia y la demagogia, del parafascismo racista y la rabia babeante  de un aprendiz de Ku Kux Klan. Su salida del Ministerio con embustes interesados largados sobre 200 cuerpos calientes sí que fue épica. Fue tal el exceso, el pisoteo de derechos, la ignorancia de los principios y la cordura, la negación de la realidad, que – ya lo habréis imaginado – hubo que hacer otra regularización. Y van… no sé, perdí la cuenta.

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Una de las primeras medidas de Rodriguez Zapatero al llegar a la Moncloa fue convocar un proceso, que – recuerden lo que les dije antes del miedo a las palabras – se dio en llamar de “normalización” y al que un Rajoy ahora en la oposición atacó pidiendo la prohibición de las regularizaciones, él, que tiene el record de en un año haber hecho dos. Cosas de este país de locos.

El error de la “normalización” del 2005 es que la capitaneó una elementa, de la que ya en este blog he tenido ocasión de hablar, auténtica hidra nefasta, que malbarató la recién creada Secretaría de Estado de Inmigración entregándola en manos precisamente de quien debía expropiarla, de la policía, por aquello de que ella sabía mucho del tema porque había sido subdelegada del Gobierno de Ceuta. Una lumbrera, vaya. A pesar de ella, fue la mayor regularización que ha habido, en cuanto a número de expedientes y de permisos concedidos. Afortunadamente la cesaron antes de que vomitara un reglamento impresentable , que Anna Terrón tiró sabiamente a la papelera, sin que le diera tiempo a hacer otra cosa, salvo lo que pudo sacar en un nuevo reglamento, hoy vigente. Y sabe Dios lo que no le dejaron.

Y mira por donde, repasando las regularizaciones hemos hecho casi – otro día hablo de la última etapa de estos ocho años — un repaso de la historia de la extranjería en España. Porque si lo hacemos desde una perspectiva positiva sólo puede ser así, y con esta conclusión: no hay, sino a muy duras penas, de entre todos los extranjeros regulares hoy en España — con excepción de los que lo han conseguido por la de ser familiares de un ciudadano de la Unión –, quien haya conseguido su acceso a la legalidad por una vía normalizada, sino partiendo o a través de uno de estos procesos “extraordinarios” de regularización.

Y eso da mucho que pensar, pero claro, si pensamos, llegamos a conclusiones, y la única posible es que tenemos una ley mal pensada, mal diseñada y peor gestionada, basada en el principio de “los españoles primero”, que luego todos repudian excepto la más rancia ultraderecha.

Nos vemos en la próxima regularización, que ya se va haciendo necesaria, por culpa de la cicatería del actual “arraigo”.

LA BATALLA DE LOS CONSULADOS (y II)

 

Todo es fruto del miedo a volar. Ellos se sientan en una ventanilla, y de nueve a dos aparecen por allí un número de personas que quieren venir a España o a Europa, un buen número de ellos a quedarse, aunque otro buen número sólo de vacaciones, y aunque se valore que el número total de personas que pasan por ahí, aunque lo multipliquemos por el total de consulados, no llega ni a una ínfima parte de la población –una sencilla operación matemática que hasta un cenutrio como yo, ojo, con calculadora, puede hacer—se levanta el miedo como consecuencia, el prejuicio como prevención. Si a eso añadimos los términos grandilocuentes que utiliza ciertos medios de comunicación y la tremenda noticia tan cotidiana de la gente que muere en el Mediterráneo, parece como si ejércitos enteros de invasión estuvieran a las puertas de nuestro bienestar.

Resultado de imagen de mediterraneoPero tres mil muertos perdidos en el mar, que se calcula sólo este año, son una barbaridad, no una tragedia, tres mil tragedias, una causa de rabia infinita, de lágrimas de rabia, de dolor y de vergüenza, sobre todo porque si pensamos en tres mil vivos compartiendo espacio con quinientos millones de europeos son nada, una gota, algo insignificante que sólo puede dar miedo a los más majaderos. Pero tres mil muertos son tres mil tragedias que no podemos olvidar.

Y el miedo al extranjero se llama xenofobia, y ahí está. Estoy seguro de que eso se cura con un cursillo – doy fe de que un buen amigo se sometió a uno para superar su miedo a volar y le dio buen resultado — y no sé si sería mucho pedir al Ministerio de Exteriores que les diera unas clases, pero el caso es que lo que vivimos los extranjeristas con los consulados españoles es un frente de batalla en el que gastamos estrategias y energías como si se tratara de la fortaleza capital del enemigo, sin que creo lo sea.

Es además un frente sucio, en el que el estado recurre sin rubor a las peores estratagemas; donde la ley – esa cosa tan nacional –queda lejos, y se cumple de boquilla y sin garantías; en el que la lucha es a cara de perro porque el contrario nos desprecia como traidores a las sacrosantas esencias de la patria – de alguna manera tiene que disfrazar su ridículo miedo –; donde la distancia es su ventaja y no siendo suficiente, las resoluciones de los consulados, en lugar de estar sometidas a un juez ordinario, sólo pueden recurrirse ante el Tribunal Superior de Justicia de Madrid, órgano no destacable por su celeridad, a un precio suplementario. Las consecuencias de todos esos privilegios es que se sienten amparados por una muralla inexpugnable, de elevadísimos muros, en lo alto de un monte.

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Hace bien poco se condenó a un cónsul por trapichear con visados, luego ha tenido que ser otro país quien denunciara a otro cónsul español por corrupción, pero eso no es lo peor. En el fango en que se mueve nuestra política, ¡qué queréis que os diga!, que haya funcionarios que saquen tajada del enorme margen de arbitrariedad que esa maldita Ley de extranjería les concede estoy seguro que es algo que quienes la redactaron lo echaron a beneficio de inventario. Lo peor, mucho peor, porque no se explica ni por ambición ni por codicia — tan humanas al fin y al cabo –, sino por esa repugnante convicción de que nos están protegiendo, es ese cónsul que — me contaban recientemente — cuando se presentaban padres nacionalizados españoles a pedir que se les permitiera ejercer su derecho de opción para sus hijos menores, les decía que eso quería decir que era él quien podía optar y que optaba por que se fueran a la mierda. O ese otro que denegaba sistemáticamente los visados de reagrupación familiar de maridos y mujeres de inmigrantes, porque todos los matrimonios los consideraba de conveniencia, aunque algunos hasta tenían hijos. O esos que deniegan las reagrupaciones familiares de hijos menores si no se le lleva una carísima prueba genética de paternidad que además – claro, la confianza, que es tan subjetiva — sólo se puede hacer en una clínica determinada. O los que dejan expedientes congelados en cajones sin siquiera dar una excusa. O los que abusan de las citas previas dándolas para meses, y hasta años, para realizar trámites de los que depende el ejercicio de derechos…

En “El castillo”, al que no se puede acceder sino por abstrusas mediaciones e incomprensibles trámites, reina un ser misterioso, dueño de todo el poder sobre la vida y la muerte, amo del destino sin atender culpas o inocencias, como un dios que no deba dar cuenta a nadie de su capricho. Y en la soledad de su encierro autoinflingido se protege de sus propios miedos con más murallas, más guardianes, rejas más altas y densas. ¡Qué gran novela escribió Kafka sobre los consulados.!

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LA BATALLA DE LOS CONSULADOS (I)

 

 

Hace algún tiempo leí un libro, que recomiendo: “El hombre anumérico: El analfabetismo matemático y sus consecuencias”. Su autor, Jhon Allen Paulos, ya en 1988, nos advertía de cómo la paranoia y el miedo tenía su origen en la falta de comprensión de las probabilidades más elementales. Es muy conocido que el avión es el medio de transporte más seguro, lo que no evita que haya gente con miedo a volar.

Que yo recomiende un libro como este tiene bemoles: mi analfabestialismo matemático es anterior incluso – qué viejos vamos siendo – a la popularización de las calculadoras, adorables máquinas a las que no acudo todo lo que debiera, y mis dificultades con los números se manifestaban a la más tierna edad en que me enfrentaba con temblores a las arduas tareas de una multiplicación de tres cifras o una división, quizá influido por la amenaza a mis espaldas de un profesor dispuesto a plancharme la cara a dos manos. Qué tiempos. Ayudar a mis hijos en sus deberes me ha resultado casi vergonzoso, y la simple concepción de una fórmula matemática me resulta mágico, arcano, inalcanzable.

No lo digo con pizca de orgullo, sino asumiendo lo que para mí es algo así como una minusvalía mental, una auténtica condena de la naturaleza. Pues precisamente con eso me acerqué – entre temeroso y angustiado – a esa obra de divulgación matemática, que resultó mucho más interesante. Los números, como instrumento científico supremo, nos ayudan a ver las proporciones de la realidad y a manejarla con precisión. Y cuando no ponemos números a las cosas, le llegamos a tener pánico a cosas imposibles, con alguien siempre cerca dispuesto a manipular nuestro miedo, y a aprovecharse de él.el hombre anumerico.jpg

Esta es la perspectiva desde la que he llegado a entender – no comprender – la actitud personal de muchos funcionarios que se enfrentan al fenómeno de las migraciones, y la actitud política de quien los guía, especialmente cuando algunos de ellos están destinados en un consulado español en el extranjero. Por supuesto, con la obligada salvedad de las más honrosas excepciones, y también con la medida de que lo que a mí me llegan son los casos más problemáticos y detrás hay un mundo de supuestos resueltos sin conflicto alguno.

Intentaré describir la experiencia, señalando claramente que no es propia, sino el resultado de muchos relatos recibidos de fuentes que lo han vivido:

El acercamiento a un consulado suele resultar ya complicado: si bien las embajadas hacen orgullosa ostentación en los barrios más lujosos de las capitales, los consulados no suelen ser más que una oficina semioculta, detrás de una aparatosa bandera. Al instante de entrar nos sorprende una especie de muñón formado por una pala adherida a cinco adminículos amorcillados, acompañada de un monosílabo incomprensible exhalado por un autóctono aborigen cuyo estatus jurídico en tan alta oficina nos llena de incógnitas. Se nos representan tantas escenas nocturnas de puerta de discoteca que no terminan de cuajar en el contexto de tan noble lugar y tan bella mañana, próxima a estropearse. El individuo en cuestión responde a un tipo poco común pero extendido: los músculos embutidos en un atuendo siempre torpe son un desafío a la ortodoxia anatómica, lo que viene a sobreabundar la sensación de desproporción en el tamaño de un cráneo cuyo brillo alopécico aun resalta más su carácter infantiloide. La frente no es que sea huidiza, es que se largó hace tiempo, y termina en una única ceja burdamente interrumpida con lo que se adivina fue una dolorosa experiencia de extirpación, duras tenazas quizá, que dejaron como rastro un espacio enrojecido e inflamado. En los ojos, redondos y pequeños, se intenta abrir camino un universo de expresividad humana, pero, agotado, no lo consigue. El resto de músculos faciales concitan una pregunta de física teórica, y es qué oscuro fenómeno hace que la gravedad concentre sus fuerzas en ellos, dibujando un homenaje a la tristeza, parte perro pachón, parte mono perezoso.rogger rabbit gorila.png

El espécimen humano en cuestión tiene una función en la que alcanza el éxito: da miedo. Y ahí está, para dar miedo y para mantener una interlocución mínima con los pobres mortales que a él se acercan:

.- Venía a informarme sobre visados: tiene que pedir cita.

.- Venía a hablar con los funcionarios culturales: tiene que pedir cita.

.- Querría presentar un escrito que me ha hecho mi abogado: tiene que pedir cita.

.- ¿Oiga, y cómo pido cita?: tiene que pedir cita, ah, perdón, aquí. Y entonces el muñon que antes nos ha dado el alto demuestra una insospechada capacidad prensil y nos acerca un papelote con unos números de teléfono, quizá un correo electrónico o una página web. Primer paso superado.

Sigamos con la experiencia: los teléfonos, de los que el interesado se cuelga insistentemente, parecen no responder en horas que ingenuamente atribuimos a otras tareas del encargado de coger el teléfono, si es que lo hubiera. Prueba entonces a otras horas, tempranas…. Aun no lo cogen. Tardías… tampoco, ya no. Media mañana… estarán almorzando. No hay que dejarse llevar por la desesperación, probemos con los otros medios: un amable correo electrónico a la dirección que se nos ha facilitado, y a esperar la no menos amable respuesta. No llega. Quizá herramos en la dirección, consultamos la web, pues no, era correcta, ahí está. Cuando nuestro héroe – es justo que lo llamemos ya así – está a punto de probar con señales de humo o medios menos convencionales, lo intenta una vez más por teléfono, y al fin, una voz responde al otro lado: consulado de España, digame,/ pues es que quería interesarme sobre / tiene que pedir una cita /si, ya, ya me dijo el port…/ no tenemos citas para los próximos tres meses/ cómo, tres m…/ si, bueno, según para lo que la quiera/ pues es que yo quería… y al fin se consigue una ansiada cita para meses después.

En esa tesitura, claro está, no vas a desperdiciar esa áurea oportunidad de interlocución para una simple petición de información, y se decide a acudir con toda la documentación lista y preparada. En los meses que posee, comienza una nueva lucha por conseguir saber qué, cómo y con qué papeles, los papeles, los ansiados papeles. Partamos de la hipótesis de que lo que pretende nuestro amigo es un visado temporal, el llamado “de turista”. Llamar a un abogado español: si sabe del asunto, la respuesta será descorazonadora, más o menos algo así como “reúne todo lo que tengas, paga las tasas que te pidan, y si alguien te insinúa que le hagas un “regalo”, que sea generoso, reúne también lo que no tengas, pero que pueda convencerles de que jamás de los jamases palabrita del niño Jesús por estas chipen de lerén tu intención es quedarte en España y que una vez vayas a España, si su excelsa gracia tiene a bien permitirlo, tendrás que volver a tu país porque si no caerán sobre tu familia todas las maldiciones del averno, y después de presentar los papeles que demuestre fehacientemente tal circunstancia, reza muy fuerte, así con cara de rezar muy fuerte, y a lo mejor así, si el jefe de negociado de visados tiene un buen día ….”. Ante semejante respuesta es muy frecuente caer en las garras de quien no tiene ni idea, pero cobra una abultada minuta por una información falsa, pero esperanzadora.Resultado de imagen de la burocracia tenebrosa

Llega el ansiado día y Odiseo, también llamado Ulises, arriba a la lejana Itaca, en forma de ventanilla, mesa de escritorio o similar, pero no es Penélope quien le espera, ni debe matar pretendientes indeseados, sino un nuevo personaje de distinto calado al gorila de su primer acercamiento: el funcionario, quizá en su máxima expresión. Llega solo, puesto que muy pocos pueden permitirse pagar el viaje de un abogado que sepa del asunto para acompañarles y servirles de garantía de que no le van a torear, pasión tan española al fin y al cabo, con descabello final. Y el personaje no sabemos cuánto tiempo lleva viviendo en ese país, con el incentivo de un aumento salarial bastante considerable, pero no por motivaciones de amor al prójimo, ni de misión civilizatoria, ni similares. Es posible que odie su destino, es posible que desprecie el país, que ya lo ha hastiado, es posible que sufra, simplemente, el síndrome anumérico, y piense que nuestra sagrada patria va a quedar invadida por lo que él, en su triste escritorio de nueve a dos, percibe como avalancha incontenible. El caso es que la amabilidad y la empatía serán palabras desconocidas, que estará imbuido de su función: contener, impedir, dificultar, inventarse papeles para poner las cosas más difíciles, desinflar esperanzas, descarrilar ilusiones. Está sometido a una ley, pero los que las hacen, los que vigilan, los que las hacen cumplir, están muy lejos, allá, y él es la primera línea de defensa de la patria, qué sabran ellos lo que es esto.

Pongamos que el andoba tiene una situación tan peculiar que se hace creíble su sagrado juramento de volver, volver, volver, dentro del corto periodo de tiempo que se le autorizará, y por aquello de que los milagros existen, le dan el visado de turista, loados sean todos los dioses. La pegatina que le pondrán en su pasaporte, prodigio de técnicas antifalsificación en la que se han invertido más esfuerzos que para el antaño llamado Bin Laden (el billete de 500 machacantes), con el que tendrá la vía expedita para que le vendan un billete de avión y a lo mejor – ojo: tampoco es completamente seguro ni garantía tiene de ello – se le permitirá cruzar la frontera y podrá, extasiado y ruboroso ante la expectativa de hollar nuestro amado suelo patrio, ponerse de rodillas y depositar en él un ósculo virginal regado por las lágrimas de la emoción. Como dicen en mi pueblo: no es p’a menos.

ESA PARTE PERSONAL DE LAS BATALLAS

El cine, esa máquina de educación y reflexión ética, nos ha dejado dos imágenes memorables y paralelas, en al menos dos películas: en ambas, con la vida de otro al otro lado de su mano, o con el extremo del cañón de la pistola en la cara de quien sabe que va a morir o puede hacerlo pendiente de un hilo, el protagonista – Al Pacino interpretando a Miquel Corleone en El Padrino I — dice, en el primer caso, con un lastimoso tono de disculpa, “No es nada personal. Son negocios.” En la siguiente, un policía agresivo y matón – Clint Eastwood como Harry el sucio — amenaza elocuentemente con un odio mefistofélico a un delincuente de poca monta “alégrame el día”, y esa amenaza es más eficaz que cualquier otro parlamento.

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La indiferencia teñida de neutralidad profesional o la implicación emocional en cualquier sentido.

La historia nos habla de respeto e incluso aprecio y admiración entre enemigos declarados : el famoso llanto de Cesar al recibir la cabeza de Pompeyo; la gentileza del gesto en la entrega de las llaves de Breda en el cuadro de Velazquez, después de una batalla sangrienta relatada sin ahorro de detalles escabrosos por la prosa firme de Perez Reverte en uno de sus alatristes; la escena de no recuerdo qué película sobre aviadores de la primera guerra mundial en que el oficial prisionero comparte mesa y banquete con sus captores y alguien alude a que todavía en el aire la guerra es un asunto de caballeros, mientras en las trincheras una pura carnicería; los elogiosos comentarios de Montgomery a Rommel – más excusa a su propia incompetencia me temo que verdadera admiración –. Todo ello pretende dar una imagen “civilizada” de la guerra que siempre me ha rechinado. ¿Es posible luchar una batalla con todo lo que ello implica sin sentir odio ni desprecio al contrario, manteniendo ese respeto que da pensar que se podría haber estado en el lugar del otro?.

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No falta quien me acusa de exceso de implicación personal, de falta de eso que se ha dado en llamar “profesionalidad”, y que tan bien refleja la primera escena descrita de El Padrino. Esa profesionalidad que Shakespeare apuntó en la escena de la calavera en la mano de Hamlet, y que Leon Felipe supo resumir con tanto acierto: “para enterrar a los muertos, nadie peor que un sepulturero”.  Necesito por tanto explicarme. No justificarme, pero si facilitar la comunicación de mis acciones, buscar, como siempre en la vida, intentar ser más querido por la vía de ser mejor entendido, aun asumiendo que lo que hago lleva un peaje de sentimientos propios, y ajenos hacia mí, que tengo que pagar. La soberbia a veces me hace agradecer ese peaje del sentimiento ajeno y me digo que si soy odiado, temido o perseguido de cierta gente, es señal de que estoy haciendo bien las cosas.

Todo gira en torno a la obediencia y la dignidad. Me explicaré muy esquemáticamente, como hacemos siempre los juristas.

No soy una persona obediente, pero reconozco en la obediencia una dignidad sobre la cual tuve que reflexionar largamente en cierta etapa de mi vida: el abandono de uno mismo, de los propios intereses, de la importancia que nos damos, la disciplina con objetivos superiores a nuestro reducido ámbito, la entrega, la humildad necesaria para poner las propias opiniones bajo las órdenes de otra persona, o de esa entelequia a la que llamamos ley, es ciertamente admirable. Tiene todo mi reconocimiento, mi respeto, y sin necesidad de pensar que yo pudiera estar en esa posición – pues no podría – y hacer lo mismo. Será gente que no hará más daño que el que vean que es absolutamente necesario para no apartarse de su obediencia debida, y aun cuando lo hagan lo harán sin ensañamiento alguno, con seriedad, e incluso ellos sabrán con qué conciencia. Intentarán dar alternativas o buscarlas, cuando las haya, y en el momento de dar el golpe de gracia dirán algo parecido a una disculpa.

Frente a ello, se nos eleva otra dignidad no menos elevada: la de la desobediencia. La rebeldía, la indisciplina, el apartamiento de los objetivos colectivos, de la dirección, se confunde muchas veces con esa dignidad, aunque no sea sino estupidez, puerilidad y capricho — ¡cuánto tiene que aprender mi querida izquierda española!–. Sin embargo, todo ello se eleva a categoría de deber ético cuando la motivación está en el valor de la Justicia, y en último extremo en la propia conciencia.  La dignidad del desobediente es la de quien – perdón por parafrasear a Kant – se niega a ser él mismo como persona, medio y no fin en sí mismo, para evitar hacer de otros, medio y no fines en sí mismos. En esos casos es necesaria indudable valentía, pues las estructuras – esas parafernalias hechas para convertirnos siempre en medios — nunca dejarán de castigar tamaño desafuero, y habrá que estar dispuesto a afrontar la sanción, que será seguramente desproporcionadamente dura, con la cabeza alta y el orgullo incólume.

A esa vertiente de dignidad se opone, sin embargo una cara oscura de indignidad siempre acechante.

El obediente entusiasta, que celebra con alegría y con todo su celo ser medio eficaz para alcanzar el fin del daño ajeno; quien acompaña el cumplimiento de su deber con alharacas e ironías, pretendiéndose superior en posturas ideológicas cuyo simplismo induce al vómito; el baboso, quien añade a su debido esfuerzo un encono personal, que rebosa satisfacción en hacer lo que hace; que no es que esconda un conflicto, es que no lo tiene, es que si de él dependiera, todo iría incluso más allá, porque su interés, su voluntad, su querencia, persigue con ahínco ese mal ajeno que jamás evitará, pues disfruta infringiendo. El que utiliza su posición para creerse superior y sólo está tapando sus complejos, ese idiota.

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A veces, conscientes de su cobardía profunda, se esconden detrás de una hipocresía majader: cuántos ejemplos habré visto de ese aserto jurídico de “justificación no pedida, acusación manifiesta” (eludo el latinajo, ya bastante pedante me estoy poniendo hoy con tanta cita), en funcionarios que antes que nadie diga nada comienzan a elucubrar con la dureza de la ley y su deber de obediencia: mala señal.

También está esa otra forma de desobediencia, la de la falta de rigor, la de retorcer las normas y las interpretaciones de leyes y órdenes con tal de hacer que terminen diciendo lo que su voluntad personal quieren que digan, pero siempre con el objetivo de extender el ámbito del daño. Dice el Tribunal Constitucional que toda norma debe ser interpretada siempre de la forma más favorable a los derechos fundamentales. Pues no se sabe hasta qué punto tal principio vinculante es incumplido con extrema grosería, en resoluciones y sentencias, que desobedecen así a las máximas normas de nuestro ordenamiento, poniendo a los pies de la a veces artera e ideologizada voluntad del intérprete, los derechos de los demás. Si la ley es precisamente un invento para que el débil evite la arbitrariedad del poderoso, esos desobedientes no sólo vulneran — con habilidad, eso sí, retórica y prosopopeya — la norma concreta, sino el edificio mismo del Derecho. Alguna otra vez he reflexionado con la falta de simetría que en ese sentido tiene nuestro poder judicial, dado que los jueces progresistas difícilmente se dejarán llevar por esa falta de rigor, conscientes de su posición medial de la Ley, en tanto los conservadores, creyentes en una designa personal, casi divina, como sumos intérpretes de la ley, se muestran mucho más proclives a dejarse llevar por pura ideología.

Y luego está la ya apuntada desobediencia del imbécil que se deja llevar por el hálito romántico de la rebeldía, y dinamita cualquier proyecto colectivo desde dentro convirtiendo en dogma de fe lo que sólo son manifestaciones de su particular opinión. Esos majaderos, además, pretenderán presentar su indisciplina como independencia de criterio, ocultando que para ello es necesario tener eso, criterio, y que para poder ejercer la desobediencia con lealtad es necesario exponerlo con razones y claridad, no dedicarse con estúpida ilusión de intriga, al burdo contubernio oculto y lenguaraz.

Y sólo me queda terminar, con otra cita más, ya me disculparéis el exceso de hoy, que me he despertado memorioso, y en relación a todos estos indignos que he expuesto, diré con Serrat que, ni son negocios ni son leches en vinagre, “entre esos tipos y yo hay algo personal”, o lo que es igual, que cuando unos y otros se van a quehaceres en donde seguro no estorban tanto, me alegran el día.