LA LARGUÍSIMA BATALLA DE LOS CIES (y V)

 

Tras el paréntesis vacacional — ¡joder, qué falta me hacía! – va siendo hora de poner fin a este largo culebrón en que se ha convertido esta entrada sobre la batalla de los cies. En su propio título ya avisé de que era larga, y consecuentemente allá vamos con el capítulo final y cierre, y a otro tema, que hay para largo.

Como colofón, digo, a este relato de batalla, me pondré un poco más reflexivo, y resumiré mucho lo que me queda de relato. En las anteriores “entradas” me extendí demasiado en un relato en el que asumí un protagonismo – palabra muy desprestigiada, pero que habrá que recuperar, me temo, pues sin ella no se entienden bien ni se articulan otros conceptos necesarios – que me han hecho adoptar un tono casi de memorias, tal y como reflejaba en la introducción.

No puedo dejar pasar el trabajo y esfuerzo de todos los que, antes y después, se han implicado en esta batalla, y han tomado el relevo de ese protagonismo que en su momento tuve que abandonar, por muchas circunstancias.

De antes no conozco más que las iniciativas del Defensor del Pueblo, que obligaron a reformar el CIE ya antes de que yo llegara a conocerlo, o que interpusieron el recurso al Tribunal Constitucional contra el artículo 26 de la vieja Ley de Extranjería. En otro momento y foro trataré sobre ese recurso, la sentencia que le siguió, y las consecuencias seguidas de una tibieza de la misma, políticamente interesada y cobarde, como tristemente es habitual en nuestro más alto Tribunal, precisamente ese destinado a guardar las esencias. El Defensor es no sólo una institución a la que he defendido con denuedo de críticas y desdenes, y cuya relevancia es enorme, si bien su discreción le impide reivindicarse como merecería. Los distintos Defensores que han sido se han dejado imbuir de la entidad de su misión, y si no todos fueron nombramientos dotados de la independencia que se esperaría, lo cierto es que el trabajo diario por los derechos humanos es algo que a nadie puede dejar indiferente, y se han contagiado del entusiasmo de unos equipos dotados de capacidad y sensibilidad.

De después, me perdonaréis que me sienta satisfecho por pensar que aquellos dos informes que elaboré y cuyas vicisitudes he relatado plantaron una semilla que fue retomada por muchos. Pocos años después un nuevo informe de unos compañeros del Colegio de Madrid levantó de nuevo ampollas sangrantes, consiguiendo que la capitalidad les diera una relevancia mediática mayor, pues es de eso de lo que se trata.

El arma de los informes extraídos de testimonios directos de internos, de visitas solapadas, de “cámaras ocultas” es la única manera de sacar a la luz una realidad tan opaca, ocultada, como la de los Cies. CEAR elaboró un informe magnífico que el Sr. Rubalcaba, a la sazón Ministro de Gobernación, les hizo pagar duramente cumpliendo sus amenazas– así son nuestros simpáticos ministros de interior, gente de una ética intachable —  de recortar todo tipo de subvención o apoyo público. Hacerle daño al lado oscuro de la fuerza nunca sale gratis, aunque seas un Jedi de espada ágil.

En los últimos años se han creado plataformas, se han aunado esfuerzos y voluntades, desde organizaciones y desde personas que dedican su tiempo a denunciar la existencia misma de los CIES. Y ese es el camino. Me duele que ese camino sea lento, que seguro sería más rápido si no tuviéramos tanto recelo, tanta desconfianza de nosotros mismos, alimentados por años de manipulaciones interesadas, y también por culpa de tanto purismo asamblearista que pierde la fuerza del martillazo por discutir el material del que tiene que estar hecho el mango del martillo. En el primer encuentro de organizaciones contrarias a la existencia de los Cies lo dije, que se estaba perdiendo una oportunidad de estructurar una organización con un objetivo claro, pero las palabras estructura y organización hay a gente a las que les produce una especie de alergia.

No obstante, y como no quiero pecar del purismo que denuncio, sólo puedo alabar la trayectoria que desde entonces y desde antes, todo un montón de personas han tenido para, sin dejar de ayudar a las víctimas principales, los presos, hacer más visible a la opinión pública la vergüenza suprema que supone para cualquier persona de bien la existencia de esos guantánamos en nuestro territorio. Si creemos en la democracia, el camino para acabar con los CIES pasa en primer lugar por hacerlos visibles a la opinión pública, por explicar que las declaraciones de los políticos cada vez que se atreven a hablar de ellos son mentira, y por rebatirles con números y datos, pero también destapando los muros que ocultan a la gente el sufrimiento gratuito que con nuestro dinero se construye en la esquina de nuestro barrio. Sólo una sociedad idiotizada de miedo y egoísmo, encerrada en la más miserable atonía moral, y perdida de delirio paranoico, si tiene la debida información de lo que son esos centros, sería capaz de tolerarlos.

LA LARGA BATALLA DE LOS CIES (IV)

Nos quedamos en el anterior capítulo con que el informe sobre el CIE de Valencia se había comprometido con la Delegación del Gobierno, cuya cabeza visible había cambiado a una elección del nuevo Superministro de Interior y Justicia Alberto Belloch, para una etapa que se prometía breve. Todo auguraba que la larga decadencia que llevaba arrastrando el PSOE de Gonzalez iba a terminar en unas elecciones cuyo resultado muchos temíamos, viendo al candidato Aznar haciendo de las suyas. Así que saqué de la impresora el informe y lo presenté al registro de entrada de la nueva Delegada, Carmela Moya, y quedé a la espera de que se me convocara a una reunión, se me pidiera que lo explicara, o que se me explicaran medidas a tomar a consecuencia del informe.

Y esperé, sabiendo que unos cincuenta seres humanos, como mínimo, estaban pasando por una película de terror por el mero capricho de unos cuantos Fredy Kruger de pacotilla y la negligencia cobarde de quienes tenían que velar por sus derechos y no lo hacían.

Y esperé, sabiendo que unos cincuenta seres humanos, o quizá más, eran encerrados durante días sin poder ver apenas la luz del sol, sometidos a una soledad cruel y a un tiempo sin futuro.

Y seguí esperando, sintiendo sobre mi conciencia que la espera era como dejar hacer, que el tiempo era sufrimiento para otros, y que no podía esperar más.

Y me cansé de esperar, no por esperar en sí, sino porque había dado tiempo más que suficiente, y esperar más era hacer el juego a quienes menos lo merecían.

Así que saqué otra copia de la impresora, y me la llevé a la copistería, y encargué una colección: para cada juez de instrucción de Valencia, para la fiscalía, para la prensa, para responsables políticos, para compañeros, para el decano del Colegio de abogados…  Y al día siguiente era portada en algún periódico valenciano. Tampoco vayan a creerse que a toda página. Nota en portada y página amplia en interior, al menos el periodista se notaba que se había leído el informe.

Al día siguiente me llamaron a Delegación del Gobierno para una reunión pocos días después con todas las ONGS dedicadas a inmigración. En Delegación no habían reparado en medios: estaba todo el mundo. Se suponía que era para presentarse la nueva Delegada, y presentar una nueva línea política algo menos agobiante que la de sus predecesores. Los prebostes al completo, la prensa en la sala de al lado, esperando que saliéramos – siempre que no fuera más tarde de las doce, que la redacción cierra espacios –. Las fuerzas vivas, ongs, sindicatos, plataformas, asociaciones, etc, etc, en plenitud, con ese discurso un tanto ingenuo de dirigirle quejas a un Delegado contra la Ley de Extranjería, a las que ésta se entretenía en contestar con su falta de competencia y el supremo imperio de la Ley. Sin embargo la reunión resultaba sospechosa, pues resultaba excesivamente vacía. He asistido a unas cuantas reuniones de este tipo y la vacuidad y sensación de pérdida de tiempo es permanente, pero en este caso se dirigíeron algunas peticiones concretas perfectamente atendibles, y sin embargo la respuesta fue – con buenas palabras, sí – que no, que no, o un “ya veremos” que quería decir que no. En otras ocasiones, la reunión termina con un “encantados de haberos conocido”, falsa sonrisa y cara de “a ver si dejáis de fastidiar”, pero al menos queda claro que se nos ha llamado para algo. Sin embargo, la cosa se alargaba, hasta que, como en el cuento, el reloj dio las 12, en este caso del mediodía, los periodistas se fueron y comenzó la verdadera reunión, se desveló su razón: me tocaba hacer de payaso de las tortas.

Ningún compañero de bando – y si alguien de los que estuvo presente lee esto, sepa que aún me duele – salió en mi apoyo o defensa, con lo que aquello se convirtió en un todos contra uno. Como siempre que manda la demagogia, se me acusó de las formas, para soslayar el fondo. ¿Cómo me había atrevido a enviar el informe a la prensa sin haber esperado una respuesta? Respuesta: Esperar, esperé, pero el silencio es un tipo de respuesta que puede ser muy elocuente. ¿Cómo a dar semejante golpe sin la lealtad de obtener una respuesta? La respuesta la tuve, más de un mes de callada es una respuesta, y bien clara. Hasta hubo quien me atacó por lo personal, con un lacrimoso “yo no me esperaba esto de ti, Paco”, ante lo que yo no encontraba palabras en el vocabulario normal. Hasta Blanquer, el jefe de Brigada del que hablé otros días, se atrevió a acusarme de lanzar acusaciones falsas contra su honor, porque decía que con mis insinuaciones le estaba injuriando como ladrón. Je. Y ahí le dí en blando: “la acusación de ladrón sería un favor que se le haría, pues el robo es aún una motivación comprensible. Pero los otros motivos posibles le dejan en peor lugar.”

Contraataqué – cierto, me dejé llevar por mi vena teatral cuando planté las dos cajas de encuestas encima de la mesa, pero es que uno tiene sus debilidades – diciendo que si querían desviar balones, que allá ellos, pero que me dijeran un solo punto en que el informe era mentira, y yo les demostraría la fuente y el razonamiento. Fue un poco indignante porque hay que ser gilipollas para montar semejante circo por intentar amilanar a un chaval, que es lo que yo era entonces, aunque respondón.

Y cuando me quedé de piedra pómez – lo siento, no me acostumbro al cinismo, y mira que me lo he topado veces – fue cuando al despedirse de mí, y yo educadamente le estreché la mano, la flamante nueva Delegada me llevó a un aparte para elogiar mi trabajo, ensalzar mi valía, pedir mi colaboración y decirme que es que había que tener en cuenta la pandilla con la que ella tenía que trabajar.

Luego supe que se habían tomado algunas medidas, que algún jefecillo fue invitado a jubilarse, y algún otro trasladado a unidades menos conflictivas, de forma que discretamente se consiguió que todo cambiara para que todo siguiera igual. Dos años después repetimos la experiencia, y si bien se había limado lo más cortante, la situación seguía básicamente igual. De hecho, han pasado veinte años, y la situación sigue básicamente igual, salvo en un aspecto no poco importante, del que hablaré el próximo día.

Pero señal de que les hice daño. Capeé el temporal, jugué el toro, navegué el partido, y lo que sólo fue una escaramuza local fue el comienzo de una larga batalla que hoy todavía se libra, y se seguirá librando hasta que se cierren esos antros perversos, esos guantánamos oscuros, que nuestra legislación – aquí, náusea – permite y ampara.

Sobre eso, continuará.

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LA LARGA BATALLA DE LOS CIES (III)

Yo no llevaba mucho tiempo en ese mundillo de la política de bajos vuelos que consiste en dar instrumentos a voluntariosos funcionarios bienintencionados o rebatir pamplinas de otros cerriles, majaderos obedientes de órdenes obtusas. Pero ya me había enfrentado a un par de Subdelegados del Gobierno cuya estrategia consistía en negarlo todo menos lo innegable, y aun con eso, derivar por la tangente, o lo que en román paladino se llama tirar balones fuera. Sabía por tanto que si el informe debía tener alguna consecuencia debía ser contundente, irrebatible, y aunque no calculé la artera capacidad de cálculo de quienes defienden al Estado por encima de las personas, debíamos comenzar por una metodología impecable.

El único instrumento con el que podía contar eran los testimonios de los propios presos – permitidme que no utilice la palabra “internos”, porque al pan, pan – y sabía de entrada que éste iba a ser cuestionado de raíz. En este país, y mucho por aquellas fechas, estamos demasiado acostumbrados, después de cuarenta años de orden, a creer que un detenido ha intentado morder torpemente el puño de un probo funcionario que lo custodiaba con melíflua amabilidad, y ni después de varias condenas del Tribunal de Derechos Humanos por no investigar suficientemente acusaciones de torturas y malos tratos policiales, parece que no despabilamos. Pues imaginaos hace ya casi veinte años.

Diseñé una encuesta que abarcara todos los aspectos de la vida en el CIE, pero en dicha encuesta iban encajadas varias preguntas que según su respuesta delataban el nivel de credibilidad del que respondiera. O bien eran preguntas trampa, para “invitar” al encuestado a responder sobre cosas que objetivamente ya sabíamos cómo eran, y así detectar al que mintiera, o bien iban dirigidas a comprobar contradicciones, para detectar aquél que respondiera no con sinceridad, sino con ánimo de perjudicar a los responsables del Centro, cosa que hubiera sido muy lógica, por otra parte, de gente que contra su voluntad se encuentra encerrada. Y eso se explicaba en el primer capítulo del informe, porque sabía que quien lo leyera debía saber, antes de cuestionar las respuestas, que no nos inventábamos nada. Eso se añadía a los instrumentos habituales del medio, como comenzar la encuesta con preguntas impersonales pero objetivas, tiempo de estancia en el centro, idioma, nacionalidad, etc.

A partir de ahí, pude contar con la colaboración de un grupo de compañeros que entonces formábamos la Sección de Extranjería del Colegio, repartimos las encuestas en blanco, con señales para no repetir encuestado, con cuidado de que el compañero que supiera inglés se concentrara en los presos de esa lengua, el de francés con los de esa otra, y contar con el apoyo de intérpretes externos que sabían perfectamente la importancia de la fidelidad en su trabajo, y durante un cierto tiempo recopilamos más de treinta encuestas, de casi todos los internos que pasaron por el centro en el periodo de un mes que se nos permitió trabajar, que guardé en tres cajas, que me acompañaron de despacho en despacho en aquel tiempo de mucha mudanza.

Resultado de imagen de centros de internamiento de extranjeros

El resultado final era desolador. Lo que teníamos entre manos era increíble en una democracia de finales del siglo XX y eso era lo peor y lo que más temíamos: que era tan increíble que la primera tentación del que lo leyera sería no creernos. Pero todo lo que se decía en él era, lamentablemente, verdad.

Voy a intentar resumirlo en unas brevísimas líneas, y a pesar de que hace ya veinte largos años, recomiendo su nueva lectura, como forma de inducir a la reflexión con el dato añadido – sobre el que me extenderé en otro momento – de que las cosas no han cambiado sustancialmente desde entonces, y que todo lo que se ha hecho ha sido poner parches.

La detención se practicaba con absoluta arbitrariedad, a veces incluso superando el plazo de 72 horas, las garantías se aplicaban mal, con intérpretes inadecuados o mal preparados, sin información adecuada, la actuación de los abogados del turno de oficio – en aquel entonces eran los del turno penal general – era muy deficiente, y la de los jueces como garantes de libertades, casi inexistente; el tratamiento en los traslados era el propio de delincuentes, la mayoría tenía domicilio conocido y era localizable, por lo que mal se explicaba que estuvieran internados, muchos con familia en España o relaciones estables; se hacía caso omiso de las protestas por la situación de guerra en el país de origen (en aquel entonces Argelia y Liberia estaban en manifiesta guerra civil, y sin embargo se internaba y expulsaba a personas de esos países sin el menor escrúpulo); en la mayoría no existía un perfil de delitos previos, pero es que además el internamiento era en un altísimo porcentaje, absolutamente inútil para la expulsión, es decir, consistía claramente en una mera tortura punitiva. En cuanto a las condiciones de vida se concluía que la pretensión de que no fuera un centro penitenciario era meramente formal, pues ciertamente no lo era: era mucho peor que cualquier cárcel. Variaba mucho el trato según el grupo que tocara, lo que abunda en la arbitrariedad, aunque con órdenes claramente restrictivas de derechos. Sin acceso libre a los baños, sin ropa, sin lavandería, sin higiene, sin agua caliente suficiente, comida insuficiente, sin respetar preceptos religiosos, la atención médica era esporádica e insuficiente, los malos tratos o tratos vejatorios eran frecuentes y no había manera de denunciarlos, las visitas de familiares y amigos estaban fuertemente restringidas o imposibilitadas. La estancia en el centro, durante los cuarenta días que llegaba a alcanzar, transcurría prácticamente en la celda, pues las salidas al patio eran como mucho de media hora, por grupos, y no diarias. No había ningún medio de pasatiempo o entretenimiento.

Resultado de imagen de centros de internamiento

El informe terminaba con conclusiones en las que repartía estopa a diestro y siniestro. Los policías de a pie eran de los que mejor parados salían, aunque al Jefe de Grupo y de Brigada les dije unas cuantas verdades del barquero, de las que no se libró el Delegado del Gobierno, quien había tenido el buen tino de dimitir poco después del mes en que se nos permitió entrar – del 21 de abril al 21 de mayo – al centro a hacer las encuestas. Los jueces, los fiscales, incluyendo a los abogados del turno de oficio, salían muy mal parados del informe, por una sensación general de dejación, de que todo el mundo había dejado que fueran otros los que vigilaran las garantías, y de esa manera no las vigilaba nadie:  los jueces se limitan a hacer lo que les pide la policía, lo que permite a ésta decir que cuenta con el aval de los jueces; el Delegado del Gobierno firma lo que le propone la policía y ésta se permite decir que ella no hace nada, que sólo propone; los abogados eran convidados de piedra y los fiscales ni aparecían en la mayoría de los casos.

 

Levantó ampollas. Y algunas sangraron.

LA LARGA BATALLA DE LOS CIES (II)

Aquel buen policía me contó también que el CIE era una especie de destino de castigo al que los nadie quería ir, que resultaba deprimente para ellos estar reprimiendo a pobres desgraciados cuando la vocación de la mayoría de ellos estaba en otras cosas, y que esos jefes, altos comisarios y barandas, no sólo habían edificado el edificio de maltrato a los extranjeros, sino que – como buenos franquistas, por muy reciclados que pretendieran estar – tenían una alergia irritativa a todo lo que oliera a sindicalismo o a defensa de los derechos de sus subordinados. Se estableció una alianza natural, dado que resultaba evidente que ayudarnos mutuamente a derribar de sus pedestales a semejantes energúmenos redundaría en beneficios mutuos, y del bien común del Universo mundo. Con la conciencia, además, de no hacer nada malo con nuestro “contubernio”, sino tan sólo denunciar la verdad, tan pesadamente ocultada.

Justo por aquellos tiempos se dio la circunstancia, lejana pero directamente influyente a nuestras intenciones, de que el Tribunal Constitucional dictó la Sentencia en la que se declaró contraria a nuestra norma mayor la llamada “patada en la puerta” y otros artículos de la entonces llamada “Ley Corcuera” — aunque yo la llamo “Ley Gonzalez” o también “Ley PSOE”, porque pese a toda la contestación que tuvo en la calle, y sobre todo, aun con el peso evidente que ha supuesto para el crecimiento de una mayor cultura democrática de este país, no sólo no ha sido justamente derogada, sino que hemos sufrido el intento de hacerla buena a través de la segunda versión de la misma como “Ley Fernandez Diaz”–. Con la Sentencia, Corcuera tuvo que cumplir la promesa que su grandísima bocaza de botarate parlante había lanzado meses antes, preso de suprema arrogancia, la que según parece aún le caracteriza – genio y figura. Muchos le alabaron la dignidad del gesto, aunque no creo que quepa loa de lo mínimo, por desacostumbrado que sea. La dimisión obligó a Felipe Gonzalez a elegir de la terna que el propio Corcuera le propuso, y una vez eliminado de ella, por motivos obvios, al amigo Roldán (esta gente, desde luego, eligiendo sucesores, no tiene precio) tuvo el tino de elegir a Antoni Asunción, procedente de Instituciones Penitenciarias. Pese a que allí había demostrado ser un duro, y pese a que duró más bien poco al frente del Ministerio de lo oscuro, perdón, del interior, tuvo la buena mano de darle un aire algo más respirable. Tengo la teoría personal de que lo que le ocurrió fue que en cuanto se dio cuenta de la caverna en que se había metido (recordemos la maloliente sustancia que rezumaba bajo las alfombras de la casa:  Amedo y Dominguez bajo sueldo, Intxaurrondo, los Gal, la desaparición de Lasa y Zabala, las donaciones de joyas a las esposas de probos funcionarios, y un largo etcétera al que intentó dar discreto — sin éxito — carpetazo su sucesora Margarita Robles), se buscó una excusa rapidita con la que escapar de semejante pozo, del que no veía cómo no salir pringado.

El caso es que en la Comunidad Valenciana, donde habíamos tenido un Delegado del Gobierno que ladraba según desde Madrid le tiraban de la correa, pues dejó de dar ladridos, y hasta el momento de su relevo por el siguiente, sorprendió a propios y extraños mostrando que sabía dialogar. En una reunión a la que nos convocó a las fuerzas vivas y reivindicativas de la inmigración y en la que no podía creer que se tratara de la misma persona, le pedí que nos asegurara a un equipo de abogados vía libre y facilidades de acceso y entrada para poder elaborar un informe sobre las condiciones de vida dentro del CIE. Y me puse a ello con todas las ganas de mis todavía veintitantos y toda la ilusión de un grupo de compañeros dispuestos a colaborar.

No creo que hubiera nadie tan idiota como para pensar que el resultado del informe iba a tener un tono “amable” pero sí estoy seguro que hubo quien pensó que ese abogadillo recién escudillado, bisoño y rojete, iba a hacer una chapuza fácilmente rebatible, y que no se perdía nada con dejarle hacer.

Se equivocaron.

 

TO BE CONTINUED…