El avezado naturalista

El avezado naturalista dirige una vez más su aguda mirada a un objeto de estudio especialmente sorprendente y sin duda difícilmente equiparable con cualquier otra criatura de la naturaleza: el extranjerista (advocatus aliena) constituye, sin duda, una rara avis, que sin embargo se puede observar , a poco que se mire con ojo atento, moviéndose por lo más profundo de los procelosos bosques de nuestra mal llamada “Justicia”, con profusión también de gran número de ejemplares en los peligrosos y abruptos peñascos que la Administración pública ha destinado a ser oficinas de extranjeros. En esos hábitats despliega su actividad  y ha desarrollado su espacio ecológico esta subespecie, antaño confundida en la inexistencia de su nicho ecológico por estos nuestros lares, pero que ha aflorado durante las últimas décadas.

Resultado de imagen de ATTENBOROUGHMiembro del más amplio colectivo de los abogados (advocatus advocatus), se diferencia un tanto de éstos así por su pelaje como por otras diversas costumbres. Suele llamar la atención que su atuendo resulta menos ostentoso y cuidado, con menor tendencia a hornamentos de naturaleza simbólico-fálica al cuello en los machos de la especie, y una curiosa dejadez en las hembras. Pareciera como si sus especímenes no mostraran mayor interés en utilizar los medios de abrigo para marcar distancias sociales con sus congéneres, aun a riesgo de ser confundidos, como en ocasiones ha ocurrido, con sus defendidos. Resulta de costumbres frugales, en coherencia con el pobre aliño indumentario ya comentado, y sus ingresos rara vez alcanzan para permitirse lujos ni ostentaciones, pese a lo que exhibe una feliz despreocupación por la materia que sin duda también le distingue de otros colectivos profesionales.  Esa frugalidad le viene motivada sin duda por la simbiosis que le une con sus protegidos del género extranjero (aduenam aliena), y una acusada diferenciación – ciertamente extraña en los tiempos que corren – entre profesión y negocio, siempre en favor de aquella y detrimento de éste. La situación no deja de ser injusta, pues hemos de decir que los esfuerzos que caracterizan al colectivo que hoy analizamos, su grado de dedicación, la profundidad de sus reflexiones, la agudeza de su análisis, es digna de privilegiados protegidos por amplias mesas de cristal rodeadas de alfombras, pero los especímenes de nuestro estudio siguen empeñando tenazmente sus esfuerzos en causas poco lucrativas, de lo que se deduce que no es el lucro, o la acumulación y el aseguramiento del condumio, sino otro tipo de satisfacción, lo que buscan con sus actividades. Los extranjeristas acusan, de esa manera, una casi enfermiza afición por la trinchera y el barro, en lugar de por los amplios salones forrados de madera.

De natural pacífico  y de mansa apariencia, el extranjerista está lejos de estar, sin embargo, carente de carácter, y ante determinados estímulos puede llegar a demostrar una marcada agresividad. La contemplación de situaciones de discriminación racial o por origen, el abuso de poder sobre colectivos especialmente debilitados, u otros tipos de situaciones injustas en que interviene el poder público despiertan como un fantasma dormido bajo su apariencia bonachona. Su respiración en esas ocasiones se hace más profunda, sus musculos se encrespan, sus mandíbulas se aprietan, su mirada se agudiza y todo su cuerpo y mente se concentra para enfrentar el peligro, ante el que se aposenta con desesperada furia, llegando a asustar y hacer bajar la cola a fieras de muy superior tamaño, El azote dialéctico de un o una extranjerista en una situación así puede ser demoledor para su oponente. Son conocidas frases de uso frecuente por los individuos de este género en esas ocasiones, tales como “el estado contra las cuerdas, “el partido se juega hasta el minuto noventa” o “el racismo institucional me lo paso por el tal”.

Resultado de imagen de NATURALISTA    Su hábitat es diverso, como también lo son en consecuencia aquellas otras especies con las que compite por el mismo espacio, con muy distinto grado de oposición. De entre sus adversarios naturales destaca su más acérrimo antagonista: el funcionario de oficina de extranjeros (alienum officium officialis), subespecie del officium officialis, caracterizado generalmente por elevar a un nivel exacerbado algunos de los peores hábitos propios del resto de su clase. La versión policial de esta subespecie constituye sin duda el enemigo más acerado del extranjerista, aquel con el que se libran las peores batallas, las cuales se desarrollan tanto en espacios supuestamente neutrales como en los propios cazaderos de sus oponentes, dado que el extranjerista difícilmente se arredra ante la dificultad de encontrarse en territorio ajeno. Puertos, aeropuertos, comisarías, despachos, etc, no le son en modo alguno terreno vedado, llevando su insolencia allí donde crea necesaria su presencia.  Otro de los aspectos que diferencia a nuestro protagonista de hoy de su propia especie es una acusada tendencia a extender su hábitat social más allá de las fronteras de la profesión, familia, grupo social, etc, en la que suelen moverse sin dificultad, a diferencia de una cierta tendencia gregaria del resto de advocatus. Quizá por la naturaleza de su dedicación, quizá por cualquier otro motivo de índole arcana, el extranjerista se mueve con desparpajo por ambientes ajenos, tales como oenegés, asociaciones de voluntariados varios, solidarios, perroflautas, y con más cercanía aun si cabe con aquellos que procedan de lugares lejanos, con los que nuestro objeto de estudio guarda una especialmente cordial relación. Es habitante habitual de manifestaciones, concentraciones callejeras y otras algaradas, sin que le sea extraño tomar banderas o elevar su voz en cánticos varios.  La búsqueda del condumio para sí mismo y su prole resulta más variada de lo que él sin duda quisiera, por lo que extiende el ámbito de sus andares por muchos otros espacios naturales, con una sobresaliente capacidad de adaptación a estos cambiantes entornos. No es raro observarles en bancos, cárceles, desahucios, centros de menores, además de en comisarías y otros centros de detención, fuera de los cies, donde nada más natural que encontrarles. Extienden su trabajo sin demasiado esfuerzo, y yo diría que especialmente avezados por lo rudo de su habitual empeño, a otros campos del Derecho, en ocasiones forzados por la necesidad de proveerse de fondos para mantener su vocación, en otros momentos por demanda de una clientela especialmente agradecida, en otras efemérides por una extensión natural de su concepción de la Justicia.

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Poco gregario, de casi solitarias costumbres más propias del corredor de fondo, reserva a pesar de ello una excepción para determinados momentos, cuidadosamente escogidos a lo largo de la temporada, en que se entrega a unas auténticas orgías de gregarismo, normalmente llamadas “congresos” o “mítines”. La rara alegría, propia del animal habituado a la soledad de los amplios desiertos que atraviesa, de encontrarse en medio de un nutrido grupo de congéneres le eleva a un estado de patente excitación, que no duda en estimular con sustancias espirituosas de tipo etílico.  Son asimismo reseñables sus costumbres de apareamiento, de nuevo tocadas de un cierto grado de peculiaridad, si bien enormemente variadas. No se aprecia en ellos la acusada tendencia al emparejamiento entre especímenes de la misma variedad o incluso de similar pelaje que se observa en otras ramas, si bien tampoco son raros los ejemplares que aciertan a conformar pareja entre ellos. La especial dedicación y pasión con que afrontan sus dificultades cotidianas construyen serias dificultades de estabilidad en algunos emparejamientos, relacionados sin duda con las dificultades de estabilidad mental que arrastran nuestros protagonistas. Tienden por ello a encontrar anidamiento entre aquellas variedades de la especie humana dotadas de especial dosis de paciencia, sapiencia y santidad, pues necesario les es para aguantar marea.

Quede aquí nuestro acercamiento y estudio a este poco conocido pero llamativo grupo. Lejos de encontrarse en peligro de extinción, ello se debe más a la persistencia y fuerza que han demostrado muchos de sus ejemplares que a las facilidades que les haya dado un entorno que se va volviendo cada día más complicado, tanto en el terreno social como político. Sin duda cabe esperar que la especie prospere, e incluso acreciente su capacidad de influencia, dado que, mucho nos tememos, se acercan tiempos en que serán más necesarios que nunca lo hayan sido.

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PERSUADIR A LOS PERSUADIDOS

Leo en la sección de Ciencia de El Pais digital el siguiente artículo, que me impresiona profundamente: https://elpais.com/elpais/2018/01/26/ciencia/1516965692_948158.html. Debo decir, no obstante, que su contenido me sorprende por su contundencia y lo elevado de sus cifras, pero ciertamente no por lo que constata: la preponderancia de lo emocional sobre lo racional en cada debate, y la dificultad de rebatir opiniones ya asentadas, sean cuales sean los “argumentos” que hayan servido para cimentarlas.

Me impresiona porque, una vez más, lo leo desde la perspectiva de mi profesión y de esta particular especialidad del extranjerista. Me recuerda tantas ocasiones en que he intentado persuadir a un juez, o a cualquier otro alto o bajo funcionario del estado, de que lo más Justo era dejar en libertad a alguien o conceder un permiso o revocar una expulsión, y me he visto envuelto en una frustrada perplejidad cuando compruebo que la solidez de mis argumentos, expuestos de forma clara y elocuente, no sólo no han sido suficientes, sino que con frecuencia han provocado  además alguna reacción adversa a mi persona, alguna mirada de desprecio, incluso alguna amenaza de quien – al fin y al cabo, y por mucho que sea una olvidable cesión o un encargo de la ciudadanía para vigilar los derechos – ostenta un poder obscenamente incontrolable sobre seres humanos.

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Como abogado, mi trabajo consiste en persuadir, e ingenuote que es uno, allá que me lanzo adarga en ristre yo con mi verbo fácil y mi pluma cual estiloso estilete, para hacer de andante caballerete en pos del desfacimiento de entuertos varios. “¡Es la razón!”, me empeño en argüir, “¡son los derechos humanos!”, insisto en colegir. Pero resulta que en la persuasión parece que cuentan más otras dos cosas:

La primera y más importante, dar la razón a quien cree ya tenerla, y que se sienta alagado así con tu anuencia, acariciados sus oídos con la ratificación de sus previos convencimientos, servilmente besuqueados los pies de sus principios inspiradores. Da igual que esos principios tengan su origen en las majaderías que soltaba papá viendo el telediario o las de mamá en las reuniones de parroquia, las bravuconadas de tal o cual locutor de radio o las comprensibles pero poco fundadas peticiones de víctimas y otros manipulables seres humanos . He visto jueces al borde del arrobo místico escuchando a los abogados del estado defendiendo lo indefendible de una administración grosera y arrogante, aplastante y avasalladora. He visto miradas de absoluto desprecio y completo cierre de oídos ante alegatos inapelables basados en la más asentada de nuestras tradiciones de derecho. Resultado de imagen de reverencias

Ante semejante reto, ¿dónde vas extranjerista, dónde vas triste de ti?. Porque no nos engañemos, si hacemos un somero análisis del extracto social, la inclinación política, la orientación ideológica, la formación del espíritu nacional y la capacidad de “lectura crítica e integradora del ordenamiento jurídico en clave de supremacía de los derechos fundamentales” de una gran cantidad de nuestros magistrados, policías, políticos varios con mando en plaza, jefes y jefecillos, lo único sorprendente es que todavía no me hayan majado a palos, como poco.

Porque de la segunda pues qué deciros, amigos míos, que ya conocéis “mi torpe aliño indumentario”. Parece que es importante ser guapo, simpático, ir bien vestido, adornar un semblante dorado con una seductora sonrisa – hay quien llama a eso dignidad del abogado en el atuendo y formas–. Y el extranjerista que aquí les habla es bajito, gordo, cascarrabias, con una mala leche que se le escapa directa al ojo en cuanto pinchan y una maldita indignación que no dejo de oir como música de fondo alimentada con los torreznos de las tropelías sin cuento que tengo que contemplar cada día. Y para colmo –esto ya a modo de chascarrillo — la corbata no me la pongo porque me avergüenza llevar colgado del cuello un símbolo fálico tan evidente (nunca he podido entender cómo la tan mojigata convención social ha consagrado una prenda que, sin necesidad de ser Freud, resulta una manifiesta proclamación de lo larga que uno la tiene).

Sigmund Freud, con corbata de lazo.

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Aporofobia, afortunada expresión recientemente elevada al altar del diccionario. La xenofobia, como miedo no tanto al extranjero como al meramente diferente, no es un concepto que quede superado por el anterior al ser más preciso, pues sigue existiendo aun cuando no haya pobreza. El racismo se disfraza, pero suma y sigue. Pululan estereotipos y bulos pseudocientíficos en forma de sesudas opiniones, en ocasiones refrendadas por supuestos analistas de una realidad inventada, en otras simplemente autoreprimidas por vergonzosas, pero fuertemente presentes. Avalanchas, invasiones, incompatibilidades culturales, puestos de trabajo robados, españoles primero, inferioridad racial, amenaza, etc, etc, etc. Y contra todo eso, convicciones no por más insensatas menos asentadas, inasequibles a las más conspicuas argumentaciones, nos enfrentamos con la razón, sólo con la razón, ¡pobrecico mío!, para la defensa de los derechos humanos.

 

HELENA

 

Mientras escribo estas líneas Helena Maleno espera para ser interrogada – sí, interrogada – por un Juez marroquí bajo la acusación – sí, acusación — por un supuesto delito – sí, delito – de favorecimiento a la inmigración ilegal. El esperpento  es de tal calibre que no puedo decirlo sin pararme a reafirmar cada uno de sus elementos, a vencer mi incredulidad natural, a concluir preguntándome cómo y hasta dónde hemos podido llegar hasta aquí.Resultado de imagen de FASCISTAS

En el fondo no es tan sorprendente: Europa entera tiene un poso oscuro, una parte de su alma, un recoveco oculto de su ser, que cuando sale a la luz nos asusta y escandaliza, pero que está ahí, siempre ha estado ahí. A veces asoma una parte, como está haciendo en Francia con el frente nacional, o en Polonia, Eslovaquia, Hungría… como aparece en los comentarios a algunas noticias que algunos se explayan en vomitar, o en las respuestas en redes sociales, o en algunos discursos. Los hemos intentado relegar a un rincón, pero han seguido ejerciendo un poder enorme, oscuros funcionarios policiales acostumbrados a que el fin justifique los medios, a creer que ellos son la ley, a entender los derechos como patrimonio no de los seres humanos sino de unos pocos, cobardes amedrentados que se cubren de una capa de arrogancia que no esconde ni su estupidez ni la ignorancia que les hace tan débiles, tanto que hasta justifica su cobardía.

Cuando yo empecé, allá por los lejanos primeros 90 – ya, ya estoy con mis batallitas de abuelete – me encontré con que algunos de los policías destinados a las brigadas de extranjería no eran sino reciclados de la político social. Funcionarios con plaza y sueldo fijo recuperados de las cavernas de la dictadura para que se desfogaran con los extranjeros. Si algún día se les iba la mano no era tan grave si era con un moro, si se dejaban llevar por su chulería de sheriff de pueblo tampoco importaba mucho si era con un negro africano. Los socialistas en el gobierno hicieron un buen trabajo de reciclaje de basura, pero ignoraron el poso que eso deja en las instituciones, en las costumbres, en las inercias, en las herencias. Seguimos sufriendo una ley de extranjería copiada muchas veces literalmente de aquella de 1985 hecha a mayor gloria de un ministro delincuente y sus reciclajes.Resultado de imagen de BRIGADA POLITICOS SOCIAL

Imagino al responsable de este gigantesco despropósito que es el procesamiento de Helena: imagino un tipo oscuro, frustrado, acojonado como sólo puede estarlo – qué contradicción – un castrato intelectual, obsesionado con la amenaza de los extranjeros, los moros, los negros, que vienen a invadirnos y tenemos que defendernos, un imbécil incapaz de ver una película sin separar sus personajes en buenos y malos, que se considera a sí mismo –¿cómo no?— un héroe del séptimo de caballería defendiendo a la patria, y que se obsesiona con los que están en primera línea, Helena, Pepe Palazón, mañana seremos los de segunda, y organiza, creyéndose un genio de sagacidad, una investigación paranoica para relacionar un altruismo que para él es incomprensible, inabarcable, con oscuros intereses mafiosos. Curioso, éstos sí le caben en la cabeza. Monta, arma, conforma, construye, imagina, un informe, sobre la odiosa idea de poder que le ha dado durante tanto tiempo el que a un majadero como él se le haya hecho algún caso, presenta ese informe pensando que es su gran obra, y unos juececillos que qué sabrán ellos se permiten desestimarlo con desdén y con no poca irresponsabilidad diciendo “ya está… llamémosle Martinez, por ejemplo…  con sus cosas”, y lanzándolo a la papelera le insinúan se dedique a cosas importantes que para eso se le paga. Pero él no, él se cree que es el único que sabe qué es lo importante, y disfraza su odio irracional de amenaza mundial y se cree con la superioridad moral de juzgar y decidir, y recupera su sagaz y despreciado informe y se dice a sí mismo: pues si los jueces españoles no me hacen caso, a ver si los marroquís. Y como tiene algún oscuro amiguete de tejemanejes entre lo más turbio de los polizones del país vecino, coge el teléfono y pide un favor, hoy por ti, mañana por mí, mira, es que a esta tía le tengo que joder la vida porque si no, no me quedo a gusto, a ver si me puedes echar un capote, y allí que va el capote, la capa, banderillas y estoque, y el amiguete se encarga de coger el informe, muerto y putrefacto, y darle una manita de pintura para que parezca algo.Resultado de imagen de LA OFICINA SINIESTRA

Y como los jueces son lo que son, que nadie se llame a engaño, que lo de la función garantista de la jurisdicción y Ferrajoli y la separación de poderes y el control sobre el ejecutivo y esas cosas se lo saben tres y el de la guitarra, y de esos tres lo aplican dos, pues en lugar de poner firmes al imbécil y a su amiguete, de llamarles a andana y mandarlos a dirigir el tráfico en una encrucijada en el desierto, pues aún les hacen algún caso, y aun hay que dar gracias que no les hagan más.

Y aquí tenemos a una mujer que mañana tiene que comparecer ante un juez por culpa de un oscuro majadero, y cuyos méritos no voy a intentar glosar: alguien con una idea clara y sencilla: que la vida de un ser humano está por encima de fronteras y pasaportes y visados, que los derechos de un ser humano son la responsabilidad primera del resto de los seres humanos, y que a pesar de todo, si el deshumanizado ser humano que ha sido capaz de montar este desastre, el psicópata autor del informe que tanto daño le está haciendo, estuviera a punto de ahogarse en el mar, Helena llamaría a Salvamento Marítimo y estaría media noche sin dormir a la espera de que le dijeran que lo han encontrado vivo, aislado, medio ahogado, aterido de frío, pero vivo, y respiraría entonces aliviada y se iría a dormir tranquila, aunque supiera como sabe, que él esto nunca lo va a entender.

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La sonrisa cínica de Hermes

Los egipcios crearon a Tot, un dios con cabeza de pájaro – curioso que empleemos la expresión “tener la cabeza a pájaros” para todo lo contrario – para consagrarlo como dios de la sabiduría, la escritura y el lenguaje. Los griegos, unos genios copiones, como todos los genios, lo llamaron Hermes, y Homero dijo de él que era “de multiforme ingenio, de astutos pensamientos, ladrón, cuatrero de bueyes, jefe de los sueños, espía nocturno, guardián de las puertas…”

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Es un dios de la sabiduría muy distinto del “logos” heredado de la tradición judeo-cristiana, vinculado al dogma y la ortodoxia. EL Mercurio romano será al tiempo dios de los mensajeros, de los viajeros, de los comerciantes, de los oradores y la retórica, de los abogados, de los charlatanes, de los trileros…

Al concebir esta entrada al blog pensé que un dios del lenguaje debería estar profundamente cabreado, pero me encontré con el carácter cínico y relativista de Hermes, y comprendí la profunda sabiduría que hay detrás de su concepción: el lenguaje – que la filosofía del s. XX consagró como centro de su reflexión – tiene mucho de juego, pero de un juego cuyas reglas se van creando al mismo tiempo que se juega y en el que es muy fácil hacer trampas. Y hay quien hace trampas hasta en el solitario.

El cabroncete de Hermes se lo tiene que estar pasando en grande.

Los que se quieren dar importancia a sí mismos – ¡hay, esos pobres acomplejados que se meten en política para tapar sus carencias! – suelen jugar con palabras grandes y gordas, orondas y vistosas, y los tontos las compran como si tal cosa. Pero esas palabras no son sino sacos de patatas que según se meten más, van creciendo hasta reventar la frágil malla de que están hechos. Y ¡ale!”, a agacharse para recoger las humildes solanáceas rodantes.

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Otros utilizan las palabras a falta de piedras, y las lanzan con toda su mala uva, con la única intención de romperle la crisma al que pillen por delante. A veces aciertan, pero las más sólo consiguen destapar sus propias intenciones, y quedar como lo que son: unos majaderos resentidos que creen que van a encontrar alguna satisfacción en el dolor ajeno.

Para muchos son simples piezas de un juguete, que combinan de formas creativas, sin importarles una higa que su significado tenga la más mínima relación con la realidad. Es más, les divierte ver la credibilidad que pueden llegar a alcanzar, por el mero hecho de ponerlas en la red o de ir pasándolas de mano en mano. Y cuanto mayor sea la trola más divertido el juego.

 

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Palabras como patatas, palabras como piedras, palabras como fichas.

En nuestra diaria desazón nos encontramos con muchos de estos trileros haciendo malabares de palabras: ministros juntando palabras que no tienen nada que ver, como “refugiado” y “terrorista”, a ver el efecto que hace; pantuflos con un periódico saliendo de sus manos que arrojan “¡Venezuela!”, “¡comunista!”, y sólo miran en qué cabeza han dado para chupar la sangre que salga de la herida; payasos buscando el chiste fácil que acaban encontrando fórmulas exitosas por muy poco reales que sean (“efecto llamada”).

Y todo ese enjambre de palabras pasa por encima de nuestras cabezas como un ruido aturdente y apenas acertamos a escuchar su contenido real, a distinguir su fingimiento.

Y así Hermes nos mira desde el Olimpo con una media sonrisa, divertido, y a la vez escandalizado, de vernos enzarzados en trampas de palabras, que en lugar de puentes son obstáculos.

 

¿GUERRA, QUÉ GUERRA?. 

Como vamos a hablar de Historia, así con mayúscula, nos aplicaremos la lección y antes de entrar en harina, nos situaremos en contexto, precisamente, histórico. Prometo no enrollarme. Tras la gran herida que parte en dos el siglo XX, la IIGM, provocada especialmente por los fascismos, la reconstrucción sólo se podía hacer desde el progresismo: políticas económicas socialdemócratas y construcción de un estado de bienestar dieron como resultado lo que se llamó la “edad de oro” del crecimiento económico (Eric HOBSBAWM, amigable abuelito de la foto) pero también hicieron de muro de contención frente al gigante del este y su expansionismo ideológico. Fracasado el anticomunismo cerril de los fascismos, tocaba la cesión y el reparto. Ello tuvo también un efecto claro en el discurso intelectual: durante los cuarenta años de postguerra ser de derechas estaba mal visto entre la “intelligentzia”, y ser de izquierdas sin embargo, estaba de moda. No pretendo frivolizar la cuestión. Los que me conocéis sabéis que soy rojo como un tomate maduro, pero entiendo que es consustancial a ello el ser crítico, y por ello, ser consciente de lo que es grano y paja, no dejarse llevar por “tendencias” ni corrientes, e intentar sostenerse contra viento y marea vengan de donde vengan las galletas, cuando uno llega a una conclusión fundada. Hubo y sigue habiendo mucho postureo, como se dice ahora, y mucho progre de salón, que hizo gala en el momento oportuno (para él, sobre todo) de lo poco profundo de sus convicciones, no digo siquiera cambiándose de chaqueta, como mucho de color de paraguas.

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La lástima fue que, apoyado en lo superficial de ese postureo, el movimiento pendular propio de la Historia – Hegel y Marx lo llamaron dialéctica, pero yo lo llamo ondulaciones de un caminar ebrio. Dicho en plata: estamos borrachos, todos. —  a partir de la revolución conservadora en los 80, con los postmodernos y su desprestigio de los grandes discursos, los Chicago Boys y su conquista de la academia económica, sobrevino un claro rearme ideológico, sobre todo estético, de la derechona de toda la vida, que había esperado pacientemente escondida en sus trincheras. Y el desquite está siendo de órdago, con lo que aquí estamos, sacando la cabeza como se pueda a dar boqueadas cual lindo gatito en río de aguas bravas. No digo que haya habido un rearme ético, porque se aprecia la falta de preocupación que esa materia inspira en los grandes portavoces del “movimiento”, que se limitan a descalificar al contrario con apelativos de ingenuidad o “buenismo” sin intentar – más allá de la cesión a las religiones más o menos cercanas – siquiera la construcción de un discurso mínimamente coherente en esa materia.

En este contexto en que nos movemos, pues aparecen por aquí y por allá algunos de esos listos, hablando de la Historia y sus batallas, para decirnos en resumen que somos víctimas de una agresión de la civilización islámica, que está en guerra santa contra nosotros, y que más vale que nos atemos los machos, porque muerden. Quede claro que para nada les desprecio, es más, a alguno disfruto y admiro en su obra, aunque crítico de nuevo, diferenciando sentido y sensibilidad. Debo reconocer que me duele un tanto su fatuidad y arrogancia, al considerar que ellos y sólo ellos hacen la adecuada lectura del gran libro, y que por tanto el resto parecemos no merecer mejor consideración que la de alumnos del montón. Consideran estos señores, en actitud de señorones, que estamos ante una guerra de civilizaciones que se viene luchando desde la batalla del paso de las Termópilas, entre 300 aguerridos espartanos de músculos depilados y aceitados y mirada lánguida bajo sus ceños fruncidos, armados de todo lo bueno en valores y perspectiva frente a los despreciables orientales, dueños de lo más depravado y abyecto del ser humano, malos malísimos, y feos como un demonio, dirigidos de paso por una encarnación de la “femme fatale”. No es que importe demasiado nada de lo que se pueda razonar: aquí lo único que importa son los míos contra los otros, como si los matices no importaran, como si la grosería del simplismo no fuera una sinrazón, sino un pesado argumento. Como si nada mereciera más reflexión que la barra del bar o la mesa del casino, o como si la Historia no pudiera ser y en sus manos sea sino terreno manipulable para justificar un discurso previamente establecido.

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Y claro, jode un poco que con semejante bagaje, encima, te miren por encima del hombro.

Me comentaba un reputado historiador recientemente que la Historia o es crítica o no es. Que aquellos que han explicado la Historia como relato han facilitado que cada uno lo adapte a placer a sus intereses, y eluda la responsabilidad del análisis de causas, factores, y sobre todo, de consecuencias. En esa concepción resulta muy fácil hacer un traslado descontextualizado de los relatos históricos, y uno se pone a comparar las migraciones actuales con las invasiones bárbaras del Imperio Romano o con la caída de Constantinopla.  Así, sin mayor escrúpulo intelectual (lo que viene siendo con dos cojones). Y a pesar de que quienes están dando el salto mortal por encima de la más elemental lógica son ellos, se las dan de listos, y te mira como con lástima pensando “pobre ignorante”.

Claro que, aquí los buenistas, tan tontitos nosotros, resulta que nos gusta pensar un poco más las cosas, no hacer comparaciones a lo bruto, y analizar sin tomar partido previo ni miedo a asumir alguna responsabilidad, tomando en cuenta los muchos factores que con el transcurrir de la Historia no sólo cambian los acontecimientos, sino que son capaces de cambiar las más profundas concepciones de los hombres, incluso al Hombre mismo. Quizá sea ese el quid de la cuestión.

La aparición de una minoría ultrafanática en el Islam capaz de autoinmolarse se puede interpretar de dos maneras: la complicada, como una anomalía fruto y consecuencia de la humillación constante durante los siglos XIX y XX de las poblaciones árabes, de las que sólo ha sido la última gorda la creación de un Estado judío para limpiar la conciencia de Occidente y claro, no en territorio europeo, precisamente, sino en donde vivían en paz unos milloncejos de árabes; la esquilmación de sus recursos naturales en un colonialismo voraz que sólo se permitió largarse dejando una estela de reyezuelos y/o dictadores encargados de sostener los intereses de la antigua metrópoli; el boicot a través de esos mismos dictadores al proyecto panarabista, y poned aquí todos los etc. que os guste, porque hay para dar y vender. O la simple, como una manifestación de que el Islam es una religión de bárbaros sencillamente porque no es la nuestra.

Y esto es sólo un ejemplo, que podría poner más. La ventaja de la segunda interpretación es que es simple. Cualquiera la entiende, y además no hace falta esfuerzo para entenderla, así que se vende sola.

Cuando a los españoles, por buscar un ejemplo cercano, nos invadieron unos cuantos franceses alardeando ser más guapos y listos y diciendo que teníamos que aprender a gobernarnos como ellos, nos entró semejante globo patrio y la liamos tan parda que el invencible ejército napoleónico tuvo que salir por piernas, corrido y un tanto acojonado. Y esos mismos que tanto se enorgullecen de la reacción de nuestros antepasados, se extrañan de lo que pasa con otros a los que estamos todos los días y a todas horas pisoteándoles donde más duele.

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(Abro un largo paréntesis, lamentablemente necesario: Por supuesto que no se trata de justificar nada, sino de explicarnos las cosas a nosotros mismos para tomar medidas que nos impidan no sólo repetir errores, sino también repetir algunos “éxitos” que se nos venden como tales pero no pasaron en el mejor de los casos de victorias pírricas. Errores frecuentísimos en la Historia, se nos venda como se nos venda: solucionar las cosas a tortas, contemplarlo todo en un ellos o nosotros, confundir la unidad con la uniformidad, medir mal el daño de las palabras y pensar que se las lleva el aire… Y quiero que se me interprete bien: esto último vale para tirios, troyanos, romanos, cartagineses, mesetarios, montañeses, costeños e interiores, diestros y zurdos.)

Depende del análisis que se haga, serán las soluciones que se intenten poner. Digo se intenten, porque tarde se llega siempre, pero mejor que nunca.

Todo depende en suma, como adelantaba cuando hablaba del quid, de si concebimos que la Historia es capaz de hacer mejor al ser humano. Al Hombre (perdón por utilizar la acepción de la RAE inclusiva de todo el género humanos, varones y mujeres, ni de hablar de hombre/a, pero es que esa palabra tiene unas connotaciones que no se hallan en ningún sinónimo), no a cada hombre o mujer, sino al género en su conjunto. De hacerle al menos más consciente, o sólo es capaz de avisarnos de nuestro propio salvajismo, lo que tiende a situarlo como ajeno. No negaré que los que se inclinan por la segunda opción tienen argumentos de peso: ahí están Auschwitz y Srebenica. Pero renunciar a la primera opción supone un abandono de la concepción del ser humano como tal, no instalado en un progreso necesario, ¡qué va!, sino simplemente como alguien mejorable.

¿Hay una guerra, entonces? Al final resulta que sí que va a ser cierto que la hay. Pero los bandos no son los que se piensa, y mucho menos los que esos botarates con ínfulas han prescrito en su simplismo grosero. No son distintas civilizaciones enfrentadas, ni tan siquiera la más antigua de las guerras entre ricos y pobres, ni entre naciones. Probablemente sea una guerra más vieja que todo eso, entre los que se explican la Historia con gafas metahistóricas y los que la intentamos entenderla críticamente y con sus propias claves. Los que llegan a conclusiones de hostilidad sin importarles una higa la justicia ni sus dignidades, porque al fin y al cabo se trata de salvar lo nuestro, o los que creemos que las soluciones o son para nuestros viznietos y los de los demás o no son soluciones. Simplificando mucho, sería una guerra entre los que piensan que el ser humano está hecho de una pieza de barro en el día sexto del génesis y ya no lo cambia ni Dios, y los que creemos que ese mismo ser evoluciona, aprende de sus errores, mejora, dando tumbos ciertamente (borracho, ya dije), y mejora más deprisa en la medida que sea capaz de creer en sí mismo y de hallar en sus congéneres un apoyo mutuo.

Y en esa guerra, esos intelectuales bien pagados de la derechona, por mucha fatuidad con que se adornen, por mucho que nos llamen estúpidos o buenistas o lo que les salga de su ilustrada pluma, les guste o no, lo reconozcan o no – que no lo harán — están en el mismo bando que cualquier gilipollas que se autoinmola en el nombre de Dios.

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Desgarro

Habiendo sido mi anterior “entrada” a este blog excesivamente seria, y conociendo mi inclinación a darle un punto de humor a las cosas — única manera de sobrevivir en este proceloso mundo de la extranjería – cuando éstas lo permiten, dedicaré mi reflexión de este periodo a asumir un reto, recoger un guante, responder a un desafío que me hicieron un grupo de amigos recientemente: “a ver cómo cuentas esto en tu blog”. Respondo: a ver si os pensáis que no soy capaz, que no tengo…. agallas, o que mis habilidades lingüísticas no darán buena cuenta del episodio. Allá voy.

En primer lugar, como siempre, no se entiende nada sin los antecedentes históricos: la vida del extranjerista hace que transitemos el mes de julio como esos personajes de Forges que se arrastran por el desierto, sedientos, hambrientos, agotados, casi moribundos. Alcanzar las vacaciones de agosto sin que el delirio haya agostado nuestras entendederas es objetivo que debe celebrarse como merece, y en mi caso el guión de la fiesta es el siguiente: tumbona, cerveza, siesta, cerveza, piscina, cerveza, barbacoa, cerveza, libro, cerveza, cine, cerveza…. Y así un agradable rosario de misterios gozosos que rezo con devoción y pocas interrupciones. Ello tiene sobre mi ya de por sí poco contenible carnalidad un efecto que, verano a verano, se está empezando a acumular de forma preocupante. El regreso tiene su más ominosa liturgia cuando, desesperado, debo encontrar unos pantalones que sean capaces de soportar el empuje lateral que sobre sus costuras se ejerce por esas masan anhelantes de liberación. He de decir que este año fue complicado.

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Así que un 15 de septiembre fui convocado a merecido – diga él lo que diga —  acto de homenaje a un buen amigo, que se desarrollaba en Bilbao, y para el que debía desplazarme en avión. Allá que fui tempranito al aeropuerto con mis pantalones prietos y mi ánimo pizpireto para reunirme con otros extranjeristas en animada francachela. Armado de mi tarjeta de embarque en una mano, tomé el ascensor para ascender al piso superior en una de esas maniobras absurdas a las que nos suelen someter esos laberinticos lugares, para coger un avión después de volver a descender. Encontrándome sólo con mi habitual torpeza, la tarjeta de marras, documento imprescindible para mi objetivo, cayó al suelo, y con mucha decisión y poca precaución, allá que me lancé en su busca.

Gracias doy al cielo y a toda la cohorte angelical de que hubieran apartado de mi coincidencia y camino en ese ascensor a nadie que pudiera contemplar lo que ocurrió. Solo sé que el reducido espacio del ascensor se llenó con un desgarrado grito. En él se conjuntaba el horror que exhalaban en su espantosa muerte las ya debilitadas costuras del pantalón, con la tensión liberada por las telas oprimidas y al fin, liberadas de sus padecimientos. Un “quejío” digno de Camarón, un elefantiásico barrito, la elocuente expresión judaica del duelo inconsolable.

Como un muelle mi espalda se incorporó, casi sin recoger la tarjeta de embarque, tal fue el susto, mis ojos se abrieron en pánico gesto e instintivamente mi mano fuése al lugar de los hechos, vetado por evidentes motivos fisiológicos al alcance de mi visión. No muy dotado de habilidades táctiles no fui capaz de apreciar en ese momento el tamaño del desastre, y simplemente me limité a medir el alcance del faldón de la chaqueta (afortunadamente iba provisto de tan útil prenda, pues a Bilbao me dirigía. Llego a ir a Sevilla y no quiero pensar las consecuencias), confianzudo de que ésta realizara una misión de contención de indeseadas contemplaciones. Nada más errado: al llegar a esas puertas demoníacas para la detección de metales, y cuando yo depositaba mis enseres en la bandeja, el celo impertinente del operario me ordenó con rigor: ¡la chaqueta también!. En esas ocasiones, toca elevar el mentón y adoptar una postura de orgullosa dignidad, no sólo para compensar el poco sentido del ridículo que a uno le va quedando, sino para procurar no forzar más las cosas y que esas revolucionarias telas se fueran cada una por su lado mostrando lo que no debían. Vano intento, como pude comprobar.

Paasado el infernal aparato e intentando recoger de nuevo la chaqueta del escáner, oigo que la amable operaria del escáner de al lado me llama con voz melíflua: ¡caballero, caballero!. Y cuando me vuelvo me hace un gesto con la mano en sentido de que me acerque, pues con discreción se ve que quiere indicarme algo sin que sea de alcance público. Descartada inmediatamente la hipótesis de que quisiera expresarme su abrasador deseo hacia mi cuerpo gentil y proponerme una cita fragorosa y rápida en algún servicio del establecimiento, inferí con rapidez cuál había sido la dimensión de mi fracaso. Por no quedar todavía peor me acerqué y, antes de que me dijera nada, intenté disminuir su evidente azoramiento:  “ya, ya, acaba de ocurrime” , a lo que respondió “no, era por si no se había dado cuenta”.

Resultado de imagen de arcos voltaicos aeropuertos“PUES NO ME IBA A DAR CUENTA, VALIENTE GILIPOLLAS, O TE CREES QUE ES UNA NUEVA MODA”. Lo contuve, pero lo pensé, a fe que lo pensé. Calcéme la chaqueta y me dirigí a la librería del local intentando improvisar una solución.

Nuevo fracaso: si había pensado que pues en los hoteles a veces te proveen de pequeños costureros podría encontrar uno de ellos en el aeropuerto, cierto que al parecer se venden – y yo estaba dispuesto a ser esquilmado por su seguro precio de platino con diamantes, habitual en este tipo de locales – unas cajitas con lo necesario para la ocasión, pero se habían agotado. Me consoló pensar que no era el primero que sufría tal accidente, y me dirigí – ingenuote – a una tienda de las llamadas de “moda”, en burda metonimia, que abundaban en el lugar. Esos establecimientos comerciales me niego a pensar que estén para nada más que para mostrar el género, darle empaque al magno establecimiento, y llenar un espacio vacío. Aunque un vistazo a sus precios lo único que consigue es infundir terror. Mi hipótesis se vió corroborada por el hecho de que en ninguna de ellas tenían lo necesario para un simple arreglo manual, tan necesario cuando a alguien se le vende una prenda del tipo que sea. Siguiente fracaso.

Así que no tuve más remedio que pensar que en el avión iría sentado, y que por tanto durante la aproximada hora y pico del vuelo mi problema no sería tal, hasta la arribada. No obstante, viajé con la chaqueta puesta.

Sin quitarme la chaqueta y tras coger un autobús, llegué al lugar de la cita con mis compañeros, y me dije, una vez más, pobre de mí, “salvado” al ver que las compañeras, cual suelen, iban ataviadas de esos misteriosos complementos donde ir provistas de arcanos secretos, utilísimos instrumentos de autotortura, y otras pequeñas sorpresas: quién un Smith&Weeson del 38, quién unas tijeras de podar, y, ¿por qué no? ¡UN KIT DE COSTURA!. Así que en mi ruego, ciertamente inusual, desperté su curiosidad, y tuve que desvelar mi secreto. En esta ocasión el nuevo fracaso – en efecto, ninguna llevaba el jodido kit de los cojones – fue acompañado de risas varias que la vieja amistad y compañerismo facilitaron, así como los martinis que ya se habían trasegado las muy brujas mientras me esperaban.

Para colmo, debíamos irnos al acontecimiento, sin tiempo para buscar, tal como sugerí, un bazar de esos de todo a cien, también llamados en Bilbao, “chinos” por otra no menos burda y poco imaginativa metonimia. Así que seguí confiando en la chaqueta, para alcanzar, al fin, el único éxito de la jornada: como era un acto entre abogados, el Colegio en el que se desarrollaba había dispuesto para los asistentes que así gustaran, largas togas con las que distinguirse de los pobres legos y resto de mortales. Con rapidez asíme a la primera que pude alcanzar, a la que eché la garra con ansias. Poco me importó que fuera de esos modelos antiguos diseñados al parecer para celebrar juicios en el polo norte.

Sobre el acto en sí, poco debo contar: os invito a que leáis la excelente laudatio que recitó nuestro patriarca Eduard, la respuesta de Javier, derrochando ese carisma y capacidad de comunicación que posee, y haciendo ambos que, como extranjeristas, nos sintamos como una familia, mucho más que compañeros, sabedores de que existe un vínculo en nuestra común preocupación y lucha por los derechos humanos.

En la comida en la que nos reunimos se debatió sobre el asunto, como no podía ser de otra manera tratándose de un grupo de abogados. Nuevo fracaso, por cierto: tampoco en el restaurante tenían hilo y aguja. A la propuesta de sustituir el hilo con grapas el siempre perspicaz Pepelu objetó que éstas no resistirían las fuerzas renovadas que habían ocasionado el desastre, y hubo también quien solidariamente se preocupó por las molestias que pudieran ocasionarme en ciertas partes especialmente sensibles de mi anatomía, o incluso del efecto de las grapas en el arco voltaico del aeropuerto a mi regreso. Vista la sabiduría de las argumentaciones, decidimos dejar las grapas tanto para evitar sarpullidos como para impedir que la cantidad que pusiéramos provocara el reventón de alguna alarma antiterrorista. Dado que mi natural inocente me hacía ignorante de la magnitud del desastre Sonia se ofreció “amablemente” a hacerme una foto para que pudiera contemplar el espectáculo de mi propia trastienda. Foto que no tardó en compartir en los foros de extranjeristas varios que hay en Watshapp, sin informar del nombre del interfecto, aunque me temo que con el tiempo transcurrido sea vox populi.

Así que volví como había venido, cargado encima con el casco de la moto que la ausencia de consigna en Valencia me obligó a pasear por media España, y luciendo unos calzoncillos que, afortunadamente, no eran de ridículos dibujitos, y además, por si algun malpensado lo dudaba, estaban limpios.

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¿Qué tendrá ser Ministro de Interior…? y II

Tras el parón vacacional, retomamos nuestra particular Historia del Ministerio de Interior, que habíamos dejado en el momento en que Aznar gana las elecciones en 1996 y llega… Mayor Oreja.

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El pomposo aristócrata vasco que entró en la santa casa, creyéndose llamado a acabar de un plumazo con ETA nos dejó un modelo de ministro de curiosa factura: cómo dejar un buen recuerdo por tu negligencia e ineptitud, y nefasto por tu actuación. La única ley de extranjería medio decente que ha tenido este país fue gracias al despiste de este señor, al que le colaron un gol político por toda la escuadra izquierda cuando él estaba buscando margaritas entre el estiércol del césped de la portería, a su derecha. Agradecidos le estaríamos, si no fuera porque en un ejercicio de sinceridad nada honroso demostró que su pretendidamente profundo pensamiento no alcanza a un mínimo de ética, y drogó a un grupo de subsaharianos para deportarles sin resistencia. Fue motivo aquello de una de las perlas del largo rosario que nos regaló su jefe: “teníamos un problema y se ha resuelto”. El fatuo de la voz engolada va dando por ahí entrevistas en las que esgrime valores, conceptos y principios, cual si de eminente orate se tratara, pero no engañó por mucho tiempo su facundia ni tan siquiera a los propios, pues tras ridiculizar al PP vasco y condenarlo a la irrelevancia, le arrinconaron finalmente en el Parlamento Europeo, bien pagado cementerio de elefantes.

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Tras él llegó Rajoy. Curioso cómo el carácter de una persona y su modo de hacer (o de dejar de hacer) marca un estilo que se resiste a cambiar. Tal cual viene siendo su presidencia fue su breve paso por el Ministerio: sin genialidades, como de paso, encargado por Aznar de reparar los entuertos del badulaque que le había precedido, organizó la contrarreforma de la Ley de extranjería con la habilidad de tapar la boca con regularizaciones de extranjeros a su estilo: que me vienen hechas, dejo hacer; las formalidades son cosa de otros, al final consigo lo que quiero; estos tragan, yo reparto; hago y no hago pero dejo hacer, y luego me permito reclamar la prohibición de lo que yo mismo hice, poniendo cara de tonto, pero ascendiendo en el papel de fontanero especialista en parches y tapones.

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Cumplido el cometido, cambió su puesto a otro más cómodo y le cedió la santa casa a quien quizá haya dejado el más horrísono y despreciable recuerdo de quienes por ella han pasado. Acebes no fue un Ministro de Interior, fue un émulo de Goebbels sin dejar de serlo de Himmler, pero inaugurando la tendencia de darle a todo su pátina de meapilas de sacristía, legionario de Cristo, nombre que en su boca sólo puede sonar a sacrilegio, y que individuos como él, sin dudas, utilizan para dar una capa de cal al sepulcro de sus conciencias. Tras años de persecución xenófoba, sólo impedida y moderada por los intereses económicos de sus colegas, puso punto final a su triste trayectoria y la de su jefe con uno de los episodios moralmente más repugnantes de nuestra historia, intentando aprovecharse de la sangre aun humeante de casi doscientos inocentes para mentir y hacer mentir, con la calculadora de votos en una mano y la máquina del fango en la otra. Suerte que tanto la sobrecargó, que le reventó en su cara, y quedó para los restos cubierto de su propia mierda. Ahora va por ahí, defendiéndose de sus muchos pecados desde un pingüe consejo de administración, eludiendo – de momento con éxito – sus responsabilidades penales, en las que terminará cayendo, no lo dudo, por justicia poética. Aquella misma que llevó a Al Capone a la cárcel por no pagar impuestos.

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Jose Antonio Alonso, recientemente fallecido, intentó compaginar la cabeza del Ministerio con su prestigio como juez. En un blog así, dedicado a relumbrar vergüenzas, resalta que se hable bien de alguien, y no por su muerte, que no soy yo amigo de esas convenciones. Lo mejor que se puede decir de él es que no se le recuerda, y eso, tratándose de un ministro de policía, es un elogio de alto nivel. Supo articular, o permitir que se articulara, el mayor proceso de regularización de extranjeros y el más necesario, una apuesta personal de su presidente, apretando los bozales a sus lobos y a alguna que otra loba, y facilitó una evolución hacia posturas más razonables que finalmente fue frustrada.

Resultado de imagen de rubalcaba jose motaLe sucedió el oscuro Rubalcaba, profesor de química metido en la más intrincada fontanería del PSOE, a cuya Secretaría General fue aupado por métodos no precisamente muy democráticos. Quizá fue ahí, o quizá lo trajo puesto de su cátedra, donde aprendió a experimentar con las fermentaciones anaeróbicas de lo más profundo de la materia fecal. Mentiras y engaños, medias verdades, cubiertas de falsedades no completamente embusteras, de estilo suave pero sibilino, el fin de Eta le regaló su medalla más brillante, que no ha sabido aprovechar, en tanto inauguraba las expulsiones en caliente – eso sí, sin que se supiera ni hiciera falta cubrirlas – profundizaba los zulos de los cies, y manejaba su poder de señor feudal para tomar represalias económicas contra los que osaron levantarle la voz o decirle las verdades. Su cetro brevemente fue cedido a su discípulo Camacho, que apenas calentó el sillón al siguiente.

Resultado de imagen de fernandez diazToro bragado y cuernibajo, cariacontecido pachón, el olor a moho de confesionario y sangre de cilicio no tapaba, enaltecía, su resabio franquista más  profundo. Fernández Díaz, catalán de españolísimos apellidos, llegó con el empeño de poner orden y, lo que son las cosas, consiguió lo que parecía imposible porque el nivel estaba ya altísimo. Cuando Mike Powell superó el salto imposible de Bob Beamond de 1968, rompiendo el record más antiguo, mostró cómo el ser humano cuando se empeña es capaz de superar todos los records y barreras. Fernandez Diaz es la otra muestra. Mira que se lo habían dejado difícil gentecilla como los que hemos aquí repasado, pero por increíble que parezca, mintió como Rubalcaba, reprimió como Acebes, infringió la Constitución como Corcuera, extendió la peste a extrema derecha por el Ministerio como no había hecho el mismo Barrionuevo, y aun se permitió intentar una policía política, al más puro estilo bananero, sin evitar que en lugar de un trasunto del FBI, lo fuera, españolísimo él al fin y al cabo, de la TIA, si, la de Mortadelo y Filemón. Su parangón histórico, por tanto, el inefable superintendente Vicente.

Y llegamos al final del periplo con el amigo Zoilo y sus cuantos meses, y se demuestra alumno aventajado. No puedo dejar de referir el artículo, leído cuando estaba escribiendo éste, de Antón Losada, con en el que tanto coincido: http://www.eldiario.es/zonacritica/Zoido-efecto_llamada_6_663243675.html Si existe un efecto llamada es el que ejerce el Ministerio del Interior para aquellos de nuestros políticos que aprobaron la asignatura de ética corrompiendo al profesor.

Ya sé que ha pedido perdón y ha intentado rectificar y corregir, pero no ignoremos que la sinceridad, que no es virtud muy extendida entre esos lares, sólo asoma cuando bajan la guardia, y cuando en momentos de calentón se les llena la bocaza y las sueltan bravas. Y eso, en una reunión con sus conmilitones de otros ministerios europeos, me los imagino, después de haber puesto a caldo a los buenistas, a los rojos, al Papa de Roma y a otros bienintencionados ignorantes de amenazas históricas y bulos varios, soltó aquello de que las ONGS están para ayudar, y no para “favorecer la inmigración irregular” o lo que él entiende por tal, promover el “efecto llamada” salvando vidas. Porque lo que habría que hacer, según él, no sólo es llenar la valla de concertinas, sino el mar de minas, que en su frio cálculo exento por completo de empatía y obturado a la comprensión, si conseguimos que todo el que se aventure en el mar la diñe, con seguridad no se lanzará al agua nadie más. Conclusión: dejemos que se mueran unos cuantos y solucionamos el problema.

Sólo un botarate con ínfulas de hombre de estado se cree su propio discurso hasta esos extremos, y articula su escasa capacidad neuronal para llegar a tal bazofia conclusiva. Sólo un palurdo señorito “jarto” de manzanilla en la feria de abril jalea su propia ruindad con expresiones como esa. Sólo alguien que, si le dejaran y las leyes se lo permitieran – benditas ellas algunas, más necesarias cuanto más desapercibidas —  mandaría las cañoneras al estrecho, emplea una lógica en la que la condición de seres humanos de un grupo de seres humanos se ignora de forma tan grosera porque no se les considera seres humanos. Sólo Zoilo, alumno aventajado, amenaza con desparpajo lo imposible: hacer bueno a su antecesor.

 

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¿Que tendrá ser ministro de interior,/ que el que llega hace bueno al anterior? I

Una vez más, esta vez no cual abuelo Cebolleta contando batallas, pero sí reivindicando el papel de lo vivido, recurro a la memoria como fuente necesaria de la Historia. No sólo deben construirla los sabios de cátedra o los sabiondos de hemeroteca, mucho menos  dejarla a los listillos de boletín oficial, y desde luego corregirle las ínfulas a los sabelotodo de consigna y opinión ajena.

Las declaraciones de nuestro ministro Zoido insinuando la culpa de las ONGs en provocar muertes en el Mediterráneo por crear efecto llamada salvando vidas han sido un golpe de hedor nauseabundo que si bien intuíamos debía esconderse en las cloacas del estado, ha sido como de golpe abrir la tapa de la fosa séptica. La falta de habilidad política y discreción del amigo Zoido nos ha escupido una realidad a la que sólo podemos responder con una pregunta: ¿cómo es posible que a tan alto cargo llegue semejante elemento?. La respuesta, lamentablemente, estará en la memoria, y en la escalada de bazofia humana que ha pasado por tan brillante sillón de terciopelo. Parece que los distintos Ministros de la cosa, o sea, antaño de la gobernación, hoy de Interior, se han aplicado el viejo refrán de “otros vendrán que bueno me harán”.

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Como el inconveniente de la memoria es que llega hasta donde llega, comenzaré por el primer ministro que recuerdo, infame sujeto que justifica no tanto el sentido del título como su ironía: José Barrionuevo. A las ilusiones de libertad y regeneración democrática de la primera victoria socialista había que ponerle tasa, y nadie mejor que él para contener las ganas de transición democrática que debían hervir dentro del Ministerio. La política era otra: no podemos permitir que el franquismo tan vivo aún nos gane por la vía de la mano dura contra una inseguridad ciudadana alimentada por la crisis y unos jueces que se están creyendo que esto va de verdad. La imagen para la posteridad fue la cerrada defensa parlamentaria del Ministro, aún en tono lacrimógeno, de los pobrecitos policías que habían temido por sus vidas acorralados en una manifestación de estudiantes, y había obligado a uno de ellos a sacar su arma reglamentaria y descerrajar un tiro, duro plomo, fuego lanzado, sobre la nalga de una chica seguramente peligrosísima y estudiante de ballet. Tapar la boca a Amedo y Dominguez, montar o mantener el Gal, el secuestro de Segundo Marey, y una ley de extranjería que fundó la dinámica más sucia de malos tratos a un colectivo humano que quepa recordar en democracia, aún viva en muchos de sus textos, y que en un alarde de cinismo se pretendió vender como progre.

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Como el tipo mantenía secretos ocultos, su cuestionamiento hizo que el Gran Estadista lo mandara al Ministerio de transportes y a nombrarle un sucesor que deja la ignominia como concepto de moda juvenil: Corcuera. No ya continuó la línea este azote de vagos, maleantes y gentes de mal vivir, quien ostentó el cargo para sacarle brillo a la desgastada O de su partido, y tan sólo avisó de cómo en un país con cuarenta años de educación dictatorial era tan peligroso poner a un populista al frente de la policía: el populismo, sí, como expresión de los más amargos posos de la derecha energúmena abandonada a los instintos del General Custer y otros que nos han legado su pragmatismo animal. Para evitar esa imagen de aterrador desorden que dejan los pocos espacios de libertad de un sistema omnímodo, se sacó de la manga una ley que consagró el poder de una policía a la que le faltaba – y sigue faltando, que así nos luce el pelo —  muchos años de democracia, muchos cursillos de derechos humanos, y mucha, mucha concienciación de que la autoridad es instrumental, nada más y nada menos, del servicio al ciudadano, y no un privilegio añadido a quien ya va adornado con una enorme responsabilidad al cinto. La famosa ley que lleva su nombre, acompañada de la sempiterna idiocia de los bien aleccionados gobernadores civiles encargados sobre el papel de moderar su aplicación, nos retrotrajo al lamentable papel de una policía que en lugar de inspirar confianza – eso tan poco útil para controlar mentes, que hasta se creen poder pensar –, da miedo, mucho, que al cabo es de lo que se trata.

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Se nombró a Antonio Asunción, de efímera memoria, pues tuvo la inteligencia de buscarse la excusa de la fuga de Roldán, que había sido su más firme alternativa para el puesto en la mente del Gran Estadista, para fugarse él de lo que sus antecesores habían convertido en una pocilga imposible de limpiar con rapidez, no habiendo a mano Hércules mañoso que desviara un río por esos establos de Augias en que habían convertido la santa casa del orden público.

Descartada la prontitud, el Gran Estadista pergeñó una de sus genialidades y unificó contra natura con el Ministerio de Justicia, bajo la creciente égida del ambicioso Belloch. Tuvo éste el buen tino de poner al frente a Margarita Robles, quien cual hormiguita hacendosa se dedicó a la titánica tarea de retirar la basura de debajo de las muchas alfombras, cosa que no le perdonan en los pasillos de Ferraz tantos y tantos dinosaurios como por ellos pululan. La decadencia en picado del Gran Estadista entregó a los españoles a los brazos de Aznar, y comienza así un nuevo capítulo de este triste sainete.

TO BE CONTINUED

La derrota

Cuesta escribir sobre éllo. Cuesta reconocerlo, superar la responsabilidad, la culpabilidad, afrontar el futuro como única forma de resolverlo, solucionar el problema en el que uno siente que ha sido parte, cuesta resistirse a la rabia, a la propia torpeza, a los errores, aunque no se sepa que han sido errores hasta después, aunque fuera imposible predecir y hacerlo de otra manera. Te obligas a pensar en qué le dirías a una persona que te dijera lo que tú mismo te dices, te objetivizas, sales de ti mismo para poder valorar con serenidad, porque eso es lo que más cuesta, mantener la serenidad, no dejarse comer por la frustración, no caer en espirales de rabia.

El fracaso, tan presente en la vida de un extranjerista, como una espada de Damocles, a la vuelta de cualquier esquina, de cualquier momento, como el huracán inesperado al más avezado navegante, el fracaso sufrido en la carne ajena, de tu defendido internado y expulsado.

Hace unos días, defendiendo a una mujer madre de una niña española a la que habían detenido por unos hurtos, y cuya orden de expulsión tenía casi diez años y estaba prescrita, me dejé sorprender por la inesperada respuesta, contra toda lógica y derecho de una juez y un fiscal que decidieron su internamiento, y luchando contra ello me volví a dejar sorprender por una policía cuya actuación ocultista, inmoral y rastrera, ya no puede ni asombrarme: cuando tenía ya la demanda de paralización de la expulsión, la llevaron al avión sin avisarla a ella ni permitir que avisara a nadie. Me pasó lo que hacía años no me pasaba, pero nos pasa alguna vez a todos los que nos dedicamos a estos: nos engañaron, y me enteré que a mi defendida la expulsaron cuando ya estaba en su país, separándola de su hija o impidiendo que ésta viva en España. A los pocos días la policía de Burjassot consiguió expulsar a otro muchacho que llevaba en España desde los 10 años, sin familia ninguna en Marruecos, desplegando todas las malas artes de su mal oficio: no sólo me mintieron a mí, que en este caso sí actué con más de la diligencia posible, sino que llegaron incluso a mentir y a engañar al juez de guardia, que no dictó la cautelarísima por culpa de esas mentiras, que desde aquí prometo no quedarán impunes.

Me digo a mí mismo, como si yo mismo fuera un compañero que viniera a lamentarse, que el cúmulo de circunstancias y de maniobras para evitar una defensa eficaz hacía inevitable este desenlace, que tengo que pensar en el futuro, denunciar la situación y recurrir, que tengo a mis defendidos localizada y que lo que tengo es que seguir peleando para que pueda volver cuanto antes y en mejor situación. Si, vale. Pero después de tantos años enfrentándome a ellos lo que más me duele es que me hayan pillado por un exceso de confianza, por pensar, aunque fuera sólo un momento, que no iban a atreverse a hacer lo que al final hicieron. Como si no los conociera lo suficiente.

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Les digo a mis alumnos y pasantes: primera lección: la presunción de inocencia no existe, la carga de la prueba es siempre tuya, la igualdad de armas es mentira. Y además, nunca, nunca, nunca te fíes de ellos.

Es impresionante como todavía un juez, que debería ser un garante de derechos, no es más que un monigote a lo que le pida la policía, de la nunca desconfía, a pesar de tener indicios suficientes de sus malas artes, cómo la fiscalía, olvidando de forma grosera su papel de defensora de la legalidad integral y por tanto antes que nada de los derechos fundamentales, pide una privación de libertad sin haberse siquiera leído la declaración, informando incluso antes de que se la manden. Pero me duele personalmente que yo me creyera que lo tenía ganado, que no iban a ser capaces de dictar semejante bazofia de auto de internamiento, y que tendríamos tiempo, tiempo, para defender. A los que defendemos a los despreciados no se nos permite el lujo del tiempo, y todo es inmediato.

Crea resquemor y rabia que nos sermoneen con normas y derechos que sabemos que son, en tantas ocasiones, mentira. Da nauseas ver cómo hay jueces que venden su función por un plato de lentejas, por no llevarle la contraria a la policía, pobrecitos probos funcionarios que si algo hacen por algo será, por no dejarse engañar por esos abogados de extranjeros que lo único que quieren es llenar nuestro sagrado solar patrio de indeseables y delincuentes.

Sin embargo, la derrota no puede ser sino una etapa. Ello son los que se engañan, los que creen que con una expulsión consiguen lo mismo que pretendían los sheriff de las películas del oeste cada vez que mataban al malo: muerto el perro, se acabó la rabia. Buscan la eliminación del problema mediante la eliminación de la persona que les causa el problema.

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Esa es la naturaleza última de la obsesión de nuestras leyes por expulsar extranjeros, aunque sea socavando sus derechos como personas. Lo expresó con la habitual rotundidad de quien carece de matices, en el repugnante episodio de drogar con aloperidol a un grupo de subsaharianos para que no se resistieran a la hora de ser deportados: “teníamos un problema, y se le ha dado solución”. Hace unos días escuché a Javier de Lucas decir que la privación de libertad, si exceptuamos a los incivilizados países que aún aplican la pena de muerte, es la máxima actuación sancionadora que se reserva un estado para intervenir sobre personas. Desde el punto de vista del sancionado, lleva razón (aunque cuántos inmigrantes no preferirían pasar una temporada en la cárcel antes que ser expulsados a su país), pero desde el punto de vista del sancionador, la expulsión del territorio supera en gravedad a la privación de libertad, porque supera el concepto mismo de sanción – y con él el de rehabilitación o reinserción posible, e incluso del de castigo o retribución negativa por una determinada conducta – para buscar únicamente el de “eliminación” del sujeto. Nuestras leyes de expulsión de extranjeros no buscan nada distinto, salvando las distancias y por medios más presentables, que las cámaras de gas de los nazis. Aun diría más, nuestras leyes de cierre de fronteras por encima de cualquier razón humanitaria, no buscan nada distinto, y asumiendo consecuencias a veces similares, que lo que se buscaba en Austwich. Al escuchar a algún ministro recordar que la función de Frontex no es la de salvamento marítimo, y que se debe evitar para no crear efecto llamada, no puedo sino reafirmarme en esa posición.

Pero, afortunadamente al menos para nuestros defendidos, se engañan. La eliminación no es completa. Siguen vivos y con voluntad de volver, por eso no han vencido aún. No les han eliminado del todo. Y además tienen aún un abogado aquí que va a seguir defendiéndoles hasta que puedan volver.

La derrota, para un extranjerista, no es, por tanto, sino una etapa. El futuro está abierto y conseguiremos que vuelvan, y la derrota será de esos estúpidos que abusaron de su poder para defender sus propios miedos y prejuicios. Miedo me dan cuando descubran que no han vencido, pues de todo son capaces. Pero al fin y al cabo, si queda algo – tras el ocaso de los dioses que llenaban los grandes discursos — en lo que se pueda afirmar con rotundidad, la Historia está de nuestra parte. Aunque duelan, y mucho, las injusticias que pavimentan el camino.

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Y LOS ABOGADOS

Conforme a lo prometido, hoy hablaré de mis queridos compañeros, colectivo disperso y variado donde los haya. Justo es comenzar, por tanto, diciendo que entre tantas posibilidades, cualquier afirmación que se haga no hará alusión sino a pequeñas partes del colectivo, nunca al colectivo completo, que si por algo se caracteriza comúnmente es por carecer de características comunes.

Confieso que mi “vocación” fue tardía, casi encontrada sobre la marcha, pues mis inquietudes iban más por otros lares, digamos más elucubrativos y desde luego más tranquilos. Pero en el barro a veces uno descubre sus aficiones más insospechadas, y he de reconocer que la lucha cuerpo a cuerpo tiene la épica del morir matando y cara a cara. De las alturas de la reflexión actuante preferí el terreno de la acción reflexiva.

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Envidio a los compañeros que tenían claro desde el principio ser abogado, sin verse en exceso contaminados por las películas americanas o las series de televisión, cuya imagen en poco se parece a la real. Contrariamente a lo que la realidad invita a pensar, debería ser una vocación muy específica, no algo elegido por eliminación o descarte. Sin embargo, nuestro colectivo se nutre principalmente de ello: sería interesante hacer un estudio estadístico para saber de entre nosotros cuántos llegaron a la profesión tras intentar antes unas oposiciones, o aún mejor, cuántos eligieron estudiar Derecho por cobardía o falta de medios para emprender otras cosas. Repito que no me avergüenza incluirme entre ellos, y que la vida es una peonza no es algo que sea necesario ni argumentar. Eso probablemente imprime una serie de lacras en nuestra profesión, y en la imagen que damos de ella.

Me sorprende la cantidad de gente que considera que como carrera académica es difícil. Dura quizás. Meterte entre pecho y espalda tratados aburridísimos sobre, por ejemplo, Derecho Eclesiástico del Estado, aprenderte de memoria la lista de características de la sociedad germánica, la definición de la letra de cambio, miles de estructuras endebles que después los caprichosos cambios sociales modificarán o retorcerán, instituciones lógicas y otras impensables, enroscamientos lingüísticos hechos para decir lo que no se puede decir o no decir lo que se debe, complicaciones artificiosas y artificiales de pasos sencillos, simplificaciones abstractas de intereses y derechos humanos, de vidas, de intereses, de lo más complejo… Pero al fin, sacando horas para incar los codos, con más o menos tiempo por delante, he visto mentes obtusas e inteligencias menos que medianas conseguir el papelote firmado por el Rey con el que quedas consagrado como licenciado en Derecho.

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Con el papelote, pues haces un bonito cuadro, le buscas un marco con florituras y cornucopias, confiado en que sea tu llave a un futuro prometedor y con eso, una foto con corbata y un certificado de penales te dabas de alta en el Colegio de Abogados. Y a ejercer. Lo de que en la facultad no te enseñan más que teoría – y no la más útil, precisamente – pero nada de práctica es un tópico tan manoseado que aparece más pulido que un diamante, pero cierto, me temo que lo sigue siendo, pues la frasecita se sigue oyendo, pero sobre todo se respira el entusiasmo con el que vienen los alumnos de prácticum, de prácticas del master, de prácticas del grado, y de cuantas prácticas se pongan y puedan hacer en despachos y pateando calles y juzgados. La sorpresa de verse inmersos y tocar la realidad, después de años de exposiciones teóricas sin conexión vital, les ilumina al sentirse útiles, al tener que indagar y pensar sobre lo que como simples almacenes les fueron acumulando dentro.

A partir de ahí, cada uno con sus “cadaunadas”, como decía mi abuelo. Los habrá que creerán que esta es una profesión de mucha facundia y poco más, y con algo de jeta, buena presencia y aplomo sobrado se labrarán una reputación más o menos soportada en la ignorancia ajena. Otros a los que perderá la avaricia, o que encontrarán en lo de “valorarse a sí mismo” una excusa para estafar al personal extrayéndoles las tripas por precios desorbitados, y gente hay que en parte merezca ser así estafado, pues piensen que mejor es quien más les cobra, sin mayor análisis ni reflexión. Los honrados a carta cabal que con el tiempo se decepcionen de ver cómo sus esfuerzos no son siquiera agradecidos. Los timoratos que no se atreven sino con lo que dominan al extremo y terminan viendo pasar la vida sin pasar de mover papeles y formularios, y los temerarios que se lanzan sin miedo ni tan siquiera al ridículo, ignorando con mendaz desparpajo que lo que arriesgan no son sus vidas sino las de otros. Las mentes privilegiadas  que se desperdician en debates bizantinos sobre la coma perdida de tal artículo legal, o los imbéciles que piensan saberlo todo amparados en ese papelote, que pese a estar protegido dentro del marco, el tiempo y la luz dejan amarillento y ajado.

Somos muchos. No sé si demasiados. Pero al condicionamiento que impone el ser una profesión liberal y forzosamente independiente, se añade esa variedad selvática y lujuriosa donde se puede encontrar desde tigres airados a ranitas de colores vivos. El individualismo nos mata, y en lugar de conseguir aunar objetivos colectivos que representen no solo la defensa corporativa sino reflejar nuestro interés por profundizar en los derechos y la Justicia, la inmensa variedad de nuestras extracciones ideológicas termina por hundirnos en una especie de neutralidad mediocre. Los Colegios que nos representan se convierten en instituciones anquilosadas, sin más utilidad que mantener la apariencia, sin capacidad de movilización, algo en lo que son no más responsables que los que los conformamos y en quienes deberíamos hacer suma. Recuerdo cuando colaboré en la convocatoria de movilizaciones para defendernos del ataque frontal que fueron por un lado la ley de tasas y por otro la indignidad de las retribuciones – no alcanzan ni a indemnizaciones – de los turnos de oficio, cómo apenas conseguíamos convocar a unos puñados de compañeros, pero cuántos se sumaban a la crítica fácil hacia el enemigo equivocado, hacia un “Colegio” que nada podrá hacer sin antes coligarles.  Imposible organizar un ejército disciplinado con nosotros, y sin embargo necesario.

El dinero, ese tótem que en el capitalismo salvaje de nuestros días es Dios absoluto, ejerce su tentación con pertinaz desproporción, y demasiados olvidan que esto es una profesión, no reñida, pero para nada mimetizable con un negocio.

La Justicia, en tanto, cuya cúspide deberían ser los Derechos Humanos, se disuelve de la mano de unos y otros, ciega y armada, guiada por el poder de quienes la ejercen desde la comodidad del alto funcionario bien pagado, depende sin embargo de nosotros los abogados para no convertirse en prostituta sagrada de los templos de ese Dios todopoderoso, codicioso e inmisericorde.  Serán entonces los sumos sacerdotes quienes dictarán las normas e intentarán relegar con artimañas a meros escribas a aquellos que deberíamos ser, en todo y ante todo, profetas.

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