¿GUERRA, QUÉ GUERRA?. 

Como vamos a hablar de Historia, así con mayúscula, nos aplicaremos la lección y antes de entrar en harina, nos situaremos en contexto, precisamente, histórico. Prometo no enrollarme. Tras la gran herida que parte en dos el siglo XX, la IIGM, provocada especialmente por los fascismos, la reconstrucción sólo se podía hacer desde el progresismo: políticas económicas socialdemócratas y construcción de un estado de bienestar dieron como resultado lo que se llamó la “edad de oro” del crecimiento económico (Eric HOBSBAWM, amigable abuelito de la foto) pero también hicieron de muro de contención frente al gigante del este y su expansionismo ideológico. Fracasado el anticomunismo cerril de los fascismos, tocaba la cesión y el reparto. Ello tuvo también un efecto claro en el discurso intelectual: durante los cuarenta años de postguerra ser de derechas estaba mal visto entre la “intelligentzia”, y ser de izquierdas sin embargo, estaba de moda. No pretendo frivolizar la cuestión. Los que me conocéis sabéis que soy rojo como un tomate maduro, pero entiendo que es consustancial a ello el ser crítico, y por ello, ser consciente de lo que es grano y paja, no dejarse llevar por “tendencias” ni corrientes, e intentar sostenerse contra viento y marea vengan de donde vengan las galletas, cuando uno llega a una conclusión fundada. Hubo y sigue habiendo mucho postureo, como se dice ahora, y mucho progre de salón, que hizo gala en el momento oportuno (para él, sobre todo) de lo poco profundo de sus convicciones, no digo siquiera cambiándose de chaqueta, como mucho de color de paraguas.

Resultado de imagen de hobsbawm

La lástima fue que, apoyado en lo superficial de ese postureo, el movimiento pendular propio de la Historia – Hegel y Marx lo llamaron dialéctica, pero yo lo llamo ondulaciones de un caminar ebrio. Dicho en plata: estamos borrachos, todos. —  a partir de la revolución conservadora en los 80, con los postmodernos y su desprestigio de los grandes discursos, los Chicago Boys y su conquista de la academia económica, sobrevino un claro rearme ideológico, sobre todo estético, de la derechona de toda la vida, que había esperado pacientemente escondida en sus trincheras. Y el desquite está siendo de órdago, con lo que aquí estamos, sacando la cabeza como se pueda a dar boqueadas cual lindo gatito en río de aguas bravas. No digo que haya habido un rearme ético, porque se aprecia la falta de preocupación que esa materia inspira en los grandes portavoces del “movimiento”, que se limitan a descalificar al contrario con apelativos de ingenuidad o “buenismo” sin intentar – más allá de la cesión a las religiones más o menos cercanas – siquiera la construcción de un discurso mínimamente coherente en esa materia.

En este contexto en que nos movemos, pues aparecen por aquí y por allá algunos de esos listos, hablando de la Historia y sus batallas, para decirnos en resumen que somos víctimas de una agresión de la civilización islámica, que está en guerra santa contra nosotros, y que más vale que nos atemos los machos, porque muerden. Quede claro que para nada les desprecio, es más, a alguno disfruto y admiro en su obra, aunque crítico de nuevo, diferenciando sentido y sensibilidad. Debo reconocer que me duele un tanto su fatuidad y arrogancia, al considerar que ellos y sólo ellos hacen la adecuada lectura del gran libro, y que por tanto el resto parecemos no merecer mejor consideración que la de alumnos del montón. Consideran estos señores, en actitud de señorones, que estamos ante una guerra de civilizaciones que se viene luchando desde la batalla del paso de las Termópilas, entre 300 aguerridos espartanos de músculos depilados y aceitados y mirada lánguida bajo sus ceños fruncidos, armados de todo lo bueno en valores y perspectiva frente a los despreciables orientales, dueños de lo más depravado y abyecto del ser humano, malos malísimos, y feos como un demonio, dirigidos de paso por una encarnación de la “femme fatale”. No es que importe demasiado nada de lo que se pueda razonar: aquí lo único que importa son los míos contra los otros, como si los matices no importaran, como si la grosería del simplismo no fuera una sinrazón, sino un pesado argumento. Como si nada mereciera más reflexión que la barra del bar o la mesa del casino, o como si la Historia no pudiera ser y en sus manos sea sino terreno manipulable para justificar un discurso previamente establecido.

JHONNY WALKER.jpg

Y claro, jode un poco que con semejante bagaje, encima, te miren por encima del hombro.

Me comentaba un reputado historiador recientemente que la Historia o es crítica o no es. Que aquellos que han explicado la Historia como relato han facilitado que cada uno lo adapte a placer a sus intereses, y eluda la responsabilidad del análisis de causas, factores, y sobre todo, de consecuencias. En esa concepción resulta muy fácil hacer un traslado descontextualizado de los relatos históricos, y uno se pone a comparar las migraciones actuales con las invasiones bárbaras del Imperio Romano o con la caída de Constantinopla.  Así, sin mayor escrúpulo intelectual (lo que viene siendo con dos cojones). Y a pesar de que quienes están dando el salto mortal por encima de la más elemental lógica son ellos, se las dan de listos, y te mira como con lástima pensando “pobre ignorante”.

Claro que, aquí los buenistas, tan tontitos nosotros, resulta que nos gusta pensar un poco más las cosas, no hacer comparaciones a lo bruto, y analizar sin tomar partido previo ni miedo a asumir alguna responsabilidad, tomando en cuenta los muchos factores que con el transcurrir de la Historia no sólo cambian los acontecimientos, sino que son capaces de cambiar las más profundas concepciones de los hombres, incluso al Hombre mismo. Quizá sea ese el quid de la cuestión.

La aparición de una minoría ultrafanática en el Islam capaz de autoinmolarse se puede interpretar de dos maneras: la complicada, como una anomalía fruto y consecuencia de la humillación constante durante los siglos XIX y XX de las poblaciones árabes, de las que sólo ha sido la última gorda la creación de un Estado judío para limpiar la conciencia de Occidente y claro, no en territorio europeo, precisamente, sino en donde vivían en paz unos milloncejos de árabes; la esquilmación de sus recursos naturales en un colonialismo voraz que sólo se permitió largarse dejando una estela de reyezuelos y/o dictadores encargados de sostener los intereses de la antigua metrópoli; el boicot a través de esos mismos dictadores al proyecto panarabista, y poned aquí todos los etc. que os guste, porque hay para dar y vender. O la simple, como una manifestación de que el Islam es una religión de bárbaros sencillamente porque no es la nuestra.

Y esto es sólo un ejemplo, que podría poner más. La ventaja de la segunda interpretación es que es simple. Cualquiera la entiende, y además no hace falta esfuerzo para entenderla, así que se vende sola.

Cuando a los españoles, por buscar un ejemplo cercano, nos invadieron unos cuantos franceses alardeando ser más guapos y listos y diciendo que teníamos que aprender a gobernarnos como ellos, nos entró semejante globo patrio y la liamos tan parda que el invencible ejército napoleónico tuvo que salir por piernas, corrido y un tanto acojonado. Y esos mismos que tanto se enorgullecen de la reacción de nuestros antepasados, se extrañan de lo que pasa con otros a los que estamos todos los días y a todas horas pisoteándoles donde más duele.

Resultado de imagen de el dos de mayo

(Abro un largo paréntesis, lamentablemente necesario: Por supuesto que no se trata de justificar nada, sino de explicarnos las cosas a nosotros mismos para tomar medidas que nos impidan no sólo repetir errores, sino también repetir algunos “éxitos” que se nos venden como tales pero no pasaron en el mejor de los casos de victorias pírricas. Errores frecuentísimos en la Historia, se nos venda como se nos venda: solucionar las cosas a tortas, contemplarlo todo en un ellos o nosotros, confundir la unidad con la uniformidad, medir mal el daño de las palabras y pensar que se las lleva el aire… Y quiero que se me interprete bien: esto último vale para tirios, troyanos, romanos, cartagineses, mesetarios, montañeses, costeños e interiores, diestros y zurdos.)

Depende del análisis que se haga, serán las soluciones que se intenten poner. Digo se intenten, porque tarde se llega siempre, pero mejor que nunca.

Todo depende en suma, como adelantaba cuando hablaba del quid, de si concebimos que la Historia es capaz de hacer mejor al ser humano. Al Hombre (perdón por utilizar la acepción de la RAE inclusiva de todo el género humanos, varones y mujeres, ni de hablar de hombre/a, pero es que esa palabra tiene unas connotaciones que no se hallan en ningún sinónimo), no a cada hombre o mujer, sino al género en su conjunto. De hacerle al menos más consciente, o sólo es capaz de avisarnos de nuestro propio salvajismo, lo que tiende a situarlo como ajeno. No negaré que los que se inclinan por la segunda opción tienen argumentos de peso: ahí están Auschwitz y Srebenica. Pero renunciar a la primera opción supone un abandono de la concepción del ser humano como tal, no instalado en un progreso necesario, ¡qué va!, sino simplemente como alguien mejorable.

¿Hay una guerra, entonces? Al final resulta que sí que va a ser cierto que la hay. Pero los bandos no son los que se piensa, y mucho menos los que esos botarates con ínfulas han prescrito en su simplismo grosero. No son distintas civilizaciones enfrentadas, ni tan siquiera la más antigua de las guerras entre ricos y pobres, ni entre naciones. Probablemente sea una guerra más vieja que todo eso, entre los que se explican la Historia con gafas metahistóricas y los que la intentamos entenderla críticamente y con sus propias claves. Los que llegan a conclusiones de hostilidad sin importarles una higa la justicia ni sus dignidades, porque al fin y al cabo se trata de salvar lo nuestro, o los que creemos que las soluciones o son para nuestros viznietos y los de los demás o no son soluciones. Simplificando mucho, sería una guerra entre los que piensan que el ser humano está hecho de una pieza de barro en el día sexto del génesis y ya no lo cambia ni Dios, y los que creemos que ese mismo ser evoluciona, aprende de sus errores, mejora, dando tumbos ciertamente (borracho, ya dije), y mejora más deprisa en la medida que sea capaz de creer en sí mismo y de hallar en sus congéneres un apoyo mutuo.

Y en esa guerra, esos intelectuales bien pagados de la derechona, por mucha fatuidad con que se adornen, por mucho que nos llamen estúpidos o buenistas o lo que les salga de su ilustrada pluma, les guste o no, lo reconozcan o no – que no lo harán — están en el mismo bando que cualquier gilipollas que se autoinmola en el nombre de Dios.

GILIPOLLAS VARIOS.jpg

Anuncios

Desgarro

Habiendo sido mi anterior “entrada” a este blog excesivamente seria, y conociendo mi inclinación a darle un punto de humor a las cosas — única manera de sobrevivir en este proceloso mundo de la extranjería – cuando éstas lo permiten, dedicaré mi reflexión de este periodo a asumir un reto, recoger un guante, responder a un desafío que me hicieron un grupo de amigos recientemente: “a ver cómo cuentas esto en tu blog”. Respondo: a ver si os pensáis que no soy capaz, que no tengo…. agallas, o que mis habilidades lingüísticas no darán buena cuenta del episodio. Allá voy.

En primer lugar, como siempre, no se entiende nada sin los antecedentes históricos: la vida del extranjerista hace que transitemos el mes de julio como esos personajes de Forges que se arrastran por el desierto, sedientos, hambrientos, agotados, casi moribundos. Alcanzar las vacaciones de agosto sin que el delirio haya agostado nuestras entendederas es objetivo que debe celebrarse como merece, y en mi caso el guión de la fiesta es el siguiente: tumbona, cerveza, siesta, cerveza, piscina, cerveza, barbacoa, cerveza, libro, cerveza, cine, cerveza…. Y así un agradable rosario de misterios gozosos que rezo con devoción y pocas interrupciones. Ello tiene sobre mi ya de por sí poco contenible carnalidad un efecto que, verano a verano, se está empezando a acumular de forma preocupante. El regreso tiene su más ominosa liturgia cuando, desesperado, debo encontrar unos pantalones que sean capaces de soportar el empuje lateral que sobre sus costuras se ejerce por esas masan anhelantes de liberación. He de decir que este año fue complicado.

IMG_20170813_194704.jpg

Así que un 15 de septiembre fui convocado a merecido – diga él lo que diga —  acto de homenaje a un buen amigo, que se desarrollaba en Bilbao, y para el que debía desplazarme en avión. Allá que fui tempranito al aeropuerto con mis pantalones prietos y mi ánimo pizpireto para reunirme con otros extranjeristas en animada francachela. Armado de mi tarjeta de embarque en una mano, tomé el ascensor para ascender al piso superior en una de esas maniobras absurdas a las que nos suelen someter esos laberinticos lugares, para coger un avión después de volver a descender. Encontrándome sólo con mi habitual torpeza, la tarjeta de marras, documento imprescindible para mi objetivo, cayó al suelo, y con mucha decisión y poca precaución, allá que me lancé en su busca.

Gracias doy al cielo y a toda la cohorte angelical de que hubieran apartado de mi coincidencia y camino en ese ascensor a nadie que pudiera contemplar lo que ocurrió. Solo sé que el reducido espacio del ascensor se llenó con un desgarrado grito. En él se conjuntaba el horror que exhalaban en su espantosa muerte las ya debilitadas costuras del pantalón, con la tensión liberada por las telas oprimidas y al fin, liberadas de sus padecimientos. Un “quejío” digno de Camarón, un elefantiásico barrito, la elocuente expresión judaica del duelo inconsolable.

Como un muelle mi espalda se incorporó, casi sin recoger la tarjeta de embarque, tal fue el susto, mis ojos se abrieron en pánico gesto e instintivamente mi mano fuése al lugar de los hechos, vetado por evidentes motivos fisiológicos al alcance de mi visión. No muy dotado de habilidades táctiles no fui capaz de apreciar en ese momento el tamaño del desastre, y simplemente me limité a medir el alcance del faldón de la chaqueta (afortunadamente iba provisto de tan útil prenda, pues a Bilbao me dirigía. Llego a ir a Sevilla y no quiero pensar las consecuencias), confianzudo de que ésta realizara una misión de contención de indeseadas contemplaciones. Nada más errado: al llegar a esas puertas demoníacas para la detección de metales, y cuando yo depositaba mis enseres en la bandeja, el celo impertinente del operario me ordenó con rigor: ¡la chaqueta también!. En esas ocasiones, toca elevar el mentón y adoptar una postura de orgullosa dignidad, no sólo para compensar el poco sentido del ridículo que a uno le va quedando, sino para procurar no forzar más las cosas y que esas revolucionarias telas se fueran cada una por su lado mostrando lo que no debían. Vano intento, como pude comprobar.

Paasado el infernal aparato e intentando recoger de nuevo la chaqueta del escáner, oigo que la amable operaria del escáner de al lado me llama con voz melíflua: ¡caballero, caballero!. Y cuando me vuelvo me hace un gesto con la mano en sentido de que me acerque, pues con discreción se ve que quiere indicarme algo sin que sea de alcance público. Descartada inmediatamente la hipótesis de que quisiera expresarme su abrasador deseo hacia mi cuerpo gentil y proponerme una cita fragorosa y rápida en algún servicio del establecimiento, inferí con rapidez cuál había sido la dimensión de mi fracaso. Por no quedar todavía peor me acerqué y, antes de que me dijera nada, intenté disminuir su evidente azoramiento:  “ya, ya, acaba de ocurrime” , a lo que respondió “no, era por si no se había dado cuenta”.

Resultado de imagen de arcos voltaicos aeropuertos“PUES NO ME IBA A DAR CUENTA, VALIENTE GILIPOLLAS, O TE CREES QUE ES UNA NUEVA MODA”. Lo contuve, pero lo pensé, a fe que lo pensé. Calcéme la chaqueta y me dirigí a la librería del local intentando improvisar una solución.

Nuevo fracaso: si había pensado que pues en los hoteles a veces te proveen de pequeños costureros podría encontrar uno de ellos en el aeropuerto, cierto que al parecer se venden – y yo estaba dispuesto a ser esquilmado por su seguro precio de platino con diamantes, habitual en este tipo de locales – unas cajitas con lo necesario para la ocasión, pero se habían agotado. Me consoló pensar que no era el primero que sufría tal accidente, y me dirigí – ingenuote – a una tienda de las llamadas de “moda”, en burda metonimia, que abundaban en el lugar. Esos establecimientos comerciales me niego a pensar que estén para nada más que para mostrar el género, darle empaque al magno establecimiento, y llenar un espacio vacío. Aunque un vistazo a sus precios lo único que consigue es infundir terror. Mi hipótesis se vió corroborada por el hecho de que en ninguna de ellas tenían lo necesario para un simple arreglo manual, tan necesario cuando a alguien se le vende una prenda del tipo que sea. Siguiente fracaso.

Así que no tuve más remedio que pensar que en el avión iría sentado, y que por tanto durante la aproximada hora y pico del vuelo mi problema no sería tal, hasta la arribada. No obstante, viajé con la chaqueta puesta.

Sin quitarme la chaqueta y tras coger un autobús, llegué al lugar de la cita con mis compañeros, y me dije, una vez más, pobre de mí, “salvado” al ver que las compañeras, cual suelen, iban ataviadas de esos misteriosos complementos donde ir provistas de arcanos secretos, utilísimos instrumentos de autotortura, y otras pequeñas sorpresas: quién un Smith&Weeson del 38, quién unas tijeras de podar, y, ¿por qué no? ¡UN KIT DE COSTURA!. Así que en mi ruego, ciertamente inusual, desperté su curiosidad, y tuve que desvelar mi secreto. En esta ocasión el nuevo fracaso – en efecto, ninguna llevaba el jodido kit de los cojones – fue acompañado de risas varias que la vieja amistad y compañerismo facilitaron, así como los martinis que ya se habían trasegado las muy brujas mientras me esperaban.

Para colmo, debíamos irnos al acontecimiento, sin tiempo para buscar, tal como sugerí, un bazar de esos de todo a cien, también llamados en Bilbao, “chinos” por otra no menos burda y poco imaginativa metonimia. Así que seguí confiando en la chaqueta, para alcanzar, al fin, el único éxito de la jornada: como era un acto entre abogados, el Colegio en el que se desarrollaba había dispuesto para los asistentes que así gustaran, largas togas con las que distinguirse de los pobres legos y resto de mortales. Con rapidez asíme a la primera que pude alcanzar, a la que eché la garra con ansias. Poco me importó que fuera de esos modelos antiguos diseñados al parecer para celebrar juicios en el polo norte.

Sobre el acto en sí, poco debo contar: os invito a que leáis la excelente laudatio que recitó nuestro patriarca Eduard, la respuesta de Javier, derrochando ese carisma y capacidad de comunicación que posee, y haciendo ambos que, como extranjeristas, nos sintamos como una familia, mucho más que compañeros, sabedores de que existe un vínculo en nuestra común preocupación y lucha por los derechos humanos.

En la comida en la que nos reunimos se debatió sobre el asunto, como no podía ser de otra manera tratándose de un grupo de abogados. Nuevo fracaso, por cierto: tampoco en el restaurante tenían hilo y aguja. A la propuesta de sustituir el hilo con grapas el siempre perspicaz Pepelu objetó que éstas no resistirían las fuerzas renovadas que habían ocasionado el desastre, y hubo también quien solidariamente se preocupó por las molestias que pudieran ocasionarme en ciertas partes especialmente sensibles de mi anatomía, o incluso del efecto de las grapas en el arco voltaico del aeropuerto a mi regreso. Vista la sabiduría de las argumentaciones, decidimos dejar las grapas tanto para evitar sarpullidos como para impedir que la cantidad que pusiéramos provocara el reventón de alguna alarma antiterrorista. Dado que mi natural inocente me hacía ignorante de la magnitud del desastre Sonia se ofreció “amablemente” a hacerme una foto para que pudiera contemplar el espectáculo de mi propia trastienda. Foto que no tardó en compartir en los foros de extranjeristas varios que hay en Watshapp, sin informar del nombre del interfecto, aunque me temo que con el tiempo transcurrido sea vox populi.

Así que volví como había venido, cargado encima con el casco de la moto que la ausencia de consigna en Valencia me obligó a pasear por media España, y luciendo unos calzoncillos que, afortunadamente, no eran de ridículos dibujitos, y además, por si algun malpensado lo dudaba, estaban limpios.

Resultado de imagen de reirse de uno mismo

¿Qué tendrá ser Ministro de Interior…? y II

Tras el parón vacacional, retomamos nuestra particular Historia del Ministerio de Interior, que habíamos dejado en el momento en que Aznar gana las elecciones en 1996 y llega… Mayor Oreja.

oreja

El pomposo aristócrata vasco que entró en la santa casa, creyéndose llamado a acabar de un plumazo con ETA nos dejó un modelo de ministro de curiosa factura: cómo dejar un buen recuerdo por tu negligencia e ineptitud, y nefasto por tu actuación. La única ley de extranjería medio decente que ha tenido este país fue gracias al despiste de este señor, al que le colaron un gol político por toda la escuadra izquierda cuando él estaba buscando margaritas entre el estiércol del césped de la portería, a su derecha. Agradecidos le estaríamos, si no fuera porque en un ejercicio de sinceridad nada honroso demostró que su pretendidamente profundo pensamiento no alcanza a un mínimo de ética, y drogó a un grupo de subsaharianos para deportarles sin resistencia. Fue motivo aquello de una de las perlas del largo rosario que nos regaló su jefe: “teníamos un problema y se ha resuelto”. El fatuo de la voz engolada va dando por ahí entrevistas en las que esgrime valores, conceptos y principios, cual si de eminente orate se tratara, pero no engañó por mucho tiempo su facundia ni tan siquiera a los propios, pues tras ridiculizar al PP vasco y condenarlo a la irrelevancia, le arrinconaron finalmente en el Parlamento Europeo, bien pagado cementerio de elefantes.

Resultado de imagen de rajoy ministro de interior

Tras él llegó Rajoy. Curioso cómo el carácter de una persona y su modo de hacer (o de dejar de hacer) marca un estilo que se resiste a cambiar. Tal cual viene siendo su presidencia fue su breve paso por el Ministerio: sin genialidades, como de paso, encargado por Aznar de reparar los entuertos del badulaque que le había precedido, organizó la contrarreforma de la Ley de extranjería con la habilidad de tapar la boca con regularizaciones de extranjeros a su estilo: que me vienen hechas, dejo hacer; las formalidades son cosa de otros, al final consigo lo que quiero; estos tragan, yo reparto; hago y no hago pero dejo hacer, y luego me permito reclamar la prohibición de lo que yo mismo hice, poniendo cara de tonto, pero ascendiendo en el papel de fontanero especialista en parches y tapones.

Resultado de imagen de acebes

Cumplido el cometido, cambió su puesto a otro más cómodo y le cedió la santa casa a quien quizá haya dejado el más horrísono y despreciable recuerdo de quienes por ella han pasado. Acebes no fue un Ministro de Interior, fue un émulo de Goebbels sin dejar de serlo de Himmler, pero inaugurando la tendencia de darle a todo su pátina de meapilas de sacristía, legionario de Cristo, nombre que en su boca sólo puede sonar a sacrilegio, y que individuos como él, sin dudas, utilizan para dar una capa de cal al sepulcro de sus conciencias. Tras años de persecución xenófoba, sólo impedida y moderada por los intereses económicos de sus colegas, puso punto final a su triste trayectoria y la de su jefe con uno de los episodios moralmente más repugnantes de nuestra historia, intentando aprovecharse de la sangre aun humeante de casi doscientos inocentes para mentir y hacer mentir, con la calculadora de votos en una mano y la máquina del fango en la otra. Suerte que tanto la sobrecargó, que le reventó en su cara, y quedó para los restos cubierto de su propia mierda. Ahora va por ahí, defendiéndose de sus muchos pecados desde un pingüe consejo de administración, eludiendo – de momento con éxito – sus responsabilidades penales, en las que terminará cayendo, no lo dudo, por justicia poética. Aquella misma que llevó a Al Capone a la cárcel por no pagar impuestos.

Resultado de imagen de jose antonio alonso

Jose Antonio Alonso, recientemente fallecido, intentó compaginar la cabeza del Ministerio con su prestigio como juez. En un blog así, dedicado a relumbrar vergüenzas, resalta que se hable bien de alguien, y no por su muerte, que no soy yo amigo de esas convenciones. Lo mejor que se puede decir de él es que no se le recuerda, y eso, tratándose de un ministro de policía, es un elogio de alto nivel. Supo articular, o permitir que se articulara, el mayor proceso de regularización de extranjeros y el más necesario, una apuesta personal de su presidente, apretando los bozales a sus lobos y a alguna que otra loba, y facilitó una evolución hacia posturas más razonables que finalmente fue frustrada.

Resultado de imagen de rubalcaba jose motaLe sucedió el oscuro Rubalcaba, profesor de química metido en la más intrincada fontanería del PSOE, a cuya Secretaría General fue aupado por métodos no precisamente muy democráticos. Quizá fue ahí, o quizá lo trajo puesto de su cátedra, donde aprendió a experimentar con las fermentaciones anaeróbicas de lo más profundo de la materia fecal. Mentiras y engaños, medias verdades, cubiertas de falsedades no completamente embusteras, de estilo suave pero sibilino, el fin de Eta le regaló su medalla más brillante, que no ha sabido aprovechar, en tanto inauguraba las expulsiones en caliente – eso sí, sin que se supiera ni hiciera falta cubrirlas – profundizaba los zulos de los cies, y manejaba su poder de señor feudal para tomar represalias económicas contra los que osaron levantarle la voz o decirle las verdades. Su cetro brevemente fue cedido a su discípulo Camacho, que apenas calentó el sillón al siguiente.

Resultado de imagen de fernandez diazToro bragado y cuernibajo, cariacontecido pachón, el olor a moho de confesionario y sangre de cilicio no tapaba, enaltecía, su resabio franquista más  profundo. Fernández Díaz, catalán de españolísimos apellidos, llegó con el empeño de poner orden y, lo que son las cosas, consiguió lo que parecía imposible porque el nivel estaba ya altísimo. Cuando Mike Powell superó el salto imposible de Bob Beamond de 1968, rompiendo el record más antiguo, mostró cómo el ser humano cuando se empeña es capaz de superar todos los records y barreras. Fernandez Diaz es la otra muestra. Mira que se lo habían dejado difícil gentecilla como los que hemos aquí repasado, pero por increíble que parezca, mintió como Rubalcaba, reprimió como Acebes, infringió la Constitución como Corcuera, extendió la peste a extrema derecha por el Ministerio como no había hecho el mismo Barrionuevo, y aun se permitió intentar una policía política, al más puro estilo bananero, sin evitar que en lugar de un trasunto del FBI, lo fuera, españolísimo él al fin y al cabo, de la TIA, si, la de Mortadelo y Filemón. Su parangón histórico, por tanto, el inefable superintendente Vicente.

Y llegamos al final del periplo con el amigo Zoilo y sus cuantos meses, y se demuestra alumno aventajado. No puedo dejar de referir el artículo, leído cuando estaba escribiendo éste, de Antón Losada, con en el que tanto coincido: http://www.eldiario.es/zonacritica/Zoido-efecto_llamada_6_663243675.html Si existe un efecto llamada es el que ejerce el Ministerio del Interior para aquellos de nuestros políticos que aprobaron la asignatura de ética corrompiendo al profesor.

Ya sé que ha pedido perdón y ha intentado rectificar y corregir, pero no ignoremos que la sinceridad, que no es virtud muy extendida entre esos lares, sólo asoma cuando bajan la guardia, y cuando en momentos de calentón se les llena la bocaza y las sueltan bravas. Y eso, en una reunión con sus conmilitones de otros ministerios europeos, me los imagino, después de haber puesto a caldo a los buenistas, a los rojos, al Papa de Roma y a otros bienintencionados ignorantes de amenazas históricas y bulos varios, soltó aquello de que las ONGS están para ayudar, y no para “favorecer la inmigración irregular” o lo que él entiende por tal, promover el “efecto llamada” salvando vidas. Porque lo que habría que hacer, según él, no sólo es llenar la valla de concertinas, sino el mar de minas, que en su frio cálculo exento por completo de empatía y obturado a la comprensión, si conseguimos que todo el que se aventure en el mar la diñe, con seguridad no se lanzará al agua nadie más. Conclusión: dejemos que se mueran unos cuantos y solucionamos el problema.

Sólo un botarate con ínfulas de hombre de estado se cree su propio discurso hasta esos extremos, y articula su escasa capacidad neuronal para llegar a tal bazofia conclusiva. Sólo un palurdo señorito “jarto” de manzanilla en la feria de abril jalea su propia ruindad con expresiones como esa. Sólo alguien que, si le dejaran y las leyes se lo permitieran – benditas ellas algunas, más necesarias cuanto más desapercibidas —  mandaría las cañoneras al estrecho, emplea una lógica en la que la condición de seres humanos de un grupo de seres humanos se ignora de forma tan grosera porque no se les considera seres humanos. Sólo Zoilo, alumno aventajado, amenaza con desparpajo lo imposible: hacer bueno a su antecesor.

 

Resultado de imagen de zoido ministro interior

¿Que tendrá ser ministro de interior,/ que el que llega hace bueno al anterior? I

Una vez más, esta vez no cual abuelo Cebolleta contando batallas, pero sí reivindicando el papel de lo vivido, recurro a la memoria como fuente necesaria de la Historia. No sólo deben construirla los sabios de cátedra o los sabiondos de hemeroteca, mucho menos  dejarla a los listillos de boletín oficial, y desde luego corregirle las ínfulas a los sabelotodo de consigna y opinión ajena.

Las declaraciones de nuestro ministro Zoido insinuando la culpa de las ONGs en provocar muertes en el Mediterráneo por crear efecto llamada salvando vidas han sido un golpe de hedor nauseabundo que si bien intuíamos debía esconderse en las cloacas del estado, ha sido como de golpe abrir la tapa de la fosa séptica. La falta de habilidad política y discreción del amigo Zoido nos ha escupido una realidad a la que sólo podemos responder con una pregunta: ¿cómo es posible que a tan alto cargo llegue semejante elemento?. La respuesta, lamentablemente, estará en la memoria, y en la escalada de bazofia humana que ha pasado por tan brillante sillón de terciopelo. Parece que los distintos Ministros de la cosa, o sea, antaño de la gobernación, hoy de Interior, se han aplicado el viejo refrán de “otros vendrán que bueno me harán”.

Resultado de imagen de ministerio del interior

 

Como el inconveniente de la memoria es que llega hasta donde llega, comenzaré por el primer ministro que recuerdo, infame sujeto que justifica no tanto el sentido del título como su ironía: José Barrionuevo. A las ilusiones de libertad y regeneración democrática de la primera victoria socialista había que ponerle tasa, y nadie mejor que él para contener las ganas de transición democrática que debían hervir dentro del Ministerio. La política era otra: no podemos permitir que el franquismo tan vivo aún nos gane por la vía de la mano dura contra una inseguridad ciudadana alimentada por la crisis y unos jueces que se están creyendo que esto va de verdad. La imagen para la posteridad fue la cerrada defensa parlamentaria del Ministro, aún en tono lacrimógeno, de los pobrecitos policías que habían temido por sus vidas acorralados en una manifestación de estudiantes, y había obligado a uno de ellos a sacar su arma reglamentaria y descerrajar un tiro, duro plomo, fuego lanzado, sobre la nalga de una chica seguramente peligrosísima y estudiante de ballet. Tapar la boca a Amedo y Dominguez, montar o mantener el Gal, el secuestro de Segundo Marey, y una ley de extranjería que fundó la dinámica más sucia de malos tratos a un colectivo humano que quepa recordar en democracia, aún viva en muchos de sus textos, y que en un alarde de cinismo se pretendió vender como progre.

Resultado de imagen de ANTIDISTURBIOS GRISES

Como el tipo mantenía secretos ocultos, su cuestionamiento hizo que el Gran Estadista lo mandara al Ministerio de transportes y a nombrarle un sucesor que deja la ignominia como concepto de moda juvenil: Corcuera. No ya continuó la línea este azote de vagos, maleantes y gentes de mal vivir, quien ostentó el cargo para sacarle brillo a la desgastada O de su partido, y tan sólo avisó de cómo en un país con cuarenta años de educación dictatorial era tan peligroso poner a un populista al frente de la policía: el populismo, sí, como expresión de los más amargos posos de la derecha energúmena abandonada a los instintos del General Custer y otros que nos han legado su pragmatismo animal. Para evitar esa imagen de aterrador desorden que dejan los pocos espacios de libertad de un sistema omnímodo, se sacó de la manga una ley que consagró el poder de una policía a la que le faltaba – y sigue faltando, que así nos luce el pelo —  muchos años de democracia, muchos cursillos de derechos humanos, y mucha, mucha concienciación de que la autoridad es instrumental, nada más y nada menos, del servicio al ciudadano, y no un privilegio añadido a quien ya va adornado con una enorme responsabilidad al cinto. La famosa ley que lleva su nombre, acompañada de la sempiterna idiocia de los bien aleccionados gobernadores civiles encargados sobre el papel de moderar su aplicación, nos retrotrajo al lamentable papel de una policía que en lugar de inspirar confianza – eso tan poco útil para controlar mentes, que hasta se creen poder pensar –, da miedo, mucho, que al cabo es de lo que se trata.

Resultado de imagen de MINISTERIO DE LA GOBERNACION

Se nombró a Antonio Asunción, de efímera memoria, pues tuvo la inteligencia de buscarse la excusa de la fuga de Roldán, que había sido su más firme alternativa para el puesto en la mente del Gran Estadista, para fugarse él de lo que sus antecesores habían convertido en una pocilga imposible de limpiar con rapidez, no habiendo a mano Hércules mañoso que desviara un río por esos establos de Augias en que habían convertido la santa casa del orden público.

Descartada la prontitud, el Gran Estadista pergeñó una de sus genialidades y unificó contra natura con el Ministerio de Justicia, bajo la creciente égida del ambicioso Belloch. Tuvo éste el buen tino de poner al frente a Margarita Robles, quien cual hormiguita hacendosa se dedicó a la titánica tarea de retirar la basura de debajo de las muchas alfombras, cosa que no le perdonan en los pasillos de Ferraz tantos y tantos dinosaurios como por ellos pululan. La decadencia en picado del Gran Estadista entregó a los españoles a los brazos de Aznar, y comienza así un nuevo capítulo de este triste sainete.

TO BE CONTINUED

La derrota

Cuesta escribir sobre éllo. Cuesta reconocerlo, superar la responsabilidad, la culpabilidad, afrontar el futuro como única forma de resolverlo, solucionar el problema en el que uno siente que ha sido parte, cuesta resistirse a la rabia, a la propia torpeza, a los errores, aunque no se sepa que han sido errores hasta después, aunque fuera imposible predecir y hacerlo de otra manera. Te obligas a pensar en qué le dirías a una persona que te dijera lo que tú mismo te dices, te objetivizas, sales de ti mismo para poder valorar con serenidad, porque eso es lo que más cuesta, mantener la serenidad, no dejarse comer por la frustración, no caer en espirales de rabia.

El fracaso, tan presente en la vida de un extranjerista, como una espada de Damocles, a la vuelta de cualquier esquina, de cualquier momento, como el huracán inesperado al más avezado navegante, el fracaso sufrido en la carne ajena, de tu defendido internado y expulsado.

Hace unos días, defendiendo a una mujer madre de una niña española a la que habían detenido por unos hurtos, y cuya orden de expulsión tenía casi diez años y estaba prescrita, me dejé sorprender por la inesperada respuesta, contra toda lógica y derecho de una juez y un fiscal que decidieron su internamiento, y luchando contra ello me volví a dejar sorprender por una policía cuya actuación ocultista, inmoral y rastrera, ya no puede ni asombrarme: cuando tenía ya la demanda de paralización de la expulsión, la llevaron al avión sin avisarla a ella ni permitir que avisara a nadie. Me pasó lo que hacía años no me pasaba, pero nos pasa alguna vez a todos los que nos dedicamos a estos: nos engañaron, y me enteré que a mi defendida la expulsaron cuando ya estaba en su país, separándola de su hija o impidiendo que ésta viva en España. A los pocos días la policía de Burjassot consiguió expulsar a otro muchacho que llevaba en España desde los 10 años, sin familia ninguna en Marruecos, desplegando todas las malas artes de su mal oficio: no sólo me mintieron a mí, que en este caso sí actué con más de la diligencia posible, sino que llegaron incluso a mentir y a engañar al juez de guardia, que no dictó la cautelarísima por culpa de esas mentiras, que desde aquí prometo no quedarán impunes.

Me digo a mí mismo, como si yo mismo fuera un compañero que viniera a lamentarse, que el cúmulo de circunstancias y de maniobras para evitar una defensa eficaz hacía inevitable este desenlace, que tengo que pensar en el futuro, denunciar la situación y recurrir, que tengo a mis defendidos localizada y que lo que tengo es que seguir peleando para que pueda volver cuanto antes y en mejor situación. Si, vale. Pero después de tantos años enfrentándome a ellos lo que más me duele es que me hayan pillado por un exceso de confianza, por pensar, aunque fuera sólo un momento, que no iban a atreverse a hacer lo que al final hicieron. Como si no los conociera lo suficiente.

Resultado de imagen de presuncion de inocencia

Les digo a mis alumnos y pasantes: primera lección: la presunción de inocencia no existe, la carga de la prueba es siempre tuya, la igualdad de armas es mentira. Y además, nunca, nunca, nunca te fíes de ellos.

Es impresionante como todavía un juez, que debería ser un garante de derechos, no es más que un monigote a lo que le pida la policía, de la nunca desconfía, a pesar de tener indicios suficientes de sus malas artes, cómo la fiscalía, olvidando de forma grosera su papel de defensora de la legalidad integral y por tanto antes que nada de los derechos fundamentales, pide una privación de libertad sin haberse siquiera leído la declaración, informando incluso antes de que se la manden. Pero me duele personalmente que yo me creyera que lo tenía ganado, que no iban a ser capaces de dictar semejante bazofia de auto de internamiento, y que tendríamos tiempo, tiempo, para defender. A los que defendemos a los despreciados no se nos permite el lujo del tiempo, y todo es inmediato.

Crea resquemor y rabia que nos sermoneen con normas y derechos que sabemos que son, en tantas ocasiones, mentira. Da nauseas ver cómo hay jueces que venden su función por un plato de lentejas, por no llevarle la contraria a la policía, pobrecitos probos funcionarios que si algo hacen por algo será, por no dejarse engañar por esos abogados de extranjeros que lo único que quieren es llenar nuestro sagrado solar patrio de indeseables y delincuentes.

Sin embargo, la derrota no puede ser sino una etapa. Ello son los que se engañan, los que creen que con una expulsión consiguen lo mismo que pretendían los sheriff de las películas del oeste cada vez que mataban al malo: muerto el perro, se acabó la rabia. Buscan la eliminación del problema mediante la eliminación de la persona que les causa el problema.

Resultado de imagen de eliminar

Esa es la naturaleza última de la obsesión de nuestras leyes por expulsar extranjeros, aunque sea socavando sus derechos como personas. Lo expresó con la habitual rotundidad de quien carece de matices, en el repugnante episodio de drogar con aloperidol a un grupo de subsaharianos para que no se resistieran a la hora de ser deportados: “teníamos un problema, y se le ha dado solución”. Hace unos días escuché a Javier de Lucas decir que la privación de libertad, si exceptuamos a los incivilizados países que aún aplican la pena de muerte, es la máxima actuación sancionadora que se reserva un estado para intervenir sobre personas. Desde el punto de vista del sancionado, lleva razón (aunque cuántos inmigrantes no preferirían pasar una temporada en la cárcel antes que ser expulsados a su país), pero desde el punto de vista del sancionador, la expulsión del territorio supera en gravedad a la privación de libertad, porque supera el concepto mismo de sanción – y con él el de rehabilitación o reinserción posible, e incluso del de castigo o retribución negativa por una determinada conducta – para buscar únicamente el de “eliminación” del sujeto. Nuestras leyes de expulsión de extranjeros no buscan nada distinto, salvando las distancias y por medios más presentables, que las cámaras de gas de los nazis. Aun diría más, nuestras leyes de cierre de fronteras por encima de cualquier razón humanitaria, no buscan nada distinto, y asumiendo consecuencias a veces similares, que lo que se buscaba en Austwich. Al escuchar a algún ministro recordar que la función de Frontex no es la de salvamento marítimo, y que se debe evitar para no crear efecto llamada, no puedo sino reafirmarme en esa posición.

Pero, afortunadamente al menos para nuestros defendidos, se engañan. La eliminación no es completa. Siguen vivos y con voluntad de volver, por eso no han vencido aún. No les han eliminado del todo. Y además tienen aún un abogado aquí que va a seguir defendiéndoles hasta que puedan volver.

La derrota, para un extranjerista, no es, por tanto, sino una etapa. El futuro está abierto y conseguiremos que vuelvan, y la derrota será de esos estúpidos que abusaron de su poder para defender sus propios miedos y prejuicios. Miedo me dan cuando descubran que no han vencido, pues de todo son capaces. Pero al fin y al cabo, si queda algo – tras el ocaso de los dioses que llenaban los grandes discursos — en lo que se pueda afirmar con rotundidad, la Historia está de nuestra parte. Aunque duelan, y mucho, las injusticias que pavimentan el camino.

 Cómo recuperar archivos borrados con Dropbox

Y LOS ABOGADOS

Conforme a lo prometido, hoy hablaré de mis queridos compañeros, colectivo disperso y variado donde los haya. Justo es comenzar, por tanto, diciendo que entre tantas posibilidades, cualquier afirmación que se haga no hará alusión sino a pequeñas partes del colectivo, nunca al colectivo completo, que si por algo se caracteriza comúnmente es por carecer de características comunes.

Confieso que mi “vocación” fue tardía, casi encontrada sobre la marcha, pues mis inquietudes iban más por otros lares, digamos más elucubrativos y desde luego más tranquilos. Pero en el barro a veces uno descubre sus aficiones más insospechadas, y he de reconocer que la lucha cuerpo a cuerpo tiene la épica del morir matando y cara a cara. De las alturas de la reflexión actuante preferí el terreno de la acción reflexiva.

Página 00

Envidio a los compañeros que tenían claro desde el principio ser abogado, sin verse en exceso contaminados por las películas americanas o las series de televisión, cuya imagen en poco se parece a la real. Contrariamente a lo que la realidad invita a pensar, debería ser una vocación muy específica, no algo elegido por eliminación o descarte. Sin embargo, nuestro colectivo se nutre principalmente de ello: sería interesante hacer un estudio estadístico para saber de entre nosotros cuántos llegaron a la profesión tras intentar antes unas oposiciones, o aún mejor, cuántos eligieron estudiar Derecho por cobardía o falta de medios para emprender otras cosas. Repito que no me avergüenza incluirme entre ellos, y que la vida es una peonza no es algo que sea necesario ni argumentar. Eso probablemente imprime una serie de lacras en nuestra profesión, y en la imagen que damos de ella.

Me sorprende la cantidad de gente que considera que como carrera académica es difícil. Dura quizás. Meterte entre pecho y espalda tratados aburridísimos sobre, por ejemplo, Derecho Eclesiástico del Estado, aprenderte de memoria la lista de características de la sociedad germánica, la definición de la letra de cambio, miles de estructuras endebles que después los caprichosos cambios sociales modificarán o retorcerán, instituciones lógicas y otras impensables, enroscamientos lingüísticos hechos para decir lo que no se puede decir o no decir lo que se debe, complicaciones artificiosas y artificiales de pasos sencillos, simplificaciones abstractas de intereses y derechos humanos, de vidas, de intereses, de lo más complejo… Pero al fin, sacando horas para incar los codos, con más o menos tiempo por delante, he visto mentes obtusas e inteligencias menos que medianas conseguir el papelote firmado por el Rey con el que quedas consagrado como licenciado en Derecho.

Resultado de imagen de TITULO DE DERECHO

Con el papelote, pues haces un bonito cuadro, le buscas un marco con florituras y cornucopias, confiado en que sea tu llave a un futuro prometedor y con eso, una foto con corbata y un certificado de penales te dabas de alta en el Colegio de Abogados. Y a ejercer. Lo de que en la facultad no te enseñan más que teoría – y no la más útil, precisamente – pero nada de práctica es un tópico tan manoseado que aparece más pulido que un diamante, pero cierto, me temo que lo sigue siendo, pues la frasecita se sigue oyendo, pero sobre todo se respira el entusiasmo con el que vienen los alumnos de prácticum, de prácticas del master, de prácticas del grado, y de cuantas prácticas se pongan y puedan hacer en despachos y pateando calles y juzgados. La sorpresa de verse inmersos y tocar la realidad, después de años de exposiciones teóricas sin conexión vital, les ilumina al sentirse útiles, al tener que indagar y pensar sobre lo que como simples almacenes les fueron acumulando dentro.

A partir de ahí, cada uno con sus “cadaunadas”, como decía mi abuelo. Los habrá que creerán que esta es una profesión de mucha facundia y poco más, y con algo de jeta, buena presencia y aplomo sobrado se labrarán una reputación más o menos soportada en la ignorancia ajena. Otros a los que perderá la avaricia, o que encontrarán en lo de “valorarse a sí mismo” una excusa para estafar al personal extrayéndoles las tripas por precios desorbitados, y gente hay que en parte merezca ser así estafado, pues piensen que mejor es quien más les cobra, sin mayor análisis ni reflexión. Los honrados a carta cabal que con el tiempo se decepcionen de ver cómo sus esfuerzos no son siquiera agradecidos. Los timoratos que no se atreven sino con lo que dominan al extremo y terminan viendo pasar la vida sin pasar de mover papeles y formularios, y los temerarios que se lanzan sin miedo ni tan siquiera al ridículo, ignorando con mendaz desparpajo que lo que arriesgan no son sus vidas sino las de otros. Las mentes privilegiadas  que se desperdician en debates bizantinos sobre la coma perdida de tal artículo legal, o los imbéciles que piensan saberlo todo amparados en ese papelote, que pese a estar protegido dentro del marco, el tiempo y la luz dejan amarillento y ajado.

Somos muchos. No sé si demasiados. Pero al condicionamiento que impone el ser una profesión liberal y forzosamente independiente, se añade esa variedad selvática y lujuriosa donde se puede encontrar desde tigres airados a ranitas de colores vivos. El individualismo nos mata, y en lugar de conseguir aunar objetivos colectivos que representen no solo la defensa corporativa sino reflejar nuestro interés por profundizar en los derechos y la Justicia, la inmensa variedad de nuestras extracciones ideológicas termina por hundirnos en una especie de neutralidad mediocre. Los Colegios que nos representan se convierten en instituciones anquilosadas, sin más utilidad que mantener la apariencia, sin capacidad de movilización, algo en lo que son no más responsables que los que los conformamos y en quienes deberíamos hacer suma. Recuerdo cuando colaboré en la convocatoria de movilizaciones para defendernos del ataque frontal que fueron por un lado la ley de tasas y por otro la indignidad de las retribuciones – no alcanzan ni a indemnizaciones – de los turnos de oficio, cómo apenas conseguíamos convocar a unos puñados de compañeros, pero cuántos se sumaban a la crítica fácil hacia el enemigo equivocado, hacia un “Colegio” que nada podrá hacer sin antes coligarles.  Imposible organizar un ejército disciplinado con nosotros, y sin embargo necesario.

El dinero, ese tótem que en el capitalismo salvaje de nuestros días es Dios absoluto, ejerce su tentación con pertinaz desproporción, y demasiados olvidan que esto es una profesión, no reñida, pero para nada mimetizable con un negocio.

La Justicia, en tanto, cuya cúspide deberían ser los Derechos Humanos, se disuelve de la mano de unos y otros, ciega y armada, guiada por el poder de quienes la ejercen desde la comodidad del alto funcionario bien pagado, depende sin embargo de nosotros los abogados para no convertirse en prostituta sagrada de los templos de ese Dios todopoderoso, codicioso e inmisericorde.  Serán entonces los sumos sacerdotes quienes dictarán las normas e intentarán relegar con artimañas a meros escribas a aquellos que deberíamos ser, en todo y ante todo, profetas.

Resultado de imagen de JUSTICIA PROSTITUIDA

LOS DERECHOS HUMANOS EN LA JUSTICIA

Confesaré que voy a comenzar este blog con un plagio descarado: Ha-Joon Chiang, interesante economista – de esos que comienzan por denunciar la egolatría pretenciosa de los que se llaman a sí mismos “científicos”, y de paso anuncio que tiempo habrá para reirme un rato de la “ciencia jurídica” y majaderías similares – desarrolla una fórmula en su muy recomendable libro “23 cosas que no te cuentan del capitalismo”. Cada capítulo comienza explicando lo que nos cuentan, y continua con lo que hay.Resultado de imagen de 23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo

Para hablar del futuro, es necesario partir de un presente, y para ello es necesario recurrir a ese esquema, puesto que eso que dicen que se llama ahora postverdad no es sino — como decía recientemente Julio Llamazares en El Pais, y refrendaba Monedero en Publico — la mentira de toda la vida, y el fango en que nos hunde del mismo color y olor de siempre.LO QUE TE CUENTAN:

Los derechos humanos gozan de excelente salud en España, como es propio de un intachable país democrático, después de que una modélica transición consagrara, cual hostia sagrada, unos derechos fundamentales en nuestra Constitución. Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, Poder Judicial, y resto de poderes mediáticos, económicos, fácticos, etc, hicieran un encomiable esfuerzo de adaptación, sin necesidad de traumáticas purgas ni reformas radicales. Nuestros heróicas fuerzas del orden pasaron de torturadores a convencidos defensores de los derechos de todos; nuestros jueces se convirtieron en supremos garantes de los mismos, transformaron su sensibilidad y desde entonces vigilan atentos con sus infalibles filtros de credibilidad, guiados por una fiscalía celosa de la defensa de esos derechos como máxima expresión de lo público, en tanto que los poderes económicos y políticos dejan hacer a todos ellos para construir un sistema en el que la Paz reina y sólo esporádicas y excepcionales manzanas podridas son eliminadas raudamente del cesto con diligencia, rigor y sólo la dosis justa de misericordia.  El sistema funciona, digan lo que digan los descontentos de siempre, que no dudan en manipular esos derechos que no entienden con tal de vilipendiar a nuestro amado caudi…, perdón, digoooo, nuestra amada democracia, eso, democracia. Silogismo básico: Mayor: En todas las democracias se respetan los derechos humanos. menor: España es una democracia. Conclusión: En España se respetan los derechos humanos. Estrambote: el que diga lo contrario es un antidemócrata peligroso, un gañán, un hortera y seguro que no se ducha.Resultado de imagen de orgullo nacional españa

LA REALIDAD DE LOS DERECHOS HUMANOS EN ESPAÑA:

No cometeré el desafuero de criticar aquello en lo que no intervine, ni a aquellos que tuvieron que tomar decisiones sin duda difíciles en lo emocional, y duras en lo intelectual. Durante la transición yo era un crio. Pero no me parece incompatible, pese a los términos de un debate recurrente, el elogio de quienes en su momento, por las razones de aquel momento, comulgaron con ruedas de molino, con reclamar ahora que no nos quedemos ahí, y que reconozcamos que semejantes hogazas ha costado digerir, pero ya. No creo que los pactos de la Moncloa incluyeran una cláusula de inamovilidad, ni que fuera un pacto al que se deba fidelidad eterna en sus renuncias.

El caso es que el Ministerio de Interior y el de Justicia, por necesidad o simple conveniencia, fueron dejados a un lado a la hora de hacer esa transición. (El de Defensa ni mentallo). Con los policías se hizo algún apaño, alguna prejubilación, o se destinó — ¡qué curioso: a las brigadas de extranjería! – a algún que otro pimpollo de límpida hoja de servicios en la Brigada político- social, y entre tanto se les seguía mimando a través del mantenimiento de unos artículos del código penal que condenaban la desobediencia, resistencia y atentado a la autoridad, con lo que se sentían bien protegidos, además de algún indultillo cuando se les iba la mano, o el apoyo incondicional de algún ministro cuando se escapaba un inoportuno tiro. Sus señorías ya se encargaban después – aunque no siempre — de moderar las ínfulas guerreras y convertir en falta de desobediencia casi todas esas denuncias infladas y exageradas por atentado y resistencia, dejándolas, eso sí, con una multa al viandante, así fuera necesario relatar injurias cómo “el agresivo ciudadano dirigió con fuerza dañina su alevosa órbita ocular contra la inerte mano del probo funcionario”.

Resultado de imagen de juecesSus Señorías, no obstante, se aseguraron de que sus hijos tuvieran un puesto asegurado en la carrera, de acceso necesariamente restringido, mediante la defensa numantina de un sistema de acceso obsoleto, y del que ahora algunos se acuerdan (recomiendo la lectura de la siguiente crónica publicada por El Pais y piensen lo que supone aplicada a un poder que debe ser independiente: http://politica.elpais.com/politica/2017/04/07/actualidad/1491596451_160160.html ). Por más que se intentó introducir algo de aire fresco, las asociaciones más conservadoras siguen siendo las más representativas. Quizá una de las consecuencias positivas de algunas de las escandalosas sentencias a las que estamos asistiendo sea que la ciudadanía se caiga del guindo de cuál es la composición de nuestro poder judicial, en el que las actuaciones judiciales traducen una profunda asimetría de concepciones amparada en un curioso fenómeno: al progre lo llaman progre y se amilana, y ya hará porque no se le note, en tanto el otro enarbola su bandera de adalid del orden con orgullosa gallardía y hace gala de ello en cada resolución.

Sé que alguna ampolla levantaré, y que quien se dé por aludido pues que se joda, que más duele la verdad no por afilada sino por verdad, pero un hecho: hoy por hoy nada ni nadie controla ni puede controlar los excesos de racismo, xenofobia, aporofobia, machismo, sectarismo clasista y otros muchos males que aquejan — humanos son, y les aquejan, aunque no sean ellos los que se quejan – a los sagrados integrantes de nuestros poder judicial. ¡Ah! Y no me prediquen con las garantías de la segunda instancia, que puestos a inventarme un refranero, si se edifica el salón sobre la cuadra, no hay incienso que tape el mal olor.

Resultado de imagen de archivos papelEn consecuencia, y no se sorprenda nadie, los calabozos de las comisarías son pozos ciegos donde si no cunde más el maltrato es por la propia decencia de algunos policías que se enfrentan o vigilan a sus compañeros; las cárceles transitan por la letargia del chiste y rezan quedarse como están, pues si alguien denuncia su situación, ya saldrá quien enarbole la exitosa  demagogia – ¡eso no es populismo, no! — de que debieran estar peor; los juzgados penales bucean y se ahogan en océanos de imputaciones a pobres desgraciados por poco más que el mero hecho de serlo, y dejan para mejor ocasión la persecución de lo complejo, asegurando así la impunidad de los listos que sepan disfrazarse. En la jurisdicción civil, tras un vergonzoso intento de impedir el acceso a la Justicia Gratuita, esa impunidad de los listos se convierte ya en cortijo privado, pues quienes pueden pagar el manejo de las arcanas claves del sistema tienen casi ganado el pleito, o si no, los pobres contrarios pobres (no es reiteración) la maldición de ganarlo. La Jurisdicción contencioso-administrativa, supuestamente concebida para cuestionar al poder con “igualdad de armas”, se pliega constantemente a su servicio y privilegio, ya en su propia concepción en que debe ser el ciudadano quien tome una iniciativa gravosa, la carga de la prueba las más de las veces, ya en una imparcialidad judicial que sólo sirve para el sarcasmo. (Veinticinco años de abogado de extranjería llevo sobre mis espaldas y el tema dará para mucho más). La laboral, amigos, ¡ay, la laboral!, donde se ensayaban los remedios a los males de las anteriores, no ha necesitado ni tan siquiera recortes, pues el propio aluvión de la crisis, junto con las vergonzantes reformas de un liberalismo ramplón, la han llevado a la práctica inoperancia y la azucarada disolución de su finalidad tuitiva.

En ese contexto se oyen de vez en cuando voces alzadas, pero debo confesar que las más de ellas me resultan un tanto interesadas, por su insistencia machacona en la “falta de medios”. Que los medios deberían ser más y resulta vergonzoso y vergonzante asomarse a la carga de trabajo de los órganos judiciales es algo que no me molestaré ni en comentar. El cielo es azul y la noche es oscura. Punto. Pero también es cierto que – si quieren el principal – no es el único problema de nuestro sistema jurídico, que como he intentado analizar, comienza en la abrumadora falta de cultura jurídica de un pueblo premeditadamente aborregado (eso otro día), sigue con las fuerzas del orden y termina en el sometimiento del Tribunal Constitucional a los mandatos de los Tribunales Internacionales de Derechos Humanos, que hasta en eso se falla. Quizá el problema para mí más grave es un problema de concepción, y es que perdidos en el debate entre derecho natural y positivo hemos terminado por limitarnos a cumplir la ley como finalidad, en lugar de concebir aquella como un medio para la Justicia (perdón por citar sin citar a Kant). Y así nos luce el pelo.

La tercera pata de este taburete, mis queridos compañeros abogados, la dejaremos para otro día, y aviso que habrá estopa para tirios y leña para troyanos, pero si en esta situación no se levanta alguien y plantea una estrategia de batalla seria y decidida, lo que nos pase será lo que merezcamos.

FUTURO (III)

Tras mis dos anteriores incursiones en esta escaramuza – no puedo llamar a esto batalla, ni tan siquiera en el jocoso tono que suelo utilizar – parecer quedar un panorama sombrío y negativo en el que, sobre todo quienes me conocen, no reconocen a alguien que si de algo puede sentirse orgulloso, es de tener puestos siempre los ojos en el futuro, y de ser crítico, sí, pero siempre propositivo. No es el primer río que he de cruzar construyendo el puente. Sin embargo, quizá por la edad, sí me encuentro en condiciones de tener mayor libertad de hablar, dado que lo que voy a proponer contará conmigo como apoyo, pero ya nunca desde un papel protagonista.

El actual equipo que configura la Sección de Extranjería y Derechos Humanos del Colegio de Abogados de Valencia contiene dos tipos de personas de los que no me atrevo sino a aventurar cuál sea la dinámica de funcionamiento que estén desarrollando:

Por un lado aquellas que se presentarán ante las demás como imbuidas de experiencia, pues ya pertenecían al equipo anterior que yo presidí, y seguramente esgriman el haber sido las inspiradoras del movimiento que llevó a ganar las elecciones y a enrolar a las nuevas incorporaciones. Aquellas personas con las que intenté trabajar y que formaron parte activa de una estrategia desleal de derribo con la única finalidad de colocarse ellas en un lugar para el que han demostrado ya ser incapaces de mejorar en algo que no sea su propia relación interna, quedan descalificadas para cualquier solución de futuro. Y no sólo por su responsabilidad, sino porque su afiliación vino motivada en un apartamiento previo que nada tuvo que ver con sus fantasías – que fueran hombres o mujeres, altos o bajos, viejos o jóvenes – sino con su compromiso, voluntad, capacidad y calidad de su trabajo, que siempre dejó mucho que desear.Resultado de imagen de grupos de personas

Por otro lado, el resto de nuevas personas incorporadas que, bajo no se sabe qué relato de hechos o qué promesas, accedieron a sumarse a ese equipo, y que probablemente sólo ahora estén percatándose de lo dicho en este blog en el apartado anterior, el que titulaba como “presente”. Pienso de ellas que nadie les hizo sino un relato muy sesgado del blog que titulé “pasado” y que jamás hubieran compartido una operación de acoso y derribo por razones meramente personales y mediante mecánica tan poco ética como el boicot interno como la que narré en él. Cierto que estas personas nunca tuvieron las puertas cerradas, que la fórmula de las Juntas Directivas abiertas a todos los socios la implementé yo, y que podían haberse incorporado antes, pero pienso que falló quizá el enlace directo y personal a través de quienes, cuando sí les interesó, movieron las propuestas y llamadas hasta ese momento dormidas, manteniéndose inanes cuando su presidente se lo pedía.

Soy jurista, y para mí la presunción de inocencia es casi un dogma de fe, por lo que de aquellos que no tengo pruebas de que participaran en ese montaje, no puedo presumir que lo hicieran. Es más, por lo que conozco a algunas de esas personas, y no tengo empacho ninguno en confesar que a más de una les propuse colaborar y formar parte de la lista de la que formé parte, estoy seguro de que de alguna forma se les indujo a engaño, bien en la limpieza de intenciones de quienes demostraron no tenerla, bien por la sucesión de mitos calumniosos que se vertieron sobre nosotros, que si sillones, que si tiempo, etc, etc,

Es necesario reconstruir un proyecto común, contando con éstos, con los que fuimos desplazados en su día por esas malas artes, y por todos aquellos que quieran sumarse teniendo claros los límites que marcan la lealtad y las ganas de trabajar.

En primer lugar en eso, en ser un proyecto, es decir, en la claridad de objetivos, y no en haberse contentado con derrotar a los anteriores. En la lealtad y la fidelidad a ese proyecto y a quienes se elija para representarlo, sin permitir que un borroso farfulleo de oscuro origen ideológico sostenga las reivindicaciones de quienes no tuvieron, en el mejor de los casos, sino un ataque de celos infantiles. La concreción del debate interno, y la disciplina de saber asumir la superación de nuestras propias posturas para defender las acordadas como si fueran propias es una muestra de madurez democrática que resulta necesario demostrar en todo colectivo, para que éste sea posible. La pataleta permanente en tanto no se consiga lo que  uno quiere sólo consigue derribar proyectos y puede ser llamada de todo menos trabajo en equipo. Asimismo, es necesario en un equipo de trabajo de compromiso libre que se entienda y se asuma que quienes demuestren la mayor calidad y cantidad de su compromiso van a ser tenidos más en cuenta que quienes se limiten a acudir a las reuniones, o a veces ni eso.Resultado de imagen de coros

Bajo esos mimbres, una orquesta o un coro debe asumir las indicaciones y coordinación de una dirección que no sea permanentemente cuestionada, con o sin mejor motivo, sino apoyada y reivindicada. No hay que tener miedo a palabras como autoridad o liderazgo, puesto que son necesarias en todo trabajo humano que se quiera hacer en común. Otra cosa distinta es cómo se ejerza esa autoridad y liderazgo, que deberá ser abierto, propositivo, y al tiempo firme, claro y concreto. Se debe evitar que un colectivo se convierta en un totum revolutum en el que, por satisfacer el afán de figuración de los mediocres se termine discriminando a quienes cada día y con su esfuerzo demuestran su valía. No puede confundirse la igualdad de valor de un voto en unas elecciones con la igualdad de mérito y capacidad en el desarrollo del trabajo ejecutivo, y no soy quien para enmendar las injusticias de la naturaleza en su reparto. Un director de coro no puede asignarle un “solo” a quien desafina, porque su valor personal sea el mismo que el de los demás, o porque sea muy amigo suyo, o porque se haya apuntado antes que aquel. Salvo que de lo que se trate no sea de cantar en armonía, sino de hacer una especie de grupete de amigos para pasárnoslo bien. De otra manera, multiplicaremos los ensayos, nos llevaremos estupendamente, nos lo pasaremos guay, pero la eficacia del proyecto, hasta donde lleguemos o cómo resolver los problemas que nos surjan, será lo de menos.

El director, por tanto, debe saber música. Preferiblemente más que cualquier tenor o prima donna del coro, por más que a éstos les avale una potencia de garganta y una capacidad torácica mayor. Su experiencia, su conocimiento, pero también su habilidad y los buenos resultados que obtenga, construyen su autoridad. Y es esa autoridad, respetada por quienes sepan y quieran respetarla, sabiendo que de ello depende la pervivencia de un proyecto y del resto del colectivo, la que permite conducir hacia adelante todo conjunto de más de diez personas. Y contando con todos, solo que al que no sabe entonar habrá que mandarlo a la última fila y decirle que cante bajito y encargarle ese solo de lucimiento a quien ofrezca garantías de cumplirlo. Una autoridad no se construye sobre cantos de sirena de promesas irreales de melíflua igualdad, tan carísima de oir a los vagos y mediocres, pues la armonía final exige que cada voz cante su parte de la partitura, valga la redundancia.Resultado de imagen de equipos

Ese primus inter pares, además, debe ser de una independencia incuestionable. Ajeno, por su valentía, a cualquier interés partidista o a cualquier prebenda que se le pueda facilitar desde otras instancias, salvo aquellas que redunden en beneficio del proyecto. La mera sospecha fundada de ser el preferido de la Administración o de cualquier otra instancia, lo inhabilita.

Ejemplo de cómo las cosas no funcionan fueron los dos años que tuve que sufrir y que quedaron descritos. Ejemplo de cómo sí funcionan con esos parámetros fue durante años la propia Sección antes de sufrir el boicot interno, de la que no tengo que recordar las cotas de prestigio y actividad alcanzadas, y también, por qué no decirlo aquí, una Subcomisión de Extranjería del Consejo General de la Abogacía, que llevó adelante Pascual Aguelo contando con esos mimbres, y sin que nadie quisiera cortar la yerba por donde pisaba. Lástima que fuera desde normas superiores que esa trayectoria se viera interrumpida.

Y todo ello no a pesar de, sino precisamente porque, repito, en todo grupo de más de diez personas, estadísticamente, por lo menos uno será un imbécil y otro un hijo de puta, y lo difícil – conocimiento de causa: fracasé en ello — será saber quién le va a hacer más daño al grupo.

 

 

En la próxima entrega razonaré por qué hace falta esta fórmula de organización, y no otras que puedan ser más satisfactorias en lo personal pero menos eficientes en una guerra que hemos de ganar.

PRESENTE (II)

Desde las elecciones a la Junta de la Sección de Extranjería y DDHH del 1 de junio de 2015, que yo presidía, y en que la candidatura encabezada por Hipólito con mi apoyo perdió han pasado casi dos años. Un plazo prudencial para poder iniciar una crítica de cuáles sean las perspectivas que se abren, el cumplimiento de promesas, y la realidad de una gestión, conforme a los propios informes que se presentan.

La candidatura ganadora, que no es que presentara un programa muy concreto, sino que se asentó más en una imagen fresca, innovadora, presidida con palabras como asamblearismo, colectivo, participación, debate, etc, demostró conocer muy bien el poder atractivo de esas palabras, aunque muy poco de su contenido real, y en estos dos años sólo se han convocado tres asambleas, puramente informativas, y a destiempo. La primera de ellas, supuestamente de presentación de la nueva junta, no la valoraré por el poco tiempo que llevaban en el cargo, si bien demostraron tener pocos recursos de acceso a la información, ese bien tan preciado para los compañeros y del que una sección debe ser correa de transmisión. La segunda se convocó en plenas Navidades y fuera del esquema estatutario, por lo que no pude acudir, y la tercera, instada desde la Junta del Colegio para obligado cumplimiento de estatutos, fue objeto de una larga lista de preguntas que facilité por escrito y que quise leer. 

De entrada, se demostró muy poco respeto al derecho de libertad de expresión en una asamblea, cosa absolutamente básica, porque limitarme a hacer unas preguntas que no llegaban a folio y medio de texto me costó lo mío, debido a continuas interrupciones que se resumen en acusarme de pretender soltar un discurso. Cosa que tampoco hubiera sido nada criticable, pues se supone de una asamblea la libertad de todo el mundo de hacer y exponer su discurso. Sin embargo tuve que pelear para conseguir tan sólo leer el primer medio folio de preguntas. Discutir que una asamblea no es informativa porque hay un capítulo final de ruegos y preguntas o decir que éstas deben limitarse únicamente a la temática fijada de orden del día nos indica un poco el nivel del personal. De las respuestas, así como de los “informes” presentados con carácter previo, se sacan algunas conclusiones.

La diferencia entre una asamblea de verdad, de debate, la marca entre otras cosas la preparación de la misma. Que los textos que se van a discutir no sólo se lean en ese momento, sino que se trasladen con antelación a todos los compañeros, y se abra un periodo de presentación de enmiendas y de argumentación de las mismas, con espacio para votación. Eso sí es una asamblea de verdad. Así es como se fomenta el debate, la participación, el contraste de ideas. Pero una reunión de amigos para que nos cuenten lo que han hecho y quieren hacer no es una asamblea, es un trágala sin mayor fundamento que cubrir el expediente. El debate no existe, ni se invita al mismo, y si las ideas alternativas se coartan, aunque se planteen en forma de meras preguntas, apaga y vámonos. Como abogados que somos, sabemos que las preguntas pueden ser muy incómodas, pero es lo que hay. No es que me esté poniendo estupendo, es que la primera conclusión no es sino dar razón del refrán: dime de qué presumes…

La lectura en esos términos de la anunciada memoria no fue sino una especie de lista de la compra — ya digo, sin previo traslado de informe — de lo que se ha hecho, de lo que supuestamente se ha hecho, de las reuniones a que se ha asistido, las encuestas a las que se ha contestado, atribuyéndose de paso algún trabajo más ajeno que propio, y poco más. No se puede hablar, ni tan siquiera, de continuidad con el anterior equipo. Los proyectos se resumían en seguir como hasta ahora, añadiendo como nota de color intentar ampliar relaciones con otras Administraciones, además de con la tan querida Oficina de Extranjeros, con la que al parecer se mantienen excelentes, cosa nada de extrañar al tratarse los miembros de la Junta de una mayoría de tramitadores ante la Oficina. Parece haber una gran comodidad en relacionarse con la Administración, algo que debe estar dando buenos resultados a alguien. Ni se definieron objetivos ni se hizo balance de logros. Parece que no se entiende que dar cuenta en un informe de gestión y programa es precisamente eso, y la cosa se limitó a contarnos una lista de actuaciones, no por la naturaleza o el detalle de la intervención, sino por la mera asistencia a las mismas. No sé si se supone que debemos estar agradecidos por el esfuerzo, pero desde luego el concepto de representación va mucho más allá. No me interesa saber que se ha ido a tal o cual reunión o congreso, lo que quiero saber es qué se ha dicho y cómo se me ha representado en la misma, qué se quería conseguir y si se ha conseguido. La diferencia es algo más que una tilde.

En el turno de preguntas se vio claramente  que de lo que se adolece no sólo es de esa absoluta falta de criterio, sino también faltan ideas y en consecuencia,  proyecto.

La respuesta a todas las carencias que mis preguntas denunciaron tenía una excusa sencilla: “mi papá no me deja”. Recuerdo una ocasión en que, con once o doce años, me hicieron leer “La Celestina”, obra que hoy aprecio en su ironía y construcción, con una chispa sensual evidente, pero que a esa tierna edad me parecía un tostón infumable, por lo que, y dado que se avistaban escenas escabrosas, junto a la fama del opúsculo, y que en aquellos tiempos de despertar democrático todavía había mucho de mojigatería, se me ocurrió decirle al profesor. “es que mi madre no me deja leer ese libro”. No tengo que decir que mi madre, casta viuda de misa diaria, ni se enteraba (afortunadamente) de cuáles eran las lecturas de su retoño – ni académicas ni extraescolares —  ni le importaba una higa. Claro: no coló.

Resultado de imagen de la celestina

Lo malo es que aquí sí que cuela, porque es verdad. Pero ya no somos niños ni esto la EGB. En mis casi veinte años de presidente de la Sección tuve claro que mi principal tarea como tal era establecer las mejores relaciones con el Decano y la Junta de Gobierno del Colegio con la que me tocara tratar, y no sólo por ser parte del Colegio, sino porque es necesario “ganárselos para la causa”. Decanos, miembros de junta, etc, responden a un criterio de representación en el que estén, quizá, miembros de grandes despacho, representantes de las mayores especialidades, algún abogado joven, algún otro de demarcaciones… Durante algún tiempo, y creo no haber sido ajeno a ese fenómeno, se tuvo en cuenta para incluir en la Junta a alguien cercano a la sensibilidad de la Sección, que hizo de enlace entre la misma y la Junta. Pero eso no sustituía que el presidente hiciera no pocos esfuerzos por conseguir que el Decano y resto de la Junta fueran inclinando su orientación, su sensibilidad, su preocupación, y con ello su influencia y trabajo, a la lucha que como Sección de extranjería hemos llevado adelante todos estos años. Y puedo decir con orgullo que con todos los decanos con los que trabajé como presidente de la Sección conseguí ese objetivo, y quienes al principio seguramente nos veían como exóticos guerreros, terminaron creyéndose la seriedad y oportunidad de nuestro trabajo, y compartieron en gran medida el mismo. Con el actual decano no tuve la oportunidad real, pero si la hubiera tenido, jamás me habría escudado en que no se hace algo porque “la Junta no nos deja”.

Claro que entiendo que es muy diferente hacer las cosas amparado y sustentado en una trayectoria y equipo cargado de prestigio, con un apoyo unánime del mismo, con capacidad para arrastrar a cientos de compañeros, tanto a cuestiones de la propia Sección como generales del Colegio, que hacerlo tras haber conseguido el puesto rompiendo esa dinámica con boicots internos, deslealtad y otras malas artes. Además, hacer ver la necesidad y oportunidad de determinadas actuaciones, imbuir del valor necesario para enfrentarse a quien sea es algo que no se consigue con bonitas ideas de “todo entre todos”. Con eso lo único que se consigue es que un Decano y una Junta, que son quienes deben dar la cara y apoyar una posible actuación incómoda de la sección, le pese más la desconfianza, algo lógico, pues donde nadie pone la cara en primera línea se presume que es porque todos tienen miedo a que se la partan, y claro, no vas a pedirle a otros que la pongan por tí.Resultado de imagen de rebaño

Decir que no se hace algo por las dificultades de hacerlo, sean las que sean, refleja una preocupante falta de imaginación para buscar alternativas, apoyos y medios. Por no hablar de las lagunas – auténticos mares interiores – del casi inexistente proyecto: la sociedad civil, tan necesitada de apoyo técnico;  los compañeros de las demarcaciones, completamente abandonados a su suerte frente a brigadas de extranjería y jueces de instrucción, malintencionados unos e ignorantes otros; los Derechos Humanos, el que estaba llamado a ser pilar de un proyecto, hoy abandonado en unas pocas actuaciones que no llegan a lo simbólico; la formación, limitada únicamente a los estrictos límites marcados de cursos y ponencias, como si no incluyera muchas más cosas…

No hay, por tanto, fuerza de gestión, ni decisión, ni agallas, para llevar adelante un proyecto, mucho menos de la envergadura del que estamos hablando. El presente de la Sección es el de un grupo de amigos que como mucho aspiran a continuar haciendo lo que otros hicieron antes, pero sin ideas nuevas ni desde luego programa alguno, sin los apoyos necesarios – ni siquiera de quienes consiguieron movilizar en contra de los previamente vilipendiados—ni capacidad para concitarlos a favor de nada, sin ganas de trabajar altruistamente, sin método ni equipo, sin solvencia intelectual y me temo que también sin solvencia moral — puesto que ya todo el mundo sabe cómo consiguieron su puesto — aunque nadie acierte a entender cuál es la naturaleza de su ambición.

Bajo la capa de la bonita palabra “colectivo” dejan de existir una serie de cosas a las que ellos mismos se muestran alérgicos y radicalmente contrarios, pero sin las que sencillamente es imposible construir un proyecto: dirección, liderazgo, coordinación, estímulo, imaginación, ideas, responsabilidad…

Lo de la motivación, queridos amigos, ya es otra cosa. A estas alturas quien no venga motivado de casa que se quede en ella. Resultado de imagen de liderazgo

PASADO (I)

El tiempo pasa más deprisa cuando uno alcanza la provecta edad de mis cincuenta y tantos, la memoria se va haciendo cada vez más pequeña y los acontecimientos que debes meter dentro, mayores y abundantes, generan una sensación de velocidad y vértigo. Quizá por eso quienes creen ocupar un lugar en la Historia se obligan  explicarnos a los que sólo ocupamos un lugar en la historia cuál ha sido su papel, y se ponen como locos a escribir sus memorias.

Las decepciones personales, la confianza en gente que demuestra después que no la merecía, pero sobre todo, el fracaso de trayectos en los que se había invertido lo más valioso que uno tiene — ilusión y tiempo — y la frustración de los proyectos que cimentaban. Ha pasado tiempo, y veo que me hace falta explicarme a mí mismo y a quienes les pueda interesar lo ocurrido, y el porqué de esas sensaciones.Resultado de imagen de imagenes de abogados graciosas

Hace algo más de cuatro años cuajé un paso importante para el que mucho había esperado, con paciencia, el momento propicio y meditado: pretendía crear una plataforma de abogados que, integrados y apoyados en y por el Colegio, constituyeran un referente de trabajo, reflexión y denuncia en la materia de Derechos Humanos en Valencia, con intención de extender el ejemplo y la fórmula a otros territorios, y tomando como base el trabajo y experiencia desplegados en la materia de extranjería – al fin y al cabo la más candente dentro de esa otra más amplia –. Creí tener el equipo y la base, el apoyo institucional, la madurez y la perspectiva suficiente para ello, y promoví la refundación de la Sección que presidía en el Colegio de Abogados de Valencia absorbiendo y coordinando ambas materias. Tampoco soy tan tonto, y era consciente que, de las personas que se declaraban dispuestas a la colaboración, muchas no iban a perder su tiempo, y otras no tenían la capacidad de aportar ideas ni propuestas, pero pensé – gran error – que sería capaz de neutralizarlas de forma que al menos no molestaran. Siempre me he jactado de aprovechar de cada uno lo que pueda dar, y no calculé que la mediocridad suele ir acompañada de mendacidad y envidia, y olvidé esa frase que no recuerdo dónde leí: “no hace falta saber estadística para ver que en un grupo de diez o más, hay siempre, como mínimo, un idiota y un hijo de puta. Lo difícil es saber quién de los dos va a hacer más daño al grupo.” Tampoco supe detectar que mi persona llevaba ya mucho tiempo en candelero, y eso provoca un cansancio de imagen, algo que a quien no entiende un libro más allá de los dibujos le provoca unas ganas de cambio, sin mayor fundamento ni digestión, que vomita sin más a la primera oportunidad. Los demagogos – que en todas partes los hay – aprovechan ese mensaje para pedir porque sí y sin mayor motivo limitaciones de mandatos, limitaciones de funciones, limitaciones de todo, conscientes de que no alcanzarán jamás lugar alguno si no se lo limitan antes a otros mejores.

El proyecto comenzó a caminar con dos proyectos estrella: por un lado seguir construyendo y haciendo crecer el trabajo que se desarrollaba desde la sección de extranjería, y por otro dar contenido concreto al trabajo de Derechos Humanos con un informe riguroso que recogiera los defectos y carencias – muchos ocultos, de ahí la necesidad de denunciarlos  — en la materia de los Derechos Humanos en el ámbito de las cuatro jurisdicciones en nuestra ciudad. Después se haría en la Provincia, después en la Comunidad, finalmente en todo el país, pero la idea de que los abogados hicieran periódicamente un balance e informe de las carencias de vigencia de nuestros derechos fundamentales en la Justicia es algo que, si escandaliza, es que no se haya hecho antes.

Resultado de imagen de imagenes de abogados graciosas

Pues no se entendió.

Creamos cuatro comisiones, en las que con entusiasmo se apuntaron los compañeros, para elaborar los informes, y mes tras mes, reunión tras reunión, me enfrentaba con excusas absurdas, como que no se entendía sobre qué se debía hacer, como que no se tenían medios o no conocían a la gente que diera información… Recuerdo una compañera que se había apuntado a la comisión de la Jurisdicción Social diciendo que ella no llevaba esos temas, a lo que no tuve narices de preguntarle para qué se había apuntado en esa comisión, o si no sabía invitar a un café a un compañero laboralista que le contara cosas. Había comenzado el boicot interno, y reconozco que no me di cuenta. El resultado de los informes fue vergonzante e impresentable. No era falta de una calidad mínima, no. Era una desidia insultante la que rezumaban.

En esas estábamos cuando el otro pilar, el apoyo institucional, parecía funcionar: el Colegio de Abogados, dirigido a un proyecto de escala amplia y no a seguir siendo lo de siempre, necesitaba articular mecanismos en que esa escala se concretara, y el Decano de ese momento observaba con interés otros Colegios con esos mecanismos consolidados. Se había fijado en Barcelona y Madrid — no en vano Valencia es el tercer o cuarto colegio en importancia — y había visto que allí el colegio nombraba a un abogado, liberado o contratado a media jornada, para dedicarse a la materia de extranjería y otros aspectos de derechos humanos, consciente de lo delicado que políticamente resulta ese mundo, pero decidido a que los abogados representen en ese campo una voz merecidamente propia. Lo propuso, y según parece la Junta de Gobierno lo aprobó, pese a que los tiempos eran convulsos y un proyecto de ley de Colegios Profesionales amenazaba en lontananza con recortar medios radicalmente, pero precisamente por eso era el momento de tomar decisiones valientes. Yo me postulé para ese puesto, pues vi la oportunidad de conseguir de esa manera el apoyo en forma de tiempo para dedicarlo al proyecto que creía construir junto a un equipo. Y me postulé porque consideré y sigo considerando que mi currículum constituía de largo la mejor opción. Insistí en que se sometiera a un informe de la Sección, y allí, en lugar de contar con el apoyo de los compañeros que decían de sí mismos haber concurrido en una lista encabezada por mí para llevar adelante ese proyecto, me encontré con todo tipo de argumentos que sólo escondían la avaricia por cazar las migajas, pretendiendo repartir entre 25 lo que tampoco era ninguna fortuna. Un argumento se esgrimió que quien lo presentó no es consciente de su miseria moral: “si a ti te van a pagar por esto, yo sin cobrar ya no voy a hacer nada”. Pero el colectivismo en tantas ocasiones es refugio de mediocres, y el proyecto fue votado en contra con la única alternativa de que ese dinero se dedicara a proyectos concretos de los que se hiciera cargo todo el mundo. Juro que pese al varapalo, intenté desarrollar la idea, aun no creyendo en ella, tal y como se me pedía, y elaboré programas para que fueran asignados a quien mejor pareciera. Pero el problema ya no era una cuestión de ideas o de proyectos. A partir de ese momento se fue creando, dentro de la Junta de la Sección, un grupo organizado  cuyo único objetivo era hacer oposición mediante los más rastreros mecanismos aprendidos de la política, sin escrúpulo alguno de boicotear, desde dentro, un trabajo en el que todos debíamos colaborar o se suponía que para eso estábamos. La deslealtad que eso supone es difícil de medir y expresar. Si una persona está en desacuerdo con una dirección determinada tiene varias alternativas: expresarlo con claridad y proponer alternativas concretas, cosa que no se hizo en momento alguno; dimitir e irse con la música a otra parte; dimitir del órgano ejecutivo a seguir haciendo oposición, pero no desde dentro del mismo órgano pretendiendo ser juez y parte y haciendo solemnes protestas de lealtad a quien se está apuñalando por la espalda; o por último, en los más retorcidos guiones basados en Resultado de imagen de imagenes shakespeareShakespeare o la historia del Imperio Romano, comenzar una conspiración basada por un lado en la maledicencia pública; en la difamación, soterrada a veces, manifiesta otras; en la captación de apoyos interesados, en la colocación de trampas – la directora del cotarro me propuso, cuando se supo que el decano saliente no repetía como candidato y al mismo tiempo que me boicoteaba todo lo que yo hacía, que ¡montáramos una candidatura alternativa!, con la clara intención de que “picara” y destrozar mi prestigio y trayectoria en el Colegio. Al mismo tiempo concertaba y organizaba un  acoso y derribo personal, el boicot descarado contra toda iniciativa tomada desde la dirección, la oposición sin argumentos ni alternativas, sin temor alguno a hacer el ridículo con críticas extemporáneas hechas una vez tomadas decisiones que ya se habían incluso apoyado, y concitando juicios paralelos contra mí que se construían — ¡Por Dios, estamos hablando de un grupo de abogados y abogadas! – sin acusación, sin defensa, con la sentencia dictada de antemano.

Tuve que soportar que las personas en las que había confiado me insultaran, me acusaran de estar ahí para sacar beneficios económicos, me tildaran de autoritario, agarrado al sillón, machista — con el único argumento en que el grupo opositor era mayoritariamente femenino, y da la maldita casualidad que naci varón y sigo siéndolo, llegando a insultar intolerablemente a una compañera que se mantuvo fiel suponiéndole intereses espurios — siempre mucho más por la espalda que a la cara, tanto que aun hoy no he recibido una crítica concreta y contestable de qué es lo que hice mal y por qué: todo era decirme que llevaba mucho tiempo, que el estilo, que las formas, que no contaba con el colectivo – de nuevo el “colectivo”, al que sin embargo se sometía cada decisión y se esperaban de él iniciativas. Pero claro, también se dejaba claro que se tenían en cuenta más las opiniones de quien más aportara con su trabajo y valía, y poco se iba a hacer caso a quien ni tan siquiera se molestaba en asistir a las reuniones. Se escuchaban todas las iniciativas, pero claro, siempre que se presentara alguna, cosa que brillaba por su ausencia. Sin seguir nunca ni un relato lógico ni construir críticas de principio, se me acusaba de protagonismo si presentaba iniciativas o de pasividad si no las presentaba. Muy frecuente también, si una decisión no gustaba se me atribuía, y cuando gustaba, entonces era obra del colectivo.

Llegaron poco a poco las gotas que fueron colmando el vaso y destacaré tres ejemplos que excedieron mi paciencia:

Se convocó con un tiempo apremiante un congreso de derechos humanos en Madrid, intenté que el Colegio pagara plazas, se me dijo que dos, intenté que con el dinero de dos fuéramos más gente, y antes de que se decidiera quiénes íbamos se hizo público en redes que yo había decidido – algo por otra parte nada descabellado – que fuéramos yo mismo como presidente y el vicepresidente de derechos humanos, pues al fin y al cabo el concepto de representación (que no parecen entender tan insignes juristas) es lo que tiene. Sin posibilidad de explicación alguna se me vilipendió, se me llamó cacique, y se organizó un viaje en paralelo para acudir al congreso sin contar con el Colegio.

A los pocos días se presentaba una iniciativa en la que la Sección había tenido un papel protagonista, como fue la redacción de unos protocolos de actuación para procurar y defender el acceso a la sanidad universal en la Comunidad Valenciana, junto a colectivos sanitarios, y se presentaba el trabajo en público en el Colegio de Médicos y ante la Sociedad Civil. Se me ocurrió publicar en el boletín un agradecimiento al colectivo que había participado, dirigido personalmente a quien había sido el coordinador del equipo, y tamaño pecado, no haber mencionado con nombres y apellidos en el agradecimiento a todos los que habían colaborado, motivó que la organizadora de todo esto hiciera un llamamiento a los compañeros para boicotear el acto, negándose a explicar el trabajo en un acto para compañeros y obligando a ese trabajo a otro compañero, y negándose a acudir a la presentación, dejando en peligro la participación del Colegio en el acto. Ni que decir tiene que el boicot fue secundado por muchos, aunque una exigua mayoría permanecía fiel y a los que nunca agradeceré lo bastante su serenidad y buen hacer.

460131081Y por último, tras negociar con el decano saliente, en sus últimos actos como presidente de la Junta del Colegio, que aprobara un presupuesto especial para la Sección de Extranjería y Derechos Humanos que sextuplicara el del resto de secciones, que además no se gasta, se organizó un boicoteo interno para que la Junta de la Sección no pudiera aprobar el texto previo que proponer a la Junta del Colegio, boicoteo tan rastrero y preparado como que estuvimos toda una tarde discutiendo para aprobar las enmiendas que el grupo de oposición requiriera, y aun así y habiendo aprobado todo lo que se propuso, a la hora de votar no sólo votaron en contra sino que despreciando toda la discusión sacaron votos delegados preconcebidos, sin ver problema de que dos de esos votos además fueran de compañeros que habían dimitido de la Sección hacía tiempo.

El resto es ya historia: la situación era insostenible, como podéis imaginar, con lo que disolví la Junta para convocar elecciones (¡hasta eso boicotearon!), movieron sus hilos para atrasar lo más posible la convocatoria, lo que les permitió inflar el censo artificialmente con amigos que jamás habían visto un extranjero o les interesaba lo más mínimo la materia, y sostuvieron una campaña electoral descalificando con acritud cualquier propuesta de contenido y no absteniéndose de los infundios más abyectos ni del estilo más vil. Ganaron, me retiré y hasta hoy, en que tras casi dos años de esperar callado al resultado, debo tomar de nuevo la palabra para hacer lo que tengo que hacer: una oposición desde fuera, incómoda, fundada en razones, sostenida, propositiva, y sin caer nunca en el boicot como método de actuación, en las trampas y zancadillas, tal y como se hizo conmigo. Esa será mi forma, la palabra en mi libertad de expresión y de opinión, de colaborar en la reconstrucción de ese proyecto al servicio de unos intereses y derechos que tanta gente puso por debajo de sus gustos e intereses personales.

Continuará…