LOS DERECHOS HUMANOS EN LA JUSTICIA

Confesaré que voy a comenzar este blog con un plagio descarado: Ha-Joon Chiang, interesante economista – de esos que comienzan por denunciar la egolatría pretenciosa de los que se llaman a sí mismos “científicos”, y de paso anuncio que tiempo habrá para reirme un rato de la “ciencia jurídica” y majaderías similares – desarrolla una fórmula en su muy recomendable libro “23 cosas que no te cuentan del capitalismo”. Cada capítulo comienza explicando lo que nos cuentan, y continua con lo que hay.Resultado de imagen de 23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo

Para hablar del futuro, es necesario partir de un presente, y para ello es necesario recurrir a ese esquema, puesto que eso que dicen que se llama ahora postverdad no es sino — como decía recientemente Julio Llamazares en El Pais, y refrendaba Monedero en Publico — la mentira de toda la vida, y el fango en que nos hunde del mismo color y olor de siempre.LO QUE TE CUENTAN:

Los derechos humanos gozan de excelente salud en España, como es propio de un intachable país democrático, después de que una modélica transición consagrara, cual hostia sagrada, unos derechos fundamentales en nuestra Constitución. Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, Poder Judicial, y resto de poderes mediáticos, económicos, fácticos, etc, hicieran un encomiable esfuerzo de adaptación, sin necesidad de traumáticas purgas ni reformas radicales. Nuestros heróicas fuerzas del orden pasaron de torturadores a convencidos defensores de los derechos de todos; nuestros jueces se convirtieron en supremos garantes de los mismos, transformaron su sensibilidad y desde entonces vigilan atentos con sus infalibles filtros de credibilidad, guiados por una fiscalía celosa de la defensa de esos derechos como máxima expresión de lo público, en tanto que los poderes económicos y políticos dejan hacer a todos ellos para construir un sistema en el que la Paz reina y sólo esporádicas y excepcionales manzanas podridas son eliminadas raudamente del cesto con diligencia, rigor y sólo la dosis justa de misericordia.  El sistema funciona, digan lo que digan los descontentos de siempre, que no dudan en manipular esos derechos que no entienden con tal de vilipendiar a nuestro amado caudi…, perdón, digoooo, nuestra amada democracia, eso, democracia. Silogismo básico: Mayor: En todas las democracias se respetan los derechos humanos. menor: España es una democracia. Conclusión: En España se respetan los derechos humanos. Estrambote: el que diga lo contrario es un antidemócrata peligroso, un gañán, un hortera y seguro que no se ducha.Resultado de imagen de orgullo nacional españa

LA REALIDAD DE LOS DERECHOS HUMANOS EN ESPAÑA:

No cometeré el desafuero de criticar aquello en lo que no intervine, ni a aquellos que tuvieron que tomar decisiones sin duda difíciles en lo emocional, y duras en lo intelectual. Durante la transición yo era un crio. Pero no me parece incompatible, pese a los términos de un debate recurrente, el elogio de quienes en su momento, por las razones de aquel momento, comulgaron con ruedas de molino, con reclamar ahora que no nos quedemos ahí, y que reconozcamos que semejantes hogazas ha costado digerir, pero ya. No creo que los pactos de la Moncloa incluyeran una cláusula de inamovilidad, ni que fuera un pacto al que se deba fidelidad eterna en sus renuncias.

El caso es que el Ministerio de Interior y el de Justicia, por necesidad o simple conveniencia, fueron dejados a un lado a la hora de hacer esa transición. (El de Defensa ni mentallo). Con los policías se hizo algún apaño, alguna prejubilación, o se destinó — ¡qué curioso: a las brigadas de extranjería! – a algún que otro pimpollo de límpida hoja de servicios en la Brigada político- social, y entre tanto se les seguía mimando a través del mantenimiento de unos artículos del código penal que condenaban la desobediencia, resistencia y atentado a la autoridad, con lo que se sentían bien protegidos, además de algún indultillo cuando se les iba la mano, o el apoyo incondicional de algún ministro cuando se escapaba un inoportuno tiro. Sus señorías ya se encargaban después – aunque no siempre — de moderar las ínfulas guerreras y convertir en falta de desobediencia casi todas esas denuncias infladas y exageradas por atentado y resistencia, dejándolas, eso sí, con una multa al viandante, así fuera necesario relatar injurias cómo “el agresivo ciudadano dirigió con fuerza dañina su alevosa órbita ocular contra la inerte mano del probo funcionario”.

Resultado de imagen de juecesSus Señorías, no obstante, se aseguraron de que sus hijos tuvieran un puesto asegurado en la carrera, de acceso necesariamente restringido, mediante la defensa numantina de un sistema de acceso obsoleto, y del que ahora algunos se acuerdan (recomiendo la lectura de la siguiente crónica publicada por El Pais y piensen lo que supone aplicada a un poder que debe ser independiente: http://politica.elpais.com/politica/2017/04/07/actualidad/1491596451_160160.html ). Por más que se intentó introducir algo de aire fresco, las asociaciones más conservadoras siguen siendo las más representativas. Quizá una de las consecuencias positivas de algunas de las escandalosas sentencias a las que estamos asistiendo sea que la ciudadanía se caiga del guindo de cuál es la composición de nuestro poder judicial, en el que las actuaciones judiciales traducen una profunda asimetría de concepciones amparada en un curioso fenómeno: al progre lo llaman progre y se amilana, y ya hará porque no se le note, en tanto el otro enarbola su bandera de adalid del orden con orgullosa gallardía y hace gala de ello en cada resolución.

Sé que alguna ampolla levantaré, y que quien se dé por aludido pues que se joda, que más duele la verdad no por afilada sino por verdad, pero un hecho: hoy por hoy nada ni nadie controla ni puede controlar los excesos de racismo, xenofobia, aporofobia, machismo, sectarismo clasista y otros muchos males que aquejan — humanos son, y les aquejan, aunque no sean ellos los que se quejan – a los sagrados integrantes de nuestros poder judicial. ¡Ah! Y no me prediquen con las garantías de la segunda instancia, que puestos a inventarme un refranero, si se edifica el salón sobre la cuadra, no hay incienso que tape el mal olor.

Resultado de imagen de archivos papelEn consecuencia, y no se sorprenda nadie, los calabozos de las comisarías son pozos ciegos donde si no cunde más el maltrato es por la propia decencia de algunos policías que se enfrentan o vigilan a sus compañeros; las cárceles transitan por la letargia del chiste y rezan quedarse como están, pues si alguien denuncia su situación, ya saldrá quien enarbole la exitosa  demagogia – ¡eso no es populismo, no! — de que debieran estar peor; los juzgados penales bucean y se ahogan en océanos de imputaciones a pobres desgraciados por poco más que el mero hecho de serlo, y dejan para mejor ocasión la persecución de lo complejo, asegurando así la impunidad de los listos que sepan disfrazarse. En la jurisdicción civil, tras un vergonzoso intento de impedir el acceso a la Justicia Gratuita, esa impunidad de los listos se convierte ya en cortijo privado, pues quienes pueden pagar el manejo de las arcanas claves del sistema tienen casi ganado el pleito, o si no, los pobres contrarios pobres (no es reiteración) la maldición de ganarlo. La Jurisdicción contencioso-administrativa, supuestamente concebida para cuestionar al poder con “igualdad de armas”, se pliega constantemente a su servicio y privilegio, ya en su propia concepción en que debe ser el ciudadano quien tome una iniciativa gravosa, la carga de la prueba las más de las veces, ya en una imparcialidad judicial que sólo sirve para el sarcasmo. (Veinticinco años de abogado de extranjería llevo sobre mis espaldas y el tema dará para mucho más). La laboral, amigos, ¡ay, la laboral!, donde se ensayaban los remedios a los males de las anteriores, no ha necesitado ni tan siquiera recortes, pues el propio aluvión de la crisis, junto con las vergonzantes reformas de un liberalismo ramplón, la han llevado a la práctica inoperancia y la azucarada disolución de su finalidad tuitiva.

En ese contexto se oyen de vez en cuando voces alzadas, pero debo confesar que las más de ellas me resultan un tanto interesadas, por su insistencia machacona en la “falta de medios”. Que los medios deberían ser más y resulta vergonzoso y vergonzante asomarse a la carga de trabajo de los órganos judiciales es algo que no me molestaré ni en comentar. El cielo es azul y la noche es oscura. Punto. Pero también es cierto que – si quieren el principal – no es el único problema de nuestro sistema jurídico, que como he intentado analizar, comienza en la abrumadora falta de cultura jurídica de un pueblo premeditadamente aborregado (eso otro día), sigue con las fuerzas del orden y termina en el sometimiento del Tribunal Constitucional a los mandatos de los Tribunales Internacionales de Derechos Humanos, que hasta en eso se falla. Quizá el problema para mí más grave es un problema de concepción, y es que perdidos en el debate entre derecho natural y positivo hemos terminado por limitarnos a cumplir la ley como finalidad, en lugar de concebir aquella como un medio para la Justicia (perdón por citar sin citar a Kant). Y así nos luce el pelo.

La tercera pata de este taburete, mis queridos compañeros abogados, la dejaremos para otro día, y aviso que habrá estopa para tirios y leña para troyanos, pero si en esta situación no se levanta alguien y plantea una estrategia de batalla seria y decidida, lo que nos pase será lo que merezcamos.

FUTURO (III)

Tras mis dos anteriores incursiones en esta escaramuza – no puedo llamar a esto batalla, ni tan siquiera en el jocoso tono que suelo utilizar – parecer quedar un panorama sombrío y negativo en el que, sobre todo quienes me conocen, no reconocen a alguien que si de algo puede sentirse orgulloso, es de tener puestos siempre los ojos en el futuro, y de ser crítico, sí, pero siempre propositivo. No es el primer río que he de cruzar construyendo el puente. Sin embargo, quizá por la edad, sí me encuentro en condiciones de tener mayor libertad de hablar, dado que lo que voy a proponer contará conmigo como apoyo, pero ya nunca desde un papel protagonista.

El actual equipo que configura la Sección de Extranjería y Derechos Humanos del Colegio de Abogados de Valencia contiene dos tipos de personas de los que no me atrevo sino a aventurar cuál sea la dinámica de funcionamiento que estén desarrollando:

Por un lado aquellas que se presentarán ante las demás como imbuidas de experiencia, pues ya pertenecían al equipo anterior que yo presidí, y seguramente esgriman el haber sido las inspiradoras del movimiento que llevó a ganar las elecciones y a enrolar a las nuevas incorporaciones. Aquellas personas con las que intenté trabajar y que formaron parte activa de una estrategia desleal de derribo con la única finalidad de colocarse ellas en un lugar para el que han demostrado ya ser incapaces de mejorar en algo que no sea su propia relación interna, quedan descalificadas para cualquier solución de futuro. Y no sólo por su responsabilidad, sino porque su afiliación vino motivada en un apartamiento previo que nada tuvo que ver con sus fantasías – que fueran hombres o mujeres, altos o bajos, viejos o jóvenes – sino con su compromiso, voluntad, capacidad y calidad de su trabajo, que siempre dejó mucho que desear.Resultado de imagen de grupos de personas

Por otro lado, el resto de nuevas personas incorporadas que, bajo no se sabe qué relato de hechos o qué promesas, accedieron a sumarse a ese equipo, y que probablemente sólo ahora estén percatándose de lo dicho en este blog en el apartado anterior, el que titulaba como “presente”. Pienso de ellas que nadie les hizo sino un relato muy sesgado del blog que titulé “pasado” y que jamás hubieran compartido una operación de acoso y derribo por razones meramente personales y mediante mecánica tan poco ética como el boicot interno como la que narré en él. Cierto que estas personas nunca tuvieron las puertas cerradas, que la fórmula de las Juntas Directivas abiertas a todos los socios la implementé yo, y que podían haberse incorporado antes, pero pienso que falló quizá el enlace directo y personal a través de quienes, cuando sí les interesó, movieron las propuestas y llamadas hasta ese momento dormidas, manteniéndose inanes cuando su presidente se lo pedía.

Soy jurista, y para mí la presunción de inocencia es casi un dogma de fe, por lo que de aquellos que no tengo pruebas de que participaran en ese montaje, no puedo presumir que lo hicieran. Es más, por lo que conozco a algunas de esas personas, y no tengo empacho ninguno en confesar que a más de una les propuse colaborar y formar parte de la lista de la que formé parte, estoy seguro de que de alguna forma se les indujo a engaño, bien en la limpieza de intenciones de quienes demostraron no tenerla, bien por la sucesión de mitos calumniosos que se vertieron sobre nosotros, que si sillones, que si tiempo, etc, etc,

Es necesario reconstruir un proyecto común, contando con éstos, con los que fuimos desplazados en su día por esas malas artes, y por todos aquellos que quieran sumarse teniendo claros los límites que marcan la lealtad y las ganas de trabajar.

En primer lugar en eso, en ser un proyecto, es decir, en la claridad de objetivos, y no en haberse contentado con derrotar a los anteriores. En la lealtad y la fidelidad a ese proyecto y a quienes se elija para representarlo, sin permitir que un borroso farfulleo de oscuro origen ideológico sostenga las reivindicaciones de quienes no tuvieron, en el mejor de los casos, sino un ataque de celos infantiles. La concreción del debate interno, y la disciplina de saber asumir la superación de nuestras propias posturas para defender las acordadas como si fueran propias es una muestra de madurez democrática que resulta necesario demostrar en todo colectivo, para que éste sea posible. La pataleta permanente en tanto no se consiga lo que  uno quiere sólo consigue derribar proyectos y puede ser llamada de todo menos trabajo en equipo. Asimismo, es necesario en un equipo de trabajo de compromiso libre que se entienda y se asuma que quienes demuestren la mayor calidad y cantidad de su compromiso van a ser tenidos más en cuenta que quienes se limiten a acudir a las reuniones, o a veces ni eso.Resultado de imagen de coros

Bajo esos mimbres, una orquesta o un coro debe asumir las indicaciones y coordinación de una dirección que no sea permanentemente cuestionada, con o sin mejor motivo, sino apoyada y reivindicada. No hay que tener miedo a palabras como autoridad o liderazgo, puesto que son necesarias en todo trabajo humano que se quiera hacer en común. Otra cosa distinta es cómo se ejerza esa autoridad y liderazgo, que deberá ser abierto, propositivo, y al tiempo firme, claro y concreto. Se debe evitar que un colectivo se convierta en un totum revolutum en el que, por satisfacer el afán de figuración de los mediocres se termine discriminando a quienes cada día y con su esfuerzo demuestran su valía. No puede confundirse la igualdad de valor de un voto en unas elecciones con la igualdad de mérito y capacidad en el desarrollo del trabajo ejecutivo, y no soy quien para enmendar las injusticias de la naturaleza en su reparto. Un director de coro no puede asignarle un “solo” a quien desafina, porque su valor personal sea el mismo que el de los demás, o porque sea muy amigo suyo, o porque se haya apuntado antes que aquel. Salvo que de lo que se trate no sea de cantar en armonía, sino de hacer una especie de grupete de amigos para pasárnoslo bien. De otra manera, multiplicaremos los ensayos, nos llevaremos estupendamente, nos lo pasaremos guay, pero la eficacia del proyecto, hasta donde lleguemos o cómo resolver los problemas que nos surjan, será lo de menos.

El director, por tanto, debe saber música. Preferiblemente más que cualquier tenor o prima donna del coro, por más que a éstos les avale una potencia de garganta y una capacidad torácica mayor. Su experiencia, su conocimiento, pero también su habilidad y los buenos resultados que obtenga, construyen su autoridad. Y es esa autoridad, respetada por quienes sepan y quieran respetarla, sabiendo que de ello depende la pervivencia de un proyecto y del resto del colectivo, la que permite conducir hacia adelante todo conjunto de más de diez personas. Y contando con todos, solo que al que no sabe entonar habrá que mandarlo a la última fila y decirle que cante bajito y encargarle ese solo de lucimiento a quien ofrezca garantías de cumplirlo. Una autoridad no se construye sobre cantos de sirena de promesas irreales de melíflua igualdad, tan carísima de oir a los vagos y mediocres, pues la armonía final exige que cada voz cante su parte de la partitura, valga la redundancia.Resultado de imagen de equipos

Ese primus inter pares, además, debe ser de una independencia incuestionable. Ajeno, por su valentía, a cualquier interés partidista o a cualquier prebenda que se le pueda facilitar desde otras instancias, salvo aquellas que redunden en beneficio del proyecto. La mera sospecha fundada de ser el preferido de la Administración o de cualquier otra instancia, lo inhabilita.

Ejemplo de cómo las cosas no funcionan fueron los dos años que tuve que sufrir y que quedaron descritos. Ejemplo de cómo sí funcionan con esos parámetros fue durante años la propia Sección antes de sufrir el boicot interno, de la que no tengo que recordar las cotas de prestigio y actividad alcanzadas, y también, por qué no decirlo aquí, una Subcomisión de Extranjería del Consejo General de la Abogacía, que llevó adelante Pascual Aguelo contando con esos mimbres, y sin que nadie quisiera cortar la yerba por donde pisaba. Lástima que fuera desde normas superiores que esa trayectoria se viera interrumpida.

Y todo ello no a pesar de, sino precisamente porque, repito, en todo grupo de más de diez personas, estadísticamente, por lo menos uno será un imbécil y otro un hijo de puta, y lo difícil – conocimiento de causa: fracasé en ello — será saber quién le va a hacer más daño al grupo.

 

 

En la próxima entrega razonaré por qué hace falta esta fórmula de organización, y no otras que puedan ser más satisfactorias en lo personal pero menos eficientes en una guerra que hemos de ganar.

PRESENTE (II)

Desde las elecciones a la Junta de la Sección de Extranjería y DDHH del 1 de junio de 2015, que yo presidía, y en que la candidatura encabezada por Hipólito con mi apoyo perdió han pasado casi dos años. Un plazo prudencial para poder iniciar una crítica de cuáles sean las perspectivas que se abren, el cumplimiento de promesas, y la realidad de una gestión, conforme a los propios informes que se presentan.

La candidatura ganadora, que no es que presentara un programa muy concreto, sino que se asentó más en una imagen fresca, innovadora, presidida con palabras como asamblearismo, colectivo, participación, debate, etc, demostró conocer muy bien el poder atractivo de esas palabras, aunque muy poco de su contenido real, y en estos dos años sólo se han convocado tres asambleas, puramente informativas, y a destiempo. La primera de ellas, supuestamente de presentación de la nueva junta, no la valoraré por el poco tiempo que llevaban en el cargo, si bien demostraron tener pocos recursos de acceso a la información, ese bien tan preciado para los compañeros y del que una sección debe ser correa de transmisión. La segunda se convocó en plenas Navidades y fuera del esquema estatutario, por lo que no pude acudir, y la tercera, instada desde la Junta del Colegio para obligado cumplimiento de estatutos, fue objeto de una larga lista de preguntas que facilité por escrito y que quise leer. 

De entrada, se demostró muy poco respeto al derecho de libertad de expresión en una asamblea, cosa absolutamente básica, porque limitarme a hacer unas preguntas que no llegaban a folio y medio de texto me costó lo mío, debido a continuas interrupciones que se resumen en acusarme de pretender soltar un discurso. Cosa que tampoco hubiera sido nada criticable, pues se supone de una asamblea la libertad de todo el mundo de hacer y exponer su discurso. Sin embargo tuve que pelear para conseguir tan sólo leer el primer medio folio de preguntas. Discutir que una asamblea no es informativa porque hay un capítulo final de ruegos y preguntas o decir que éstas deben limitarse únicamente a la temática fijada de orden del día nos indica un poco el nivel del personal. De las respuestas, así como de los “informes” presentados con carácter previo, se sacan algunas conclusiones.

La diferencia entre una asamblea de verdad, de debate, la marca entre otras cosas la preparación de la misma. Que los textos que se van a discutir no sólo se lean en ese momento, sino que se trasladen con antelación a todos los compañeros, y se abra un periodo de presentación de enmiendas y de argumentación de las mismas, con espacio para votación. Eso sí es una asamblea de verdad. Así es como se fomenta el debate, la participación, el contraste de ideas. Pero una reunión de amigos para que nos cuenten lo que han hecho y quieren hacer no es una asamblea, es un trágala sin mayor fundamento que cubrir el expediente. El debate no existe, ni se invita al mismo, y si las ideas alternativas se coartan, aunque se planteen en forma de meras preguntas, apaga y vámonos. Como abogados que somos, sabemos que las preguntas pueden ser muy incómodas, pero es lo que hay. No es que me esté poniendo estupendo, es que la primera conclusión no es sino dar razón del refrán: dime de qué presumes…

La lectura en esos términos de la anunciada memoria no fue sino una especie de lista de la compra — ya digo, sin previo traslado de informe — de lo que se ha hecho, de lo que supuestamente se ha hecho, de las reuniones a que se ha asistido, las encuestas a las que se ha contestado, atribuyéndose de paso algún trabajo más ajeno que propio, y poco más. No se puede hablar, ni tan siquiera, de continuidad con el anterior equipo. Los proyectos se resumían en seguir como hasta ahora, añadiendo como nota de color intentar ampliar relaciones con otras Administraciones, además de con la tan querida Oficina de Extranjeros, con la que al parecer se mantienen excelentes, cosa nada de extrañar al tratarse los miembros de la Junta de una mayoría de tramitadores ante la Oficina. Parece haber una gran comodidad en relacionarse con la Administración, algo que debe estar dando buenos resultados a alguien. Ni se definieron objetivos ni se hizo balance de logros. Parece que no se entiende que dar cuenta en un informe de gestión y programa es precisamente eso, y la cosa se limitó a contarnos una lista de actuaciones, no por la naturaleza o el detalle de la intervención, sino por la mera asistencia a las mismas. No sé si se supone que debemos estar agradecidos por el esfuerzo, pero desde luego el concepto de representación va mucho más allá. No me interesa saber que se ha ido a tal o cual reunión o congreso, lo que quiero saber es qué se ha dicho y cómo se me ha representado en la misma, qué se quería conseguir y si se ha conseguido. La diferencia es algo más que una tilde.

En el turno de preguntas se vio claramente  que de lo que se adolece no sólo es de esa absoluta falta de criterio, sino también faltan ideas y en consecuencia,  proyecto.

La respuesta a todas las carencias que mis preguntas denunciaron tenía una excusa sencilla: “mi papá no me deja”. Recuerdo una ocasión en que, con once o doce años, me hicieron leer “La Celestina”, obra que hoy aprecio en su ironía y construcción, con una chispa sensual evidente, pero que a esa tierna edad me parecía un tostón infumable, por lo que, y dado que se avistaban escenas escabrosas, junto a la fama del opúsculo, y que en aquellos tiempos de despertar democrático todavía había mucho de mojigatería, se me ocurrió decirle al profesor. “es que mi madre no me deja leer ese libro”. No tengo que decir que mi madre, casta viuda de misa diaria, ni se enteraba (afortunadamente) de cuáles eran las lecturas de su retoño – ni académicas ni extraescolares —  ni le importaba una higa. Claro: no coló.

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Lo malo es que aquí sí que cuela, porque es verdad. Pero ya no somos niños ni esto la EGB. En mis casi veinte años de presidente de la Sección tuve claro que mi principal tarea como tal era establecer las mejores relaciones con el Decano y la Junta de Gobierno del Colegio con la que me tocara tratar, y no sólo por ser parte del Colegio, sino porque es necesario “ganárselos para la causa”. Decanos, miembros de junta, etc, responden a un criterio de representación en el que estén, quizá, miembros de grandes despacho, representantes de las mayores especialidades, algún abogado joven, algún otro de demarcaciones… Durante algún tiempo, y creo no haber sido ajeno a ese fenómeno, se tuvo en cuenta para incluir en la Junta a alguien cercano a la sensibilidad de la Sección, que hizo de enlace entre la misma y la Junta. Pero eso no sustituía que el presidente hiciera no pocos esfuerzos por conseguir que el Decano y resto de la Junta fueran inclinando su orientación, su sensibilidad, su preocupación, y con ello su influencia y trabajo, a la lucha que como Sección de extranjería hemos llevado adelante todos estos años. Y puedo decir con orgullo que con todos los decanos con los que trabajé como presidente de la Sección conseguí ese objetivo, y quienes al principio seguramente nos veían como exóticos guerreros, terminaron creyéndose la seriedad y oportunidad de nuestro trabajo, y compartieron en gran medida el mismo. Con el actual decano no tuve la oportunidad real, pero si la hubiera tenido, jamás me habría escudado en que no se hace algo porque “la Junta no nos deja”.

Claro que entiendo que es muy diferente hacer las cosas amparado y sustentado en una trayectoria y equipo cargado de prestigio, con un apoyo unánime del mismo, con capacidad para arrastrar a cientos de compañeros, tanto a cuestiones de la propia Sección como generales del Colegio, que hacerlo tras haber conseguido el puesto rompiendo esa dinámica con boicots internos, deslealtad y otras malas artes. Además, hacer ver la necesidad y oportunidad de determinadas actuaciones, imbuir del valor necesario para enfrentarse a quien sea es algo que no se consigue con bonitas ideas de “todo entre todos”. Con eso lo único que se consigue es que un Decano y una Junta, que son quienes deben dar la cara y apoyar una posible actuación incómoda de la sección, le pese más la desconfianza, algo lógico, pues donde nadie pone la cara en primera línea se presume que es porque todos tienen miedo a que se la partan, y claro, no vas a pedirle a otros que la pongan por tí.Resultado de imagen de rebaño

Decir que no se hace algo por las dificultades de hacerlo, sean las que sean, refleja una preocupante falta de imaginación para buscar alternativas, apoyos y medios. Por no hablar de las lagunas – auténticos mares interiores – del casi inexistente proyecto: la sociedad civil, tan necesitada de apoyo técnico;  los compañeros de las demarcaciones, completamente abandonados a su suerte frente a brigadas de extranjería y jueces de instrucción, malintencionados unos e ignorantes otros; los Derechos Humanos, el que estaba llamado a ser pilar de un proyecto, hoy abandonado en unas pocas actuaciones que no llegan a lo simbólico; la formación, limitada únicamente a los estrictos límites marcados de cursos y ponencias, como si no incluyera muchas más cosas…

No hay, por tanto, fuerza de gestión, ni decisión, ni agallas, para llevar adelante un proyecto, mucho menos de la envergadura del que estamos hablando. El presente de la Sección es el de un grupo de amigos que como mucho aspiran a continuar haciendo lo que otros hicieron antes, pero sin ideas nuevas ni desde luego programa alguno, sin los apoyos necesarios – ni siquiera de quienes consiguieron movilizar en contra de los previamente vilipendiados—ni capacidad para concitarlos a favor de nada, sin ganas de trabajar altruistamente, sin método ni equipo, sin solvencia intelectual y me temo que también sin solvencia moral — puesto que ya todo el mundo sabe cómo consiguieron su puesto — aunque nadie acierte a entender cuál es la naturaleza de su ambición.

Bajo la capa de la bonita palabra “colectivo” dejan de existir una serie de cosas a las que ellos mismos se muestran alérgicos y radicalmente contrarios, pero sin las que sencillamente es imposible construir un proyecto: dirección, liderazgo, coordinación, estímulo, imaginación, ideas, responsabilidad…

Lo de la motivación, queridos amigos, ya es otra cosa. A estas alturas quien no venga motivado de casa que se quede en ella. Resultado de imagen de liderazgo

PASADO (I)

El tiempo pasa más deprisa cuando uno alcanza la provecta edad de mis cincuenta y tantos, la memoria se va haciendo cada vez más pequeña y los acontecimientos que debes meter dentro, mayores y abundantes, generan una sensación de velocidad y vértigo. Quizá por eso quienes creen ocupar un lugar en la Historia se obligan  explicarnos a los que sólo ocupamos un lugar en la historia cuál ha sido su papel, y se ponen como locos a escribir sus memorias.

Las decepciones personales, la confianza en gente que demuestra después que no la merecía, pero sobre todo, el fracaso de trayectos en los que se había invertido lo más valioso que uno tiene — ilusión y tiempo — y la frustración de los proyectos que cimentaban. Ha pasado tiempo, y veo que me hace falta explicarme a mí mismo y a quienes les pueda interesar lo ocurrido, y el porqué de esas sensaciones.Resultado de imagen de imagenes de abogados graciosas

Hace algo más de cuatro años cuajé un paso importante para el que mucho había esperado, con paciencia, el momento propicio y meditado: pretendía crear una plataforma de abogados que, integrados y apoyados en y por el Colegio, constituyeran un referente de trabajo, reflexión y denuncia en la materia de Derechos Humanos en Valencia, con intención de extender el ejemplo y la fórmula a otros territorios, y tomando como base el trabajo y experiencia desplegados en la materia de extranjería – al fin y al cabo la más candente dentro de esa otra más amplia –. Creí tener el equipo y la base, el apoyo institucional, la madurez y la perspectiva suficiente para ello, y promoví la refundación de la Sección que presidía en el Colegio de Abogados de Valencia absorbiendo y coordinando ambas materias. Tampoco soy tan tonto, y era consciente que, de las personas que se declaraban dispuestas a la colaboración, muchas no iban a perder su tiempo, y otras no tenían la capacidad de aportar ideas ni propuestas, pero pensé – gran error – que sería capaz de neutralizarlas de forma que al menos no molestaran. Siempre me he jactado de aprovechar de cada uno lo que pueda dar, y no calculé que la mediocridad suele ir acompañada de mendacidad y envidia, y olvidé esa frase que no recuerdo dónde leí: “no hace falta saber estadística para ver que en un grupo de diez o más, hay siempre, como mínimo, un idiota y un hijo de puta. Lo difícil es saber quién de los dos va a hacer más daño al grupo.” Tampoco supe detectar que mi persona llevaba ya mucho tiempo en candelero, y eso provoca un cansancio de imagen, algo que a quien no entiende un libro más allá de los dibujos le provoca unas ganas de cambio, sin mayor fundamento ni digestión, que vomita sin más a la primera oportunidad. Los demagogos – que en todas partes los hay – aprovechan ese mensaje para pedir porque sí y sin mayor motivo limitaciones de mandatos, limitaciones de funciones, limitaciones de todo, conscientes de que no alcanzarán jamás lugar alguno si no se lo limitan antes a otros mejores.

El proyecto comenzó a caminar con dos proyectos estrella: por un lado seguir construyendo y haciendo crecer el trabajo que se desarrollaba desde la sección de extranjería, y por otro dar contenido concreto al trabajo de Derechos Humanos con un informe riguroso que recogiera los defectos y carencias – muchos ocultos, de ahí la necesidad de denunciarlos  — en la materia de los Derechos Humanos en el ámbito de las cuatro jurisdicciones en nuestra ciudad. Después se haría en la Provincia, después en la Comunidad, finalmente en todo el país, pero la idea de que los abogados hicieran periódicamente un balance e informe de las carencias de vigencia de nuestros derechos fundamentales en la Justicia es algo que, si escandaliza, es que no se haya hecho antes.

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Pues no se entendió.

Creamos cuatro comisiones, en las que con entusiasmo se apuntaron los compañeros, para elaborar los informes, y mes tras mes, reunión tras reunión, me enfrentaba con excusas absurdas, como que no se entendía sobre qué se debía hacer, como que no se tenían medios o no conocían a la gente que diera información… Recuerdo una compañera que se había apuntado a la comisión de la Jurisdicción Social diciendo que ella no llevaba esos temas, a lo que no tuve narices de preguntarle para qué se había apuntado en esa comisión, o si no sabía invitar a un café a un compañero laboralista que le contara cosas. Había comenzado el boicot interno, y reconozco que no me di cuenta. El resultado de los informes fue vergonzante e impresentable. No era falta de una calidad mínima, no. Era una desidia insultante la que rezumaban.

En esas estábamos cuando el otro pilar, el apoyo institucional, parecía funcionar: el Colegio de Abogados, dirigido a un proyecto de escala amplia y no a seguir siendo lo de siempre, necesitaba articular mecanismos en que esa escala se concretara, y el Decano de ese momento observaba con interés otros Colegios con esos mecanismos consolidados. Se había fijado en Barcelona y Madrid — no en vano Valencia es el tercer o cuarto colegio en importancia — y había visto que allí el colegio nombraba a un abogado, liberado o contratado a media jornada, para dedicarse a la materia de extranjería y otros aspectos de derechos humanos, consciente de lo delicado que políticamente resulta ese mundo, pero decidido a que los abogados representen en ese campo una voz merecidamente propia. Lo propuso, y según parece la Junta de Gobierno lo aprobó, pese a que los tiempos eran convulsos y un proyecto de ley de Colegios Profesionales amenazaba en lontananza con recortar medios radicalmente, pero precisamente por eso era el momento de tomar decisiones valientes. Yo me postulé para ese puesto, pues vi la oportunidad de conseguir de esa manera el apoyo en forma de tiempo para dedicarlo al proyecto que creía construir junto a un equipo. Y me postulé porque consideré y sigo considerando que mi currículum constituía de largo la mejor opción. Insistí en que se sometiera a un informe de la Sección, y allí, en lugar de contar con el apoyo de los compañeros que decían de sí mismos haber concurrido en una lista encabezada por mí para llevar adelante ese proyecto, me encontré con todo tipo de argumentos que sólo escondían la avaricia por cazar las migajas, pretendiendo repartir entre 25 lo que tampoco era ninguna fortuna. Un argumento se esgrimió que quien lo presentó no es consciente de su miseria moral: “si a ti te van a pagar por esto, yo sin cobrar ya no voy a hacer nada”. Pero el colectivismo en tantas ocasiones es refugio de mediocres, y el proyecto fue votado en contra con la única alternativa de que ese dinero se dedicara a proyectos concretos de los que se hiciera cargo todo el mundo. Juro que pese al varapalo, intenté desarrollar la idea, aun no creyendo en ella, tal y como se me pedía, y elaboré programas para que fueran asignados a quien mejor pareciera. Pero el problema ya no era una cuestión de ideas o de proyectos. A partir de ese momento se fue creando, dentro de la Junta de la Sección, un grupo organizado  cuyo único objetivo era hacer oposición mediante los más rastreros mecanismos aprendidos de la política, sin escrúpulo alguno de boicotear, desde dentro, un trabajo en el que todos debíamos colaborar o se suponía que para eso estábamos. La deslealtad que eso supone es difícil de medir y expresar. Si una persona está en desacuerdo con una dirección determinada tiene varias alternativas: expresarlo con claridad y proponer alternativas concretas, cosa que no se hizo en momento alguno; dimitir e irse con la música a otra parte; dimitir del órgano ejecutivo a seguir haciendo oposición, pero no desde dentro del mismo órgano pretendiendo ser juez y parte y haciendo solemnes protestas de lealtad a quien se está apuñalando por la espalda; o por último, en los más retorcidos guiones basados en Resultado de imagen de imagenes shakespeareShakespeare o la historia del Imperio Romano, comenzar una conspiración basada por un lado en la maledicencia pública; en la difamación, soterrada a veces, manifiesta otras; en la captación de apoyos interesados, en la colocación de trampas – la directora del cotarro me propuso, cuando se supo que el decano saliente no repetía como candidato y al mismo tiempo que me boicoteaba todo lo que yo hacía, que ¡montáramos una candidatura alternativa!, con la clara intención de que “picara” y destrozar mi prestigio y trayectoria en el Colegio. Al mismo tiempo concertaba y organizaba un  acoso y derribo personal, el boicot descarado contra toda iniciativa tomada desde la dirección, la oposición sin argumentos ni alternativas, sin temor alguno a hacer el ridículo con críticas extemporáneas hechas una vez tomadas decisiones que ya se habían incluso apoyado, y concitando juicios paralelos contra mí que se construían — ¡Por Dios, estamos hablando de un grupo de abogados y abogadas! – sin acusación, sin defensa, con la sentencia dictada de antemano.

Tuve que soportar que las personas en las que había confiado me insultaran, me acusaran de estar ahí para sacar beneficios económicos, me tildaran de autoritario, agarrado al sillón, machista — con el único argumento en que el grupo opositor era mayoritariamente femenino, y da la maldita casualidad que naci varón y sigo siéndolo, llegando a insultar intolerablemente a una compañera que se mantuvo fiel suponiéndole intereses espurios — siempre mucho más por la espalda que a la cara, tanto que aun hoy no he recibido una crítica concreta y contestable de qué es lo que hice mal y por qué: todo era decirme que llevaba mucho tiempo, que el estilo, que las formas, que no contaba con el colectivo – de nuevo el “colectivo”, al que sin embargo se sometía cada decisión y se esperaban de él iniciativas. Pero claro, también se dejaba claro que se tenían en cuenta más las opiniones de quien más aportara con su trabajo y valía, y poco se iba a hacer caso a quien ni tan siquiera se molestaba en asistir a las reuniones. Se escuchaban todas las iniciativas, pero claro, siempre que se presentara alguna, cosa que brillaba por su ausencia. Sin seguir nunca ni un relato lógico ni construir críticas de principio, se me acusaba de protagonismo si presentaba iniciativas o de pasividad si no las presentaba. Muy frecuente también, si una decisión no gustaba se me atribuía, y cuando gustaba, entonces era obra del colectivo.

Llegaron poco a poco las gotas que fueron colmando el vaso y destacaré tres ejemplos que excedieron mi paciencia:

Se convocó con un tiempo apremiante un congreso de derechos humanos en Madrid, intenté que el Colegio pagara plazas, se me dijo que dos, intenté que con el dinero de dos fuéramos más gente, y antes de que se decidiera quiénes íbamos se hizo público en redes que yo había decidido – algo por otra parte nada descabellado – que fuéramos yo mismo como presidente y el vicepresidente de derechos humanos, pues al fin y al cabo el concepto de representación (que no parecen entender tan insignes juristas) es lo que tiene. Sin posibilidad de explicación alguna se me vilipendió, se me llamó cacique, y se organizó un viaje en paralelo para acudir al congreso sin contar con el Colegio.

A los pocos días se presentaba una iniciativa en la que la Sección había tenido un papel protagonista, como fue la redacción de unos protocolos de actuación para procurar y defender el acceso a la sanidad universal en la Comunidad Valenciana, junto a colectivos sanitarios, y se presentaba el trabajo en público en el Colegio de Médicos y ante la Sociedad Civil. Se me ocurrió publicar en el boletín un agradecimiento al colectivo que había participado, dirigido personalmente a quien había sido el coordinador del equipo, y tamaño pecado, no haber mencionado con nombres y apellidos en el agradecimiento a todos los que habían colaborado, motivó que la organizadora de todo esto hiciera un llamamiento a los compañeros para boicotear el acto, negándose a explicar el trabajo en un acto para compañeros y obligando a ese trabajo a otro compañero, y negándose a acudir a la presentación, dejando en peligro la participación del Colegio en el acto. Ni que decir tiene que el boicot fue secundado por muchos, aunque una exigua mayoría permanecía fiel y a los que nunca agradeceré lo bastante su serenidad y buen hacer.

460131081Y por último, tras negociar con el decano saliente, en sus últimos actos como presidente de la Junta del Colegio, que aprobara un presupuesto especial para la Sección de Extranjería y Derechos Humanos que sextuplicara el del resto de secciones, que además no se gasta, se organizó un boicoteo interno para que la Junta de la Sección no pudiera aprobar el texto previo que proponer a la Junta del Colegio, boicoteo tan rastrero y preparado como que estuvimos toda una tarde discutiendo para aprobar las enmiendas que el grupo de oposición requiriera, y aun así y habiendo aprobado todo lo que se propuso, a la hora de votar no sólo votaron en contra sino que despreciando toda la discusión sacaron votos delegados preconcebidos, sin ver problema de que dos de esos votos además fueran de compañeros que habían dimitido de la Sección hacía tiempo.

El resto es ya historia: la situación era insostenible, como podéis imaginar, con lo que disolví la Junta para convocar elecciones (¡hasta eso boicotearon!), movieron sus hilos para atrasar lo más posible la convocatoria, lo que les permitió inflar el censo artificialmente con amigos que jamás habían visto un extranjero o les interesaba lo más mínimo la materia, y sostuvieron una campaña electoral descalificando con acritud cualquier propuesta de contenido y no absteniéndose de los infundios más abyectos ni del estilo más vil. Ganaron, me retiré y hasta hoy, en que tras casi dos años de esperar callado al resultado, debo tomar de nuevo la palabra para hacer lo que tengo que hacer: una oposición desde fuera, incómoda, fundada en razones, sostenida, propositiva, y sin caer nunca en el boicot como método de actuación, en las trampas y zancadillas, tal y como se hizo conmigo. Esa será mi forma, la palabra en mi libertad de expresión y de opinión, de colaborar en la reconstrucción de ese proyecto al servicio de unos intereses y derechos que tanta gente puso por debajo de sus gustos e intereses personales.

Continuará…

LISTOS Y MENTIRAS

En esta perra vida del extranjerista hay un encuentro cotidiano que no por más acostumbre se menos cansino: el listo.

Un listo no es necesariamente muy inteligente, aunque él crea que sí. A veces suele ser bastante tonto, y en muchas ocasiones incluso él mismo lo sabe, pero tiene tanto miedo a que se le note, que va de listo. Por supuesto, jamás reconocerá su carencia, y enarbolará su supuesta mente preclara con frases del tipo “a mí no me engaña nadie”.

En el mundo del Derecho la verdad y la mentira son moneda de cambio, al servicio de otros intereses. Eso suele convertir a muchos juristas, y a otros que están en contacto con nuestro mundo, en cínicos marmóreos, seguramente acostumbrados a la inaccesibilidad de la verdad, a la poliédrica realidad de los intereses contrapuestos en el proceso, a la paradoja de la legitimidad de pretensiones incompatibles. Pero lo que más abunda, tristemente, es el listo.

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Estos listos tienen sus defectos, imposible ser exhaustivo, de los que destacaré dos: la falta de simetría de su incredulidad y la incapacidad de ver las verdades que están detrás de las mentiras.

Cualquier cosa que conduzca a una mayor fe en el ser humano, o que suponga la asunción de una responsabilidad, no digamos de una solidaridad, o que simplemente exculpe a quien se defiende de una situación kafkiana, resulta sencillamente increíble para ellos. El mal parece ser la única realidad, lo único cierto, y por tanto nadie podrá engañarles con la petición de un favor, una lealtad, una adhesión a una causa de futuro. Todo es mentira cuando se trata de ser generoso, de aprender el respeto a la diversidad, de comprender, perdonar, confiar en la redención o la regeneración, tender una mano. Triste debe haber sido la vida que lleven detrás para haber construido esa actitud, pero lo que resulta ridículo es que construyan su postura desde una supuesta y autosostenida superioridad intelectual.

Porque a esas mismas personas les ataca una credulidad seráfica, una inocencia melíflua cuando se trata de lo contrario: cuando lo que se sostienen son motivos o razones – por manifiestamente falsos que aparezcan – para la cerrazón, la insolidaridad, el encastillamiento, el castigo, etc, etc, etc. Cuántos jueces veo que se olvidan de la presunción de inocencia y de muchos de nuestros valores sólo porque se creen listos, cuántos policías y funcionarios, incluso, si, también, cuántos abogados…

Hace unos días recibí una grabación de imagen de un pobre listo de estos: el tipo contaba cómo, viendo un programa de televisión de esos plagados de tertulianos vociferantes, había quedado convencido de que el impuesto de sucesiones era algo así como el advenimiento inminente de un comunismo aplastante. En el mundo en que estamos, y el muy imbécil se creyó a pie juntillas todas las barbaridades que vomitaron los tertulianos, sin apreciar la contradicciones evidentes, como la de quienes se oponen a este impuesto y seguramente enarbolan orgullosos la bandera de la meritocracia cuando se toca otro tema. Había entendido, mal, sólo la mitad de lo que se hablaba, pero lo bastó para grabarse a sí mismo sembrando la alarma como si mereciera un púlpito mayor.Resultado de imagen de el negro del dedo en la frente

A los pocos días, un montaje con voz de lata, seguramente temeroso de ser identificado, se hacía llamar “El Palleter” para, envuelto en banderas valencianas y en orgullo patrio, poner como ejemplo de conducta civilizada a países como Corea del Norte, o Irán, por algo tan edificante como disparar primero y preguntar después, soltar un montón de bazofia falsa sobre otros países tipo Venezuela o Cuba (qué obsesión, por Dios) y hacer una odiosa comparación con el supuesto paraíso que se encuentran en nuestro país quienes consiguen traspasar ilegalmente las fronteras y permanecer en situación irregular. Y digo supuesto porque la descripción era un cúmulo de mentiras, imprecisiones, desinformaciones, confusiones, o simplemente credulidad interesada. Y lo que se ignora al final son los valores humanos, es decir, esos que nos hacen ser lo que representan las banderas en que, sin embargo, con tanta soberbia se envuelven.

Hace tiempo que no me molesto en leer los comentarios que los lectores envían a algunos periódicos digitales en las noticias que más me interesan. Como tampoco leo a Sostres, Jimenez Losantos y gente de esa ralea, no alcanzo a distinguir si son meros imitadores o alumnos aventajados, pero el hedor a vómito que acompaña a muchos de esos comentarios apunta a una rabia mal digerida, un odio desvergonzado cuyo origen sólo puede identificarse en oscuros complejos y miedos, una mediocridad, una falta de análisis y de preocupación por lo que es verdad o mentira que denota que les importa poco esa diferencia, que se está más allá, que lo único para ellos es la utilidad que puedan sacar del hecho descrito en una proposición, por mucho que ésta se aleje de la realidad. Quizá sea eso la postverdad.

Semejante montaña de mentiras se las creen a pie juntillas, sin mayor comprobación ni mayor sospecha de que les estén engañando como a tontos – eso que tanto miedo les da –. Y se las creen como tantas otras, como cuando los gobiernos dicen que una Unión Europea de 500 millones de habitantes no tiene capacidad para acoger un millón de refugiados al año; como cuando se extiende la especie de que la civilización que representamos, dominante en todos los ánimos, corre algún peligro por el asalto de cuatro descerebrados; como cuando te dicen que peligran tus prestaciones, o tus puestos de trabajo, porque se lo llevan ellos…

Y ese es el segundo defecto al que me refería: el no saber ver las verdades detrás de las mentiras. No sólo tenemos que ser críticos con todo lo que nos cuentan, sino que la mejor guía de esa crítica es pensar que las mentiras no son nunca inocentes, que detrás hay un motivo, una intención, y que no sólo se engaña directamente con faltar a la verdad, sino que ese engaño urde una enredadera que va subiendo por tu espalda lentamente, sin apreciarlo, y requiere una especial perspicacia cortar la raíz de la planta.

Siendo muy esquemático, detrás de la mentira sobre las supuestas facilidades que se da a los extranjeros están quienes quieren tu voto para robar de tus impuestos y sostener sus negocios millonarios;  detrás de la mentira sobre la incapacidad de la Unión para acoger, está la cobardía de quienes no saben enfrentarse con la verdad a los anteriores y temen perder su asiento de terciopelo; detrás de la mentira de que nuestra civilización peligra hay una panda de majaderos que ni tan siquiera entienden lo que significa esa civilización, y como en su mediocridad sólo ven en ella límites a su torpe manejo del poder, la socavan en sus cimientos bajo capa de defenderla. Detrás de cada proposición hay un motivo, y según sea éste confesable o no, deberá ponerse en tela de juicio la proposición.

Creed, idiotas, creed todo lo que os cuentan. Acusad de “buenistas” y descalificad a los que os griten que el mundo puede vivir mejor con sólo quererlo y — lo que además está demostrado pues así ha sido hasta ahora — , y mientras tanto creed las mentiras que no se apoyan en hechos ni argumentos, sino sólo en vuestros miedos. Al fin y al cabo es fácil creer en ellas, es fácil dejarse llevar, es fácil y agradable creerse listo y que nadie nos engaña, aunque en la espalda carguemos un bosque de mentiras que  llegan a impedir el paso de la luz necesaria para no tropezar una y otra vez en las mismas piedras.

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POR QUÉ SÍ FUI A ESTA MANIFESTACION.

Hace mucho que no iba a una manifestación. Personalmente creo que se ha abusado de un derecho que históricamente se ganó, como todos los derechos de verdad, a fuerza de sangre y resistencia. Algo a lo que se recurría cuando no había otra manera, cuando la desesperación hacía que las masas tomaran las calles, aun a riesgo de la segura violencia que los poderosos iban a utilizar para reprimir el desafuero, aun a riesgo de dejarse la vida en el intento, y sin más objetivo ni programa que dar rienda suelta a la indignación. Una muestra de que el derecho de manifestación se ha agotado a sí mismo fue el 15 M, que no se articuló con manifestaciones, sino con acampadas, en las que se vulneraba esa legalidad artificial y artificiosa que se nos impone, y en las que el filo de la navaja está precisamente en si el poder tendrá el valor suficiente para mandar a sus gorilas a disolver o se lo pensará mejor y optará por dejarlo estar, esperando que el suflé se desinfle poco a poco si no le hacemos caso. Esa doble apuesta entre amenaza velada por un lado y resistencia y crecimiento por el otro permitió al 15 M hacerse duradero y trascendente.

La mayoría de las manifestaciones a las que asistimos, civilizadas, encauzadas, legalizadas, con permisos previos de la autoridad, itinerarios pactados, etc. dejaron de ser un acto reivindicativo para ser una especie de liturgia de viejos amigos que quedan para animarse entre ellos con un paseo en común, en los que sacar a los niños, los globos, las pancartas y otros elementos festivos.

Lejos de mí pretender ser un cínico por encima del bien y del mal que mira desde su torre de marfil a quienes todavía acuden a algunas o muchas de las manifestaciones que se convocan. También influye que uno va cargando años, que lo antaño emocionante hoy me resulta aburrido, que las desilusiones hacen mella en mi espíritu, y que no soporto pensar que por mucha gente que se reúna en una manifestación, por mucho ruido que se haga o se llame la atención, al final ellos sacan las urnas y mediante la estrategia de adocenamiento y engaño no bajan de un tercio de electorado, o mucho más según se mire.

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A pesar de todo eso, de ese poso de amargura que hace que quien ha metido muchos kilómetros en sus pies y ha gritado mucha consigna ahora lo deje para otros con más ganas, este pasado domingo acudí a la manifestación contra la política de inmigración y de asilo de este gobierno y de la Unión Europea.

Y lo hice porque soy jurista. Y porque el Derecho se inventó para que, en ese algo tan humano como es el conflicto, no gane siempre el más fuerte o el más violento. Que ese invento se ha tergiversado, manipulado y revertido para lo contrario de su concepción, que ha sido usurpado por los fuertes y violentos, es algo que resulta evidente en la Historia, pero ello se conseguía, en la inmensa mayoría de los casos, rompiendo el Derecho, y en construcción de la farsa resultante se le pretendía dar visos de juridicidad al engendro con manos siempre dispuestas y animosas a colaborar. Uno no tiene más que dar un repaso a la historia de las tiranías varias para ver cómo se han sabido vestir de toga y birrete, escondiendo  botas y sables y puñales.

Creo que el transcurso de este blog puede resumirse de una manera: estamos instalados en el subterfugio. Hablaremos bien alto de igualdad y derechos humanos en tanto ese discurso no moleste nuestros objetivos acomodaticios. Rajoy, el gran constructor de vallas con cortantes concertinas, el sostén moral de ministros y directores generales de la guardia civil encubridores de asesinato, el prototipo y ejemplo de Europa en la política de contención de cualquier tipo de inmigración, el que ha permitido la entrada de cifras ridículas de refugiados se permitía proclamar a España como adalid de la protección a la libertad por dar más nacionalidades que nadie. Como dicen en mi pueblo, con dos cojones.

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Lo cierto es que el Derecho opera no cuando resulta agradable que opere. Si yo firmo un contrato de compraventa el derecho no opera cuando me entregan y recibo la ansiada cosa, sino cuando tengo que – nunca de buen grado – pagarla. En 1951 cuando Europa apenas terminaba de enterrar escombros y cenizas se firmó una Convención Internacional sobre los refugiados en la que el mundo firmó que si se producían de nuevo las catástrofes de la guerra y la preguerra, nos endeudábamos con esa situación, y nos obligábamos con un contrato vinculante, a acoger a las víctimas. Y esa deuda es tan importante – mucho más – que las deudas financieras que nadie se plantea no pagar con el FMI, el Banco Mundial o los bancos internacionales. Una deuda de Derecho que hay que pagar abriendo nuestras fronteras, cueste lo que cueste. Y porque además, si nos obligamos a nosotros mismos, obligamos a los demás, y entre todos, puesto que es una deuda de todos, es mentira que no se pueda pagar ni que resulte tan gravosa.

En ese juego de usurpación del Derecho por los fuertes y violentos no recuerdo momento en que la prevaricación haya sido tan descarada, en que el abandono del cumplimiento de una obligación haya sido tan miserable. Hasta los nazis quemaron el Parlamento para no tenerse que someter a él, pero que ese club de ricos caballeros europeos se reúna en su mesa redonda para pactar incumplir su obligación de proteger a los débiles, ni es de caballeros, ni de europeos. Quizá sí típico de ricos.

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PD: Mientras estoy escribiendo esta entrada me llega una lamentable noticia: el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha archivado la demanda contra el “Acuerdo” entre la Unión Europea y Turquía para quitarse de encima a los refugiados sirios. El argumento es que no se puede recurrir porque no se trata ni de un acuerdo internacional ni de un tratado, puesto que no se llama así, sino que se anunció con una nota de prensa y no se le puso un nombre preciso.

No se me ocurre otro cuento para ilustrar la repugnante cobardía que supone este insulto a la inteligencia: un hombre tenía prohibido beber leche por su médico, y fué a la tienda, donde vió un líquido blanco y en botella, aunque sin etiqueta. Preguntó al propietario del comercio, ávido por vender ¿es eso leche?, a lo que el perspicaz comerciante respondió, sabiendo de la prohibición que aquejaba a su vecino: Nooooooo, se trata de “extracto líquido de glándulas mamarias de vaca madre”. Sólo un imbecil en este caso compraría la botella, pues parece ser que los magistrados del altísimo tribunal de la Unión nos quieren convencer de su imbecilidad, antes de admitir que se han vendido, y han vendido el Derecho, a los mezquinos intereses electorales de unos gobernantes más cuidadosos de mantener su puesto que de cumplir la Ley que les compromete y obliga, aquella que juraron o prometieron cumplir por su conciencia y honor.

Qué asco, por Dios, qué asco.

LA “CULPABILIZACION” DEL EXTRANJERO.

 

Podría haber llamado a esta “entrada” o artículo “la batalla de las renovaciones”, más que nada por seguir con la retórica que ha caracterizado a este blog desde sus inicios, pero es que hoy me interesa más llamar la atención sobre lo que está detrás, y por otra parte, reflejar mi conciencia de que lo de las renovaciones no es precisamente una batalla, a lo sumo una sucesión de pequeñas escaramuzas en un terreno común.

Estas escaramuzas se producen cada vez que un inmigrante que ha conseguido saltar todos los obstáculos de su carrera, que ya sabemos que son muchos, llega a la necesidad de renovar su permiso, para mantener el nivel de derechos que ha conseguido alcanzar, o sea, sus papeles. No perderlos, que no se los quiten, no quedarse otra vez con el culo al aire de la tan eufemísticamente llamada “situación irregular”. Por mi despacho han pasado casos en que la gente ha perdido su situación de derechos tan arduamente conseguida sin tan siquiera haberse resistido, o sea, sin haberla ni solicitado, porque algún imbécil les dijo que no se lo iban a dar, con lo que a los tres meses se quedó incluso sin posibilidades, como delincuente que se entrega sin defenderse.

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Utilizo este símil porque de eso va la regulación. Sin aburrir mucho con el artículo tal o cual explicaré que la renovación del permiso se va a hacer depender siempre del cumplimiento de unos requisitos, y que esos requisitos sólo aparentemente van a depender del propio inmigrante interesado. Es decir, no dependen de él, pero a alguien se le ocurrió la genial idea de que “pareciera” que dependían de él, para que “pareciera” que la denegación es en el fondo culpa suya.

La lógica es aplastante: si los requisitos dependen de ti, y no los cumples, la culpa es tuya, tú te lo has buscado, a mí qué me cuentas, haber espabilado, etc, etc, etc. Pero la trampa del asunto está en ese “aparentemente”. Porque a cualquiera que se encuentre mínimamente relacionado con el mundo del trabajo, si le dicen que el tiempo de cotización de un trabajador depende del mismo trabajador, lo más seguro es que le entre un a modo de risa tonta, así, floja pero imparable, y la sensación de mirar hacia atrás a ver si hay cámara oculta, o dónde está la broma, no vaya a ser que me esté riendo y el objeto de la broma sea yo mismo.

Y esa es la trampa, o cómo la antes aplastante lógica se convierte en un engaño de trilero. En el contexto de una crisis económica montada sobre el estallido de una burbuja que se había inflado a base de mano de obra barata (inmigrante en un alto porcentaje) y demanda creciente (ayudada por la presencia de inmigrantes), y en la que muchos nacionales se hicieron ricos o sacaron pingües beneficios que las pérdidas posteriores no vinieron a anular  (que les quiten lo bailao), ahora les decimos a los que se han quedado más desamparados en esa crisis que se vuelvan por donde han venido, y que el que no consiga quedarse es por culpa suya, y que esa culpa consiste en que no encuentren ningún empleo, o ningún empleador que les quiera dar de alta en seguridad social. Ya de dignidad ni hablamos.

Pero ahora fíjense en lo retorcido de la lógica que está detrás de esto, el manejo del mecanismo psicológico de la culpa, tanto entre los propios, como para los extraños al proceso. En primer lugar la culpa, la responsabilidad, siquiera en algo tan etéreo como “no haber buscado lo suficiente”, que desactiva al afectado en su capacidad reivindicativa y de contestación, mucho más todavía, entiendo, que la propia condición en que queda, calificado de “ilegal”. Pero sobre todo respecto a los otros, respecto a nosotros, los que vemos a esos extranjeros y se nos induce a pensar que si han vuelto a la ilegalidad ha sido por culpa de ellos mismos, por dejadez, vagancia, incompetencia, desidia o lo que sea, como si eso fuera ahora mismo determinante de algo. Pero ese sutil mecanismo sirve para dos cosas: por un lado impide embarrar nuestras conciencias, dado que le da una apariencia de justicia al sistema que apoyamos, que nos deja tranquilos; por otro lado intenta legitimar todo lo que se pueda hacer sobre ellos después. Dicho en palabras de algún “cuñao” que en seguido opinará sobre el tema:  en España no hay “ilegales”, que los que están sin permiso es porque quieren o porque ellos se lo han buscado.

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Este mecanismo lógico es en realidad el mismo que se esconde detrás de una sociedad donde asistimos impávidos al incremento de la “mano dura” como forma de resolver o prevenir problemas sociales, el crecimiento de nuestra población reclusa a niveles inadmisibles y siempre sobre la base de un perfil social que, por otra parte, nos hace sentir tranquilos por cuanto nos sentimos ajenos a él. Ese mecanismo perverso – ya ni digo lógico – es el mismo que se esconde en la culpabilización y criminalización del pobre desde los tiempos inmemoriales del más rancio liberalismo basado en el calvinismo de la predeterminación. Esa perversión mecánica – ya no lo llamo mecanismo – nos acaba envolviendo a todos como un sigiloso pulpo que ahoga nuestras conciencias y acalla nuestras empatías, siempre tan peligrosas.

¿AÑO NUEVO … POLÍTICA DE PROTECCIÓN INTERNACIONAL RESPONSABLE? –O LA DESOBEDIENCIA CIVIL COMO RESPUESTA-.

Hoy vamos a incluir una colaboración en este blog, y así de paso subrayo la idea de que estoy abierto a que quien guste pueda colgar en este foro sus opiniones o ideas, siempre que sean coherentes con el espíritu de la página.

El aporte es de mi gran amigo Hipólito Granero, que no necesita ser presentado para aquellos que lo conozcáis, pues su personalidad ya en un primer momento no deja indiferente, pero cuando se le conoce con más profundidad es imposible no admirarse de su capacidad intelectual, pero sobre todo de su altura moral. No me quiero extender más en ello, que tampoco es cuestión de ponerse blandito, pero estoy seguro que los que ya tenéis la suerte de conocerle me daréis la razón.

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Doy paso a su letra y su palabra:

 

 

<<Estimados compañeros:

Escucho la intervención radiofónica del 29.12.2016 de nuestro Javier Galparsoro en “La ventana de Euskadi”, en la que se pronuncia sobre los actos llevados a cabo en Grecia por los activistas Mikel Zuluaga y Begoña Huarte –que fueron sorprendidos cuanto intentaban trasladar de Grecia a Italia a ocho personas extranjeras solicitantes de protección internacional-.

Como Javier Galparsoro, considero que la conducta de Zuluaga y Huarte constituye “un acto de desobediencia civil frente a la desobediencia de los Gobiernos”. Y añado, que, en realidad, se trata de “un acto EXPRESO de desobediencia civil EN APOYO DE LA NORMATIVA DE PROTECCIÓN INTERNACIONAL” frente a la “desobediencia EXPRESA de los Gobiernos DE LA NORMATIVA INTERNACIONAL”, con la peculiaridad de que si los teóricos de la desobediencia civil definen ésta como la inobservancia de una norma –así, Hugo Adam Bedau sostiene que “alguien comete un acto de desobediencia civil, sí y solo si, sus actos son ilegales, públicos, no violentos, conscientes, realizados con la intención de frustrar leyes, al menos una, programas o decisiones de los gobiernos”-, en los actos de Zuluaga y Huarte lo que se hace con su desobediencia civil es, paradójicamente, clamar por el cumplimiento de las normas de protección internacional.

Y, ante la dramática situación de los desplazados y la pasividad de la ciudadanía de la Unión Europea, que mayoritariamente calla -cuando no comparte- ante la nefasta actuación de la propia Unión Europea y de todos y cada uno de los 28 Estados miembros, “viene como anillo al dedo” el “ellos vinieron” de Martin Niemöller –popularmente atribuido a Bertolt Brecht- si bien con un añadido:

“Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista,

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata,

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista,

Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío,

Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”.

Cuando los desplazados forzosos fueron considerados mercancía intercambiable (1) y no se atendieron sus necesidades, nada objeté, porque yo no precisaba protección.

Cuando yo precisé protección, el egoísmo, la insolidaridad y el nacionalismo excluyente habían tomado los Gobiernos, y no había quién quisiera proporcionármela.

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Los “tumbos” de la desacertada política de los Gobiernos frente a la dramática situación de los desplazados precisados de protección internacional, no hacen presagiar para el ya en puertas año 2.017 la adopción por los Estados de la Unión de una política responsable de protección internacional, por lo que, ojalá, que aparezcan muchos “Zuluagas” y “Huartes”.>>

Hipólito-Vte. Granero Sánchez.
Abogado.
31.12.2016.
1 ¿O no es ésto lo que la autoproclamada defensora de los derechos humanos Unión Europea ha llevado a cabo con Turquía en el mal llamado acuerdo de Marzo de 2.016, a la que a cambio de 6.000 millones de euros y otras prebendas se le traslada la dramática situación de los desplazados?.

MAMÁ

Descubro en Twitter una foto que no conocía, de Robert Cappa, de 1939, que retrata una refugiada española. Una hermosa composición, partida por una implícita línea diagonal, separa por un lado la botella vacía y un bolso de asas redondas, sorprendentemente moderno, pero sucio y sobrecargado, del que sale un hierro, como el mango de una herramienta. Sobre todo ello, en la mitad superior izquierda del acertado encuadre, arrancando desde un zapato negro, quizá charolado bajo el polvo y un infantil calcetín blanco, una pierna que no acierta a esconderse del frío bajo una cazadora masculina y serrana, de cuello de piel vuelta, arrugada, que domina la escena y conduce nuestra mirada al rostro. Su rostro de mueca inexistente refleja un agotamiento que no le permite ni gastar energía en una expresión, la mirada perdida, unas ojeras profundas muy llamativas en una cara tan joven. Y el rizo sobre su mejilla, abandonado, escapando de una melena coqueta y cuidada parece un signo de interrogación que se nos dirige insolente. Sacos ocupan el segundo plano, no acertamos a leer su sello, igual nos da, es poco probable que contengan lo que anuncian, paquetes cuadrados sin sellos ni identificaciones, le sirven de improvisado lecho, no sabe por cuánto tiempo, quizás unos minutos apenas.

mama

No es lo que me motiva, nunca me ha motivado en mi dedicación a los inmigrantes y otros refugiados ese rastro de mi pasado familiar — ¿o ese rastro familiar de mi pasado? –, el recuerdo de las historias que contaba mi abuela, las que contaba mi madre, mis tios. En los últimos días de una guerra perdida tuvieron que huir a Francia. Mi abuelo Emilio, al que no llegué a conocer, miembro destacado del partido republicano de Zaragoza, que se salvó de un fusilamiento sumario por milagro, pues el 17 de julio había llevado a la familia de vacaciones a Barbastro, con la intención de volver al día siguiente, y quedó así al otro lado de la improvisada frontera, tras la que se quedó para ingresar como teniente en el ejército leal y comenzar con su familia un periplo por varias localidades.  Castellón, donde mi madre contaba que había sobrevivido gracias a comer naranjas. Hay una foto suya, una niña escuálida pero sonriente entre naranjos, apenas sostenida por unas piernas de alambre. Barcelona, donde contaban que mi tío Luis, que no sobrevivió a una tuberculosis de posguerra alimentada por el trabajo con motores de carburo, el día que fue enrolado en Barcelona para recoger los restos de los bombardeos, no podía dejar de vomitar. Cómo mi madre recordaba que el día que entraron en Francia llevaba una perrita que el gendarme francés le permitió mantener con ella, violando las ordenanzas, al verla tan firmemente abrazada. Animal que mi abuelo había llevado a casa en el bolsillo de su guerrera, donde la presentó como una refugiada del frente de Teruel. Las historias de la huida, del campo de concentración, las escenas de la carretera en la huida grabadas en la mente de una niña, y la vida en Saint Larie, un pequeño pueblo de los Pirineos que hoy es una prestigiosa estación de esquí. Años después el regreso a esa patria amarga por la noticia de una amnistía, guiados clandestinamente por la montaña el mismo día que las tropas aliadas desembarcaban en Normandía, con el ladrido de los perros del ejército alemán de fondo sonoro. La llegada y regreso, el contacto con un pastor que tan sólo acertó a intercambiar palabras con mi abuelo en un dialecto hoy posiblemente extinto, la detención, la liberación y volver a empezar en una España hostil. Y el miedo, sobre todo el miedo, que quedó grabado a fuego en la mente de mi abuela y que revivía en sus oraciones durante la transición, cuando las carreras de grises contra estudiantes le despertaban recuerdos: otra vez una guerra no, por Dios, otra vez no.

He visto esa foto y he visto a mi madre, que falleció hace poco más de dos años, y de cuya pérdida me queda ese poso que parece que nos sobreviva. He visto esa foto y he tenido ganas de llorar de rabia, de frustración, de amargura. He recordado los silencios de los que en mi niñez se sentían más viejos de lo que eran, por haber pasado la experiencia de una guerra, los suspiros y el resumen que hacían de aquello: nada peor que una guerra, pero nada peor que una guerra civil.

He visto esta foto hoy, 12 de diciembre de 2017, en esta Europa del siglo XXI que repite la culpa de estas escenas, y se me ha helado esa sangre que siempre identificamos con la familia y el origen, y aunque esa sangre no ha sido nunca mi motivo ni mi razón, aunque me importa una higa que la niña fuera española, o siria, de entonces o de ahora, he sentido una tristeza profunda e infinita.

LA BATALLA POR UN DERECHO PENAL IGUALITARIO (y III)

Voy a ver si con una tercera parte soy capaz de explicar lo que quiero, porque estoy convencido de que la idea es bastante simple, pero el onanismo mental de tendencia claramente reaccionaria, se niega a ver personas detrás de una escueta barrera de papel, y contra eso poco se puede hacer.

Hace apenas doscientos años, en el conjunto del mundo mundial (intertextualidad de Manolito Gafotas, para que no se me diga), no regía precisamente la anarquía, ni tampoco una ley de la selva más o menos edulcorada: lo que había era varios sistemas, básicamente dos, ambos muy deficientes, pero con un elemento común. Se basaban en el quién hacía qué, y no en el qué se hacía. Dicho de otra manera, si el hijo del herrero la daba una patada en el culo – por poner un ejemplo no muy dramático – al hijo del Señor conde, al hijo del herrero le caía la del pulpo. Pero si era el hijo del conde quien daba la patada en el culo al hijo del herrero, la cosa se quedaba, en el peor de los casos, en una educativa llamada de atención del Señor conde a su díscolo hijo con la finalidad de hacerle ver que el comedimiento con la plebe es a la larga más beneficioso. Y si no, que se lo dijeran a tantos que habían acabado con su noble cabeza pinchada en lo alto de una plebeya picota, separada para siempre de aquellos pies que tanto habían pateado y de aquel culo que nunca nada había recibido.

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Por otra parte, si el hijo del herrero pateaba las posaderas al hijo del carpintero, algún sistema establecía la comunidad para corregir e impedir tanto pateo, desde no hacer nada y dejar que el más fuerte se llevara la partida – modelo de actuación social ciertamente muy extendido,tanto por las ventajas para la propia vagancia del “nohacernadismo” siempre en voga, como por las desventajas de enfrentarse a los fornidos músculos del herrero– hasta el esquema en que una figura de respeto común por la comunidad reprendiera al pateante con fruición suficiente como para que dejara de ejercitar sus aficiones, al menos en ajenos glúteos. Lo del ojo por ojo fue una forma bastante poco ingeniosa de introducir lo que ahora llamamos el principio de proporcionalidad, que es una cosa también muy interesante, dado que en estos debates siempre hay un listo que piensa: si mi objetivo fundamental es que nadie pegue a otro patadas en parte alguna, pues pongo como castigo cortarle el pie y seguro que a nadie se le ocurre dar más patadas, ni después por motivos obvios, ni antes, por puro cariñico que solemos tener a las extremidades propias. A cualquiera con dos dedos de frente se le ocurre que eso es una salvajada, pero el caso es que si le pegamos un repaso a nuestro código penal veremos que, hoy por hoy, lo del ojo por ojo nos sorprende por lo moderno y proporcionado. Perdón por ponerme serio, pero la vulneración del principio de proporcionalidad en aras de la eficacia de la coerción es una de las tesis fundadoras del fascismo (¡ala, lo que ha dicho!). Y ahí lo dejo.

Retomemos el hilo, que ya se me va el caletre por sus propios fueros, y luego presumo de rienda firme, claro que necesaria, para una mente con tantas ganas de retozar como la mía. No en vano le cedo este blog para darse unos aires de vez en cuando. Creo que con el ejemplo se aprecia la diferencia entre lo que había y lo que se inventó con gran acierto: un derecho penal en el que lo que se tuviera en cuenta no fuera quién hacía la pifia, sino únicamente  cómo fuera esta, y en el que el castigo fuera proporcionado a la pifia en sí, evitando excusas para que se nos colara algún sádico, que de todo hay . Se fueron añadiendo otras garantías que ahora no voy a explicar, que no está uno para tratados ya escritos por mejores plumas.

Y vivíamos tan felices pensando que teníamos esto tan claro, quien lo consideraba algo así como un dogma democrático. Ilusos… La verdad es que entre la teoría y la práctica siempre hubo una distancia considerable, y los milenios que llevábamos practicando las burradas aquellas se nos quedaron como enganchados en las meninges, y siempre fue muy duro para un Ilustrísimo magistrado — al fin y al cabo prototipo del buen orden social — aquello de condenar a un hijo de buena familia por violación de la doncella – ¡qué chicos estos, qué energía! –, en tanto necesario sujetar su mano para reprimir la santa indignación que lo enfervorizaba para hacer caer todo el peso de la ley sobre el plebeyo que se atreviese a deshonrar – sin importar la gozosa voluntad de ésta – la virginal reputación de la niña de los Ruiperez de la Bovedilla.[1]

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Y no, no lo teníamos tan claro, por lo que se ve. Además, esto de la condición humana, que tiene aspectos un tanto rastreros, hace que nos afloren ciertas tendencias no muy saludables, de la que nuestros próceres se aprovechan para manejar el tema a su antojo. A todos aquellos a los que nos han llamado o mirado como plebeyos, chusma, gentuza, por nuestro origen social o económico, que hemos sentido la dureza y el desprecio de esa mirada, e incluso las consecuencias más materiales, que nos hemos humillado para no recibir mayor castigo por no hacer nada, en lugar de hacer lo propio, o sea, defender la igualdad de las personas independientemente de su cuna, origen, raza, religión O NACIONALIDAD, resulta que nos mola  mazo, pero de una forma inquietante y medular, como un gustirrinín que nace en lo más profundo de los huesos y se dirige sospechosamente hacia las gónadas, que nos indiquen que, oh sorpresa, hay otra casta inferior. ¡Y nosotros sin darnos cuenta!. Y en ese momento se nos olvida lo de la igualdad y como tontas marionetas del malevo astroso que con tanta pericia maneja los hilos, nos olvidamos de él, y descubrimos el gozoso regodeo de sentirnos superiores, de pensar que sobre otros deben caer castigos peores que sobre nosotros, por su ser inferior, por su vileza nativa, por su raza, o color, o… por lo que sea, da igual, algo se le ocurre siempre al de los hilos.

Paciencia: por fin termino. Desde unos años a esta parte, en toda Europa, los gerifaltes, élites, casta, o como se quiera llamarlos, nos vienen vendiendo, poco a poco, para que no duela tanto, una rotura de ese principio sacrosanto de la igualdad de derechos, sobre todo en el derecho penal, y nos dicen un día que es que hay unos tíos que no tienen permiso para estar aquí – ¡ya salió el listo preguntando que por qué tienen que tener permiso, me lo echen de clase! –, que si es que no son ciudadanos como nosotros – ¡otro listo que pide que le expliquen qué coño es eso de ser ciudadano!, ¡fuera con él! –, que es que tienen otra cosa distinta, llámese idioma, origen, nacionalidad, religión, color de pelo o forma del ombligo – ¡ese que dice no se qué de la no discriminación, suspendido por interrumpir en clase, coño! – para terminar la perorata metiéndonos el argumento final, igual de mentiroso que los anteriores, de que puesto que están aquí de invitados, tienen obligaciones mayores que los otros de cumplir las mismas normas, o si no qué integración va a ser esta. Y todos tan contentos.

Resultado de imagen de CLASES MAGISTRALESEso sí, no se te ocurra ser de los listos de la clase y contar todo esto que he contado para reivindicar una concepción compleja y con fundamentos históricos y filosóficos del derecho,  que se te despacha rápido llamándote – hay que joderse — populista.

[1] Como me sabéis aficionado al cine, me perdonaréis de vez en cuando una referencia cinéfila, y al respecto me viene a la cabeza “expiación” una película británica del 2007 dirigida por Joe Wright y protagonizada por James McAvoy y Keira Knightley. Está basada en la novela del mismo nombre escrita por el inglés Ian McEwan.